Presa de la reina Lycan (Serie Indeseada nº 2) Capítulo Quince
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Capítulo Quince

El castillo está construido con ladrillo añejo y piedra erosionada, con puertas y ventanas de vidrio emplomado. Es una estructura sencilla de apenas tres pisos, pero sobresale entre los demás edificios de la ciudad por su elegancia sobria.

Cuando el coche se detiene, hago ademán de salir, pero Lyon me agarra la mano.

—Si quieres que te lleve de vuelta, lo entiendo. No me ofenderé —me dice.

—¿Por qué actúas tan raro? ¿De qué te avergüenzas tanto? Por lo que he visto, este lugar es increíble —le digo. Se muerde el labio con nerviosismo y mira hacia el castillo antes de asentir.

Salgo y me recibe el silencio. Es muy diferente del Alto Reino, donde hay guardias en cada esquina. Mientras Lyon saca nuestras maletas del maletero, me dejo envolver por los sonidos familiares de la naturaleza. Los grillos, los pájaros y el viento componen una melodía apacible y relajante.

—Gracias —le dice Lyon al conductor, quien asiente antes de marcharse. Me acerco a Lyon e intento coger mi maleta, pero él la aparta.

—Yo la llevo, adelántate. La puerta está abierta —me dice, y frunzo el ceño, extrañada.

Shadow brinca emocionado y me agarra la falda con el hocico para tirar de mí. Me guía hasta las enormes puertas y presiona el hocico contra el vidrio, empujándolas hasta abrirlas.

El lugar es enorme. Tiene techos altos, un balcón, una gran escalinata y suelos de mármol.

Cuando entro y la puerta se cierra tras de mí, los sutiles sonidos de la naturaleza se desvanecen.

Franjas de azul real y dorado adornan las paredes, reluciendo bajo la luz.

Miro a Lyon, que viene detrás, y él me indica con un gesto que siga por el pasillo.

El castillo huele a limpio, a desuso, con un toque de madera recién cortada.

La primera estancia por la que paso tiene suelo de madera y paredes impecables, desnudas. La segunda alberga un piano de cola con las teclas de marfil relucientes, pero por lo demás también está vacía. La tercera es la cocina y el comedor, el único espacio con algún toque personal.

Sin pensarlo, abro el frigorífico y veo pilas de comidas individuales. Aparte de eso, solo lo básico: leche y mantequilla.

La cuarta estancia es un dormitorio. Tampoco tiene muebles, pero la combinación de tonos cálidos y fríos en las paredes crea un ambiente acogedor. Una luz natural suave entra por las puertas del balcón y baña la habitación.

Al llegar a unas puertas dobles, las empujo y descubro otro vestíbulo, este circular, con una escalera de caracol. Pero la estancia está desnuda, casi austera en su simplicidad. Miro a Lyon con expresión confusa.

—Sube las escaleras —me dice Lyon. Mientras sigo a Shadow escaleras arriba, noto lo emocionado que está de volver a casa. Arriba, entro en otra estancia enorme y vacía. Una cama descomunal en el centro parece ocupar todo el espacio, cubierta con sábanas suaves y limpias.

A pesar del vacío, la habitación no resulta fría ni impersonal.

Hay plantas por todas partes, como si hubiera querido meter la naturaleza dentro.

No hay cuadros en las paredes ni nada que la diferencie de un museo, salvo por eso.

Tiene techo abovedado y vistas panorámicas de la ciudad, pero es el dormitorio de un minimalista.

—Se lo doy todo a mi reino —confiesa, y su voz resuena en el gran salón vacío—. No necesito mucho. Por eso mi padre desprecia mi forma de gobernar. Los negocios prosperan en la ciudad, pero no en el reino como tal.

Se me encoge el corazón ante sus palabras y siento brotar en mí un nuevo respeto por él.

Aquí hay un rey que antepone a su pueblo a sí mismo, un acto de altruismo que no esperaba.

Esta revelación me hace ver el camino de Lyon bajo otra luz en este complicado juego del que todos formamos parte.

La luz natural que entra por las puertas del balcón baña la estancia con suavidad, y paseo observando las distintas plantas.

Lyon deja mi maleta en el suelo. Me dirijo hacia el balcón cuando lo siento acercarse por detrás; su aliento cálido me roza el cuello.

—Sé que no es mucho —murmura—. Siento no poder ofrecerte más.

Me giro entre sus brazos para mirarlo y veo la sinceridad brillando en sus ojos.

—Lyon —le digo, posando una mano en su brazo—. Es perfecto —le aseguro con una sonrisa suave—. Además, estoy aquí para conocerte a ti, no para saber lo que tienes o dejas de tener.

Parece sorprendido. Invadida por una sensación de plenitud, me inclino hacia él y lo abrazo con fuerza.

Él responde estrechándome aún más entre sus brazos y me besa en la coronilla.

Shadow gimotea suavemente a nuestros pies antes de alejarse para reunirse con sus hermanos en la cama, donde ya se han acomodado.

Lyon me toma de la mano y me lleva al balcón. La vista de su reino a vista de pájaro es impresionante. Bosques, lagos, granjas y comercios, todo rebosante de vida.

—Puede que no tenga mucho que ofrecerte en lo material —empieza Lyon, volviéndose hacia mí con una leve sonrisa—. Pero puedo ofrecerte unas vistas magníficas —añade con una risita.

Contemplo los terrenos desnudos del castillo y luego lo miro a él, dejando que el silencio se asiente entre nosotros.

—Lyon, lo que has construido aquí vale más que cualquier lujo que pudiera desear —le digo—. Y bien, ¿me enseñas la ciudad? —pregunto, y él sonríe.