Epílogo
Seis meses después, noche del estreno.
—¡Mierda! —dice Brynn cuando uno de los pendientes que trata de ponerse frente al espejo del baño se le resbala entre los dedos —cada vez más temblorosos— y ve con horror cómo rebota contra la porcelana del lavabo.
Su reacción es inmediata: su mano se estira como si fuera la lengua de un camaleón tratando de cazar una mosca y logra atraparlo antes de que se pierda por el desagüe.
Lo aprieta con fuerza entre los dedos y después apoya los puños cerrados sobre el mármol, agachando la cabeza unos segundos para tratar de que su respiración, acelerada por los nervios, vuelva a la normalidad.
—¿Todo bien? —pregunta Cameron, apareciendo en el umbral tras escucharla.
Brynn levanta la mirada y enfoca a la actriz a través del espejo. Si hace un segundo le temblaban las manos, lo que tiembla ahora es su corazón dentro del pecho y algo por debajo del vientre.
—Joder, Cam, estás…
Brynn se gira y parpadea para asegurarse de que no es una visión, de que ese vestido malva con escote en V que muestra lo justo, pero lo suficiente, realmente se ve tan impresionante como le había parecido.
No solo lo confirma, sino que entonces se fija en su peinado —que ya ha visto antes cuando han terminado con los estilistas— pero que ahora la deja con el aire contenido en los pulmones porque, en conjunto con el vestido, el maquillaje y los zapatos, Cameron Felton simplemente está despampanante.
—Estoy ¿qué? —pregunta la actriz, levantando una ceja y torciendo una sonrisa.
Brynn se acerca a ella, sintiéndose jadeante como si hubiera corrido una maratón, y le pone las manos en la cintura.
—Impresionante; esa es la única palabra.
La comisura izquierda de Cameron tira hacia arriba otra vez e inclina un poco la cabeza para acercar sus labios a la oreja de Brynn.
—Tú también —susurra la actriz—, y relájate, solo es un evento.
Brynn se aparta hacia atrás, cruzándose de brazos.
—¿Un evento? Es el estreno de la película, Cam, una maldita alfombra roja llena de gente que está deseando verte. Personas que gritarán tu nombre como histéricas mientras los flashes nos dejan ciegas.
—Estarás bien, te lo prometo.
—¿En serio? —Brynn lo duda, y como prueba, levanta las manos para mostrarle su temblor—. Ni siquiera puedo ponerme los pendientes.
—¿Qué les pasa a los que llevabas ?
—Que no los he elegido yo, y los míos me gustan más —protesta, como si estuviera en el colegio y tuviera cinco años.
Cameron se ríe y le quita el pendiente de la mano para ser ella misma la que se lo pone mientras Brynn siente ese tipo de corriente que siempre la atraviesa cuando la actriz la roza sin que se lo espere.
Dos horas después, el coche llega a la zona de acceso a la alfombra y Brynn mira todo el espectáculo con los ojos completamente desorbitados y la espalda recta en el asiento.
—Ya has hecho esto antes, cariño —susurra Cameron, cogiéndole la mano.
—No así, Cam. Los otros eventos eran…
—Tienes razón —admite la actriz—, pero de lo único de lo que tienes que preocuparte ahora es de no tropezarte; de lo demás, yo me encargo.
Brynn sale de su estupor y la mira con expresión horrorizada.
—No me ayudas si me haces pensar en que puedo tropezar delante de millones de personas —asegura la periodista.
Cameron tuerce una sonrisa, se inclina y le da un beso suave en la mejilla.
—Sabes que puedes con esto, venga, bajemos o se pensarán que estamos haciendo manitas, o peor, discutiendo, y especularán durante un mes.
Como Brynn se temía, la alfombra roja es un estallido de flashes y voces.
Cuando bajan del coche, le tiemblan hasta las rodillas y se maldice por estar tan nerviosa.
Como Cameron ha dicho, ya ha hecho esto antes; pasó casi tres meses en eventos parecidos —aunque no de tanto nivel— fingiendo ser la novia de Cameron Felton, y después de eso, simplemente como su novia de verdad, pero Brynn siente que esto es algo parecido a una culminación, a la última prueba de fuego a la que todos las someterán porque desde que Cameron salió del armario e hizo pública su relación, se han dicho muchas cosas.
