Por siempre nosotras 4
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Antes de que ninguna dijera nada más, algo cambió en el aire. No fue un sonido. No fue un gesto evidente. Fue esa sensación.

Pipa lo notó primero, incluso antes de verlo, como si el cuerpo reaccionara antes que la mente, y al girarse ligeramente hacia la entrada, se quedó quieta un segundo más de lo normal, con la respiración suspendida, la mirada fija en un punto concreto entre la gente que entraba.

Tana siguió su mirada. Lía no necesitó hacerlo enseguida.

—Es él —dijo Pipa, casi en un susurro.

El hombre acababa de entrar en la terraza con una calma que contrastaba con todo lo que le rodeaba, como si el lugar no le impresionara, como si no necesitara adaptarse a él. Alto, con un traje oscuro sin corbata, la camisa ligeramente abierta en el cuello, las mangas remangadas justo lo suficiente para dejar ver el antebrazo, el reloj discreto, caro, pero sin intención de llamar la atención. No miraba alrededor buscando a alguien, no parecía dudar, simplemente avanzaba, y durante un segundo exacto, levantó la vista y la encontró. A Pipa. No sonrió de inmediato ni hizo ese gesto típico de reconocimiento exagerado, solo la miró y fue suficiente.

—Vale… —murmuró Tana, observándolo con atención—. Entiendo.

Lía lo miró entonces, analizándolo con rapidez, deteniéndose en los detalles, en la forma de caminar, en la postura, en cómo no parecía apresurarse a llegar.

—No tiene prisa —dijo en voz baja.

—No —respondió Pipa, sin apartar la mirada.

El tiempo pareció estirarse lo justo mientras él se acercaba, esquivando mesas, conversaciones, sin perderla de vista, y cuando finalmente llegó hasta ellas, se detuvo a una distancia correcta, ni demasiado cerca, ni demasiado lejos, con esa seguridad que no necesita invadir.

—Hola —dijo, mirándola solo a ella.

Pipa sostuvo la mirada, sin moverse.

—Hola.

Hubo un segundo más, de esos que no sobran. Entonces él desvió la mirada hacia Tana y Lía, con una leve inclinación de cabeza.

—¿Interrumpo?

Tana sonrió apenas.

—Depende de lo interesante que seas.

Él dejó escapar una ligera sonrisa, mínima, contenida. Lía no dijo nada, solo lo observaba, midiendo cada gesto, cada palabra.

—Soy Nico —añadió él, volviendo a mirar a Pipa.

Y en la forma en que lo dijo, sin adornos, sin intención de impresionar, había algo que no encajaba con el resto de los hombres que solían cruzarse en sus vidas.

Pipa sintió cómo algo se descolocaba dentro, algo pequeño, pero suficiente.

—Pipa —respondió.

—Lo sé.

Ahí estaba otra vez. Esa forma de decir las cosas.

El silencio volvió a instalarse, pero no era incómodo, era denso, cargado de algo que todavía no tenía nombre. Tana y Lía intercambiaron una mirada breve, casi imperceptible, de esas que solo existen cuando se conocen demasiado, porque las dos lo vieron al mismo tiempo. Este no era uno más, y aunque ninguna lo dijo en voz alta, ambas pensaron lo mismo. Esto iba a traer algo nuevo para todas y no sabían si estaban preparadas para ello.

—Ellas son Tana y Lía —dijo Pipa, señalándolas con naturalidad.

—Encantado —respondió él, mirándolas brevemente, sin alargar más de lo necesario.

Pidieron otra copa casi sin decidirlo, y durante unos minutos la conversación fluyó de una forma inesperadamente fácil, sin silencios incómodos, sin preguntas forzadas, Nico hablando lo justo, sin invadir, sin intentar impresionar, pero siempre presente, con respuestas precisas, con ese tipo de comentarios que parecían pensados sin parecerlo. No hablaba de trabajo de forma directa, pero se notaba en cómo enfocaba las cosas, en la forma en que analizaba situaciones con una claridad que no necesitaba adornos, y, sin darse cuenta, las tres empezaron a adaptarse a su ritmo, a ese equilibrio extraño entre cercanía y distancia.

Pipa estaba más contenida de lo habitual, escuchando más de lo que hablaba, algo que en ella no era frecuente, y Tana, aunque mantenía su postura firme, había relajado ligeramente los hombros, mientras Lía observaba cada interacción como si estuviera reconstruyendo una imagen completa a partir de pequeños fragmentos.

—Entonces, ¿siempre vienes aquí? —preguntó Pipa en un momento dado, apoyando ligeramente el peso en la mesa.

—No —respondió él—. Solo cuando merece la pena.

—¿Y hoy merece la pena? —intervino Tana.

Nico la miró un segundo, después volvió a Pipa.

—Hoy sí.

No fue una frase especialmente elaborada, pero en la forma en que la dijo, sin énfasis, sin intención de que destacara, tuvo más peso del que parecía.

El tiempo pasó sin que se dieran cuenta, hasta que, en un gesto casi casual, Nico miró hacia una mesa al fondo de la terraza, donde un grupo de tres personas levantaba la mano en su dirección.

—He quedado con ellos —dijo, señalando discretamente—. Pero me alegro de haberos visto.

