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La mañana en Madrid tenía ese tono dorado que solo aparece cuando el día promete calor desde primera hora. La luz entraba limpia por los ventanales altos del despacho de Tana, dibujando líneas rectas sobre la mesa de madera oscura, perfectamente ordenada, casi intocable. No había papeles fuera de sitio. No había nada que no tuviera un propósito. Ella sí.
De pie, con los brazos cruzados, repasaba mentalmente la intervención que tenía en menos de una hora. Llevaba un traje sastre en azul marino, de corte impecable, con la chaqueta ligeramente entallada marcando la cintura y un pantalón recto que caía justo por encima de unos stilettos negros de tacón fino. El pelo, recogido en un moño bajo que dejaba ver la línea limpia de su cuello, transmitía esa imagen de control que todos esperaban de ella. Pero había algo en su expresión que no encajaba del todo. Una tensión leve en la mandíbula. Un segundo más de lo normal antes de pasar página en el expediente.
—No es complicado —murmuró para sí misma, aunque no lo necesitara—. Solo hay que ordenarlo bien.
Siempre era eso, ordenarlo, como si la vida fuera un caso más.
El teléfono vibró sobre la mesa. Una sola vez. No miró enseguida, sabía quién podía ser a esa hora. Cuando finalmente lo hizo, el nombre le arrancó apenas un gesto. Pipa.
«Café rápido después? Tengo algo que contarte.»
Tana dejó el móvil boca abajo. No contestó. Todavía no.
A varias calles de allí, el ritmo era otro. Pipa caminaba deprisa, pero sin parecerlo. Ese equilibrio tan suyo entre ir con prisa y seguir siendo elegante. Los vaqueros mom fit en azul claro le marcaban la cintura bajo una camiseta blanca de manga corta perfectamente metida por dentro, sencilla pero impecable. Las zapatillas, unas Golden Goose ligeramente desgastadas —ese desgaste que no es casual—, daban ese aire despreocupado que en ella nunca era del todo espontáneo.
El pelo liso, suelto, con ese tono trigueño que cambiaba según la luz, se movía con cada paso. Llevaba las gafas de sol subidas a la cabeza, sujetando algunos mechones, y un bolso cruzado que no dejaba de vibrar con notificaciones. Ni una sola la ignoraba del todo, pero tampoco dejaba que ninguna la absorbiera.
Entró en la cafetería sin mirar el cartel. No hacía falta. Conocía al camarero, conocía la mesa y conocía incluso el momento exacto en el que el café estaría listo sin tener que pedirlo.
—Como siempre —dijo él, sonriendo.
—Como siempre —respondió ella.
Se sentó junto a la ventana. Desde allí podía ver la calle, la gente pasando, los gestos, las prisas, las conversaciones a medias. Apoyó el codo en la mesa y dejó caer la cabeza ligeramente hacia un lado, observando, pensando. No en el trabajo. No del todo.
Sacó el móvil y abrió la conversación. Tana seguía sin contestar. Sonrió levemente.
—Claro que sí —susurró, casi divertida—. Perfecto.
No insistió. Nunca lo hacía.
En otra parte de la ciudad, Lía estaba sentada en una sala de reuniones de cristal, con vistas a un skyline que parecía sacado de una campaña. Y, en cierto modo, lo era. Todo allí lo parecía. Tenía una tablet delante, pero no la miraba, solo escuchaba.
Un hombre hablaba. Otro asentía. Una mujer intervenía de vez en cuando con datos que parecían importantes, pero Lía no estaba en eso. O sí, pero en otro nivel. Llevaba una americana negra oversize que caía con naturalidad sobre unos pantalones baggy vaqueros oscuros, perfectamente combinados con unas Golden Goose de botín con estampado de leopardo que rompían cualquier intento de sobriedad. El pelo, suelto, ligeramente ondulado, caía sobre sus hombros con ese aire de “no lo he pensado demasiado” que, en su caso, era mentira. Siempre lo pensaba todo.
Apoyó la barbilla en la mano, con el codo sobre la mesa, y miró fijamente a quien hablaba. No para escuchar, sino para medir.
