Potestad (Tríptico Delbran 3) Capítulo I La cláusula #2
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Capítulo I La cláusula #2

—¿Tienes algo para la reunión?

Sergio se quitó un auricular.

—No.

—¿Nada?

—Nada publicable.

El jefe de mesa miró la pantalla, vio una tabla incomprensible llena de nombres de sociedades y documentos jurídicos, y perdió el interés con rapidez.

—A las nueve hablamos de la pieza de farmacéuticas.

—No es una pieza.

—Todo es una pieza hasta que se demuestra lo contrario.

—Esto todavía no.

El jefe hizo una mueca, como si no supiera si aquello era humildad o arrogancia. Con Sergio casi siempre era difícil distinguirlas.

—Pues mira que acabe siendo algo antes de que lo publique otro.

Se fue.

Sergio volvió a la pantalla.

Pensó en llamar a Dalia, pero no lo hizo.

Dalia podía darle contexto del caso anterior, nombres, fechas, impresiones.

También podía contaminarlo con una historia ya contada.

Prefería empezar por lo que tenía delante.

Los documentos eran menos sinceros que las personas, pero mentían de una manera más estable.

Guardó la tabla y buscó el registro mercantil neerlandés.

Delbran Applied Research B.V. había sido constituida en Ámsterdam doce años antes.

Objeto social: consultoría estratégica en investigación biomédica, gestión de innovación, adquisición y explotación de activos intangibles, desarrollo de plataformas tecnológicas y servicios asociados.

Capital modesto. Administradores cambiantes.

Una dirección en un edificio donde, según Google Maps, había más de doscientas sociedades registradas.

Delbran Biomedical Strategy N.V. era más reciente. Misma dirección. Otro administrador. Objeto social más amplio. Inversiones, licencias, propiedad intelectual, participación en sociedades, servicios de consultoría, desarrollo científico y tecnológico.

D.A.R. Europe Advisory no aparecía como sociedad independiente, sino como nombre comercial asociado a otra entidad.

D.B.S. Innovation Partners figuraba en Luxemburgo durante tres años y luego desaparecía absorbida por una fundación de nombre anodino.

Sergio anotó todo.

A media mañana, la redacción ya estaba llena.

La noticia del día era una dimisión que no interesaba a nadie más que durante las siguientes seis horas.

Había llamadas, titulares de última hora, discusiones sobre enfoque y una pantalla grande con una comparecencia institucional sin sonido.

Sergio siguió abriendo documentos en una esquina.

No pensaba aún en Delbran como tema. Pensaba en una frase.

La frase era lo importante.

Las empresas cambiaban de nombre. Las personas firmaban y se iban.

Las webs desaparecían. Los cargos caducaban.

Pero las frases permanecían. Una cláusula era un fósil.

Conservaba la forma del organismo que la había producido incluso después de que el organismo hubiera aprendido a moverse de otra manera.

A las 11:08 encontró la cuarta aparición.

Esta vez en España.

No en una universidad grande ni en un hospital de referencia, sino en una fundación privada dedicada a innovación clínica y envejecimiento saludable.

El documento era una memoria de actividades de acceso público.

En la página cuarenta y dos se mencionaba un acuerdo de colaboración con una consultora internacional para el desarrollo de herramientas predictivas de fragilidad, adherencia y riesgo de descompensación.

La consultora no se llamaba Delbran.

Se llamaba Northsea Biomedical Advisory .

El nombre no le decía nada. Pero el representante legal era el mismo que había firmado dos años antes por D.A.R. Europe Advisory.

Sergio copió el nombre.

Hendrik Van Aelst.

Lo buscó.

Abogado. Consultor. Administrador. Consejero no ejecutivo.

Especializado en estructuras transfronterizas de innovación, propiedad intelectual y transferencia tecnológica.

Había participado en seminarios sobre ética de datos sanitarios, inversión responsable en biotecnología, cooperación público-privada y modelos sostenibles de financiación científica.

En una fotografía aparecía de pie junto a tres hombres y una mujer, todos con traje oscuro, delante de un panel azul con palabras en inglés.

Health Futures Forum — Amsterdam

Sergio aumentó la imagen. Van Aelst sonreía poco.

Tenía una cara larga, pulcra, casi sin edad, y esa expresión profesional de los hombres que no necesitan parecer simpáticos porque nunca venden directamente nada.

A su lado, en el borde izquierdo de la fotografía, había un logotipo parcialmente cortado.

Delbran.

Sergio guardó la imagen.

Luego buscó “Hendrik Van Aelst” junto a “Luxembourg”.

Aparecieron demasiados resultados.

Eso, en sí mismo, era una respuesta.

A las 12:26 Dalia llamó.

Sergio dejó sonar el teléfono hasta que la pantalla estuvo a punto de apagarse. Finalmente aceptó.

—Lo has abierto —dijo ella, sin saludar.

—Sí.

—¿Y?

—Hay una cláusula.

Hubo un silencio al otro lado. No de incomprensión, sino de cansancio.

—Sergio, por favor, dime que no me has llamado mentalmente para hablarme de una cláusula.

—No te he llamado.

—Ya. Pero estás pensando en llamarme para hablarme de una cláusula.

