Potestad (Tríptico Delbran 3)
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Capítulo I La cláusula
Te paso esto por si te sirve
No había saludo. Solo una línea escrita con la sequedad de quien envía algo sin querer darle más importancia de la que tiene.
No creo que haya nada aquí, pero me acordé de ti. Es material viejo de un caso que cubrí hace tiempo. Delbran aparece de refilón. Igual es una tontería. D.
Debajo había tres adjuntos.
Un PDF escaneado.
Una hoja de cálculo.
Una imagen borrosa de lo que parecía la página final de un convenio.
Sergio miró la hora en la esquina inferior de la pantalla.
Todavía no habían encendido del todo la calefacción de la redacción y el aire de la sala tenía esa frialdad inmóvil de los edificios que despiertan antes que las personas.
A través de los ventanales se veía Madrid con una luz gris, casi lavada, sin dramatismo.
Los monitores apagados de las mesas vecinas devolvían reflejos azulados.
En alguna parte, lejos, una máquina de café iniciaba su ciclo de limpieza.
No había nadie más.
Eso le gustaba.
La redacción, cuando estaba llena, le parecía un organismo impaciente, hecho de conversaciones a medias, teléfonos, titulares provisionales, prisas y entusiasmo.
A esa hora, en cambio, era una cosa más honesta: mesas, cables, sillas, pantallas, tazas abandonadas, papeles que nadie había querido tirar. La información sin relato todavía.
Sergio abrió el primer adjunto.
El PDF tenía treinta y siete páginas y procedía de una memoria justificativa de financiación privada para un proyecto biomédico de mediados de la década anterior.
No tenía nada de secreto ni parecía importante.
Conservaba el tono habitual de las memorias técnicas: frases largas, objetivos generales, impacto social, transferencia de conocimiento, excelencia, colaboración público-privada.
Había logos de una universidad, de una fundación menor y de una entidad privada cuyo nombre aparecía en una tipografía discreta al pie de varias páginas.
Delbran Applied Research B.V.
Sergio se reclinó en la silla.
Conocía el nombre. No porque fuera famoso, sino precisamente por lo contrario: porque aparecía a veces donde no debía aparecer demasiado.
Financiación menor en proyectos demasiado distintos entre sí.
Donaciones discretas. Patrocinios técnicos.
Consultorías sin objeto claro. Una presencia de borde, de nota al pie, de entidad que no ocupaba el centro de nada y, sin embargo, parecía tener la costumbre de estar cerca.
Volvió al correo de Dalia.
Igual es una tontería.
Sergio había aprendido a desconfiar de esa frase. En periodismo, las tonterías rara vez eran tonterías. Casi siempre eran cosas que no encajaban todavía en una historia publicable.
Se levantó para servirse café. La máquina dejó caer un líquido oscuro, demasiado caliente, con ese olor levemente quemado que a él le resultaba más útil que agradable. Volvió a su mesa, se puso las gafas y empezó a leer desde el principio.
La memoria describía un proyecto de investigación sobre biomarcadores de respuesta conductual y vulnerabilidad neuroendocrina en situaciones de estrés.
Un título amplio, casi inofensivo. La clase de título que podía significar muchas cosas y ninguna a la vez.
Los objetivos declarados hablaban de mejorar la prevención, optimizar estrategias terapéuticas, identificar poblaciones de riesgo y reforzar la medicina personalizada.
Sergio no sabía lo suficiente de biomedicina para distinguir, en una primera lectura, lo ambicioso de lo peligroso. Pero sí sabía leer documentos redactados por gente que quería dejarse margen.
Buscó palabras.
“Cesión”.
“Resultados”.
“Explotación”.
“Derivados”.
“Titularidad”.
“Aplicaciones futuras”.
La pantalla saltó a la página veintinueve.
Allí estaba.
Una cláusula de diecisiete líneas, comprimida en un párrafo único, sin negritas, sin numeración especial, situada entre una referencia a la confidencialidad y otra a la publicación de resultados académicos.
Una zona muerta del documento. El lugar exacto donde se escondían las cosas que no convenía que parecieran escondidas.
Sergio la leyó una vez.
Luego otra.
Después abrió un archivo en blanco y la copió.
La entidad financiadora conservará derecho preferente, exclusivo y transferible sobre cualesquiera desarrollos, aplicaciones, modelos, procedimientos, resultados directos o indirectos, datos derivados, metodologías asociadas o usos futuros que pudieran inferirse razonablemente de la actividad investigadora financiada, con independencia de que dichos desarrollos, aplicaciones, modelos, procedimientos, resultados, datos, metodologías o usos hubieran sido expresamente previstos en la memoria inicial del proyecto.
Se quedó quieto.
La frase parecía legal en superficie. Ahí residía su fuerza.
Si uno no la miraba demasiado, podía parecer una de esas cláusulas abusivas pero habituales que las entidades privadas introducían en los convenios con universidades pobres, grupos de investigación necesitados de financiación o fundaciones científicas demasiado agradecidas.
Derecho preferente sobre resultados. Explotación de aplicaciones derivadas.
Protección de inversión. Lenguaje de transferencia tecnológica.