—No va a funcionar —dijo de pronto.
El silencio fue inmediato. No alzó la voz, no hizo falta.
—Perdona —respondió uno de ellos—, ¿qué es exactamente lo que no…?
—El enfoque —interrumpió ella, tranquila—. Estáis intentando vender algo que la gente no quiere sentir.
La mujer del fondo frunció el ceño.
—Los datos dicen lo contrario.
Lía negó muy ligeramente.
—Los datos dicen lo que ya ha pasado.
Y entonces se inclinó hacia delante.
—Yo estoy hablando de lo que va a pasar.
Ahí estaba. Ese momento. El que la hacía necesaria. Nadie respondió durante unos segundos. Y en ese silencio, Lía supo que ya había ganado.
El grupo de WhatsApp no tenía nombre, nunca lo había tenido. Solo tres iconos. Tres vidas. Tres versiones distintas de lo mismo.
El mensaje llegó primero de Pipa:
«Tengo algo que contaros.»
Tana tardó unos segundos más en responder:
«Estoy trabajando.»
Y después, como si no hubiera podido evitarlo:
«¿Es bueno o malo?»
Pipa contestó casi al instante:
«Depende de cómo se mire.»
Lía apareció la última.
«Como siempre.»
«Entonces es interesante.»
Hubo un pequeño silencio digital. De esos que no se ven, pero se sienten. Pipa apoyó la espalda en la silla, cruzó las piernas, miró por la ventana.
—Vale —murmuró para sí—. Pues vamos allá.
Escribió:
«Esta noche. 21:30. El sitio de ayer.»
Tana leyó el mensaje con el ceño ligeramente fruncido. Dudó. Un segundo. Dos. Demasiado poco como para cambiar de idea.
«Vale.»
Lía no respondió, pero las dos sabían que estaría. Porque siempre estaban.
En medio del caos, en medio del éxito, en medio de todo lo que parecía bajo control… hasta que dejaba de estarlo. Y aunque sus días fueran distintos, sus ritmos incompatibles y sus vidas cada vez más complejas, había algo que no cambiaba. Siempre volvían. A la misma mesa, a la misma copa, a ese punto exacto donde todo parecía estable… justo antes de dejar de serlo.
A las 21:30 el rooftop tenía ese punto exacto entre elegante y peligroso, cuando la noche ya ha empezado, pero aún no ha decidido en qué se va a convertir, con las luces cálidas reflejándose en las copas, la música lo bastante baja como para permitir conversaciones cercanas y lo bastante alta como para esconder lo que no se quiere oír.
Tana llegó la primera, puntual como siempre, con la misma ropa con la que había salido del trabajo. No le había dado tiempo a ir a casa, pero siempre llevaba unas sandalias planas. Se apoyó en la barandilla con la ciudad extendiéndose bajo sus ojos mientras soltaba el aire despacio, dejando atrás el día, aunque solo fuera en apariencia.
Pipa apareció pocos minutos después, rompiendo la calma sin necesidad de hacer ruido, con sus jeans mom fit ajustados en la cintura, la camiseta blanca perfectamente metida por dentro, las Golden Goose marcando ese estilo suyo que parecía natural pero no lo era, el pelo liso cayendo sobre los hombros y una expresión que ya traía algo dentro, algo que no iba a tardar en salir. Se acercó directamente a Tana, rodeándole la cintura con un gesto automático, apoyando la cabeza un segundo en su hombro como si ese contacto fuera necesario antes de cualquier otra cosa.
—Vale, tengo que contártelo —dijo sin esperar.
—Falta Lía —respondió Tana, sin apartar del todo la mirada de la ciudad, aunque su cuerpo ya estaba girándose hacia ella.
—Mierda, necesito soltarlo ya —replicó Pipa, con una sonrisa que no era del todo tranquila.
Y como si la escena estuviera medida, Lía apareció justo entonces, caminando sin prisa, con el pelo suelto moviéndose ligeramente con el aire, la mirada fija en ellas dos antes incluso de llegar, como si ya estuviera leyendo la situación.
—Siempre empiezo en el momento interesante —dijo, acercándose.
