Poseída por el vecino (Primera vez como esposa compartida) 1 Pyotr
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Poseída por el vecino (Primera vez como esposa compartida)

Poseída por el vecino (Primera vez como esposa compartida)

Por Nikki Howarth

© inepub.com

1 Pyotr

Hace dos años...

La chica del vestido azul va a arruinarme.

Lo sé en cuanto la veo al otro lado del salón de baile de Dimitri, de pie junto a su patética excusa de padre, como si tuviera miedo de respirar sin permiso. Vera Reznikova. Dieciocho años cumplidos la semana pasada. Me encargué de averiguarlo. Hija de un adicto al juego que me debe cuatrocientos mil dólares, y la cifra sigue creciendo.

Debería apartar la mirada. Tengo cuarenta y tres años. Ella acaba de alcanzar la mayoría de edad. Demasiado joven. Demasiado inocente. Demasiado jodidamente perfecta.

A mi polla le importa una mierda la diferencia de edad. Ya está dura, presionando contra la cremallera mientras la observo juguetear con la pulsera en su muñeca. No quiere estar aquí. Eso es evidente por cómo permanece pegada al lado de Mikhail, sus ojos oscuros recorriendo la sala como si buscara una salida.

Chica lista. Debería huir.

Pero no lo hará.

—Esa es la hija de Reznikov —dice Dimitri, que aparece a mi lado con un vodka en la mano, interpretando mi mirada con la precisión de quien me conoce desde hace veinte años—. Acaba de cumplir dieciocho.

—Lo sé.

—Demasiado joven para ti.

Como si no lo supiera.

Doy un sorbo lento a mi bebida, sin apartar los ojos de la chica.

—Me da igual.

Dimitri suspira. El suspiro de un hombre que sabe que ya ha perdido la discusión.

—Vas a reclamarla, ¿verdad?

La verdad es que lo decidí en cuanto la vi. En cuanto mi cuerpo reconoció lo que mi mente apenas empieza a comprender: esta chica fue hecha para mí. Hecha para ser poseída. Hecha para ser preñada. Hecha para llevar a mis hijos, calentar mi cama y mirarme con esos ojos grandes y asustados mientras la arruino para cualquier otro.

Cambia el peso de un pie a otro, incómoda con unos tacones demasiado altos. La curva de sus caderas —lo bastante anchas para parir, apunta mi cerebro cavernícola—. La suave redondez de sus pechos bajo ese modesto vestido azul. La forma en que su cabello oscuro cae sobre un hombro y deja al descubierto la vulnerable columna de su garganta.

Quiero morderla ahí. Marcarla. Hacerla gritar mi nombre mientras la lleno de mi semen y la preño como la bonita perrita que aún no sabe que es.

—Pyotr —la voz de Dimitri suena ahora a advertencia—. Es una niña.

—Es legal —apuro mi vodka y dejo el vaso con precisión controlada—. Y no será una niña por mucho tiempo.

Porque voy a tomarlo todo. Su inocencia. Su virginidad. Es virgen, sin duda, puedo notarlo por cómo se mueve, con esa gracia torpe y esos movimientos inciertos. Su futuro. Voy a tomarlo todo y darle exactamente lo que necesita a cambio.

Estructura. Disciplina. Mi polla enterrada hasta el fondo en su coño cada noche. Mi bebé creciendo en su vientre.

El pensamiento me pone más duro. Me recoloco discretamente, sin apartar los ojos de ella.

Es entonces cuando sucede.

Mikhail le dice algo con voz cortante y autoritaria:

—Siéntate y cállate, Vera.

Y ella se derrite.

La tensión abandona sus hombros. La energía frenética se apacigua. Se hunde de inmediato en la silla que tiene detrás, las manos cruzadas en el regazo, la mirada baja. Dócil. Obediente. Aliviada.

Sumisa natural.

Ni siquiera sabe lo que es todavía. No sabe que su cuerpo anhela órdenes como otras personas anhelan el aire. No sabe que la razón de su incomodidad no es estar en una fiesta de la Bratva, sino que nadie le está diciendo qué hacer, y su mente grita abrumada por demasiadas opciones.

Pero yo sí lo sé.

Veo exactamente lo que es. Lo que necesita.

—Te la estás comiendo con los ojos —observa Dimitri con sequedad.

—Estoy decidiendo.

—¿Decidiendo qué?

Por fin aparto la mirada de ella y busco los ojos de mi amigo más viejo.

