Capítulo 29
—¡No se preocupe por eso, doctor! ¡Por favor, revíselo ya! —chilló Chloe, haciéndose a un lado a toda prisa pero sin soltar por completo la mano de Lean.
El especialista de la familia William, un hombre de mediana edad con años de experiencia lidiando con las crisis de los herederos de la alta sociedad, avanzó hacia la cama con paso firme.
Abrió su maletín médico y comenzó a trabajar con una precisión clínica que de inmediato trajo un mínimo de orden al caótico dormitorio.
Chloe permanecía de pie a un costado, mordiéndose el labio inferior con tanta fuerza que casi se abre la piel.
Sus ojos, aún empañados por las lágrimas, seguían cada movimiento del estetoscopio y del termómetro digital.
A su lado, Alice observaba con la seriedad propia de su formación en medicina, midiendo los parámetros en silencio, mientras Keenan se limitaba a quedarse al fondo, con los brazos cruzados y el semblante serio, aunque por dentro seguía rezando para que su jefe no se muriera y lo dejara a merced de su desquiciada esposa.
Tras unos minutos de una inspección minuciosa que a Chloe se le hicieron eternos, el doctor finalmente se enderezó, retirándose el estetoscopio del cuello. Dejó escapar un suspiro de alivio que disipó de inmediato la tensión radiactiva de la habitación.
—Señora William, por favor, tranquilícese. El joven Lean no corre ningún peligro de muerte —anunció el médico con una sonrisa pausada y reconfortante.
Al escuchar el diagnóstico, Chloe sintió que las piernas le flaqueaban. Se apoyó contra el borde del colchón, soltando una bocanada de aire que tenía contenida en el pecho.
—¡¿De verdad, doctor?! —raspó ella, con la voz rota—. ¿Entonces por qué corchos se desmayó así como si fuera un saco de papas? ¡Esa nevera andante nunca se enferma!
—Es una combinación de factores, señora —explicó el especialista, guardando sus instrumentos—.
El joven Lean presenta un cuadro severo de fatiga extrema por exceso de trabajo, sumado a una deshidratación considerable y una infección viral leve que le ha provocado este pico de fiebre tan alto.
Su sistema inmunológico simplemente dijo "basta" y apagó el interruptor para obligarlo a descansar.
Lo que necesita ahora es reposo absoluto, líquidos y cuidados constantes durante las próximas cuarenta y ocho horas.
El médico sacó un frasco de pastillas y una jeringa de su maletín.
—Le acabo de aplicar un antipirético potente por vía intravenosa para bajar la fiebre de inmediato.
Aquí le dejo los antibióticos y las instrucciones para los próximos días.
Más le vale asegurarse de que se tome todo, porque ya conocemos lo testarudo que es cuando se trata de su salud.
—No se preocupe por eso, doctor. Si es necesario, ¡le voy a embutir las pastillas por la nariz con un embudo! —prometió Chloe, clavando una mirada feroz en el rostro pálido de su esposo.
El médico soltó una risita incómoda ante la agresiva declaración de devoción de la joven y se despidió con una reverencia educada.
Keenan se adelantó de inmediato para escoltarlo a la salida, aprovechando la oportunidad perfecta para huir de la zona de peligro antes de que a su ama se le ocurriera volver a usarlo como saco de boxeo verbal.
—Yo también me retiro a mi habitación, Chloe —anunció Alice, dándole una palmadita afectuosa en el hombro a su cuñada—. Lean ya está estable. La fiebre debería empezar a ceder en un rato gracias a la inyección. Si necesitas algo, me avisas, ¿sí?
—Gracias, Alice. Ve a descansar —murmuró Chloe con una leve sonrisa.
Una vez que la puerta se cerró por completo, la suite principal quedó sumergida en un silencio sepulcral, alterado únicamente por el rítmico repique de la llovizna contra los ventanales del balcón.
Chloe se quedó parada sola junto a la inmensa cama tamaño king.
Contempló a su esposo por un largo rato.
Sin el correaje de sus trajes impecables ni esa mirada depredadora que solía taladrarle la paciencia, Lean lucía extrañamente humano en su vulnerabilidad.
Tenía las mejillas ligeramente encendidas por el remanente de la fiebre y el cabello desordenado sobre la frente.
«Mírate nada más... pedazo de nevera descompuesta», pensó Chloe, sintiendo que un nudo de ternura y arrepentimiento se le formaba en la garganta.
«Te la pasas diciéndome que mi cerebro es lento y que soy ineficiente, ¡pero tú eres el verdadero idiota que casi se mata trabajando solo para no volver a casa conmigo! ».
Acordándose de la promesa que le había hecho a Alessia, Chloe tomó su teléfono y le marcó rápidamente para darle el reporte médico, asegurándole que ella misma se encargaría de todo.
Tras colgar, dejó el aparato sobre la mesa de noche y se despojó de su blazer rosa pastel, quedándose únicamente con los jeans y la playera holgada de Lean que traía puesta desde la tarde.
Fue al baño principal, llenó un tazón de porcelana con agua tibia y regresó con una pequeña toalla blanca.
Se sentó con cuidado en el borde del colchón, justo al lado de su cuerpo inmenso.
Humedeció la tela, la exprimió con suavidad y comenzó a limpiar con una delicadeza infinita las gotas de sudor frío que aún decoraban la frente y el cuello de Lean.
