Presa de la reina Lycan (Serie Indeseada nº 2) Capítulo Seis
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Capítulo Seis

—¿Era necesario, Malachi? —lo regaña el tío James mientras mi padre se despega de la pared hundida.

—Me hizo sentir mejor —Malachi se encoge de hombros y le tiende la mano. James niega con la cabeza, se la agarra y lo ayuda a levantarse chasqueando la lengua.

—Chucho celoso de mierda. ¡Después de todo lo que he hecho por ti! ¡Te acogí! ¡No tenía por qué hacerlo! —vuelve a la carga mi padre. Odia perder una discusión, incluso cuando no tiene razón.

—Me acogiste para refregarme tu puto trono por la cara, así que no finjas que lo hiciste por bondad —le gruñe Malachi.

—Eso son gilipolleces, Mal, y lo sabes. Padre te quería muerto. Si no te hubiera convertido en mi beta, te habría matado junto con tu madre. Yo te crié, chucho de mierda —se burla mi padre.

—Seguro que fue por la bondad de tu puto corazón negro, ¡cerdo!

James suspira y pone los ojos en blanco mientras se acerca a nosotros.

—Por esto soy la oveja negra. ¿Quién querría aguantar esta mierda todos los días? —dice al detenerse a nuestro lado, dejándolos continuar.

—No, eres la oveja negra porque eres mitad chupasangre. Hay que guardar las apariencias. ¿Qué pensaría la gente si supiera que eres otro hermano del rey?

—Yo no me reiría. Malachi tiene razón. Seguro que tienes hermanos y hermanas que ni conoces, acechando tu trono en secreto —se ríe James.

—¡No empieces a tomar partido, James! —le escupe mi padre.

—Por supuesto que no, Theo. Yo no tomo partido hasta el final, así me aseguro de elegir al ganador. Ahora sigue a lo tuyo. Quizás Malachi consiga meterte algo de sentido común a golpes —replica James. Malachi parece tomárselo como permiso porque se lanza sobre mi padre.

Para cuando terminan, la habitación está prácticamente demolida, pero he salvado dos botellas del bar y las tengo a buen recaudo.

—Aposté por ti y no lanzaste ni un solo puñetazo —refunfuño al ver que mi padre ya no puede más y Malachi está ganando.

—Hay que ser listo, no bruto, hijo —dice James, dándome una palmadita en la rodilla antes de levantarse de un salto.

—¿Eh? —balbucea Lyon, borracho. Ojalá pudiera emborracharme tan fácilmente como él.

La pelea ha durado horas, y ahora el sol de la mañana se filtra por las pesadas cortinas rasgadas. Bostezo mientras James se acerca a ellos con calma. Es evidente que está harto de hacer de árbitro mientras se lanzan golpes a medio gas. Es como ver a dos viejos pelearse a cámara lenta.

Miro el reloj sobre la entrada. Bueno, supongo que llevan unas tres horas dándose de hostias. Aun así, pensé que el viejo aguantaría más. Decepcionante.

Malachi lanza un puñetazo, y ambos están tan agotados que ni bloquean ni esquivan. James le atrapa el puño en el aire, y mi padre resopla como si hubiera ganado hasta que James lo agarra de la oreja como a un niño desobediente.

—¡James! —chilla mi padre mientras lo arrastra hasta la esquina de la habitación.

—Tú quédate ahí —gruñe, señalando a Malachi al otro lado de la habitación.

Malachi lo fulmina con la mirada, pero está demasiado agotado para seguir peleando. Mi padre, sin embargo, se tambalea e intenta pasar junto a James.

—Eres un desagradecido, ¿eh? —espeta James, empujándolo contra la pared—. ¡Te di mi sangre y la desperdicias dejándote dar una paliza!

Mi padre palidece de vergüenza.

—Baja la voz. Hay cosas de las que no se habla.

James suelta una carcajada burlona.

—¡No te daba tanta vergüenza cuando me lamías el cuello como un gato con su leche! —y empuja a mi padre al sillón destrozado.

