Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 7 Levántate
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Capítulo 7 Levántate

Levántate

La mano de Leo tocó la manija de la gaveta.

No la abrió enseguida.

Eso fue lo más cruel.

El mundo no se partió de golpe. No hubo trueno.

No hubo grito. No hubo sombra cayendo sobre la habitación para anunciar que algo irreparable estaba a punto de ocurrir.

Solo una mano temblorosa sobre una manija de metal, una mañana gris entrando por la ventana y un hombre bueno sentado en una cama, demasiado cansado para seguir peleando contra un fantasma que olía a la mujer que había amado.

Yo estaba de rodillas frente a él.

Invisible.

Inútil.

Con el cuerpo inclinado hacia adelante, los dedos atravesando la sábana cada vez que intentaba aferrarme a algo, la boca llena de súplicas que no llegaban a ninguna parte.

Leo no podía verme. No podía escucharme.

No podía sentirme. Pero podía olerme. Ese había sido el cuchillo de David desde el principio.

No una aparición. No una voz. No una prueba.

Solo mi presencia convertida en perfume, en castigo, en una promesa imposible.

El olor de Jade llenaba la habitación.

Mi olor.

Mi crimen.

Mi veneno.

Leo cerró los ojos y respiró como si cada inhalación lo partiera un poco más.

—No puedo más —susurró.

Me acerqué a él, aunque no sirviera.

—Sí puedes. Leo, mírame. Aunque no puedas, mírame. Estoy aquí. Estoy aquí contigo.

Su mano siguió sobre la gaveta.

No abrió.

Todavía.

David estaba junto al ventanal, vestido como hombre, sonriendo como algo que nunca lo fue.

La luz de la mañana le tocaba el rostro perfecto y no lograba ensuciarlo.

Eso era lo más enfermizo de él: podía estar construyendo la muerte de un alma limpia y aun así parecer un invitado elegante en una habitación ajena.

—Qué hermoso es este momento —murmuró.

Lo miré con odio.

—Cállate.

—No. Quiero escucharlo completo.

Leo respiraba con dificultad. Tenía la camisa mal abotonada, el cabello revuelto, los ojos hundidos de una manera que no pertenecía a su edad.

El dolor le había puesto años encima en pocos días.

Era el mismo Leo y no lo era. El hombre que me perdonó mientras yo moría seguía allí, pero debajo de capas de cansancio, culpa, insomnio y una esperanza torturada hasta volverse casi locura.

—Yo no quería esto —dijo él.

No sabía a quién.

Quizá a mí.

Quizá a Dios.

Quizá a la habitación.

Quizá a la parte de sí mismo que todavía intentaba convencerlo de levantarse, vestirse, ir al trabajo, corregir exámenes, comprar café, hacer cualquier cosa que pareciera vida.

—Yo quería salvarte.

Me doblé sobre mí misma.

—Lo sé.

—Quería llegar antes.

—Llegaste, Leo.

—Quería que me miraras y entendieras que yo...

Se le quebró la voz.

La mano apretó la manija.

—Que yo siempre te iba a perdonar.

El dolor me atravesó con tanta fuerza que por un instante recordé algo completo.

No todo.

No suficiente.

Pero algo.

Leo en el suelo del apartamento, sosteniéndome. Su voz rota. Sus manos en mi cara. El veneno ya dentro de mí. Mi cuerpo apagándose. Su perdón llegando tarde, pero limpio, tan limpio que ni el infierno había podido tragárselo sin atragantarse.

David dejó escapar un suspiro satisfecho.

—Ahí está. El amor convertido en culpa. Casi perfecto.

Me puse de pie de golpe.

—Tú hiciste esto.

David giró hacia mí.

—No. Yo lo refiné.

—Lo estás destruyendo.

—Estoy quitándole la ilusión de que sufrir por ti todavía tiene sentido.

—Él no es tuyo.

David sonrió más.

—Por eso lo quiero.

La gaveta sonó.

Leo la abrió.

El sonido fue pequeño.

Un roce de madera.

Una cosa doméstica.

Y aun así fue más terrible que los gritos del infierno.

Dentro no había mucho. Papeles doblados. Un bolígrafo. Una fotografía vieja puesta boca abajo. Unos recibos. Y al fondo, envuelto en una bolsa oscura, el frasco.

No era el mío.

David había dicho la verdad.

El mío ya no existía. O tal vez existía solo como memoria, como mancha, como herida.

Pero aquel frasco estaba allí por la misma razón.

Guardado en el mismo tipo de silencio. Esperando la misma clase de noche.

O de mañana. Porque el dolor no siempre respeta la hora; cuando decide hablar, hasta la luz del día parece un insulto.

Leo lo miró.

No lo tomó todavía.

Solo lo miró.

Y en su rostro vi la pelea.

Vi la parte de él que quería vivir. La parte que recordaba a sus estudiantes, a sus libros, a las cosas pequeñas que todavía podían sostener a un hombre bueno un día más.

Vi la parte que me amaba. Vi la parte que me extrañaba tanto que mi olor se había vuelto una tortura.

Vi la culpa repitiéndole que si me seguía oliendo era porque yo lo llamaba.

Vi la esperanza, esa cosa hermosa y cruel, convertida en soga.

—No —susurré—. No, Leo. No lo hagas. Por favor, no lo hagas.

Él metió la mano en la gaveta.

Mis piernas fallaron.

Caí de rodillas otra vez.

—No.

David caminó despacio hasta ponerse detrás de Leo. No lo tocó. No necesitaba tocarlo. Se inclinó sobre su hombro como una sombra que estudia una joya.

