Capítulo V La fuente menor
Fermín Casal contestó al tercer tono y no preguntó quién llamaba.
—Dalia me dijo que tarde o temprano aparecería usted.
Sergio, que tenía preparada una presentación prudente, tachó mentalmente las dos primeras frases.
—Entonces quizá debería haber llamado antes.
—No. Antes no habría contestado.
La voz de Fermín era más joven de lo que Sergio esperaba. No por timbre, sino por velocidad. Hablaba como alguien que había pasado la vida explicando procedimientos a personas más importantes que él y había aprendido a no perder tiempo en adornos.
—¿Sabe quién soy? —preguntó Sergio.
—Sé qué escribe. No sé quién es.
—Es una distinción razonable.
—Es la única que importa.
Sergio estaba en una cafetería pequeña cerca de la redacción.
No por privacidad, sino porque en la redacción todo el mundo había empezado a preguntarle por la pila de documentos impresos.
Había elegido una mesa al fondo, contra una pared cubierta de fotografías antiguas del barrio.
Camareros, carros de reparto, obras, inauguraciones, una ciudad que parecía más inocente solo porque ya no podía defenderse.
—Quería preguntarle por una serie de convenios de transferencia tecnológica —dijo.
—No.
—Todavía no he preguntado nada.
—Precisamente.
Sergio esperó.
Al otro lado se oyó una respiración, luego un golpe leve, quizá un vaso apoyado sobre una mesa.
—Mire, Armenta. Yo fui técnico de una oficina universitaria de transferencia durante treinta y un años.
Vi contratos buenos, malos, abusivos, ridículos, inútiles y directamente indecentes.
La mayoría no importaban. Ese es el secreto del sistema.
Se firma muchísima basura porque casi nada llega a valer dinero.
El problema empieza cuando algo sí vale.
Entonces todo el mundo descubre que la cláusula que nadie leyó era el único documento importante.
Sergio abrió la libreta.
—¿Delbran?
Fermín se quedó callado.
—Dalia dijo que usted recordaría el nombre.
—Dalia habla demasiado para alguien que sabe cuándo callarse.
—Me ha dado su número y ninguna información más.
—Eso es hablar mucho.
Sergio no discutió.
—No busco convertir un caso antiguo en noticia.
—Eso dicen todos los periodistas cuando todavía no tienen noticia.
—Busco entender una cláusula.
—Entonces hable con un abogado.
—Ya lo he hecho.
—Mis condolencias.
Sergio casi sonrió.
—El abogado me dijo que mirara facturas.
Esta vez el silencio fue distinto.
—Ah —dijo Fermín.
Sergio no añadió nada.
Había aprendido de Inés, en menos de una hora, que a veces una palabra bien elegida abría más que tres preguntas.
—¿Qué facturas? —preguntó Fermín.
—Consultoría. Diligencia debida. Adaptación de anexos. Continuidad de activos. Cualquier cosa que no parezca el contrato principal.
—¿Quién es el abogado?
—No puedo decirlo.
—Mejor para él.
—Ella.
—Peor.
Sergio dejó el lápiz quieto.
—¿Por qué?
—Porque si es lo bastante buena para mandarle a buscar facturas, también es lo bastante buena para saber que no debería estar cerca de esto.
Una camarera dejó un café en la mesa de Sergio. Él esperó a que se marchara.
—¿Usted estuvo cerca?
Fermín soltó una risa breve.
—Yo estuve debajo. Es distinto.
Después, sin que Sergio tuviera que preguntar más, empezó a hablar.
No de Delbran al principio. Habló de oficinas de transferencia tecnológica, de universidades que necesitaban financiación privada para mantener laboratorios abiertos, de investigadores que firmaban anexos sin entender que una frase sobre resultados futuros podía hipotecar diez años de trabajo, de fundaciones interpuestas que llegaban con lenguaje de cooperación y se iban con derechos preferentes sobre cualquier cosa que oliera a aplicable.
—La mayoría de los científicos no saben leer propiedad —dijo—. Saben leer autoría, mérito, impacto, publicaciones. Pero propiedad no. Para ellos, si algo está en un artículo científico, existe. Para una empresa, si algo está en una cláusula, pertenece.