—Lo rápido que puedo hacerla mía.

***

Tres días después, me siento frente a Mikhail Reznikov en su estudio, observando cómo el sudor le perla la frente mientras se da cuenta de lo jodido que está.

—Quinientos mil —digo con calma mientras despliego los papeles sobre su escritorio—. Con intereses. Vence en treinta días.

Está pálido. Bien.

—Puedo pagar.

—No, no puedes —me recuesto en la silla, completamente relajado. Esta es mi parte favorita: ver a hombres desesperados darse cuenta de que están jodidos—. Tus activos están hipotecados. Tus cuentas están vacías. Has pedido prestado a todo el que estaba dispuesto a prestarte, y todos te están reclamando el pago.

—Solo necesito tiempo...

—No tienes tiempo —dejo que el silencio se extienda mientras lo veo retorcerse. Luego me inclino hacia delante—. Pero tengo una oferta.

La esperanza brilla en sus ojos inyectados en sangre. Patético.

—Lo que sea.

—Tu hija.

Parpadea.

—¿Qué?

—Vera —pronuncio su nombre lentamente, saboreándolo—. Dámela y tu deuda queda perdonada. Toda. Más doscientos mil en efectivo y protección de la Bratva para el resto de tu familia.

Lo entiende poco a poco. Está borracho —siempre está borracho—, pero no es tan estúpido como para no captar lo que le estoy proponiendo.

—Quieres... ¿quieres a Vera?

—Como mi esposa.

—Tiene dieciocho años.

—Legal —deslizo otro documento sobre el escritorio. Un contrato de esponsales, ya preparado—. Se casa conmigo cuando termine la universidad o cuando tú mueras, lo que ocurra primero. Hasta entonces, es intocable. Bajo mi protección. Mía.

Mira el contrato como si fuera una serpiente. —No puedo hacer eso; es mi hija.

—Es lo único que tienes que valga algo. —Mantengo un tono neutro, impasible—. Y tienes dos opciones. Firma esto y se convierte en mi esposa. Estará protegida, cuidada, a salvo. O no firmes, y mis cobradores vendrán a cobrar lo que debes. Se la llevarán de todos modos, Mikhail. Se la pasarán entre ellos, la usarán hasta agotarla y tirarán lo que quede en la calle.

No es del todo mentira.

Otros hombres ya han hecho comentarios sobre la «bonita hija» de Reznikov. Si no la reclamo yo, lo hará otro. Alguien que no la apreciará como yo. Alguien que no le dará todo lo que necesita.

Alguien que no la amará con la obsesión enfermiza que me consume desde hace tres días.

—Pero si firmas —continúo—, se convierte en esposa de la Bratva. Mi esposa. Intocable. A salvo. Y morirás sabiendo que hiciste algo decente en tu miserable vida.

A Mikhail le tiembla la mano al coger el bolígrafo.

Hombre inteligente.

—Ella no aceptará —dice con voz débil.

—Lo hará. —Me recuesto de nuevo, confiado—. Tú te encargarás de eso.

***

A la noche siguiente, Mikhail me trae el contrato firmado a mi despacho.

Le tiemblan las manos al deslizarlo sobre mi escritorio. Lo cojo y examino ambas firmas. La suya es firme; al menos estuvo lo bastante sobrio para esto. La de ella es más temblorosa, las letras ligeramente irregulares.

—¿Lo ha firmado? —pregunto, aunque veo que sí.

—Sí. —No me mira a los ojos. Culpa, probablemente. Bien.

—¿Entendió lo que firmaba?

Una pausa. Demasiado larga. —Le dije que era para su fondo universitario.

Levanto la vista de golpe. —Le mentiste.

—No habría firmado de otro modo...

—Me da igual. —Y me da igual. El contrato es legal de todos modos. Los matrimonios de la Bratva no requieren el consentimiento entusiasta de la novia, solo su firma. Y ya la tengo, en tinta negra sobre papel caro—. Está hecho.

Mikhail asiente, hundido. Ya se ha gastado los doscientos mil en su cabeza, se le nota. Seguro que ya está pensando a qué casino ir primero.

—Ahora es mía —digo, más para mí que para él. Recorro su firma con el dedo. Vera Reznikova. Pronto será Vera Maksimova—. Dos años, Mikhail. Dos años y vendré a por ella.

—Es una buena chica —dice de pronto, con desesperación—. Inteligente. Amable. Merece...