—Sabes que soy rey. No tienes derecho a...

—Rey de pacotilla. Madura, Theron. Nunca asumes la responsabilidad de nada. Malachi tiene razón. Le has quitado cosas dos veces.

—¡Electra era mi compañera! —protesta.

—Puede ser, pero Shelley no —le dice James, y mi padre refunfuña cruzándose de brazos.

—Ahora la pregunta es: ¿cómo arreglamos esto? —los mira a ambos, y me incorporo para ver si el tío James tiene alguna idea.

—No podemos. Estoy prácticamente muerto. Ella no los va a elegir. Vivo de tiempo prestado —responde mi padre, y frunzo el ceño.

Lyon ronca suavemente a mi lado, y cuando le doy un codazo, se despierta sobresaltado.

—Joder, ¿quién ganó? —pregunta de inmediato, mirando alrededor con los ojos entrecerrados.

—Ganó James. Me debes un año de trigo y vino —digo. Lyon resopla y se hunde de nuevo en el asiento.

—No sabemos si ella no los elegirá. Solo tienes que convencerla, y estos dos... —James nos mira—. ¿Dónde está Regan? —pregunta de repente, cayendo en la cuenta de que Regan no está.

—Con Zirah —respondo con amargura.

—Bueno, parece que uno de vosotros tiene cerebro. Mientras vosotros dos os ahogáis en vuestras penas, él está enterrando las suyas dentro de ella —se ríe James, y le gruño.

—¿Convencerla de qué? —pregunta Lyon.

—De que os acepte a los dos.

Lyon bufa con incredulidad, y yo también.

—Sí, claro, estamos prácticamente muertos —le digo, apurando los restos de mi botella.

—Sigue bebiendo esa mierda y lo estarás —me arrebata la botella y la lanza a la chimenea. El cristal estalla con el impacto y las llamas se avivan.

—Más le valdría matarme ahora mismo y acabar con esto si mi vida está en vuestras manos inútiles —gruñe mi padre, fulminándonos con la mirada.

—¿Qué chorradas sueltas ahora, viejo? —pregunto.

—La maldición, Zeke. ¿Por qué crees que necesitaba nombrar un heredero? Para encontrar la forma de romper la maldición —gruñe mi padre—. Me estoy muriendo. Vosotros tres fuisteis maldecidos, ¡pero yo también!

—¿Qué quieres decir? —pregunta Lyon.

—Me maldijeron a morir si no se rompía la maldición. Litha me dio 21 años para romperla, o muero —explica mi padre, y miro a Lyon, que de repente está totalmente despierto.

—Espera, ¿por eso nos hiciste participar en las pruebas del laberinto? —pregunto.

—Sí, mi tiempo se está agotando.

—¿Cuánto tiempo te queda? —pregunto.

—Por lo que he averiguado cazando brujas durante todos estos años, tengo hasta la próxima luna llena, cuando Zirah se transforme por primera vez. Si vosotros tres no la habéis marcado para entonces, muero.

—¿Así que tienes dos semanas? —pregunta Lyon, y mi padre suspira y asiente.

—Pues entonces estás muerto, fijo. Mañana podemos ir a comprar ataúdes si quieres. Te elegiremos uno bien mullido —le digo, y él gruñe.

—¿Y si le pintamos un perezoso? —sugiere Lyon. Me río por lo bajo al oírlo y ver la cara horrorizada de mi padre.

—¿De verdad os importo tan poco? —pregunta.

—Tú te hiciste la cama... —empiezo, pero Lyon interviene para corregirme.

—¡Ataúd! Se hizo su ataúd —Lyon agita un dedo en el aire, borracho.

—Cierto. Te hiciste tu ataúd, así que ahora te toca yacer en él —le digo encogiéndome de hombros justo cuando Hunter entra en la habitación. Todos nos volvemos hacia la puerta, y un momento después entra Zirah, que se detiene en seco.