Sergio escribió la frase casi entera.
—¿Y Delbran?
—Delbran no venía con ese nombre.
—¿Con cuál?
—Depende del año. D.B.S., Northsea, Applied Strategy, una fundación holandesa cuyo nombre no recuerdo. A veces ni venían ellos. Venía un despacho, o una consultora, o un intermediario que decía representar a un fondo filantrópico de innovación sanitaria.
—¿Qué querían?
—Preguntas.
Sergio levantó la vista.
—¿Preguntas?
—No querían solo patentes. Eso era lo que la universidad entendía.
La patente, el software, el posible dispositivo.
Cosas que se podían inventariar. Ellos preguntaban por líneas que no habían prosperado, por modelos descartados, por bases de datos que ya no se usaban, por resultados negativos, por qué una hipótesis no funcionó.
—Eso no tiene valor comercial inmediato.
—Claro que lo tiene. Le ahorra años al siguiente.
Sergio pensó en el índice anónimo.
LEGAL / plantillas cesión derivados.
VIR-SEL / notas selectividad biológica.
POP-RISK / estratificación poblacional.
—¿Tiene documentos? —preguntó.
—No.
La respuesta fue demasiado rápida.
—¿No o no para mí?
—No que pueda darle.
—No le he pedido que me los dé.
—Todavía.
Fermín volvió a callar. En la cafetería, dos mesas más allá, un hombre hablaba por videollamada con alguien que no aparecía en pantalla. Sergio escuchó fragmentos: entrega, proveedor, mañana, presupuesto. La vida normal tenía la mala educación de continuar en medio de cualquier revelación.
—Hubo una investigadora —dijo Fermín al fin—.
Eva Roldán. Bioinformática. Trabajaba en modelos de fragilidad y respuesta a intervención clínica.
Nada espectacular. Nada que vendiera periódicos.
Una mujer brillante, seca, poco hábil para fingir gratitud.
Su grupo aceptó financiación de una entidad vinculada a esos nombres.
Años después quiso continuar la línea con otro equipo. Recibió una carta.
—¿Cese y desistimiento?
—Algo más elegante. Recordatorio de obligaciones contractuales vigentes.
—¿Por usar su propio trabajo?
—Por usar la dirección de su propio trabajo.
Sergio notó la frase antes de entenderla del todo.
—Explíqueme eso.
—Eso se lo tiene que explicar ella.
—¿Me dará su contacto?
—No.
—¿Entonces?
—Le diré que usted existe. Si ella quiere, lo llamará. Si no quiere, no insista.
—De acuerdo.
—Y no mencione a Dalia.
—No lo haré.
—Ni a mí.
—Tampoco.
—Ni a esa abogada que no debería estar ayudándole.
Sergio se quedó quieto.
—No he dicho que me ayude.
—No hacía falta.
Fermín colgó sin despedirse.
Sergio dejó el teléfono sobre la mesa y miró el café, intacto. En su libreta había pocas frases, pero cada una abría una puerta más amplia que la anterior.
La cláusula valía cuando algo empezaba a valer.
No querían solo patentes. Querían preguntas.
Por usar la dirección de su propio trabajo.
La dirección de un trabajo.
Aquello era más inquietante que la propiedad de un resultado.
Un resultado podía definirse, aislarse, fecharse, publicarse o patentarse.
La dirección era otra cosa. Era una tendencia, una posibilidad, una línea de avance.
Apropiarse de eso era como poner una cerca no alrededor de una casa, sino alrededor del camino por el que alguien podría llegar a construirla.
Volvió a la redacción a pie.
El aire de la mañana estaba lleno de ruido de tráfico y conversaciones sin importancia.
Sergio agradeció esa vulgaridad. Pensar en estructuras abstractas durante demasiado tiempo tenía un efecto peligroso: uno empezaba a imaginar que el mundo real estaba hecho solo de documentos.
Pero el mundo real seguía ahí, cruzando semáforos, comprando pan, abriendo tiendas, esperando autobuses.