Pero había algo en la acumulación que resultaba obsceno.
Directos o indirectos.
Datos derivados.
Metodologías asociadas.
Usos futuros.
Con independencia de que hubieran sido expresamente previstos.
No compraban un resultado.
Compraban la sombra que podía proyectar cualquier resultado en el futuro.
Sergio bebió café. Se quemó la lengua.
Abrió la hoja de cálculo.
El archivo contenía una lista de nombres, fechas, importes y entidades financiadoras.
Algunas celdas estaban vacías. Otras tenían abreviaturas imposibles de interpretar sin contexto.
Dalia había añadido comentarios en tres filas, escritos con el descuido de quien anota para sí misma: “esto salió en sumario”, “no confirmado”, “llamar a F.”, “fundación pantalla?”, “no publicar sin segunda fuente”.
Sergio sonrió apenas. Dalia siempre escribía sus dudas como si fueran advertencias a una versión futura de sí misma.
La lista contenía doce proyectos, cinco universidades, dos hospitales, tres fundaciones y varias sociedades extranjeras. Delbran aparecía en cuatro filas, nunca con el mismo nombre exacto.
Delbran Applied Research B.V.
Delbran Biomedical Strategy N.V.
D.A.R. Europe Advisory
D.B.S. Innovation Partners
Había una modestia calculada en aquella dispersión. Cada entidad era lo bastante parecida para sugerir familia, pero no tanto como para obligar a demostrarla.
Sergio abrió el navegador e introdujo el primer nombre.
Luego el segundo. Después el tercero. Las búsquedas devolvieron páginas corporativas antiguas, perfiles incompletos, registros mercantiles, notas de prensa archivadas, una mención en una feria biomédica en Utrecht, una colaboración universitaria en Bélgica, un panel sobre innovación sanitaria en Lisboa.
Nada espectacular.
Nada sucio.
Nada que justificara una llamada urgente.
Era lo que hacía que siguiera mirando.
A las 7:31 entró el primer redactor de economía, con auriculares, bufanda y cara de no haber decidido aún si estaba despierto.
Levantó una mano al ver a Sergio. Sergio respondió con un gesto mínimo.
La redacción empezó a poblarse lentamente de sonidos: cremalleras, teclas, notificaciones, saludos, sillas arrastradas.
Una editora dejó caer su bolso sobre la mesa con un golpe seco y maldijo porque se le había abierto un yogur en la mochila.
Alguien preguntó por los cierres de la edición digital.
Alguien dijo que el ministro hablaba a las nueve.
Sergio se puso los auriculares sin música.
No necesitaba silencio absoluto. Necesitaba que nadie creyera que estaba disponible.
Abrió la imagen borrosa del tercer adjunto.
Era la última página de un convenio. La foto parecía hecha con un móvil, quizá deprisa, quizá en una mala luz. Se veían firmas, sellos y una tabla final con anexos. En el margen inferior derecho alguien había rodeado a bolígrafo una línea.
Anexo III. Condiciones de acceso a resultados derivados.
Sergio amplió la imagen. La resolución se rompió en cuadrados. Aun así, pudo leer parte de una frase.
…incluyendo desarrollos no previstos, metodologías inferidas y aplicaciones ulteriores…
Se incorporó un poco.
Copió esa secuencia de palabras y la pegó en el buscador, entre comillas.
Nada.
Quitó una palabra.
Nada.
Cambió “ulteriores” por “futuras”.
Aparecieron dos resultados.
Uno era un PDF alojado en la web de una fundación tecnológica extinguida en 2019. El otro, una memoria de actividad de una universidad portuguesa. Sergio abrió ambos en pestañas separadas.
En el primer documento, la frase aparecía casi idéntica. No en un proyecto neuroendocrino, sino en un acuerdo de desarrollo de una plataforma de análisis predictivo para gestión de adherencia terapéutica en pacientes crónicos.
En el segundo, aparecía en un convenio sobre modelos computacionales de respuesta inflamatoria.
Tres campos distintos. Tres instituciones distintas. Tres países distintos.
La misma frase.
No exactamente la misma, pero casi.
Sergio sintió una tensión breve y fría, como si una pieza diminuta acabara de moverse sola sobre la mesa. La emoción llegaría después, cuando hubiera relato, riesgo o consecuencia.
Abrió un documento nuevo y escribió:
DELbrAN / CLÁUSULA RESULTADOS FUTUROS / POSIBLE MATRIZ CONTRACTUAL
Debajo empezó una tabla.
Documento.
Fecha.
Entidad.
Objeto.
Cláusula.
Jurisdicción.
Firmantes.
Activo posible.
No sabía todavía qué significaba “activo posible”. Lo escribió porque necesitaba una columna donde poner aquello que el contrato parecía estar comprando sin decirlo.
En el proyecto de biomarcadores: modelos de respuesta conductual.
En el de adherencia: datos clínicos y patrones de conducta.
En el de inflamación: modelos computacionales aplicables a riesgo biológico.
Tres cosas distintas. O quizá no.
A las 8:12, el jefe de mesa le tocó el hombro.