Capítulo 3 Súcubo #2
Siempre creen que entienden el tipo de peligro que han pedido.
Me acerqué al centro del salón y giré hacia él. La luz baja me tocó la piel, el cuello, la boca. Sentí cómo su cuerpo respondía antes que su mente. Sentí su alma encogerse y estirarse al mismo tiempo, atraída por mí con una estupidez casi tierna.
—Ven —le dije.
Esteban obedeció.
Una orden simple.
Un paso.
Luego otro.
Su sonrisa empezó a cambiar cuando entendió que sus piernas se movían demasiado rápido para ser decisión suya.
—¿Qué estás haciendo?
—Trabajando.
Intentó detenerse.
No pudo.
El miedo entró por sus ojos, y el miedo, en un hombre acostumbrado a provocarlo, siempre se ve más desnudo que en los demás.
—Oye —dijo—. No sé qué clase de juego...
—Claro que no sabes.
Levanté la mano y toqué el centro de su pecho con un dedo.
Esta vez sí sentí carne.
Calor.
Pulso.
Vida prestada.
Esteban dejó de hablar.
Sus ojos se abrieron.
La primera sacudida le dobló las rodillas.
No fue fuerte desde afuera. Apenas un temblor.
Pero yo sentí lo que pasaba dentro. Sentí su alma pegarse a las costillas como un animal que de pronto huele cuchillo.
Sentí las mentiras amontonadas, los contratos, las amenazas, los sobres de dinero, los nombres de familias que él había borrado con una firma y una sonrisa pública.
Cada recuerdo tenía filo. Cada daño sabía a polvo, a humedad, a paredes derrumbadas.
—Por favor —susurró.
Me dio risa.
No una risa alegre.
Una risa seca, pequeña, casi cansada.
—Ustedes aprenden esa palabra muy tarde.
Su cuerpo cayó de rodillas.
El vaso se le soltó de la mano y se rompió contra el suelo.
El whisky se extendió entre los cristales como una mancha ámbar.
Esteban intentó apoyar las manos, pero yo no se lo permití.
Lo dejé arrodillado, recto, temblando, con la cabeza levantada hacia mí como si estuviera rezando a una cosa que no sabía perdonar.
David apareció sentado en el sofá.
De pronto.
Sin ruido.
Con una pierna cruzada y una expresión de aburrimiento elegante.
—No te pongas poética todavía —dijo—. Si tardas mucho, se te enfría el impulso.
Esteban giró los ojos hacia él.
—¿Quién... quién es usted?
David lo ignoró.
Me miró a mí.
—Hazlo bien.
—¿Ahora eres maestro?
—Soy dueño de la escuela.
Lo odié tanto que el fuego debajo de mi piel subió.
Mis alas quisieron abrirse.
Las contuve.
No por pudor.
Por orgullo.
No quería darle a David el placer de verme desplegarme cada vez que él chasqueaba los dedos.
Me incliné hacia Esteban.
—Vas a sentir algo.
Él lloraba ya.
Lágrimas rápidas, calientes, patéticas.
—Tengo dinero.
—Lo sé.
—Puedo pagarte.
—Lo sé.
—Puedo darte lo que quieras.
David soltó una carcajada baja.
—Qué adorable. Cree que todavía está en su mundo.
Yo no sonreí.
Puse la mano completa sobre el pecho de Esteban.
—No tienes nada que yo quiera.
Entonces apreté.
No con los dedos.
Con lo que vivía debajo de ellos.
Esteban gritó.
El sonido chocó contra las paredes y volvió más pequeño, como si el salón privado también supiera guardar secretos.
Su espalda se arqueó hacia atrás. Las venas del cuello se le marcaron oscuras.
La piel de su rostro perdió color por capas, como si alguien le estuviera borrando la vida desde adentro con un paño húmedo.
Su alma no salió como la de Rafael.
La de Rafael se había resistido con violencia.
La de Esteban se desgarró en hebras.
Eso fue peor.
Cada hebra traía un recuerdo. Un edificio condenado.
Una anciana llorando frente a una puerta sellada.
Un niño con tos en un apartamento lleno de moho mientras Esteban firmaba papeles para retrasar reparaciones.
Una mujer pidiendo más tiempo. Un hombre aceptando dinero para callar.
Una sonrisa en una gala. Una foto con una cinta roja inaugurando algo construido sobre ruinas ajenas.
Tiré de la primera hebra.
Esteban chilló.
No gritó como hombre.
Chilló.
El sonido le salió agudo, roto, sucio de terror. Se llevó las manos al pecho como si pudiera sujetarse el alma con los dedos, pero sus manos atravesaron apenas la luz oscura que empezaba a salir de él.
—Mira eso —dijo David, casi divertido—. Tanto edificio levantado y al final no sabe sostenerse ni a sí mismo.
—Cállate —murmuré.
—No me hables a mí. Concéntrate en él. Se te está deshilachando feo.
Tiré otra vez.
Esteban se dobló hacia adelante, la frente casi tocando mis rodillas.
De su boca salió saliva y un gemido húmedo.
Sus ojos se pusieron vidriosos. Por un segundo quise apartarme, no por compasión, sino por asco.
El alma de ese hombre olía a paredes mojadas, a polvo de demolición, a moho metido en pulmones pequeños.
—No me mates —balbuceó.
—No voy a matarte.
La esperanza le cruzó la cara.
Cruel, breve, estúpida.
Me incliné hasta su oído.