—Merece algo mejor que tú. —Me levanto y guardo el contrato en la caja fuerte—. Y lo tendrá. Le daré todo lo que necesita. Estructura. Protección. Propósito.

Un collar. Mi polla. Mis hijos creciendo en su vientre.

Pero eso no lo digo en voz alta.

Mikhail se va sin decir nada más. Me sirvo una copa y vuelvo a sentarme, pensando en la chica que acaba de entregarme su vida sin siquiera saberlo.

Ya lo descubrirá. Cuando vaya a buscarla. Cuando la haga mía de todas las formas posibles.

***

Los preparativos empiezan de inmediato.

Compro una finca a las afueras de la ciudad: aislada, segura, perfecta para retener a una esposa que podría intentar huir al principio. La mando amueblar siguiendo mis instrucciones al detalle. Colores suaves en el dormitorio principal. Una habitación infantil un poco más allá: paredes de un amarillo pálido, una cuna ya montada, «Bebé Maksimov» pintado encima en letra delicada.

Pongo a alguien a seguir a Vera. Conozco su horario al minuto. Café a las siete de la mañana en la cafetería del campus. Clases hasta las tres. Biblioteca hasta las seis. En casa a las siete, salvo que quede con amigos, lo cual es raro. Es una chica solitaria. Perfecto.

Sé que duerme del lado izquierdo. Que le tiene miedo a las tormentas y duerme con una lamparita encendida. Que guarda un diario debajo del colchón donde escribe que se siente perdida, abrumada, insegura sobre su futuro.

No estará insegura mucho tiempo. Le daré certeza. Propósito.

Será mi esposa. La madre de mis hijos. Mía.

Saboteo a tres chicos que intentan salir con ella. Al primero le surgen problemas económicos de repente y se cambia de universidad. El segundo tiene un desafortunado accidente con su coche y un quitamiedos; sobrevive, pero pierde el interés en salir con nadie. El tercero simplemente desaparece después de que mantengo una conversación con él sobre respetar lo que pertenece a otros hombres.

Vera no se entera de nada. Cree que simplemente tiene mala suerte en el amor.

No tiene ni idea de que ya tiene dueño.

Cada noche me masturbo pensando en ella. En abrirle las piernas y hundirme en ese coño virgen que me pertenece. En ver cómo se le hincha el vientre con mi hijo. En ella de rodillas, mirándome con esos ojos grandes y oscuros mientras le follo la boca.

En poseerla. Por completo.

Cuento los días. Las semanas. Los meses.

Dieciocho. Diecinueve. Veinte.

Solo dos años más hasta que se gradúe. Dos años más de espera, de planes, de preparativos para el momento en que por fin pueda tomar lo que es mío.

Solo que no tengo que esperar tanto.

La llamada llega un martes por la noche. Mikhail Reznikov ha muerto. Infarto. Fulminante. Ya estaba muerto cuando llegó la ambulancia.

Cuelgo y me quedo sentado en silencio.

Luego sonrío.

El contrato especificaba: matrimonio tras terminar la universidad o a la muerte de Mikhail Reznikov, lo que ocurriera primero.

A primera hora de la mañana siguiente, me ducho, me afeito, me visto de luto. Me miro en el espejo: los tatuajes que me cubren las manos, que me suben por el cuello, el lobo que me cruza la garganta. La cara de un asesino. De un monstruo.

Su monstruo, ahora.

Miro el reloj.

Ya lo tengo todo preparado: el funeral, el entierro, la recogida. Sofia, la hermana de Mikhail, sabe que voy. Tendrá a Vera lista.

Lista para descubrir que ha sido mía durante dos años.

Lista para descubrir que se casa en tres días.

Lista para descubrir exactamente lo que significa pertenecer a Pyotr Maksimov.

Cojo las llaves y me dirijo a la puerta. Dos años de obsesión, planificación, espera. Dos años observándola, deseándola, preparándome para reclamarla.

Por fin ha llegado el momento.

Y cuando me hunda en su coño virgen, cuando la preñe y la haga gritar mi nombre, cuando vea su vientre crecer con la prueba de mi posesión, todo habrá valido la pena.

Cada segundo de espera.

Cada momento de necesidad desesperada, dolorosa.

Habrá valido la pena.

Subo al coche y conduzco hacia la funeraria. Hacia ella.

Eres mía, Vera.

Y no hay una puta cosa que puedas hacer para evitarlo.