Capítulo 2 Invisible #3
La primera vez que lo dije, me dio miedo.
No porque fuera mentira.
Porque no lo era.
Qué tarde aprende una ciertas verdades.
Las aprende cuando ya no puede tocarlas.
Leo se levantó después de un largo rato y fue al dormitorio. Yo lo seguí como una sombra obediente. Se quitó los zapatos sin cuidado. Se sentó en la cama. Miró mi lado.
No lo tocó.
Solo lo miró.
Después se acostó de lado, de frente al espacio vacío.
Yo me acosté frente a él.
No sobre la cama.
En el aire de la cama.
En la nada de su lado.
Tan cerca que si el mundo hubiera sido justo, nuestras respiraciones se habrían mezclado.
Leo abrió los ojos.
Miró hacia mi lado.
No me vio.
Pero inhaló.
Su rostro cambió.
—Estás aquí.
La frase no fue pregunta.
Fue miedo.
Fue deseo.
Fue ruina.
Yo acerqué la cara a la suya.
—Sí.
Él extendió la mano hacia el espacio donde yo estaba.
Me quedé inmóvil.
Sus dedos pasaron a través de mi rostro.
No sentí nada.
Él tampoco.
Su mano cayó sobre la sábana vacía.
Y ahí sí lloró.
Sin cubrirse.
Sin defenderse.
Sin hacer ruido al principio.
Solo lágrimas bajando hacia la almohada, la boca apretada, los ojos abiertos, como si quisiera obligarse a mirar el hueco donde yo debía estar.
—No puedo más —susurró.
El miedo me mordió.
—No digas eso.
—No puedo olerte y no verte.
—Leo...
—No puedo sentir que estás aquí y no saber si me estoy volviendo loco.
—No estás loco.
—No puedo seguir perdonando a alguien que ya no existe.
Me quedé helada.
La frase no venía con odio.
Eso la hizo peor.
Leo no me odiaba.
Leo estaba agotado de amar en una dirección donde ya no había cuerpo.
Me acerqué más.
Aunque no sirviera.
Aunque mi boca no pudiera tocar su frente.
Aunque mis manos fueran inútiles.
—Existo —susurré—. De la peor manera, pero existo.
Él cerró los ojos.
—Yo te perdoné, Jade.
Lo dijo otra vez.
Más bajo.
Más cansado.
Como si se lo repitiera no para salvarme a mí, sino para no volverse algo que no era.
—Te perdoné.
Yo apreté los dientes.
No podía soportarlo.
No podía soportar esa limpieza.
No en una cama donde mi olor lo estaba destruyendo.
No después de haber sentido el alma de Rafael, sucia, fácil, arrancándose con dolor, cayendo como piedra hacia el lugar que la reclamaba. Leo era distinto. Leo era una luz pequeña en una casa triste. Y David quería apagarlo no con tentación, sino con duelo.
Eso era peor.
Mucho peor.
Porque un hombre como Leo no se entregaba por deseo.
Había que quebrarle la esperanza.
Había que convencerlo de que amar también podía ser una forma de perder la razón.
Me incorporé de golpe.
—David.
La habitación no respondió.
—David.
Leo abrió los ojos apenas, pero no por mi voz. Por el olor, quizá. Por ese movimiento invisible que yo no podía controlar.
Yo me puse de pie.
—David, maldito seas, aparece.
Nada.
Solo la respiración rota de Leo.
Caminé hacia la sala.
El apartamento parecía burlarse de mi impotencia con cada objeto quieto. La taza. La silla. Los libros. La mesa. Todo podía existir frente a Leo. Todo podía ser tocado, mirado, recordado.
Yo no.
Yo, que había querido ser vista toda mi vida.
Yo, que había vivido construyendo miradas.
Yo, que había usado mi belleza como llave, cuchillo y refugio.
Ahora estaba condenada a ser olor.
Nada más.
Un perfume sin cuerpo.