—Eso sería demasiado limpio.
Y tiré de todas las hebras a la vez.
Esteban convulsionó.
Las luces del salón parpadearon. La ventana falsa mostró, por un instante, no una ciudad, sino una grieta roja abriéndose debajo de nosotros.
Esteban la vio. Lo supe porque sus ojos se vaciaron de cualquier mentira que pudiera quedarle.
Vio hacia dónde iba lo que yo le estaba quitando.
Vio el lugar que esperaba con paciencia bajo la alfombra cara, bajo el club privado, bajo el mundo entero.
Su alma se desprendió en una masa rota, hecha de hilos oscuros y fragmentos de luz enferma.
No la tragué.
David levantó una mano.
—No. Este no va completo por ti. Este lo quiero útil.
La masa quedó suspendida entre mis dedos y la boca abierta de Esteban. Palpitaba. Intentaba regresar.
—¿Qué hago?
David sonrió.
—Déjale lo suficiente para caminar.
Me dio náuseas.
No por el alma.
Por la facilidad con que entendí.
Separé una parte.
Pequeña.
Gris.
Débil.
La empujé de vuelta.
Esteban soltó un sonido horrible cuando aquello regresó a su cuerpo.
No fue alivio. Fue una especie de dolor al revés, como meter dentro de la carne una versión incompleta de sí mismo.
Sus ojos se apagaron. No cerraron. Se apagaron.
La boca quedó entreabierta. El cuerpo siguió respirando, pero algo esencial se había ido.
Ya no había miedo completo. Ni deseo completo. Ni culpa. Solo una obediencia hueca.
David se levantó del sofá y se acercó.
—Esteban.
El hombre giró la cabeza hacia él con lentitud.
—Sí.
La voz salió plana.
Muerta sin estar muerta.
—Mañana firmarás los documentos que recibirás. Transferencias limpias. Donaciones discretas. Terrenos liberados. Nombres borrados.
—Sí.
David me miró.
—¿Ves? No todo se arranca para destruir. A veces se vacía para usar.
Esteban seguía de rodillas, con saliva en la barbilla y los ojos sin dueño.
Yo retrocedí.
—Eso no es justicia.
David ladeó la cabeza.
—No. Es administración.
La palabra me dio más horror que cualquier grito.
Porque sonó demasiado humana.
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Después vino otro.
Y otro.
David no me dejó descansar.
No porque mi cuerpo lo necesitara. Mi cuerpo ya no se cansaba como antes.
Ese era el problema. Podía seguir. Podía entrar, sonreír, llamar, tocar, arrancar.
Podía convertirme en puerta una y otra vez.
El cansancio estaba en otra parte. En un sitio que quizá todavía se llamaba alma aunque yo ya no supiera si conservaba una entera.
El segundo fue un abogado de manos suaves que había defendido monstruos con sonrisas técnicas y luego brindaba por la victoria como si la ley fuera un juego de mesa.
Cayó en un baño privado, con la espalda contra el mármol y los dedos arañando una pared que no iba a salvarlo.
Le saqué el alma por la boca en un hilo azul oscuro mientras él intentaba recitar artículos, nombres, contactos, amenazas.
Al final solo pudo hacer un sonido pequeño, como un niño perdido dentro de un traje demasiado caro.
—Qué irónico —dijo David desde el espejo donde mi reflejo no aparecía—. Pasó media vida usando palabras para torcer la verdad, y mira qué rápido se queda sin idioma.
No respondí.
Si abría la boca, podía gritar.
O podía reír.
No sabía qué opción me daba más miedo.
El tercero fue un empresario de clínicas privadas que vendía esperanza a familias desesperadas y escondía cuerpos fallidos detrás de contratos firmados con letra pequeña.
A él no lo seduje con belleza. No hizo falta.
Lo seduje con promesa. Le susurré que sabía un secreto para que la muerte dejara de ser negocio y se volviera obediencia.
Me siguió como un perro viejo siguiendo carne fresca.
Cuando le abrí el pecho sin tocarlo, no salió sangre. Salieron voces.
Voces de madres.
De hijos.
De gente que había pagado demasiado por una salvación que nunca llegó.
El hombre intentó gritar, pero cada voz que salió de él le devolvió uno de sus propios engaños. Se tapó los oídos. No sirvió. Las voces venían de adentro. Su alma estaba llena de ellas. No tuve que tirar mucho. Algunas almas, descubrí, se caen casi solas cuando una les muestra lo que llevan encima.
David me observó desde una silla, aburrido.
—Te falta elegancia.
Yo estaba de pie sobre el hombre, mirando cómo su cuerpo se retorcía contra una alfombra blanca.
—Está cayendo igual.
—Cualquiera puede hacer caer algo pesado. La gracia está en hacerlo desear el borde.
Lo miré con desprecio.
—¿Quieres que disfruten?
—Quiero que tú entiendas el arte.
—No es arte.
David sonrió.
—Todo monstruo mediocre dice eso al principio.
El empresario chilló bajo mis pies.
Su alma terminó de desprenderse con un sonido húmedo, como tela arrancada de una herida. La tomé. La sentí arder en mis manos. Era más liviana que la de Rafael, más quebrada que la de Esteban, pero igual de sucia. El fuego dentro de mí quiso devorarla. David levantó un dedo.
—Esa sí.
No pregunté.
Abrí la boca.
La bebí.
El dolor del hombre entró en mí como vino podrido.