Sergio miró la tabla.

—Aparece en varios contratos.

—¿Delbran?

—Delbran y otras entidades. Mismos representantes. Misma estructura. Campos distintos.

—¿Campos de qué tipo?

—Biomarcadores conductuales, adherencia terapéutica, inflamación, análisis predictivo. De momento.

Dalia tardó un poco en responder. Cuando lo hizo, su voz había perdido parte de la ironía.

—Eso no era el centro del caso.

—Ya.

—Era una financiación lateral. Una cosa sucia, quizá, pero lateral.

—Las cosas laterales tienen la ventaja de no salir a la luz.

—No empieces.

Sergio no contestó.

Al fondo de la llamada se oía una calle pequeña, quizá una moto, quizá una persiana metálica. Dalia no estaba en una redacción grande. Nunca lo estaba. Trabajaba desde una ciudad donde las noticias conservaban nombres propios durante más tiempo del conveniente.

—Mira —dijo ella—. Yo te he mandado eso porque vi Delbran y me acordé de ti. Pero no quiero convertir un caso cerrado en una mitología. Bastante mierda hubo ya.

—No necesito el caso.

—¿Entonces qué necesitas?

Sergio miró de nuevo la cláusula copiada en el documento.

—Saber quién redactó esto.

—¿Por qué?

—Porque no está escrito para financiar un proyecto. Está escrito para poseer cualquier cosa en la que el proyecto pueda convertirse.

Dalia no respondió enseguida.

—Eso suena a titular.

—No lo es.

—¿Entonces qué es?

Sergio pensó la respuesta.

—Una puerta.

Dalia soltó una risa breve, sin humor.

—Pues ten cuidado con las puertas que abres. Algunas no llevan a habitaciones. Llevan a largos pasillos oscuros.

La llamada terminó poco después. Dalia no tenía mucho más. Le dio dos nombres menores, una fecha aproximada, el contacto de un técnico jubilado que quizá recordaba algo y una advertencia: no usar su nombre todavía.

Sergio le prometió que no lo haría.

No le prometió nada más.

Durante la tarde, la redacción se volvió más ruidosa.

La dimisión produjo tres análisis, dos directos y un editorial.

La pieza sobre farmacéuticas se retrasó.

Un servidor falló. Alguien gritó que habían cambiado el orden de portada.

Sergio comió un sándwich sin apartar la vista de la pantalla y siguió llenando su tabla.

A las 17:14 tenía nueve documentos con variantes de la misma cláusula.

Nueve documentos.

Siete entidades financiadoras.

Cinco países.

Cuatro áreas biomédicas.

Tres representantes legales repetidos.

Dos despachos jurídicos.

Una estructura.

El patrón todavía era débil. No bastaba para publicar. Quizá no bastaba ni para convencer a un editor paciente. Pero era demasiado específico para ser casual.

Sergio imprimió las nueve cláusulas.

Lo hacía pocas veces. No por romanticismo, sino porque algunas repeticiones se veían mejor en papel. Extendió las hojas sobre la mesa pequeña de reuniones, alineadas por fecha. Subrayó a lápiz las palabras repetidas.

Resultados derivados.

Aplicaciones futuras.

Metodologías inferidas.

Derecho preferente, exclusivo y transferible.

No expresamente previsto.

Con independencia del objeto inicial.

Al verlas juntas, la impresión era distinta. En pantalla, cada cláusula pertenecía a su documento. En papel, parecían pertenecer a una sola voluntad.

Una becaria de datos se acercó con una taza de té.

—¿Esto es para la pieza de farmacéuticas?

—No.

—¿Entonces?

—Contratos.

La becaria miró los folios.

—Qué horror.

Lo dijo sin pensar, como quien comenta el desorden de una mesa.

Sergio levantó la vista.

—Sí.

Ella sonrió, incómoda, y se fue.

Sergio se quedó mirando los papeles.

Qué horror.

El material carecía de todo lo que vuelve sencilla una noticia: sangre, amenaza, víctima visible, laboratorio clandestino, sobre lleno de dinero, grabación secreta. Había frases largas, firmadas por personas con capacidad suficiente para saber que no firmaban del todo lo que parecía.

El horror era el documento.

A las 18:03 encontró el nombre de un despacho español que había intervenido en uno de los convenios: Arza & Ledesma Asociados.

Tenía tamaño suficiente para mantener clientes internacionales y un departamento de ciencias de la vida.

Habían llevado operaciones de transferencia tecnológica, protección de intangibles, cumplimiento normativo y asesoramiento en innovación sanitaria.

En su web había varios perfiles.

Sergio revisó nombres sin demasiado interés hasta llegar a una abogada que ya no figuraba en el equipo actual, pero sí en una versión archivada de la página tres años antes.

Inés Martínez

Asociada sénior

Propiedad intelectual, transferencia tecnológica y cumplimiento regulatorio en ciencias de la vida

La fotografía mostraba a una mujer de unos treinta y tantos años, pelo castaño, expresión seria, chaqueta azul oscuro, fondo blanco. Una de esas fotos corporativas donde todo el mundo parecía haber sido instruido para transmitir solvencia sin personalidad excesiva.

Sergio buscó su nombre.