Capítulo 6 Veneno #2
No por movimiento. Por tristeza. Hay lugares que aprenden a sufrir con quien los habita.
La sala olía a noche mal dormida, a café viejo, a ropa usada, a papeles sin corregir.
La luz de la mañana entraba débil por la ventana, fina, gris, tocando los muebles como si tuviera miedo de quedarse demasiado.
Leo estaba en el dormitorio.
Lo supe antes de verlo.
No porque lo recordara completo.
Porque la herida empezó a arder.
Caminé por el pasillo despacio, obligada y temblando. David se quedó en la sala, cerca del ventanal, con las manos en los bolsillos. No necesitaba entrar al dormitorio. Él disfrutaba más mirando desde lejos, como quien observa un incendio cuidadosamente preparado.
Leo estaba despertando.
Sentado en el borde de la cama.
El cabello desordenado. La camisa arrugada.
Los hombros caídos. Un hombre joven envejecido por una ausencia que no sabía dónde poner.
Tenía una mano sobre la cara y la otra sobre la sábana, en mi lado de la cama.
No recordé de golpe todas las mañanas con él, pero mi cuerpo sí recordó una sensación: esa cama había sido testigo de una versión de mí que todavía podía mentir con la cabeza sobre una almohada limpia.
Leo respiró hondo.
Se quedó quieto.
Yo también.
El olor.
El mío.
Había llegado a él.
No suave como antes.
No como una sombra tímida en una habitación cerrada.
Esta vez llegó intenso, cruel, completo.
No porque yo lo quisiera. Lo sentí salir de mí como humo invisible, como una flor podrida abriéndose a la fuerza.
Jade viva. Jade recién bañada. Jade con el cabello sobre su almohada.
Jade entrando tarde. Jade riendo. Jade mintiendo.
Jade muriendo. Todo mezclado en un solo perfume imposible.
Leo levantó la cabeza.
Sus ojos se abrieron.
—No.
La palabra salió sin aire.
Yo me llevé las manos al pecho.
—Perdóname.
Él no me oyó.
Claro que no.
Leo se puso de pie demasiado rápido. Casi perdió el equilibrio. Miró hacia la puerta del dormitorio, hacia el baño, hacia mi lado de la cama. Su respiración se volvió corta.
—No.
Esta vez lo dijo más bajo.
Como si hablara consigo mismo.
Como si ya conociera el inicio de la tortura.
Caminó hacia el armario, abrió la puerta, sacó una camisa. La sostuvo en las manos, pero no se la puso. Volvió a respirar.
El olor aumentó.
Yo sentí a David detrás de mí aunque estuviera lejos.
Su voluntad tocó la mía como una uña.
Más.
No.
El perfume salió de mí con más fuerza.
Leo cerró los ojos.
La camisa se le cayó de las manos.
—Jade...
Mi nombre fue apenas un hilo.
Uno que se rompía mientras salía.
Corrí hacia él.
O intenté correr.
Me puse delante.
—Estoy aquí. Pero no quiero esto. Leo, no quiero esto.
Él abrió los ojos.
Miró a través de mí.
No verme era una forma de violencia que nunca dejaba de doler.
Su mirada pasó por mi rostro, por mi boca, por mis ojos, por todo lo que yo era y no podía entregarle. Luego se detuvo en la cama, como si allí el olor fuera más fuerte.
—Tengo que irme —murmuró.
No me hablaba.
Se estaba dando órdenes.
—Trabajo. Tengo que ir a trabajar.
Fue hacia el baño.
Yo lo seguí.
David apareció en la puerta del dormitorio, apoyado con elegancia contra el marco.
—Mira qué noble —dijo—. El mundo se le cae encima y aún piensa en presentarse a trabajar.
Lo miré con odio.
—Déjalo.
—No.
Leo abrió el grifo del baño y se echó agua en la cara. Una vez. Otra. Otra. Se agarró del lavamanos y levantó la vista al espejo.
Solo él apareció reflejado.
Yo estaba a su lado.
David detrás de mí.
Tres condenas en un cuarto pequeño.
Y el espejo solo le devolvía a Leo su propio derrumbe.
—No estás aquí —dijo él.
—Sí estoy.
—No estás.
—Leo...
—No estás.
Su voz se endureció, pero no por fuerza. Por desesperación.
—Tú moriste. Yo te vi. Yo te cargué. Yo...
Se detuvo.
El dolor le cerró la garganta.
Yo recordé fragmentos.
