Capítulo 3 Súcubo
Súcubo
La sombra me soltó en medio de una calle iluminada por letreros caros y pecados discretos.
No caí.
Eso fue lo primero que odié.
Una parte de mí quería caer. Quería que el cuerpo recordara el peso, la torpeza, la humillación de llegar a un lugar sin control.
Quería que la rabia tuviera rodillas raspadas, palmas abiertas contra el suelo, alguna prueba visible de que David me había arrancado del apartamento de Leo como quien arranca una copa de una mesa antes de que alguien la beba.
Pero no.
Aparecí de pie.
Intacta.
Hermosa.
Maldita.
El aire nocturno olía a lluvia vieja, perfume caro, humo de cigarro y deseo mal escondido.
Frente a mí había un club privado sin letrero visible, solo una puerta negra, dos hombres enormes custodiándola y una fila de autos de lujo esperando como bestias domesticadas frente a la acera.
Desde afuera, el lugar parecía elegante.
Desde adentro, antes incluso de cruzar la puerta, ya podía oírlo respirar.
No música.
Hambre.
David apareció a mi lado con las manos en los bolsillos, impecable, como si acabara de bajar de un elevador y no de arrastrarme por una oscuridad que olía a ceniza.
—Bienvenida a tu primer turno completo —dijo.
Lo miré con todo el odio que todavía sabía juntar.
—Acabas de dejar a Leo destruido.
—No seas dramática. Lo dejé vivo.
—Eso no te hace menos cruel.
David sonrió apenas.
—No. Solo más paciente.
Quise pegarle. Otra vez. Qué ridículo puede ser el orgullo cuando una ya sabe que no sirve. Mis dedos se cerraron, las uñas oscuras se hundieron en mis palmas y el fuego debajo de mi piel respondió con un latido bajo, casi feliz.
David miró mis manos.
—Cuidado, pequeña. Si sigues apretando así, vas a parecer humana.
—Te odio.
—Eso dijiste antes.
—Y lo voy a seguir diciendo.
—Claro. Algunas frases consuelan mucho cuando una no tiene poder para hacer nada más.
La burla no fue fuerte.
No la necesitó.
David sabía humillar con voz de seda. Sabía poner una verdad pequeña en medio de una frase y dejar que hiciera el trabajo sucio por él.
Yo podía arrancarle el alma a un hombre como Rafael Ponce, podía entrar en una casa sin que las cámaras me vieran, podía desplegar alas negras sobre una cama y convertir el miedo en alimento.
Pero frente a David seguía siendo una criatura recién nacida con demasiada rabia y muy poca libertad.
La puerta del club se abrió sin que nadie la tocara.
Los guardias miraron hacia mí.
Y me vieron.
Eso también dolió de una forma absurda.
Leo no podía verme.
Ellos sí.
Dos desconocidos, con manos grandes y ojos sucios, pudieron recorrer mi cuerpo con una facilidad que el único hombre que importaba ya no tenía. Qué insulto tan perfecto. Qué castigo tan fino. El mundo estaba dispuesto a mirarme siempre que esa mirada no me salvara.
Uno de los guardias tragó saliva.
El otro bajó la vista a mi boca.
David soltó una risa suave junto a mi oído.
—Mírate. Toda tu vida quisiste que los hombres se detuvieran al verte.
—Cállate.
—No te pongas sentimental ahora. Te queda fatal. Entra.
No me moví.
David inclinó la cabeza.
—Jade.
Mi nombre no fue una llamada.
Fue una correa.
El fuego debajo de mis costillas se tensó y mis pies obedecieron antes de que mi orgullo pudiera fingir resistencia. Caminé hacia la puerta. Los guardias se apartaron. Ninguno pidió identificación. Ninguno preguntó quién era. El deseo, cuando es lo bastante fuerte, vuelve inútiles las reglas.
Dentro, el club estaba lleno de hombres que sonreían como si el mundo no tuviera consecuencias.
Había mesas oscuras, lámparas bajas, sillones de cuero, copas gruesas, humo fino flotando cerca del techo y mujeres bellas riendo con esa risa entrenada que no siempre nace de alegría.
El dinero hacía allí lo que siempre hace: suavizaba lo podrido.
Lo vestía. Lo perfumaba. Le ponía hielo en el vaso y música elegante de fondo.
Yo lo sentí todo.
Antes, habría visto trajes, relojes, botellas caras, manos sobre cinturas ajenas, ojos midiendo carne.
Ahora sentía capas debajo de las capas. La culpa tenía olor.
La mentira tenía temperatura. El deseo hacía ruido, un ruido húmedo, bajo, pegajoso.
Algunas almas brillaban poco, como lámparas enfermas.
Otras estaban casi negras, pesadas de cosas que sus dueños habían logrado esconder del mundo, pero no de mí.
Eso me dio asco.
Y hambre.
Odié la segunda parte.
—No luches contra eso —murmuró David.
No necesitaba caminar a mi lado para hablarme. Su voz se acomodaba dentro de mi cabeza como si hubiera pagado renta allí.
—No estoy luchando.
—Estás apretando la mandíbula.
—Tal vez es para no vomitar.
—No vas a vomitar. Vas a aprender.
Lo busqué entre la gente y lo vi al fondo, sentado en una mesa circular, con un vaso en la mano y una sonrisa tranquila.
Nadie parecía notar que estaba allí. O quizá todos lo notaban y algo en sus cuerpos decidía no mirar demasiado.
