Capítulo 2 Invisible #4
—Quiero lo que representa.
—No vas a tenerlo.
David sonrió otra vez.
—Eso dicen todos los que todavía creen que el amor limpio es una muralla.
Se acercó a la puerta del pasillo.
Yo me interpuse.
Ridículo.
Hermoso.
Inútil.
—No entres.
David me miró como se mira a una niña jugando a cerrar el paso de una tormenta.
—No necesito entrar.
Desde el dormitorio, Leo volvió a decir mi nombre.
Más bajo.
Más roto.
David cerró los ojos un segundo, como si disfrutara una música fina.
—Escúchalo.
—Basta.
—No te oye, pero te llama. No te ve, pero te busca. No puede tocarte, pero su cuerpo reconoce tu olor como si fuera una promesa que alguien olvidó cumplir.
Me tapé los oídos.
No sirvió.
La voz de David no entraba por ahí.
—Eso no es amor solamente, Jade. Eso es grieta.
—Cállate.
—Y las grietas son entradas.
Me acerqué a él con los ojos llenos de rabia.
—Si lo destruyes, te juro que...
David me interrumpió con una risa suave.
—¿Qué? ¿Me arrancarás el alma?
La burla fue tan fina que casi pareció una caricia.
—No seas vulgar, pequeña. Aún no sabes ni sostener la tuya sin que te tiemble.
Quise odiarlo más.
Pero la impotencia no siempre se siente como rabia.
A veces se siente como cansancio.
Como verse a una misma desde fuera y entender que todo el poder recibido no sirve contra la única puerta que de verdad quieres abrir.
David caminó hacia mí y me rodeó despacio, como había hecho tantas veces en vida, cuando sus pasos caros convertían una habitación en territorio suyo.
—Mañana, Leo despertará creyendo que quizá soñó tu olor.
—No.
—Luego volverá a sentirlo.
—No.
—Después empezará a buscarlo en tus cosas, en las sábanas, en el baño, en su propia piel.
—Basta.
—Y cada vez que no te encuentre, se romperá un poco más.
Mi voz salió pequeña.
—¿Por qué?
David se detuvo detrás de mí.
Sentí su presencia cerca de mi oído.
—Porque las almas puras no se seducen como las otras.
Me quedé sin moverme.
—Las almas como la de Rafael caen por deseo, miedo, violencia, vergüenza. Son fáciles. Ruidosas. Sucias. Aburridas después de un tiempo.
Su voz bajó.
—Pero Leo...
No le permití terminar.
—No digas su nombre.
David ignoró mi orden con una dulzura venenosa.
—Leo necesita una herida más fina.
El dormitorio quedó en silencio.
Yo también.
Por un instante, entendí el tamaño de lo que David estaba construyendo.
No quería solo castigarme.
No quería solo usarme.
No quería solo almas.
Quería convertir mi amor en instrumento.
Quería que yo fuera la prueba invisible de que incluso lo más limpio podía volverse locura si se le negaba descanso durante suficiente tiempo.
Me giré hacia él.
—No voy a hacerlo.
—Ya lo estás haciendo.
La frase me dejó helada.
David señaló con la mirada hacia el dormitorio.
—Estás aquí.
No hizo falta más.
Yo era el arma.
Aunque llorara.
Aunque suplicara.
Aunque dijera amor.
Aunque me arrodillara frente a la cama.
Mi olor estaba llegando a Leo.
Mi presencia estaba abriéndole preguntas en la cabeza.
Mi imposibilidad estaba empezando a devorarlo.
Y David lo sabía.
David lo había diseñado así.
Me acerqué al ventanal de la sala.
Afuera la ciudad seguía iluminada, indiferente, hermosa de una manera insultante. Vi mi reflejo en el vidrio: vestido negro, ojos oscuros, boca roja, piel demasiado perfecta. Jade Sorel, más bella que nunca.
Invisible para el único hombre que importaba.
—Déjame quedarme esta noche —dije.
No miré a David.
—No.
—Solo esta noche.
—Tienes trabajo.
Cerré los ojos.
Ahí estaba.
El final de la misericordia.
—No.
David apareció reflejado detrás de mí en el vidrio, impecable, sereno, dueño de una paciencia que no pertenecía al tiempo humano.
—Hay hombres allá afuera que todavía creen que el deseo no tiene precio.
—No me importa.
—Te importará cuando el hambre vuelva.
La odié.
Esa frase.
Porque ya sentía algo moviéndose otra vez dentro de mí.
Muy leve.
Muy abajo.
Como una criatura despertando al escuchar la palabra hombres.