Un recuerdo con hambre.
Una presencia imposible que hacía daño precisamente porque no podía abrazar.
—¡David!
Esta vez el aire cambió.
No mucho.
Solo lo suficiente.
La lámpara de la sala parpadeó una vez.
Después otra.
Una sombra elegante apareció junto al ventanal, como si siempre hubiera estado allí y solo hubiera decidido dejar de fingir ausencia.
David Madero estaba apoyado contra el vidrio, impecable, con las manos en los bolsillos y una sonrisa pequeña en la boca.
No había pezuñas.
No había cuernos.
No había fuego visible.
Eso lo hacía más irritante.
Más peligroso.
Más él.
—Qué manera tan desesperada de llamarme, pequeña.
Caminé hacia él.
—Quítale esto.
David ladeó la cabeza.
—¿Esto?
—No juegues conmigo.
—Pero si tú juegas tan bien cuando no se trata de él.
Sentí las uñas oscuras clavarse en mis palmas.
—Deja que me vea.
David miró hacia el pasillo, hacia la habitación donde Leo seguía acostado, llorando en silencio.
—No.
Una palabra.
Tranquila.
Perfecta.
Quise golpearlo.
Lo intenté.
Mi mano fue hacia su rostro con toda la rabia que el infierno había dejado dentro de mí. Pero David me sujetó la muñeca antes de que lo tocara. No con fuerza brutal. No la necesitó. Solo cerró los dedos y todo mi cuerpo entendió que mi poder tenía techo, dueño y cadena.
—Todavía no aprendes —murmuró.
—Suéltame.
—Estás confundiendo regalo con libertad.
Tiré de mi brazo.
No pude moverlo.
—Me dijiste que podía verlo.
—Y puedes.
—Me dijiste que él podría olerme.
—Y puede.
—Entonces déjame hablarle.
David sonrió.
Ahí estuvo la burla.
No grande.
No vulgar.
Maquiavélica precisamente porque no necesitaba levantar la voz.
—¿Para qué?
La pregunta me golpeó más que una negativa.
—Para decirle que no está loco.
—Pero eso arruinaría una parte preciosa del proceso.
Me quedé inmóvil.
David soltó mi muñeca con suavidad.
—No entiendes lo delicado que es esto, Jade. El dolor común rompe. La culpa común cansa. La muerte común se acepta con el tiempo. Pero una presencia que solo llega en forma de olor...
Miró hacia el dormitorio con una satisfacción casi artística.
—Eso no deja cicatriz. Eso excava.
—Eres un monstruo.
—Sí.
Lo dijo sin orgullo.
Sin vergüenza.
Como quien acepta una profesión.
—Pero no seas injusta. Tú también estás aprendiendo.
Di un paso hacia él.
—Leo no es parte de mi trabajo.
David me miró con ternura falsa.
—Leo es la razón por la que tu trabajo importa.
El cuarto pareció inclinarse.
—No.
—Sí.
—No lo vas a tocar.
—Yo no necesito tocarlo.
Su sonrisa se afinó.
—Para eso estás tú.
Sentí que el fuego dentro de mí se volvía hielo.
—No voy a ayudarte a destruirlo.
David soltó una risa baja.
No fue escándalo.
No fue carcajada.
Fue peor.
Fue la risa de alguien que ya había calculado todas las salidas y sabía que ninguna me pertenecía.
—Pequeña, mírate.
Se acercó y me tomó la barbilla entre dos dedos, igual que en el infierno.
—Hace unas horas usaste tu nueva hambre con una belleza admirable. Convertiste a Rafael Ponce en una puerta abierta hacia abajo. Lo hiciste gritar. Lo hiciste suplicar. Lo hiciste pagar. Y al final, cuando su alma cayó, sonreíste.
Apreté los labios.
—Eso fue diferente.
—Claro que sí. Todo es diferente cuando una quiere justificarse.
—Rafael merecía caer.