Sus movimientos eran pausados, casi temerosos de romper la fragilidad del momento.
Pum-pum-pum...
Mientras le recorría la frente con la toalla, Chloe no pudo evitar que su mirada se desviara hacia el pecho de su esposo, que subía y bajaba con una respiración pesada. Su playera blanca de seda estaba semiabierta, revelando los contornos perfectos de su torso musculoso.
«Uf... contrólate, Chloe Spencer. El hombre está prácticamente moribundo y tú andas aquí de pervertida admirando el panorama», se regañó a sí misma internamente, sintiendo que las mejillas se le encendían en un sonrojo vivo.
De pronto, se fijó en la mano izquierda de Lean, que descansaba sobre el edredón.
En su muñeca brillaba la pulsera de platino masculina con las iniciales «C y L» grabadas.
Ver que él la llevaba puesta incluso en medio de su colapso hizo que al corazón de Chloe se le saltara un latido de pura emoción.
—Eres un mentiroso, Lean William —susurró Chloe al silencio de la habitación, delineando con la punta de sus dedos el metal frío de la pulsera—.
Te la pasas gritándome que no te importo y que no me amas, pero te aferras a esto.
.. ¿Por qué eres tan complicado, eh? ¿Por qué te cuesta tanto decir lo que sientes?
«Mamá tiene razón... ya estoy completamente perdida por ti. Me enamoré de una maldita nevera andante», admitió para sus adentros, con las lágrimas amenazando con volver a brotar, pero esta vez no de rabia, sino de una profunda añoranza.
Chloe enjuagó la toalla una vez más, la acomodó con cuidado sobre la frente de Lean para ayudar a disipar el calor de la fiebre y se dispuso a pasar la noche en vela a su lado.
Se acomodó en la silla de mimbre que había jaloneado del balcón, pegada al borde de la cama, y le tomó la mano grande y pesada entre las suyas, entrelazando sus dedos con firmeza.
Pasaron las horas. La madrugada milanesa avanzaba en medio de la penumbra amberina de la lámpara de noche.
Cerca de las 3:15 a. m., el efecto del antipirético comenzó a hacer su magia por completo.
El cuerpo de Lean empezó a enfriarse gradualmente, y su respiración se volvió mucho más ligera y rítmica.
Sintiéndose un poco más aliviada al notar que el peligro había pasado, el cansancio acumulado de los últimos días finalmente le pasó factura a Chloe.
Sus ojos se cerraron por el peso del sueño y su cabeza terminó por apoyarse suavemente sobre el borde del colchón, justo al lado del brazo de su esposo, sin soltar en ningún momento su agarre de sus dedos.
En medio del denso letargo de la convalecencia, la conciencia de Lean comenzó a parpadear.
El excomandante de inteligencia sentía el cuerpo pesado, como si hubiera sido arrollado por un camión blindado, pero el dolor punzante en su cráneo finalmente había desaparecido. Lentamente, moviendo las pestañas con dificultad, abrió los ojos enrojecidos.
La vista se le aclaró poco a poco, reconociendo el techo familiar de su suite principal. Intentó mover el brazo izquierdo, pero sintió un peso inusual y una calidez extraña rodeando sus dedos.
Lean giró la cabeza despacio sobre la almohada.
Ahí estaba ella.
Su «pequeña miniatura» estaba completamente dormida, sentada de mala manera en una silla y con la mitad del cuerpo invadiendo el colchón.
Traía puesta su playera blanca gigante, que le quedaba como un vestido holgado, y su rostro sereno descansaba a solo unos centímetros de su costado.
Lean pudo notar que sus pestañas aún estaban húmedas por el llanto y que su nariz perfecta conservaba un leve tono rosado.
Pum-pum-pum...
El corazón de Lean dio un vuelco brutal. Ver que la chica que se la pasaba huyendo de él y coqueteando con fantasmas de su pasado se había quedado a su lado, cuidándolo en mitad de la noche hasta quedarse dormida, desmanteló por completo la farsa de su lógica.
«¿Estuviste llorando por mí, Chloe...? ¿O es que acaso tu novio militar te dejó sola y viniste a usarme de consuelo otra vez?», pensó Lean, con una punzada de amargura cínica intentando reconstruir sus muros de hielo.
Pero entonces, su mirada bajó hacia sus manos entrelazadas. Chloe le apretaba los dedos con una fuerza inconsciente, como si tuviera miedo de que él se esfumara si aflojaba el agarre.
Lean la contempló en silencio durante un largo rato bajo la tenue luz ámbar.
Lentamente, con un cuidado agonizante para no romper el encanto del momento, estiró su mano derecha y la posó sobre la cabeza de ella.
Con dedos temblorosos y una suavidad aterciopelada que jamás le mostraría al mundo, comenzó a acariciarle los rizos suaves y perfectos.
—De verdad eres una alborotadora, Pequeña —susurró Lean con una barítono sumamente ronca y apenas audible en el silencio de la madrugada—.
Haces colapsar mis sistemas, me pones el corazón a mil por hora y luego te quedas aquí durmiendo como si no hubieras destruido todas mis defensas.
.. Sinceramente, ya no sé qué hacer contigo.
Apoyó la mano de vuelta en el colchón, cerró los ojos y se permitió, por primera vez en semanas, saborear la calidez de tener a su esposa cerca, hundiéndose de nuevo en un sueño reparador mientras la llovizna continuaba arrullándolos en su tregua privada.