Sus manos.
Mi cuerpo.
El veneno.
El suelo.
Su voz pidiendo que me quedara.
Todo incompleto.
Todo suficiente para destruirme.
Leo bajó la cabeza.
Las manos le temblaban sobre el lavamanos.
—Yo te perdoné.
David suspiró detrás de mí.
—Ahí está otra vez. Ese perdón insoportable.
Me giré hacia él.
—Cállate.
Leo no oyó nada.
David caminó dentro del baño, aunque el espacio no debía permitirlo. El mundo se acomodó para él. Siempre lo hacía. Se inclinó junto a Leo, invisible, y observó su rostro en el espejo.
—Qué alma tan limpia —murmuró—. Mira cómo se culpa incluso por haber amado demasiado.
—No lo mires así.
—¿Cómo?
—Como si ya fuera tuyo.
David sonrió.
—No lo es. Ese es el problema.
Sus ojos se oscurecieron.
—Las almas como la suya son una ofensa. Permanecen limpias en un mundo diseñado para mancharlas. Perdonan cuando deberían pudrirse. Aman cuando deberían aprender. Se arrodillan junto a una mujer que los destruyó y todavía le dicen que no tenía que hacerse eso.
Su voz bajó, llena de una furia antigua detrás de la elegancia.
—¿Tú sabes lo que vale romper algo así?
Leo se mojó la cara otra vez.
No podía oír a David.
Pero el olor de Jade seguía creciendo.
Mi olor.
Mi crimen convertido en aire.
Leo apagó el grifo.
Se quedó inmóvil.
—Si eres mi cabeza —susurró—, por favor, basta.
El dolor me atravesó.
—No soy tu cabeza.
—Si eres culpa...
Cerró los ojos.
—Ya no sé qué más pagar.
Me cubrí la boca con la mano.
No para callarme.
Para sostener algo que quería salir de mí y no tenía forma.
David me miró.
—Eso es lo hermoso. Los hombres buenos creen que todo dolor debe tener una deuda detrás.
—No.
—Sí. Y cuando no encuentran a quién culpar, se ofrecen ellos mismos.
Leo salió del baño.
Pasó a través de mí.
No sentí su cuerpo.
Pero mi alma, o la ruina que quedaba de ella, se dobló como si me hubiera atravesado un cuchillo hecho de ausencia.
Fue a la cocina.
Sacó una taza.
La dejó sobre la mesa.
Abrió un gabinete.
Lo cerró.
Abrió la nevera.
La luz blanca le iluminó la cara.
No tomó nada.
Cerró.
Se quedó parado en medio de la cocina, perdido, con la camisa de dormir arrugada y los pies descalzos sobre el suelo frío.
—Café —murmuró.
Como si decir la palabra pudiera empezar la mañana.
Como si el ritual de preparar café pudiera demostrar que todavía era una persona normal.
Yo me quedé frente a él.
—Ve al trabajo, Leo. Sal de aquí. Vete lejos de mí.
David apareció sentado en la mesa.
—Qué mal consejo. Si se va, lo seguirás.
Lo miré.
—No.
—Sí.
—No quiero.
—Pero yo sí.
El olor volvió a intensificarse.
Leo cerró los ojos con fuerza y dejó caer la taza.
Se rompió contra el suelo.
El sonido fue brutal en la cocina pequeña.
Leo retrocedió, respirando rápido.
—¡No!
Su grito me clavó al piso.
No era rabia.
Era miedo.
Miedo de sí mismo.
Miedo de su mente.
Miedo de estar siendo llamado por algo que no podía probar.
—Jade, por favor...
Cayó sentado contra la pared de la cocina.
No lloró enseguida.
Primero se quedó mirando los pedazos de la taza, como si no entendiera cómo algo podía romperse tan fácil y seguir siendo tan real.
Yo me arrodillé frente a él.
—Mi amor...
La palabra me salió sola.
Y al decirla, algo dentro de mí se iluminó un instante.
No recuerdo completo.
No escena.
Pero sí verdad.
Mi amor.
Leo era eso.
Aunque David hubiera quemado los bordes.
Aunque me hubiera dejado el amor sin muebles.
Aunque me hubiera arrancado la voz exacta de algunos días.
Leo seguía siendo mi amor.
David se puso de pie lentamente.
—Cuidado.
Lo ignoré.
—Mi amor, no estás loco.
Leo cerró los ojos.
—No puedo seguir así.
La frase llenó la cocina.
Yo dejé de respirar.
