Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Capítulo 2 Invisible #2
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Capítulo 2 Invisible #2

Sacó algo de la bolsa. Un envase de comida preparada. Barata. Fría. Sin alma. La clase de comida que una compra cuando alimentarse se vuelve una obligación y no un deseo. Lo puso sobre la mesa y se quedó mirándolo como si no entendiera por qué lo había comprado.

—No comiste —le dije.

Nada.

—Leo, tienes que comer.

Nada.

Una rabia desesperada me subió desde el pecho.

No era rabia contra él.

Era contra la regla.

Contra David.

Contra el infierno.

Contra mí.

Contra esa maldita justicia torcida donde yo podía arrancar un alma de un cuerpo, pero no podía hacer que el hombre que amaba levantara la mirada.

El hombre que amaba.

La frase apareció sin permiso.

No la corregí.

Ya estaba demasiado cansada de mentirme con elegancia.

Me acerqué más.

—Leo, estoy aquí.

Levanté la mano.

La acerqué a su mejilla.

Me detuve a un centímetro de su piel.

Por un segundo, la memoria hizo el trabajo que mi cuerpo no podía hacer.

Recordé su calor. La suavidad de su barba creciendo al final del día.

La forma en que cerraba los ojos cuando yo le tocaba la cara y todavía creía que ese gesto venía de amor, no de costumbre, no de manipulación, no de una mujer aprendiendo qué caricia producía qué respuesta.

Mis dedos bajaron.

Tocaron su piel.

No la tocaron.

Pasaron por él como si Leo estuviera hecho de luz cerrada.

No sentí calor.

No sentí carne.

No sentí resistencia.

Nada.

Mi mano atravesó su mejilla sin que él supiera que una condenada acababa de intentar acariciarlo.

Retrocedí con un jadeo.

—No.

Leo levantó la cabeza de golpe.

Me quedé inmóvil.

Sus ojos buscaron el espacio.

No me vieron.

Pero algo había cambiado.

Lo vi en su respiración.

Inhaló.

Una vez.

Lento.

Su cuerpo se tensó.

Volvió a inhalar, más profundo, como si el aire acabara de traerle una mentira imposible.

—Jade...

Mi nombre salió de su boca casi sin sonido.

Pequeño.

Roto.

Humano.

Y yo, que había escuchado a Rafael gritar mientras su alma se desprendía de la carne, sentí que ese susurro me hacía más daño que cualquier grito.

—Sí —dije rápido—. Sí, Leo. Soy yo. Estoy aquí. Estoy aquí mismo.

Leo dio un paso atrás.

Miró hacia la cocina.

Luego hacia el pasillo.

Luego hacia la habitación.

Su rostro se abrió con una esperanza tan peligrosa que quise arrancarme del mundo antes de verlo perderla.

—¿Jade?

—Aquí.

Me puse frente a él otra vez.

—Aquí, Leo. Delante de ti. Mírame. Por favor, mírame.

Sus ojos pasaron sobre mi cara.

No se detuvieron.

No encontraron nada.

La esperanza tembló en su rostro.

Después empezó a morir.

—No —murmuró él.

Se llevó una mano a la frente.

—No, otra vez no.

Otra vez.

Esas dos palabras me helaron.

—¿Otra vez?

Él soltó una risa mínima, seca, sin alegría.

—Estoy volviéndome loco.

—No.

—Sí.

—No, Leo, no.

Él cerró los ojos con fuerza.

—Tu olor.

Se quedó quieto, respirando con miedo.

—Es tu olor.

Me miré las manos, el vestido negro, la piel intacta. No llevaba el perfume de antes. No llevaba nada que yo hubiera elegido. Nada que hubiera puesto detrás de mis orejas, en mis muñecas, sobre mi cuello para entrar a un lugar y conquistar el aire antes que los ojos.

Pero Leo me olía.

No a perfume.

A presencia.

A resto.

A esa parte de mí que David había dejado cruzar como una cuerda alrededor de su garganta.

Leo caminó hacia el pasillo.

Yo lo seguí.

—No estás loco —le dije—. David está haciendo esto. Me está usando. Nos está usando.

Él no escuchó.

Entró en la habitación y se quedó frente a la cama.

La blusa ya no estaba en mis manos.

No sé cuándo la solté.

No sé si cayó.

No sé si el mundo la devolvió a la silla para que Leo no notara mi torpeza. Allí estaba, doblada de manera triste sobre la madera, como si nunca la hubiera tocado.

Leo la vio.

Se acercó despacio.

Yo me quedé junto a él.

No me atreví a tocarlo otra vez.

Lo vi tomar la blusa.

Sus dedos sí pudieron cerrarse alrededor de la tela.

Por supuesto.

Él podía tocar lo que yo había sido.

No a mí.

A lo que quedaba.

Leo acercó la prenda a su rostro.

Inhaló.

Cerró los ojos.

Y se rompió.

No de una vez.

Los hombres como Leo casi nunca se rompen de una vez. Primero aprietan la mandíbula. Después respiran mal. Después bajan la cabeza. Después intentan convencerse de que todavía pueden sostener el mundo con las manos aunque el mundo ya esté en el suelo.

Se sentó en la cama con la blusa contra la boca.

Yo me arrodillé frente a él.

No pensé en la dignidad.

No pensé en lo absurdo.

No pensé en que hacía unas horas una criatura con alas oscuras había estado sobre Rafael Ponce decidiendo cuánto dolor merecía antes de caer.

Me arrodillé.

Porque frente a Leo, todo lo que yo era se volvía demasiado pequeño para estar de pie.

—Perdóname —susurré.

Él no oyó la palabra.

La había oído antes, quizá, cuando ya era tarde.