—No discuto eso.
Me soltó.
—Pero no te confundas. La justicia no te salvó del placer que sentiste.
Quise responder.
No pude.
Porque una parte de mí todavía recordaba el poder.
La rendición.
El miedo de Rafael entrando en mi boca como una bebida amarga.
David lo vio.
Siempre veía demasiado.
—Ahí está —susurró—. Esa honestidad tuya que aparece cuando ya no tienes fuerzas para adornarte.
—Cállate.
—No puedes ser Súcubo solo cuando te conviene emocionalmente.
La palabra me ardió.
Súcubo.
Con la voz de mi madre.
Con la boca de David.
Con mi cuerpo nuevo.
—No soy tuya —dije.
David sonrió.
—No del todo.
Esa respuesta me inquietó más que cualquier posesión absoluta.
—¿Qué significa eso?
Él miró otra vez hacia el dormitorio.
Leo se movió dentro. La cama crujió. Un sonido pequeño. Humano. David lo escuchó con una expresión casi divertida.
—Significa que todavía hay una parte de ti haciendo resistencia. Una parte sentimental. Torpe. Inconveniente.
—Se llama amor.
David volvió a mirarme.
Por primera vez, su sonrisa bajó un poco.
No desapareció.
Solo se volvió más antigua.
—No uses palabras limpias con tanta confianza. Ensucias el idioma.
—Yo lo amo.
Decirlo frente a David fue como encender una vela en una cueva llena de bestias.
Pequeño.
Ridículo.
Necesario.
David se acercó más.
—Lo amas tarde.
Eso dolió.
—Lo amas muerta.
Dolió más.
—Lo amas cuando ya no puedes tocarlo, cuando ya no puedes pedirle que te perdone mirando tus ojos, cuando ya no puedes acostarte a su lado y fingir que mañana serás mejor. Qué conveniente, Jade. Qué hermosa forma de convertir la pérdida en virtud.
Levanté la mano otra vez, pero esta vez no lo golpeé.
La dejé caer.
Porque algunas verdades no se pueden pelear con uñas.
—Quiero hablarle —susurré.
David me miró con una delicadeza cruel.
—No.
—Solo una vez.
—No.
—David...
—No.
Cada no fue cerrando una puerta distinta dentro de mí.
El olor de mi presencia llegó otra vez al dormitorio.
Lo supe por la voz de Leo.
—Jade...
David sonrió.
Yo cerré los ojos.
—No le hagas esto.
—Yo no estoy haciéndole nada.
—Mentira.
—Yo solo dejé que te oliera.
Me miró de arriba abajo, satisfecho, como si observara una herramienta pulida.
—Tú eres la que está aquí.
Eso me dejó sin defensa.
Porque era verdad y no lo era.
Porque yo no quería hacerle daño a Leo, pero mi presencia se lo hacía.
Porque incluso mi amor, bajo las reglas de David, se había vuelto veneno.
—¿Ves? —murmuró él—. Esa es la belleza de la impotencia. No basta con sufrir. Tienes que entender que tu sufrimiento también puede servirle a otro.
Abrí los ojos.
—Te odio.
—Todavía no.
—Te odio.
—Todavía me necesitas.
Me reí sin alegría.
—¿Para qué?
David se inclinó un poco, como si fuera a contarme un secreto amable.
—Para seguir existiendo.
La habitación se quedó fría.
O quizá fui yo.
—No te di inmortalidad para que vinieras a llorar al lado de una cama —dijo—. No te levanté para que te arrodillaras frente a un hombre que no puede verte. No te convertí en esto para que desperdicies tu hambre intentando consolar a una de las pocas almas que aún no puedo tocar.
Pocas.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
—Entonces sí lo quieres.
David no contestó rápido.
Eso fue respuesta suficiente.
—Quieres a Leo.
Su mirada cambió apenas.
Una sombra de la criatura antigua se movió detrás de sus ojos humanos.