Se hizo un pequeño silencio. No incómodo. Solo real.

—Igualmente —respondió Pipa, sosteniendo su mirada.

Nico dejó la copa sobre la mesa, se despidió con un gesto breve de cabeza hacia Tana y Lía, y antes de irse, volvió a mirarla una última vez.

—Luego te escribo.

No era una pregunta. Era una afirmación.

Pipa no respondió, pero no hacía falta.

Él se giró y se alejó sin mirar atrás, integrándose en su grupo con la misma naturalidad con la que había llegado, y durante unos segundos las tres se quedaron en silencio, siguiendo su figura hasta que dejó de ser el centro de su atención.

—Vale —dijo Tana finalmente, soltando el aire—. Ahora sí que entiendo.

Pipa no apartaba la mirada del fondo de la terraza.

—¿El qué?

—Que no sea uno más.

Lía apoyó los codos en la mesa, entrelazando los dedos, sin perder de vista la escena.

—No lo es —confirmó.

Pipa bajó la mirada hacia su copa, girándola entre los dedos, con una sonrisa leve que no terminaba de ser tranquila.

El ruido de la terraza volvió a colarse entre ellas, una risa al fondo, el tintinear de otra copa, alguien pasando demasiado cerca, pero en su mesa el ambiente había cambiado, se había vuelto más denso, más consciente.

—Está bueno —añadió Tana, sin rodeos.

Pipa soltó una risa.

—Bastante.

—No, bastante no —corrigió Lía, con una media sonrisa—. Mucho.

—Y el “luego te escribo” —añadió Tana, imitándole ligeramente—. ¿Perdona?

Pipa se llevó la copa a los labios para esconder la sonrisa.

—Calla.

—No, no, espera —insistió Lía, inclinándose un poco hacia ella—. Eso ha sido muy de “sé que voy a volver a aparecer”.

—Total —añadió Tana—. Seguridad nivel absurdo.

Pipa bajó la mirada, girando la copa entre los dedos.

—No lo ha dicho mal…

—No, no lo ha dicho mal —repitió Tana—. Lo ha dicho perfecto, y tú lo sabes.

—Y te ha gustado —remató Lía.

Pipa no respondió, pero el gesto fue suficiente.

—Vale —continuó Tana, cruzándose de brazos—. Pregunta importante.

Pipa levantó la vista, ya sabiendo por dónde iba.

—No.

—Sí —insistió Tana—. ¿Qué tal en la cama?

Pipa abrió los ojos un segundo, completamente pillada por la pregunta.

—¡Tana!

Lía soltó una pequeña risa, sin apartar la mirada de ella.

—Contesta.

Pipa negó con la cabeza, mirando hacia otro lado, claramente incómoda por primera vez en toda la noche.

—No voy a… —empezó.

—Eso es un sí —dijo Tana.

—Totalmente un sí —añadió Lía.

Pipa se quedó en silencio un segundo, mordiéndose ligeramente el labio, y acabó soltando el aire.

—Sí.

Las dos la miraron.

—Lo sabía —dijo Tana.

—Se te nota —añadió Lía.

Pipa se pasó una mano por el pelo, intentando recomponerse.

—Vale, ya está, cambio de tema.

—No —respondieron las dos a la vez.

Pero antes de que pudieran seguir, Lía desvió ligeramente la mirada hacia el fondo de la terraza, fijándose en algo que no había pasado desapercibido.

—No está tan centrado en su mesa como parece.

Tana siguió su mirada y entonces lo vieron. Nico estaba hablando con su grupo, apoyado en la silla, escuchando a uno de ellos, pero cada pocos segundos —demasiado regulares para ser casualidad— levantaba la vista y la buscaba. Pipa no se había dado cuenta.

—Vale… —murmuró Tana, volviendo a mirarla—. Esto mejora.

—¿Qué? —preguntó Pipa.

Lía sonrió muy levemente.

—Nada.

Tana negó con la cabeza, divertida.

—No, no. Todo.

Pipa frunció el ceño, confundida.

—¿Qué estáis…?

—Míralo —dijo Lía, muy tranquila.

Pipa dudó un segundo, pero acabó girándose con naturalidad, como si no esperara nada especial, y justo en ese momento, Nico levantó la vista y volvió a mirarla, directo, sin apartar la mirada. Pipa se quedó quieta un instante más de lo normal antes de girarse otra vez hacia ellas, intentando disimular.

—Vale… —murmuró.

Tana sonrió.

—Ya.

Lía apoyó el codo en la mesa, observándola.

—No es solo cosa tuya.

Pipa bajó la mirada hacia su copa, pero la sonrisa ya no podía esconderla del todo.

—Bueno—continuó Tana—. Parece un buen tío.

—Eso es lo peligroso —dijo Lía, desviando la mirada hacia donde estaba él—. Los que parecen buenos suelen ser los que más descolocan.

Pipa volvió a mirarlo, esta vez sin esconderlo, observando cómo hablaba con los otros, cómo escuchaba, cómo sonreía de forma contenida, cómo no necesitaba ser el centro para estar en el centro.

—No sé —dijo en voz baja—. Pero hay algo.

Y esa frase, tan simple, fue suficiente. Porque las tres lo sabían. Cuando Pipa decía “hay algo”, nunca era pequeño y nunca era casual.