Precisamente por eso importaba quién administraba sus datos, sus tratamientos, sus riesgos, sus diagnósticos, sus fragilidades.
Al llegar a su mesa encontró una nota impresa.
No tenía firma.
Reunión con dirección. 12:30. Tema: Delbran.
Sergio miró alrededor.
Su jefe de mesa estaba al otro lado de la redacción, hablando con la directora adjunta. Ella lo vio y apartó la mirada demasiado rápido.
La rapidez con que la dirección había reunido a legal tampoco era habitual.
A las 12:30 entró en la sala pequeña.
Estaban la directora adjunta, el jefe de mesa y un abogado del periódico que Sergio solo había visto en asuntos de querellas, rectificaciones y demandas suficientemente caras para que los periodistas recordaran de pronto que el derecho existía.
Sobre la mesa había una carpeta.
La directora adjunta no perdió tiempo.
—¿Qué tienes sobre Delbran?
Sergio se sentó.
—Todavía no lo sé.
—Nos ha llegado algo.
El abogado giró la carpeta hacia él.
Dentro había un documento impreso. Portada limpia. Sin remitente visible. Un índice. Varias páginas de resumen. Nombres, fechas, organigramas, líneas de investigación, sociedades vinculadas. Todo muy claro. Demasiado claro.
Sergio reconoció algunas carpetas del índice anónimo.
ADH-THER.
NEU-MOD.
VIR-SEL.
POP-RISK.
La directora adjunta habló con una mezcla de cautela y apetito.
—Si esto es cierto, tenemos una serie.
Sergio no tocó el documento.
—¿Quién lo envió?
—Fuente protegida.
—¿Nuestra?
—De momento, del periódico.
—¿Cuándo llegó?
—Esta mañana.
Sergio miró al abogado.
—¿Y legal?
El abogado se encogió de hombros.
—Si se verifica, se puede trabajar. Hay riesgo, pero el interés público es obvio.
La directora adjunta se inclinó hacia delante.
—Quiero que lo lideres tú.
Sergio miró el índice.
No sintió satisfacción.
Sintió que alguien acababa de sentarse con ellos en la sala sin necesidad de abrir la puerta.
—No —dijo.
La directora parpadeó.
—¿Perdona?
—No así.
—Armenta, llevas dos días mirando este nombre como si te fuera la vida. Ahora llega material y dices que no.
—Digo que no así.
—Explícate.
Sergio señaló la carpeta sin tocarla.
—Esto no es una filtración. Es una maqueta.
El jefe de mesa soltó aire por la nariz.
—Siempre tienes que complicarlo.
—Está diseñado para que publiquemos rápido. Delbran como centro, varias líneas tóxicas, una estructura suficientemente sucia para sostener titulares y suficientemente cerrada para no mirar lo que salió antes de la disolución.
El abogado se cruzó de brazos.
—¿Tienes prueba de eso?
—No.
—Entonces tienes una intuición.
—Tengo una secuencia.
La directora adjunta lo observó con impaciencia, pero no con desprecio. Eso era algo.
—¿Qué necesitas?
Sergio pensó en Inés. En la biblioteca. En los activos. En las facturas. En Fermín. En Eva Roldán. En las entidades que no estaban en la carpeta porque quizá no convenía que estuvieran.
—Una semana.
—No.
—Tres días.
—Veinticuatro horas.
—Entonces no firmo.
La frase produjo un silencio breve.
Sergio no la había planeado. Pero al decirla entendió que era cierta.
La directora adjunta cerró la carpeta.
—Tienes veinticuatro horas para demostrarme que no estamos perdiendo una exclusiva.
—No es una exclusiva si quieren que la tengamos.
—Eso también tendrás que demostrarlo.
La reunión terminó.
Sergio volvió a su mesa con la sensación de que la historia se había acelerado sin pedirle permiso. Eso era exactamente lo que Inés le había advertido.
Al volver a su mesa, Sergio miró la hora.
12:57.
Le quedaban veintitrés horas y tres minutos para desmontar la historia antes de que la redacción la convirtiera en exclusiva.