David podía ser centro y sombra al mismo tiempo. Qué envidia tan repugnante.
—¿Quién? —pregunté.
David señaló con la mirada a un hombre cerca de la barra.
No era viejo, pero quería parecer joven con demasiada desesperación.
Cabello teñido, piel cuidada, traje azul oscuro, reloj enorme.
Reía con dos hombres más y una mujer que no se reía con los ojos.
Tenía la boca de los que están acostumbrados a dar órdenes y llamar favor a lo que en realidad es abuso.
—Esteban Lora —dijo David—. Constructor.
Donante generoso. Esposo ejemplar en fotografías.
Devoto cuando hay cámaras cerca. Le gusta comprar silencio.
Le gusta dejar familias sin casa y llamar progreso al desastre.
También le gusta mucho que las mujeres parezcan agradecidas cuando él decide arruinarlas menos de lo que podría.
Miré a Esteban.
Su alma olía a humedad encerrada.
No a violencia explosiva como Rafael. No. Esto era distinto. Más elegante. Más administrativo. Daño firmado en oficinas con aire acondicionado. Miseria impresa en documentos. Familias sacadas de edificios viejos para que hombres como él pudieran brindar por oportunidades nuevas.
—¿Lo quieres muerto? —pregunté.
David sonrió desde su mesa.
—Qué rápido piensas en finales. No. Lo quiero vacío.
La palabra bajó por mi espalda como una uña.
—¿Vacío?
—Algunos cuerpos vivos sirven más que los cadáveres. Un hombre sin alma conserva la agenda, la firma, el apellido. Camina. Habla. Firma contratos. Pero por dentro queda hueco. Obediente. Útil.
Sentí un frío que no pertenecía a la noche.
—Eso es peor.
—Sí.
Lo dijo como quien acepta un cumplido.
Esteban levantó la vista.
Me vio.
La conversación a su alrededor perdió importancia.
Siempre era así con los hombres de cierto tipo.
No miraban a una mujer como si la descubrieran, sino como si de pronto se les hubiera puesto algo suyo a la vista.
Sus ojos bajaron por mi vestido negro, subieron despacio hasta mi boca y se quedaron allí con una confianza que me dio náuseas.
David rió en mi cabeza.
—Ahí está. Ni siquiera tuviste que abrir la boca.
—No me felicites por darle hambre a los cerdos.
—No te felicito. Te estoy recordando para qué sirven.
Esteban se apartó de la barra y vino hacia mí con su vaso en la mano. Caminaba como si el piso le debiera permiso.
—No te había visto por aquí —dijo.
Qué original.
Qué profundo.
Qué tragedia que algunos hombres tengan dinero suficiente para pagar carros, casas y secretos, pero no una frase mejor.
Lo miré sin sonreír.
—Tal vez porque no había querido que me vieras.
La frase le gustó.
Claro que le gustó.
Los hombres así confunden la frialdad con desafío y el desafío con invitación. Sus ojos brillaron. Se acercó un poco más.
—¿Y ahora quieres?
—Ahora estoy trabajando.
Esteban soltó una risa baja.
—¿Aquí todos trabajamos de alguna manera, no?
—Algunos más sucio que otros.
La sonrisa se le tensó.
Un segundo apenas.
Después volvió a acomodarse el encanto en la cara.
—Me gustan las mujeres con carácter.
—No. Te gustan las mujeres que todavía no te han hecho pagar por subestimarlas.
Él me miró con más atención.
Ahí apareció la primera grieta: una duda pequeña, una alarma mínima detrás del deseo. Perfecto. El deseo sin miedo era comida simple. El deseo con miedo empezaba a tener sabor.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Jade Sorel.
Su expresión cambió.
Reconoció el nombre.
No por mí del todo. Por los rumores. Por Rafael. Por Leo. Por la muerte. Por ese tipo de historias que los hombres poderosos comparten en voz baja cuando creen que el dolor ajeno es entretenimiento fino.
—Jade Sorel —dijo despacio.
—Veo que sabes leer chismes.
—Pensé que estabas muerta.
Me acerqué a él.
—Eso dicen todos.
Esteban tragó saliva.
Sus ojos bajaron otra vez a mi boca.
—Me gustaría hablar contigo en privado.
—No.
El rechazo lo dejó quieto.
No porque le doliera.
Porque no lo esperaba.
Qué bello era verlos tropezar con una palabra tan pequeña.
—¿No?
—No me interesa hablar contigo.
Me giré para irme.
Conté tres segundos.
Uno.
Dos.
Tres.
—Espera.
Sonreí sin que él pudiera verme.
David aplaudió suavemente desde alguna parte que quizá no existía.
—Muy bien, pequeña. Aprendes rápido. A los hombres como él no se les llama. Se les deja creer que están perdiendo algo.
Esteban me siguió hacia un pasillo lateral.
No tuve que mirar atrás para saberlo. Sentía su deseo como una mano húmeda en mi espalda.
Pasamos junto a una cortina negra, luego por una puerta que se abrió sola.
Detrás había un salón privado, más pequeño, con paredes oscuras, un sofá bajo, una mesa de cristal y una ventana falsa mostrando una ciudad que no era la de afuera.
El lugar estaba hecho para secretos.
Entré.
Él cerró la puerta.
—Ahora sí —dijo—. Podemos hablar mejor.
—No vinimos a hablar.
Se le encendió la cara.
Pobre idiota.