Pidieron las copas casi sin hablar, porque no hacía falta, porque ya sabían lo que cada una iba a pedir, y cuando las tuvieron en la mano, las tres se colocaron formando ese pequeño círculo suyo, ese espacio que siempre terminaba aislándolas del resto, aunque estuvieran rodeadas de gente.
Pipa dio un sorbo rápido, apoyó la copa sobre la mesa alta y las miró a las dos, primero a Tana, después a Lía, como si estuviera calibrando por dónde empezar, algo poco habitual en ella.
—Ayer no me fui sola —soltó al final.
Tana giró la cabeza con un gesto mínimo, una media sonrisa apareciendo en su rostro.
—Eso no es noticia.
—Ya —respondió Pipa, bajando un segundo la mirada antes de volver a levantarla—, pero esta vez es distinto.
Lía no sonrió, simplemente la observó, inclinando ligeramente la cabeza, como si ese matiz fuera suficiente para activar algo en ella.
—¿Distinto bien o distinto mal?
Pipa soltó una pequeña risa, pero no era la de siempre, había algo más contenido, más consciente.
—No lo sé, y eso es lo raro, porque normalmente lo sé desde el primer momento.
El viento pasó entre ellas, moviendo ligeramente el bajo del vestido de Tana, levantando algunos mechones del pelo de Pipa, rozando la americana de Lía, y durante un segundo ninguna habló, como si ese silencio también formara parte de la conversación.
—¿Quién es? —preguntó Tana, esta vez con más interés.
Pipa se apoyó con las manos en la mesa, inclinándose ligeramente hacia delante, bajando un poco la voz sin necesidad de hacerlo.
—Trabaja en una firma de inversión, vino al evento por uno de los clientes importantes, pero no es eso, no es el tipo de hombre que intenta impresionar, ni siquiera parecía especialmente interesado en estar allí, y aun así… —se detuvo un segundo, frunciendo ligeramente el ceño—, no sé cómo explicarlo.
Lía no apartaba la mirada.
—Explícalo.
Pipa respiró hondo, como si necesitara ordenar algo que no encajaba del todo.
—No me miraba como los demás, no estaba intentando gustarme, ni acercarse, ni buscar conversación, de hecho, fui yo la que se acercó primero, y eso no pasa casi nunca.
Tana arqueó ligeramente una ceja.
—Eso sí que es noticia.
Pipa sonrió, pero esta vez fue más suave.
—Lo sé, pero es que no tenía esa necesidad de gustar, ni de demostrar nada, hablaba conmigo como si ya supiera perfectamente quién era yo… y no le importara demasiado.
Lía se apoyó en la mesa, cruzando ligeramente los brazos.
—¿Y eso te gusta?
Pipa tardó un segundo en responder, miró hacia la ciudad, luego hacia su copa, girándola entre los dedos.
—No lo sé —admitió finalmente—. Pero no puedo dejar de pensar en él.
Y ahí cambió algo. Porque no era solo lo que decía. Era cómo lo decía.
Tana la observó con más atención, dejando a un lado ese gesto seguro que la caracterizaba, y Lía, por primera vez en toda la noche, no tenía una respuesta inmediata.
—¿Volviste a verle hoy? —preguntó esta última.
Pipa negó suavemente.
—No, pero me escribió esta mañana.
Las dos se quedaron en silencio.
—¿Y? —insistió Tana.
Pipa cogió el móvil, lo desbloqueó, dudó un segundo y lo dejó sobre la mesa, girándolo hacia ellas.
—Quiere verme otra vez.
Lía no miró el mensaje. Miró a Pipa.
—Y tú no sabes si quieres.
Pipa alzó la vista, encontrándose con la suya.
—Exacto.
El ruido de la terraza volvió a colarse entre ellas, una risa al fondo, el sonido de otra copa chocando, alguien pasando demasiado cerca, pero en ese pequeño espacio todo se había vuelto más concreto, más definido.
Porque por primera vez en mucho tiempo, no era un contacto más, ni una oportunidad, ni alguien interesante que añadir a su lista. Era algo que no controlaba. Y eso, en sus vidas, nunca era casual.