Capítulo 7 Levántate #2
Como si mi súplica, pequeña, rota, manchada de todo lo que yo había sido, hubiera encontrado una autoridad más antigua que el infierno.
David retrocedió medio paso.
Solo medio.
Pero retrocedió.
—Deja de rezar —dijo.
Su voz ya no era seda.
Era grieta.
Yo bajé la cabeza otra vez, temblando.
Y seguí.
—No lo dejes llevarse a Leo. Por favor. No a él.
Nada ocurrió.
La luz siguió gris.
La habitación siguió fría.
Leo siguió sentado en la cama, con el frasco abierto en la mano.
David sonrió otra vez.
Más despacio.
Más cruel.
—Silencio —murmuró—. Qué respuesta tan divina.
Me faltó aire.
Por un segundo, le creí.
Por un segundo sentí que todo estaba perdido.
Que el Bien no escuchaba a las mujeres como yo.
Que quizá había una jerarquía, sí, pero tan alta, tan limpia, tan lejos, que mi voz manchada no podía llegar.
Que yo había bajado demasiado. Que había sido demasiado mala.
Que la palabra buena se había muerto conmigo en aquel apartamento y solo quedaba una sombra bonita arrodillada junto al hombre al que iba a perder por segunda vez.
Leo levantó el frasco.
—Perdóname, Jade —susurró.
Y entonces el cielo cayó.
No como fuego.
No como trueno.
Como luz.
Una luz blanca atravesó el techo sin romperlo y golpeó el espacio entre Leo y yo.
El cuarto entero se llenó de un viento limpio, tan limpio que el olor de Jade se quebró en el aire como vidrio oscuro.
David retrocedió un paso. Solo uno. Pero lo hizo.
Y ese paso fue la primera cosa hermosa que vi en mucho tiempo.
El frasco se le soltó a Leo de la mano.
Cayó sobre la alfombra sin derramarse.
Una figura apareció entre nosotros.
Primero fueron las alas.
Blancas.
Enormes.
No blancas como tela. No blancas como nieve.
Blancas como una verdad que no necesita pedir permiso para entrar en la oscuridad.
Cada pluma parecía hecha de luz viva. El aire alrededor de ellas no brillaba; descansaba.
Como si por fin hubiera llegado alguien con autoridad suficiente para ordenar al dolor que se callara un momento.
Después vi la ropa.
Blanca.
Sencilla.
Limpia.
Sin lujo.
Sin corona.
Sin necesidad de demostrar nada.
Y luego vi el rostro.
El mundo se me acabó por dentro.
—Mamá...
La palabra salió de mí como una niña cayendo de rodillas.
Elena Sorel me miró.
Mi madre.
Mi madre, que yo había creído muerta, perdida, lejos, enterrada en una parte de mi vida que no sabía cómo visitar sin sangrar.
Mi madre, con el rostro más joven y más antiguo al mismo tiempo, con los ojos llenos de una ternura que no había envejecido, con la boca temblando como si verme allí también le doliera.
No venía como recuerdo. No venía como fantasma. Venía con alas.
Venía vestida de Bien.
Leo estaba inmóvil sobre la cama.
No la veía todavía como yo.
No del todo.
Solo sentía el cambio.
Su respiración se volvió distinta, como si alguien hubiera metido aire limpio dentro de un cuarto cerrado durante años.
Elena bajó la mirada hacia mí.
Sonrió con tristeza.
Con amor.
Con esa fuerza de las madres que pueden estar rotas y aun así parecer refugio.
—Levántate, mi pequeña Jade.
La frase me partió.
No porque fuera orden.
Porque era amor.
David me había dicho levántate como quien levanta una herramienta.
Elena me lo dijo como quien llama a una hija desde el suelo.
Yo no pude levantarme.
Lloré.
Lloré con un sonido que no tenía nada de Súcubo, nada de mujer peligrosa, nada de boca roja ni de orgullo. Lloré como una niña que por fin encuentra a su madre después de haber fingido demasiados años que no la necesitaba.
—Mamá...
Elena se arrodilló frente a mí.
Me tocó la cara.
Y yo la sentí.
La sentí.
Su mano era tibia.
Real.
Limpia.
El contacto me atravesó como una absolución que todavía no sabía si merecía.
—Estoy aquí —susurró.
—Me perdí.
—Lo sé.
—Fui mala.
Elena me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Fuiste herida.
Negué con la cabeza, desesperada.
—Fui mala, mamá.
—Sí —dijo.
No lo suavizó.
Y por eso me salvó un poco.
—Pero mala no es todo lo que eres.
David soltó una risa baja desde el otro lado de la habitación.
El sonido intentó ensuciar la luz y no pudo.
—Qué escena tan tierna.
Elena no lo miró todavía.
Primero se puso de pie y caminó hacia Leo.
Yo intenté seguirla, pero mis piernas no respondían. Leo seguía sentado en la cama, pálido, temblando, mirando el frasco en el suelo como si acabara de despertar de un sueño que todavía tenía dientes.
Elena puso una mano sobre su pecho.
Leo inhaló.
El efecto fue inmediato.
No espectacular.
No violento.
Profundo.
Como si un nudo que llevaba días apretándole el corazón se soltara sin romperlo.
Los hombros le bajaron. La tensión de la mandíbula cedió.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero ya no eran lágrimas de locura.
Eran dolor saliendo. Culpa aflojando. Sombra retirándose de una casa que nunca le perteneció.
—Descansa, hijo —dijo Elena, aunque Leo no pareció escuchar la frase con los oídos.