En general, todas buenas y de apoyo a la pareja.
Sin embargo, también ha habido comentarios muy duros que a Brynn le molestaban mucho más que a la actriz, básicamente porque Cameron lleva años gestionando ese tipo de cosas, y ella, en cambio, siempre ha estado al otro lado, siendo la periodista mordaz y molesta que incordiaba a cualquier personaje público que le diera una pequeña oportunidad de hacerlo.
—Es el karma —le dijo Cameron en broma hace un par de semanas, cuando Brynn se quejaba de que la atacaran sin darle opción a defenderse o simplemente se inventaran cosas sobre ella que no tenía forma de detener.
Ella asintió y se dejó abrazar por la actriz, pero sabía que tenía razón.
Brynn no actuó bien con Cameron y fue bastante incisiva con otros artistas, así que, desde que su blog despegó gracias a la entrevista que le hizo a su chica y a otras dos actrices que accedieron gracias a ella, Brynn se ha autoimpuesto un par de normas: no escribir nada que no sea cierto y claramente entendible, y hablar siempre desde el respeto.
Cameron la coge de la mano de repente y Brynn siente que vuelve a la realidad, pero a una donde se siente segura, porque la actriz siempre le transmite esa calma fría que tiene en los momentos de máxima tensión, así que camina con ella, es amable cuando le preguntan, sonríe cuando posan y se deshace cuando Cameron la besa o se muestra protectora apretando su mano con fuerza o adelantándose un poco para ser la única en responder cuando las preguntas son invasivas.
Los siguientes diez minutos son como una especie de nebulosa en la que Brynn actúa por inercia.
Posan junto a Evan y él no para de hablar y decir cosas mientras mira a las cámaras como si estuviera encantado, y Cameron se ríe contagiada por unos chistes que Brynn ni siquiera entiende.
Tampoco lo necesita. No le importa todo lo que pasa a su alrededor; lo único que de verdad quiere es la felicidad de la mujer que tiene al lado, y parece que lo consigue día a día, porque Cameron ya no la ha vuelto a mirar con el recelo de las primeras semanas o el hastío de las siguientes cuando fingían; ahora la mira igual que Brynn a ella, como si fuera lo más importante de su mundo, y eso que el mundo de Cameron Felton es muy grande.
Tres horas después —cuando termina la película y las preguntas que Cameron responde a algunos periodistas—, ambas salen por una puerta trasera y se dirigen al coche que las lleva al apartamento de la actriz.
Brynn vive con ella desde hace algo más de un mes, cuando decidieron que era más cómodo que estar yendo y viniendo de uno a otro.
En cuanto entran, lo primero que hace Cameron —como siempre— es quitarse los tacones.
Brynn la imita y suspira de puro alivio porque ella no está acostumbrada a utilizarlos y una tarde con ellos puestos le provoca el dolor equivalente a haberlos llevado un mes.
Se duchan y se ponen ropa cómoda; después Cameron se sienta en el sofá y Brynn se tumba, poniendo la cabeza en un cojín y los pies sobre las piernas de Cameron.
—Dios mío, gracias —murmura Brynn cuando la actriz empieza a masajearle los pies.
—De nada —responde Cameron.
Y se quedan así durante diez minutos sin necesidad de hacer otra cosa, hasta que el sueño las vence y se van a la habitación a acostarse.
La actriz apaga la luz y Brynn se arrastra hasta que se pega a su espalda y hunde la nariz en su pelo, aspirando su aroma.
—Eres adictiva —susurra sin poder mantener los párpados abiertos.
Cameron le coge la mano con la que la envuelve y entrelaza los dedos con ella.
Quiere decirle que ella también lo es, pero no le parece la palabra exacta que defina lo que es Brynn para ella, porque es mucho más que adicción lo que siente por la periodista, así que solo suspira, tira de su mano hacia arriba para acercarla a sus labios y le besa el dorso.
Brynn sonríe somnolienta y se aprieta más contra ella, y Cameron exhala un suspiro de tranquilidad, cierra los ojos y se duerme sabiendo que acercarse a Brynn en aquella terraza fue la decisión más acertada que ha tomado en su vida.