David sonrió.
—Ahí.
No.
—Ahí está la puerta.
Leo se pasó las manos por el rostro.
—Me levanto y estás.
Inhaló con dolor.
—Me acuesto y estás. Entro al baño y estás. Abro tus cosas y estás. Cierro los ojos y estás.
Su voz empezó a quebrarse.
—Pero no estás.
Yo lloraba sin saber si las lágrimas tenían peso.
—Estoy aquí.
—No puedo tocarte.
—Lo sé.
—No puedo pedirte que me contestes.
—Lo sé.
—No puedo ni odiarte bien.
Eso me destruyó.
Leo soltó una risa rota, pequeña, horrible.
—Ni eso puedo.
David observaba como quien escucha una pieza musical rara.
—Su pureza no lo vuelve fuerte como una piedra —dijo—. Ese fue tu error. La pureza también se rompe. Solo hay que hacerla cargar demasiado amor sin lugar donde ponerlo.
Me levanté de golpe.
Fui hacia David.
—Déjame hablarle una vez.
—No.
—Una.
—No.
—Haré lo que quieras.
David me miró con interés cruel.
—Ya haces lo que quiero.
—Te traeré almas.
—Ya me traes almas.
—Me quedaré contigo.
Su sonrisa cambió.
Ahí sí lo toqué en alguna parte.
No lo suficiente para moverlo.
Pero sí para divertirlo.
—¿Crees que tu compañía es una moneda que todavía puedes ofrecerme?
Me acerqué más.
—David.
—No.
La negativa fue suave.
Final.
—Esta belleza está en que él no tenga respuesta. Si le das una sola palabra, una sola certeza, una sola prueba de que no está rompiéndose solo, le devuelves suelo bajo los pies.
Miró a Leo, sentado contra la pared.
—Y yo quiero verlo caer sin suelo.
Lo odié con una pureza que casi pareció amor al revés.
—Eres peor que el infierno.
David sonrió.
—El infierno es una institución. Yo soy arte.
Leo se levantó con dificultad.
Fue hacia el dormitorio.
Cada paso suyo parecía más pesado que el anterior.
Yo lo seguí.
David también.
Leo abrió el armario. Sacó ropa. Esta vez logró ponerse una camisa. Se abotonó mal. Se quedó mirando los botones, confundido, y volvió a empezar. Sus manos temblaban tanto que tardó demasiado en hacer algo simple.
Eso me dolió más que un grito.
La destrucción no siempre entra rompiendo puertas.
A veces está en un hombre bueno que ya no puede abotonarse una camisa porque el olor de una mujer muerta le está partiendo la realidad.
—Leo —susurré.
Él levantó la mirada.
No a mí.
Al aire.
—¿Qué quieres de mí?
Me quedé helada.
David se acercó a su espalda.
—Responde, Jade. Dile lo que quieres.
No pude.
—¿Quieres que me vaya contigo? —preguntó Leo al vacío.
El cuarto se cerró alrededor de esas palabras.
Yo negué con la cabeza, desesperada.
—No. No. No digas eso.
—¿Eso quieres?
Su voz bajó.
—Porque yo no sé cuánto más puedo quedarme aquí.
David cerró los ojos un instante.
Parecía disfrutarlo físicamente.
—Hermoso.
Me lancé contra él.
Esta vez mi cuerpo chocó con algo.
No lo atravesé.
Lo empujé apenas.
Muy poco.
Pero lo empujé.
David abrió los ojos.
La sorpresa duró menos de un segundo.
La rabia llegó después.
Me agarró del cuello y me levantó del suelo.
Leo no vio nada.
Solo sintió el olor aumentar de golpe y se llevó una mano al pecho.
David me sostuvo contra la pared.
—Otra vez la herida.
No podía respirar.
No necesitaba respirar.
Igual dolía.
—Suéltame.
—Estás aprendiendo a usarla demasiado bien.
Sus dedos se cerraron un poco más.
—Eso me irrita.
Me obligó a mirar a Leo.
—Mira lo cerca que está.
Leo estaba sentado en la cama ahora, con la camisa mal abotonada, los ojos perdidos, la boca temblando. En la mesa de noche había papeles, un libro cerrado, una fotografía volteada hacia abajo y una botella de agua sin abrir.
—No es pecado cansarse —susurró Leo.
No sabía a quién se lo decía.
A mí.
A sí mismo.
A una fuerza que todavía no lo había abandonado.
—No es pecado querer silencio.
