Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 3 Súcubo #3
50%

Capítulo 3 Súcubo #3

Me dobló un segundo. Me llenó de imágenes que no quería. Camillas, papeles, llantos detrás de puertas, dinero entrando, esperanza saliendo muerta. Me ardió la garganta. Me temblaron las rodillas. Y luego vino la fuerza.

La maldita fuerza.

El cuerpo se me enderezó. La piel me brilló con una luz apenas visible. La boca se me calentó. Las uñas oscuras crecieron un poco, afiladas, hermosas. Sentí hambre satisfecha por un instante.

Y eso me asustó.

David lo vio.

Por supuesto.

—Ahí está la parte que finges odiar.

Me limpié la boca con el dorso de la mano, aunque no había mancha.

—No estoy fingiendo.

—Sí. Finges que solo te horroriza lo que haces. Pero también te horroriza que funcione.

El cuerpo del empresario quedó en el suelo, seco, torcido, con la boca abierta hacia ninguna parte.

Yo lo miré y no sentí pena.

Sentí asco.

Sentí poder.

Sentí una tristeza negra, rara, porque cada alma que caía me alejaba un poco más de la mujer que Leo había perdonado en el suelo de un apartamento destruido.

—No digas su nombre —advertí antes de que David hablara.

Él levantó las cejas.

—No iba a hacerlo.

—Mentiroso.

—Claro.

Se acercó a mí.

—Pero ya que lo mencionas sin mencionarlo...

—David.

—¿Crees que Leo te perdonaría esto?

El golpe fue limpio.

No físico.

Peor.

Me quedé quieta.

El cuarto parecía más frío. El cuerpo seco en el suelo, la alfombra blanca, las luces bajas, David con su camisa perfecta, yo con mi vestido negro y el sabor de un alma corrupta todavía bajándome por dentro.

—Rafael era fácil —continuó—. Podías decir que fue venganza. Podías vestirte de justicia y sentirte menos sucia. Pero estos...

Señaló el cadáver con una mirada casi perezosa.

—Estos son trabajo. Mandato. Hambre. Oficio. Aquí ya no estás defendiendo a tu profesorcito. Aquí estás aprendiendo a ser útil.

Sentí que mis alas querían abrirse otra vez.

No lo permití.

—Todos eran culpables.

—Qué alivio tan conveniente.

—Lo eran.

—Sí. ¿Y cuando no lo sean tanto?

Lo miré.

Ahí estaba la verdadera pregunta.

Fría.

Esperando.

David sonrió al verme entender.

—No todas las almas llegan negras, pequeña. Algunas llegan grises. Algunas tibias. Algunas solo cansadas. Algunas han hecho daño porque tenían miedo, porque querían sobrevivir, porque alguien les enseñó a obedecer antes de aprender a pensar.

Se acercó más.

—Y un día también tendrás que tomarlas.

Negué con la cabeza.

—No.

—Sí.

—No voy a tocar inocentes.

David me miró como si yo acabara de decir algo infantil.

—Los inocentes son raros. No te preocupes. Pero los casi inocentes abundan.

La frase se me quedó en la garganta.

Casi inocentes.

Qué horror tan humano.

Qué territorio tan cómodo para el infierno.

David pasó un dedo por mi mejilla. Esta vez no me moví. No porque quisiera su contacto. Porque entendí que mi rabia lo divertía más que mi quietud.

—Esa será una lección hermosa —susurró—. Descubrir cuánto pecado necesitas ver en alguien para permitirte destruirlo sin llorar después.

—Yo no lloro.

David sonrió.

—No frente a mí.

El silencio se cerró entre nosotros.

Y en ese silencio, por debajo del olor del cadáver, por debajo de la alfombra cara, por debajo de la noche y del fuego, algo llegó a mí.

No una voz.

No una imagen.

Un recuerdo de olor.

Jabón sencillo.

Café.

Papel.

Leo.

Me llevé una mano al pecho.

David suspiró, casi decepcionado.

—Otra vez.

—Cállate.

—Qué fastidio tan persistente es el amor cuando llega tarde.

Lo miré con odio.

—No es tarde si todavía puedo salvarlo.

David soltó una risa breve.

—Pequeña, esta noche has vaciado a un constructor, devorado a un abogado y bebido el alma de un mercader de esperanza. Y aun así sigues hablando de salvar.

—No me confundas con ellos.

—Yo no. Tú haces eso sola cada vez que disfrutas y luego buscas una palabra bonita para limpiarte.

Me acerqué a él.

—¿Quieres que sea cruel? Bien. Puedo serlo.

David me sostuvo la mirada, interesado.

—Lo sé.

—¿Quieres almas? Te las voy a traer.

—Excelente.

—Pero Leo no.

La sonrisa se le fue despacio.

No completa.

Solo lo suficiente para que viera la bestia detrás de la cara humana.

—No pongas condiciones.

—Es la única que tengo.

David bajó la voz.

—Entonces no es condición. Es debilidad.

El cuarto tembló apenas.

El cuerpo seco del empresario se movió en el suelo como si el eco de David lo hubiera tocado desde adentro.

Yo no retrocedí.

—Llámalo como quieras.

—Lo haré.

David dio un paso hacia la sombra de la pared.

—Y cuando llegue el momento, también lo usaré como quiera.

La rabia me subió tan rápido que por un segundo el mundo se tiñó de rojo.

—No.

—Sigue diciéndolo. Cada vez suena más desesperado.

La sombra empezó a abrirse detrás de él.

—Tu noche no termina aquí.

Miré el cadáver.

Luego mis manos.

No había sangre.

Nunca había sangre.

Eso era lo peor. El horror limpio. La crueldad sin mancha. El crimen que no necesitaba cuchillo porque mi boca, mis ojos y mi hambre bastaban.

—¿Cuántos más? —pregunté.

David sonrió desde el borde de la oscuridad.

—Hasta que dejes de preguntar como víctima y empieces a obedecer como Súcubo.

La palabra me atravesó.

Súcubo.

Ya no sonaba solo a leyenda.

Ni a castigo.

Ni a forma nueva.

Sonaba a trabajo.

A oficio.

A condena con horario invisible.

Caminé hacia la sombra.

No porque quisiera.

Porque la parte de mí que todavía podía resistirse necesitaba vivir lo suficiente para encontrar dónde se rompía la cadena.

Al pasar junto a David, él se inclinó hacia mi oído.

—Vas mejor de lo que crees, Jade.

No lo miré.

—Eso no es un cumplido.

—No. Es una advertencia.

La sombra nos tragó.

Y mientras el mundo volvía a doblarse, mientras el olor de almas sucias se quedaba pegado a mi garganta y el fuego dentro de mí pedía más con una vergüenza deliciosa, entendí algo que ninguna mujer debería entender tan rápido después de morir.

El infierno no necesitaba obligarme todo el tiempo.

A veces bastaba con darme hambre.

Y esperar a que yo aprendiera a llamarla destino.