Capítulo 6 Veneno
Veneno
La sombra no me llevó al apartamento de Leo de inmediato.
Primero me dejó caer en la mañana.
No en el suelo. No con ruido. No con misericordia.
Me soltó en una acera húmeda, frente al edificio donde Leo todavía intentaba vivir, justo cuando el cielo empezaba a ponerse de ese gris pálido que no promete nada bueno.
La ciudad estaba despertando. Un camión pasó a lo lejos.
Alguien cerró una puerta. En una ventana cercana, una luz amarilla se apagó como si el mundo estuviera entrando en su rutina normal, sin saber que una criatura del infierno acababa de ser arrastrada hasta allí para destruir al único hombre que todavía conservaba algo limpio.
Mis alas se cerraron de golpe.
Grité.
No por belleza.
No por poder.
Por dolor.
La forma de Súcubo se plegó dentro de mi espalda como si alguien metiera cuchillos calientes bajo mi piel y luego los obligara a desaparecer.
Los huesos oscuros se encogieron. Las membranas se hundieron.
Mis cuernos retrocedieron con un ardor profundo, como si me arrancaran una corona desde el cráneo y dejaran el hueco latiendo.
Caí de rodillas en la entrada del callejón junto al edificio, con las manos contra el cemento frío, respirando como una mujer viva aunque ya no lo fuera.
Volví a parecer humana.
Eso también fue crueldad.
David me devolvió el rostro de Jade Sorel para que el castigo tuviera una forma más íntima.
Cabello oscuro sobre los hombros. Piel pálida.
Boca roja. Vestido negro, limpio, perfecto, como si no hubiera estado arrodillada entre cenizas de mujeres destruidas.
Como si no me hubieran arrancado recuerdos de Leo hasta dejar su amor convertido en una herida sin casa.
Me toqué la cara.
Seguía siendo mía.
Pero por dentro faltaban habitaciones.
Leo.
El nombre vino con dolor.
Eso era lo único seguro.
No recordaba todas las escenas. No podía sostenerlas completas. Algunas se me escapaban apenas intentaba mirarlas. Una risa sin sonido. Una mano sin temperatura. Una camisa sin color. Una frase que sabía importante, pero cuya forma exacta David me había robado.
Pero el dolor seguía.
La herida seguía.
Y mientras doliera, Leo no estaba perdido del todo.
Intenté levantarme y salir corriendo.
No hacia el apartamento.
Lejos.
A cualquier parte.
No importaba dónde. Podía perderme en la ciudad, meterme bajo tierra, buscar otro lugar de ruinas, buscar una iglesia, un río, un agujero, una sombra que no le perteneciera a David. Mis piernas dieron un paso hacia la calle.
El cuerpo se me detuvo.
No como si alguien me agarrara.
Peor.
Como si mi propia carne recordara una orden escrita más profundo que mis huesos.
Ve con Leo.
No.
Di otro paso hacia afuera.
El dolor me partió el pecho.
No fue físico solamente. Fue mandato. Fue cadena.
Fue una mano invisible cerrándose alrededor de la parte de mí que todavía podía elegir.
Me doblé sobre mí misma, agarrándome el vientre, los dientes apretados para no gritar donde alguna persona viva pudiera escucharme y pensar que una mujer necesitaba ayuda.
Nadie podía ayudarme.
Eso era lo más obsceno de todo.
Una mujer podía estar frente a un edificio, temblando, rota, obligada por una fuerza antigua a entrar y destruir al hombre que amaba, y la mañana seguiría oliendo a pan tostado, gasolina, café barato y ropa recién lavada.
—No —susurré.
La voz de David respondió desde el aire.
No apareció todavía.
No hacía falta.
—Qué palabra tan pequeña para tanto esfuerzo.
Cerré los ojos.
—No voy a entrar.
—Ya estás aquí.
—No voy a hacerlo.
—Ya empezaste.
Levanté la cabeza.
No lo vi, pero lo sentí. En el reflejo oscuro de la puerta principal. En el metal del intercomunicador. En la sombra del callejón. En el recuerdo incompleto de sus garras dentro de mi cabeza.
—Me quitaste recuerdos —dije.
Mi voz salió ronca.
—Te dejé los necesarios.
—Me robaste a Leo.
David rió suave.
La risa se deslizó por las paredes del edificio como humedad negra.
—No seas injusta, pequeña. Te dejé su nombre, su dolor y la culpa. Para lo que vas a hacer, basta.
Me apoyé contra el muro.
—No.
Otra punzada.
Más fuerte.
Mis rodillas casi cedieron.
El mandato me empujaba hacia la puerta del edificio. Un paso. Luego otro. Yo resistía con todo lo que podía. No con fuerza. La fuerza era inútil. Resistía con la herida. Con el hueco que todavía dolía. Con esa palabra que la Súcubo destruida me había dejado antes de volverse polvo.
Recuerda la herida.
Eso hice.
Me clavé a Leo en el pecho.
No su rostro completo.
No sus memorias rotas.
El dolor de su nombre.
Leo.
Leo.
Leo.
Cada repetición me sostuvo un segundo.
Mis pies se detuvieron.
David guardó silencio.
Por primera vez, el aire pareció observarme con atención.
Entonces apareció.
No como bestia.
No todavía.
Como hombre.