David me acercó a su oído.
—Se está justificando.
—No.
—Sí.
—Eso no significa...
—Todavía no. Pero mira cómo piensa. Mira cómo busca permiso.
Me soltó.
Caí de rodillas.
—Hoy no tomará el veneno —dijo David.
La palabra me heló.
Veneno.
Leo levantó la mirada hacia la mesa de noche.
No hacia la botella de agua.
Más abajo.
Hacia la gaveta.
La gaveta.
Mi cuerpo recordó antes que mi mente.
Ahí.
Ahí había estado mi frasco.
No completo.
No igual.
Pero ahí.
El baño.
La mano.
El labial rojo.
El final.
Leo mirando demasiado tarde.
El recuerdo llegó con bordes rotos, pero llegó.
—No —dije.
Leo siguió mirando la gaveta.
No la abrió.
Solo la miró.
Como si dentro hubiera una respuesta que lo llamaba por debajo de la madera.
David se agachó a mi lado.
Su voz fue un susurro satisfecho.
—No es el mismo frasco, por supuesto.
El mundo se me fue de las manos.
—¿Qué?
David sonrió sin mirar a Leo. Mirándome a mí. Quería ver el golpe entrar.
—El tuyo ya no existe. Pero él consiguió uno.
No.
—No.
—Hace tiempo.
No.
—En sus peores noches.
No.
—Lo guarda ahí, en el mismo lugar donde una vez supo que tú guardaste tu salida.
Me arrastré hacia Leo.
No pensé en dignidad.
No pensé en David.
No pensé en nada.
Solo en llegar.
—Leo, no. Por favor. No. No mires eso. Mírame a mí aunque no puedas. Huele lo que quieras, rómpete conmigo, ódiame si puedes, pero no mires eso.
Leo no me oyó.
Su mano se movió apenas sobre la sábana.
Hacia la mesa de noche.
No tocó la gaveta.
Todavía no.
Pero el movimiento existió.
Pequeño.
Lento.
Mortal.
David se puso de pie.
La luz de la mañana tocó su rostro perfecto, y por un segundo pareció casi humano. Eso lo hizo más odioso.
—¿Ves por qué lo quiero? —dijo.
Su voz estaba llena de hambre antigua.
—Un alma como la suya no se arranca con deseo. Se convence de que descansar es lo mismo que rendirse en paz. Se le pone el dolor encima hasta que confunde la puerta del infierno con una cama.
Leo cerró los ojos.
Una lágrima le bajó por la mejilla.
Yo intenté tocarla.
Mi dedo atravesó su piel.
No sentí humedad.
No sentí calor.
No sentí nada.
—Yo hice esto —susurré.
David respondió detrás de mí:
—Sí.
No hubo burla esa vez.
Solo verdad.
Y fue peor.
—Tú lo amaste tarde. Tú moriste en sus brazos. Tú dejaste el olor. Yo solo estoy aprovechando una obra que empezaste con tus propias manos.
Me giré hacia él desde el suelo.
—Te voy a matar.
David sonrió.
—Primero sálvalo.
La frase me dejó vacía.
Leo abrió los ojos.
Miró la gaveta.
Su mano avanzó un poco más.
La madera estaba cerrada.
El frasco, escondido.
La mañana, demasiado clara.
El apartamento, demasiado silencioso.
Y yo, invisible, arrodillada entre él y la decisión que David llevaba días sembrando.
—Leo —dije con todo lo que me quedaba—. Mi amor, por favor.
El olor de Jade llenó el cuarto.
Mi olor.
Mi castigo.
Mi presencia imposible.
Leo inhaló.
Su rostro se rompió.
—Estoy tan cansado —susurró.
David cerró los ojos, extasiado.
—Sí —murmuró—. Así.
La mano de Leo tocó la manija de la gaveta.
No la abrió.
Todavía no.
Pero la tocó.
Y ese pequeño sonido, madera contra metal, fue más aterrador que cualquier grito del infierno.
Yo caí hacia delante, atravesando su rodilla, inútil, invisible, rota.
—No...
David se inclinó sobre mí como una sombra hermosa.
—Mañana, pequeña —susurró—, le damos el último empujón.
Leo siguió mirando la gaveta.
La mañana siguió entrando por la ventana.
Y dentro de esa luz fría, con mi olor destruyéndolo y mi amor sin cuerpo incapaz de salvarlo, entendí que el veneno no estaba solo dentro de un frasco.
El veneno era yo.