Su voz entró por otro lugar.
Un lugar que David no podía tocar.
El frasco en el suelo se agrietó.
Una línea fina lo cruzó.
Luego otra.
Hasta que se volvió polvo claro, no ceniza oscura, sino algo sin poder, sin amenaza, sin puerta.
David dio otro paso atrás.
Sus ojos se encendieron.
Elena alzó la otra mano hacia mí.
—Se acabó, Jade.
El olor cambió.
Mi olor.
Esa presencia cruel que David había usado para destruir a Leo empezó a deshacerse.
No desapareció como si yo no existiera. Cambió de naturaleza.
Dejó de ser arma. Dejó de entrar en Leo como cuchillo.
Se volvió algo suave, humano, un resto de piel, de memoria, de vida.
Algo que ya no empujaba hacia el abismo.
Sentí un dolor profundo en la espalda.
Me arqueé.
No grité.
Las alas de Súcubo salieron de mí por última vez, pero no abiertas, no orgullosas, no hermosas.
Salieron como sombra arrancada. Dos formas negras se desprendieron de mi cuerpo y se retorcieron en el aire, hechas de deseo enfermo, hambre, mandato, almas ajenas, órdenes de David.
Mis cuernos ardieron sobre mi frente y se rompieron en partículas oscuras.
Las uñas negras perdieron su brillo infernal.
El fuego en mi pecho se estremeció, peleó, intentó quedarse.
Elena cerró los dedos.
La sombra se quebró.
Todo lo que David había puesto en mí se convirtió en polvo y cayó al suelo sin tocarlo.
Me quedé temblando.
Humana.
Muerta y viva de una manera que no entendía.
Pero humana.
Por primera vez desde el infierno, mi cuerpo me perteneció en silencio.
Leo levantó la mirada.
Sus ojos encontraron el espacio donde yo estaba.
Y esta vez se detuvieron.
Me vio.
No a través de mí.
A mí.
El aire se salió de sus pulmones.
—Jade...
Mi nombre sonó distinto.
No como culpa.
No como locura.
Como milagro.
Me llevé una mano a la boca.
—Leo.
Él se puso de pie con torpeza, como si no confiara en el mundo todavía. Dio un paso. Luego otro. Sus ojos recorrían mi cara con terror y felicidad, con incredulidad y hambre de verdad. Levantó una mano lentamente.
Yo también.
Nuestros dedos se tocaron.
Calor.
Piel.
Resistencia.
Vida.
Leo soltó un sonido roto y me agarró de golpe, abrazándome con una desesperación que casi nos tiró al suelo. Yo me aferré a él como si el infierno todavía pudiera abrirse debajo de mis pies. Su pecho temblaba contra el mío. Sus brazos eran reales. Su olor era real. Su llanto en mi cuello era real.
—Te veo —dijo, llorando—. Te veo.
Yo no podía hablar.
Me hundí en él.
En su camisa mal abotonada.
En su calor.
En ese cuerpo que David había querido convertir en trofeo y que ahora me sostenía como si yo todavía pudiera ser algo más que ruina.
—Te escucho —susurró Leo.
Eso me rompió de nuevo.
—Perdóname.
—Jade...
—Perdóname, perdóname, perdóname...
No sabía decir otra cosa.
Leo me apretó más fuerte.
Y entonces la luz tembló.
No por Elena.
Por David.
La habitación se oscureció desde las esquinas. Las paredes crujieron. La ventana se volvió negra aunque la mañana seguía afuera. El aire limpio se tensó, como si algo enorme lo mordiera desde abajo. David ya no sonreía.
Su forma humana se abrió.
No cambió con elegancia esta vez.
Se desgarró.
La piel perfecta se partió en sombras. Los zapatos negros se convirtieron en pezuñas que quemaron el piso. Los hombros crecieron. Las manos se volvieron garras. Los cuernos salieron como una corona de rebelión antigua. El rostro de David Madero desapareció debajo del emperador del infierno.
Leo me sostuvo más fuerte.
Yo me puse delante de él por instinto.
Ridículo.
Hermoso.
Inútil.
Elena giró hacia David con una calma que hizo que la bestia pareciera ruidosa.
David rugió.
El sonido sacudió los cuadros, rompió la ventana, hizo que las paredes del apartamento mostraran por un instante grietas rojas, como si el infierno intentara entrar a reclamar lo que estaba perdiendo.
—¡Ella es mía! —rugió.
Elena levantó apenas la barbilla.
—No.
Una sola palabra.
Y el rugido se sintió más pequeño después de ella.
David se lanzó.
No caminó.
No corrió.
Se lanzó como una masa de fuego negro, garras abiertas, alas de sombra creciendo detrás de él, toda la furia de un reino antiguo cayendo hacia una mujer vestida de blanco.
Elena levantó una mano.
David quedó suspendido en pleno vuelo.
El silencio fue absoluto.
La bestia quedó detenida a pocos metros de ella, garras extendidas, boca abierta, ojos ardiendo, todo su poder atrapado en el aire como un animal clavado por una fuerza invisible. Las sombras que lo rodeaban se retorcieron. El suelo tembló. El infierno rugió detrás de él.
Elena ni siquiera parpadeó.
Ahí entendí la jerarquía.
David era enorme abajo.
Terrible abajo.
Emperador, dueño, bestia, boca del abismo.
Pero arriba había una autoridad que no necesitaba rugir.
El Bien no entró peleando.
Entró mandando.
Elena caminó hacia él despacio.