—Tómalo —murmuró.

Leo no podía oírlo.

Pero algo en el cuarto se apretó.

La orden no entraba por los oídos. Entraba por el cansancio. Por la culpa. Por el olor de Jade. Por la forma en que el alma de Leo, tan limpia, tan resistente, estaba empezando a sangrar por lugares invisibles.

Su mano cerró alrededor del frasco.

Yo grité.

No fue un grito bonito.

No fue una frase elegante de mujer condenada.

Fue una cosa rota saliendo de mí.

—¡No!

Leo sacó el frasco y lo sostuvo entre los dedos.

Era pequeño.

Eso me dio más horror.

Qué pequeñas son a veces las puertas más grandes.

Un frasco podía caber en una mano y abrir un abismo.

Leo lo miró con una calma que no era paz.

Era agotamiento.

—Tal vez así se calla —dijo.

Me arrastré hacia él.

Atravesé la cama.

Atravesé sus piernas.

Atravesé el espacio donde debería haber podido abrazarlo.

—No tienes que callar nada. Grita. Rómpelo todo. Ódiame. Maldíceme. Pero quédate. Leo, quédate.

David me miró desde arriba.

—No puede oírte.

—¡Cállate!

—No puede verte.

—Cállate.

—No puede sentirte.

Me tapé los oídos, aunque su voz no entraba por ahí.

—Cállate.

David se agachó frente a mí. Su rostro quedó cerca del mío, hermoso, inhumano, satisfecho.

—Pero puede olerte. Y eso fue suficiente.

Leo giró el frasco entre los dedos.

Su pulgar buscó la tapa.

No.

No.

No.

Algo dentro de mí se abrió.

No las alas.

No la Súcubo.

No el hambre.

Otra cosa.

Más vieja que mi rabia.

Más débil y más fuerte al mismo tiempo.

La parte que David no había sabido arrancar porque no era recuerdo, sino herida.

La parte que todavía sabía que Leo no debía caer.

La parte que no quería poder, ni belleza, ni inmortalidad, ni venganza, ni una corona sobre un trono de ceniza.

La parte que, por primera vez en toda mi existencia, no pidió nada para sí misma.

Me aparté de Leo y caí completamente de rodillas en medio de la habitación.

Bajé la cabeza.

No sabía cómo rezar.

Elena me había enseñado palabras de niña, pero yo las había usado poco y mal, como quien guarda una llave vieja sin creer que todavía abre algo.

Yo sabía negociar. Sabía mentir. Sabía seducir.

Sabía herir. Sabía poner precio a mi voz, a mi cuerpo, a mi presencia.

Pero pedir ayuda de verdad era otra cosa.

Pedir ayuda sin manipular, sin prometer, sin actuar.

Pedir ayuda como una mujer desnuda por dentro frente a una fuerza que no podía comprar.

Me quebré allí.

En el suelo donde Leo no podía verme.

Frente al frasco que yo misma había convertido en espejo.

—Escúchame —susurré.

David dejó de sonreír un poco.

La habitación pareció inclinarse.

Yo levanté la mirada hacia el techo.

No vi cielo.

Solo pintura vieja.

Una grieta fina.

Luz gris.

Pero hablé igual.

—Yo sé que tú eres más fuerte que David.

Mi voz tembló.

No de miedo.

De verdad.

—No sé si merezco que me escuches. No sé si queda algo bueno en mí. No sé si ya es tarde para una mujer como yo. Pero Leo no. Leo no, por favor.

El frasco giró en la mano de Leo.

La tapa empezó a moverse.

—No dejes que se lo lleve.

David se puso de pie lentamente.

—Jade.

No lo miré.

—Si quieres castigarme, hazlo. Si quieres dejarme aquí, hazlo. Si quieres que arda, que pague, que recuerde cada daño, lo acepto. Pero no a él.

La tapa cedió.

Un sonido mínimo.

El mundo entero se redujo a ese sonido.

—No dejes que David se lleve a Leo.

David se movió.

No caminó.

Se lanzó hacia mí.

Por primera vez desde que lo conocí, vi algo parecido a urgencia en su rostro. No miedo todavía. David no estaba hecho para admitir miedo tan rápido. Pero sí una molestia vieja, profunda, casi ofendida, como si mi voz acabara de tocar una puerta que él creía clausurada.

—Basta —dijo.

No fue burla.

Fue orden.

Su mano vino hacia mi rostro, rápida, oscura, con los dedos ya medio convertidos en garra. Quiso agarrarme la mandíbula, levantarme del suelo, romper la oración antes de que terminara de subir.

Pero no pudo tocarme.

Su mano se detuvo a unos centímetros de mi piel.

El aire entre nosotros brilló.

No como fuego.

Como una luz fina, invisible hasta que la oscuridad intentó cruzarla.

David apretó los dientes.

Volvió a intentarlo.

Esta vez con más fuerza.

La habitación tembló. Las paredes crujieron. Una sombra negra subió desde sus pies, abriéndose como alas detrás de él. Pero su mano volvió a quedarse suspendida, detenida por algo que no tenía forma y aun así era más fuerte que él.

Yo lo miré desde el suelo, llorando, sin entender.

David sí entendió.

Y eso fue lo que me dio miedo.

Porque por primera vez no vi solo rabia en sus ojos.

Vi reconocimiento.

—No... —murmuró.

La palabra salió baja, venenosa, casi incrédula.

Intentó avanzar un paso más.

No pudo.

La luz alrededor de mí se cerró como un círculo.

No me quemó.

No me levantó.

No me volvió santa.

Solo me cubrió.