Me llevé una mano al vientre.
David sonrió en el reflejo.
—Ahí está.
—No quiero.
—Eso tampoco importa siempre.
Me giré hacia él.
—No soy una cosa.
—No.
Se acercó.
—Eres mucho más útil que una cosa.
Quise decirle que se fuera al infierno, pero el insulto ya no tenía dirección con él.
David levantó una mano.
El aire de la sala se tensó.
El olor de mí aumentó de golpe.
Lo sentí expandirse hacia el dormitorio como humo dulce.
—No —susurré.
Leo hizo un sonido ahogado desde la habitación.
—Jade...
Intenté correr hacia él, pero David me sujetó por el brazo.
—Escucha bien —dijo.
Leo respiraba más rápido.
—Detente.
—No.
El olor siguió creciendo.
No era perfume ya.
Era memoria pura.
Mi piel después de una ducha.
Mi cuello en una noche de verano.
Mi cabello sobre su almohada.
Mi boca diciendo mentiras con voz suave.
Mi cuerpo vivo en una casa donde él todavía creía que amar podía salvar algo.
Leo se levantó de la cama.
Lo escuché caminar por el pasillo.
Apareció en la entrada de la sala.
No me vio.
Miró hacia el espacio donde estaba mi olor.
Donde estaba yo.
—Jade —dijo.
Su voz era una herida abierta.
David soltó mi brazo.
Yo fui hacia Leo.
Me puse frente a él.
—Aquí. Estoy aquí.
Leo extendió una mano.
Sus dedos temblaron en el aire.
Pasaron por mi pecho.
Por mi garganta.
Por mi cara.
No sintió nada.
Su mano quedó suspendida en el vacío.
Y entonces la bajó lentamente, destruido.
—Perdóname —dijo.
No pude respirar.
—No.
Leo retrocedió.
—Perdóname por querer que estés aquí.
La frase me mató de una forma nueva.
Porque era amor y era culpa.
Era deseo y era castigo.
Era exactamente lo que David quería.
Me giré hacia él.
David estaba sonriendo.
No como hombre.
No como amante.
No como dueño de empresas ni de secretos caros.
Sonreía como una inteligencia antigua disfrutando de una maquinaria perfecta.
—¿Ves? —murmuró—. No hay cadena más elegante que la esperanza.
Me lancé hacia él.
Esta vez no me detuvo.
Mi rabia atravesó su cuerpo como humo.
David apareció un paso más lejos, riéndose bajo, casi con ternura.
—Todavía golpeas como humana.
—Te voy a destruir.
—Primero aprende a trabajar.
Leo se apoyó en la pared, con los ojos cerrados, respirando mi olor como si le hiciera daño y lo necesitara al mismo tiempo.
David caminó hasta quedar a mi lado.
—Míralo bien, Jade.
No quería.
Lo miré.
—Ese es el precio de volver.
Leo abrió los ojos, perdidos, húmedos, buscando una mujer que estaba delante de él y aun así no existía para sus sentidos.
—No puede verte —susurró David.
La voz de Leo tembló.
—Jade...
—No puede oírte.
Yo di un paso hacia Leo.
—Leo, por favor...
—No puede sentirte.
Levanté la mano, pero no lo toqué.
No quise atravesarlo otra vez.
—Pero puede olerte.
David sonrió junto a mi oído.
—Y eso será suficiente para hacerlo sufrir.
Sentí que algo dentro de mí se partía con una lentitud insoportable.
No grité.
No lloré.
Solo entendí.
Invisible no era no existir.
Invisible era existir exactamente donde más dolía y no poder hacer nada con eso.
David dio un paso hacia la sombra de la sala.
—Ven.
Negué con la cabeza.
—No.
—Tienes que seguir trabajando.
—No voy a dejarlo así.
David me miró con una calma cruel.
—Sí.
La sala se oscureció en los bordes.
Leo seguía allí, respirando mi ausencia.
Yo intenté quedarme. Intenté aferrarme al suelo, al aire, a su dolor, a la palabra amor que había aprendido demasiado tarde. Pero el mundo empezó a doblarse alrededor de mí como una página negra.
David extendió la mano.
No me tocó.
No hizo falta.
—Hay muchas almas fáciles esperándote, pequeña —dijo—. Y mientras tú aprendes a obedecer, Leo aprenderá a buscarte donde nunca podrá encontrarte.
Lo último que vi fue a Leo mirando hacia la nada, con mi nombre partido en la boca.
Después la sombra me tragó.
Y la risa suave de David me acompañó como una orden.
—Vamos, Jade. Tienes que seguir trabajando.