Zapatos negros, pantalón claro, camisa impecable, rostro perfecto, sonrisa fina. Estaba apoyado junto a la entrada del edificio, como si me esperara para una cita elegante y no para empujar a un hombre puro hacia la muerte.
—Mírate —dijo—. Qué conmovedora.
No le respondí.
Me concentré en respirar.
En no moverme.
En no obedecer.
David caminó alrededor de mí despacio.
—Usas lo poco que te dejé de él como ancla.
Me quedé helada.
Él se inclinó un poco, interesado, casi orgulloso.
—La herida.
No dije nada.
—Eso te dijeron, ¿verdad? Que guardaras el amor en una herida.
Sentí que la sangre se me iba de la cara.
David sonrió.
—Ay, Jade. Creíste que esconder una palabra en el dolor bastaba para que no la encontrara.
—No sabes nada.
—Sé que duele.
Se acercó más.
—Y sé que estás usando ese dolor para intentar desobedecerme.
Su voz no tenía rabia.
Eso fue peor.
Tenía placer.
El placer de un cazador que descubre que su presa aprendió a correr y, por eso mismo, la persecución se vuelve más divertida.
—Funciona un poco —admitió.
La frase me sorprendió.
No quise mostrarlo.
David lo vio igual.
—No demasiado —añadió—. No te emociones. Pero lo suficiente para hacer esto más interesante.
—Entonces todavía hay algo mío.
—Algo de él dentro de ti.
—Mío —repetí.
David me tomó la barbilla con dos dedos.
No con violencia.
Con propiedad.
—No te confundas. Si una herida sirve para resistirme, también puede abrirse más.
El dolor llegó antes de que terminara la frase.
Me atravesó la cabeza.
No me robó un recuerdo nuevo. No exactamente.
Hizo vibrar los huecos de los que ya faltaban.
Me mostró los espacios vacíos donde Leo había estado completo.
Un autobús sin voz. Una cama sin calor. Un perdón sin rostro entero.
La sensación fue insoportable: saber que algo amado existió y no poder abrazar su forma.
Caí contra la pared.
—Para.
—Camina.
—No.
El dolor subió.
Me ardió la espalda, como si las alas quisieran abrirse otra vez contra mi voluntad. La piel humana se tensó. Mis uñas rasparon el ladrillo. Sentí a la Súcubo debajo de la cara de Jade, empujando para salir, obediente a él, hambrienta a pesar de mí.
—Camina —repitió David.
Mis piernas dieron un paso.
Yo lloré de rabia.
No de debilidad.
De rabia.
Porque una parte de mi cuerpo lo obedecía mientras la otra se rompía intentando no hacerlo.
—Leo no te pertenece.
David se rió.
—Todavía no.
Eso me hizo levantar la mirada.
Sus ojos brillaban con una calma horrible.
—Pero hoy puede empezar.
La puerta principal del edificio se abrió sola.
No hubo ruido de cerradura.
No hubo testigo.
Solo el mundo quitándose del medio para que David pudiera hacer su obra.
Me agarré al marco.
Mis dedos se cerraron contra la madera.
Por un segundo lo logré.
Me detuve.
El pecho me dolía tanto que casi no podía pensar. Leo. La herida. Leo. La cama vacía. Leo. Su olor. Leo. Su perdón. Leo. No completo, pero suficiente.
David se acercó a mi oído.
—Qué fuerte te hace ese hombre bueno.
No contesté.
—Y qué hermoso va a ser verlo usar esa misma fuerza para destruirse.
El marco se agrietó bajo mis dedos.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí, Jade.
Su voz bajó, antigua.
—Porque los hombres como Leo no caen por deseo. No caen por hambre. No caen por una boca bonita ni por una cama ajena. Esos son premios para almas comunes. Leo necesita algo más fino.
Me apartó los dedos del marco uno por uno.
Yo no pude impedirlo.
—Necesita creer que la esperanza se volvió crueldad.
El último dedo se soltó.
—Necesita sentirte cerca y no alcanzarte.
Me empujó sin tocarme.
—Necesita amar tanto a una muerta que vivir empiece a parecer una forma de traición.
Entré.
El edificio olía a escaleras viejas, café reciente y polvo.
Olía a vida ordinaria. A bolsas de basura esperando en un rincón.
A vecinos que salían temprano. A detergente barato.
Cada olor humano me pareció una ofensa. Yo venía de cenizas, de alas rotas, de almas arrancadas, de David, de dolor. Y allí todo seguía igual.
Subí las escaleras.
No quería.
Cada escalón fue una pelea.
Cada paso, una derrota.
David subía detrás de mí sin hacer ruido.
No necesitaba empujarme. Ya había puesto el mandato dentro. Yo me movía como si una cuerda invisible me atravesara el pecho y me halara hacia la puerta de Leo.
Cuando llegamos al pasillo, me detuve.
La puerta estaba allí.
La misma puerta.
La vida de Leo del otro lado.
Mis manos temblaron.
—No me hagas esto.
David se puso a mi lado.
—No te lo hago a ti.
Su sonrisa fue pequeña.
Limpia.
Abominable.
—Se lo hago a él.
Sentí que algo en mí se quebraba de nuevo.
No grande.
No definitivo.
Pero suficiente para rendirme un instante.
Y eso fue todo lo que la orden necesitó.
La puerta se abrió.
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El apartamento estaba despierto antes que Leo.
Eso fue lo primero que sentí.