O tal vez nunca la oyó de la forma correcta.

Leo abrió los ojos, pero no levantó la cara.

—No sé qué hacer contigo —dijo.

No me hablaba a mí.

Le hablaba a la blusa.

A la habitación.

Al olor.

A esa parte enferma de su duelo que empezaba a creer que una muerta podía volver en pedazos.

—No sé si guardar tus cosas. No sé si botarlas. No sé si dejarlas aquí hasta que todo se pudra.

Su voz se quebró apenas.

Yo sentí el golpe como si aún tuviera costillas humanas.

—No tienes que hacer nada —le dije—. No todavía. No solo.

Él apretó la blusa entre los dedos.

—A veces llego y siento tu perfume.

Respiró con dificultad.

—Aquí. En la sala. En la cama. En la puerta del baño.

El baño.

El recuerdo me atravesó con una precisión venenosa.

El frasco.

Mi mano.

El labial rojo.

El espejo.

El veneno bajando.

Leo entrando tarde.

Demasiado tarde.

Me puse una mano sobre el pecho.

No para calmarme.

Para comprobar que el dolor seguía allí.

—Yo no quería que me encontraras así —dije.

Mentira.

Verdad.

No lo sabía.

Una parte de mí sí había querido ser encontrada. No salvada, tal vez. Pero sí encontrada. Incluso en mi acto más cobarde, había dejado una puerta abierta para que Leo llegara a la escena y entendiera que mi dolor también sabía hacer espectáculo.

Qué mala puede ser una incluso cuando se está muriendo.

Leo se puso de pie de golpe.

La blusa cayó al suelo.

—No.

Caminó hacia el baño.

Yo fui detrás de él.

—Leo, no.

Él entró y encendió la luz.

El baño estaba limpio.

Demasiado limpio.

Alguien había borrado la escena, pero no el crimen. Las superficies brillaban. El lavamanos estaba seco. El espejo reflejaba a Leo solo.

Solo.

Yo estaba junto a él y el espejo no me devolvía.

No había Jade Sorel.

No había vestido negro.

No había ojos verdes jade oscuros.

No había Súcubo.

Solo Leo, pálido, cansado, vivo a la fuerza.

Me acerqué al espejo.

Levanté la mano.

Quise escribir sobre el cristal.

Estoy aquí.

Mis dedos tocaron la superficie fría.

No dejaron marca.

Ni una línea.

Ni una huella.

Nada.

—No —susurré.

Volví a intentarlo.

Más fuerte.

Mis uñas oscuras rasparon el espejo sin sonido, sin rastro, sin daño. Como si el mundo entero se negara a prestarme una sola prueba.

Leo miró su propio reflejo.

Yo estaba a su lado.

Él no lo sabía.

—No puedes estar aquí —murmuró.

—Sí puedo.

—Te vi morir.

—Lo sé.

—Te sostuve.

—Lo sé.

—Te enterré en mi cabeza mil veces y aun así...

Se quedó callado.

El dolor le cerró la boca.

Yo apoyé la frente contra el espejo.

No dejé marca tampoco.

Leo abrió el grifo.

El agua corrió.

Él se mojó la cara.

Una vez.

Otra.

Como si pudiera lavarse el olor de mí.

Pero el olor no se fue.

Lo supe por la forma en que se quedó quieto, con las manos apoyadas en el lavamanos, respirando.

—Por favor —dijo.

Esa palabra me destrozó.

No porque fuera para mí.

Porque no sabía para quién era.

Para su mente.

Para mi fantasma.

Para el Dios que quizá aún escuchaba hombres buenos.

Para el aire.

—Por favor, déjame descansar.

Retrocedí.

Como si me hubiera golpeado.

—Leo...

Él se miró en el espejo.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no cayeron enseguida.

—Si eres tú, no hagas esto.

Me quedé sin aire.

—No soy yo —dije rápido—. No quiero hacerte esto. Leo, escúchame, no soy yo. Es David. Él quiere...

No pude terminar.

La frase murió inútil en mi boca.

Leo cerró los ojos.

—Si eres mi culpa, vete.

—No.

—Si eres mi cabeza rompiéndose, vete.

—No, Leo.

—Si eres ella...

Abrió los ojos.

Su voz bajó hasta volverse casi nada.

—Si eres ella, perdóname por no llegar antes.

Eso me dobló.

Literalmente.

Caí al suelo del baño, de rodillas, sin sonido. La cerámica no sintió mi peso. O quizá lo sintió y decidió no contárselo a nadie.

—No —dije, llorando por fin, aunque no supe si había lágrimas—. No, Leo. Tú no. Tú no tienes que pedirme perdón. Yo lo hice. Yo elegí el frasco. Yo elegí mentirte. Yo elegí destruirlo todo. Tú llegaste con las manos limpias a un incendio que yo misma había encendido.

Él no oyó nada.

Nada.

Solo respiró mi olor.

Y sufrió.

Entonces entendí la perfección de la tortura.

David no había dejado que Leo me oliera para que yo pudiera consolarlo.

Lo había hecho para que Leo me confundiera con culpa.

Con locura.

Con castigo.

Con una presencia imposible que no ofrecía respuesta, solo herida.

Yo era una puerta cerrada frente a un hombre que no dejaba de tocar.

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La noche avanzó dentro del apartamento como una enfermedad lenta.

Leo no comió.

No encendió la televisión.

No corrigió papeles.

No abrió un libro.

Se sentó en el sofá con las manos juntas y la mirada perdida en un punto de la pared. Yo me senté en el suelo frente a él, aunque no necesitara cansarme. No quería ocupar el sofá. No quería poner mi cuerpo invisible en un lugar donde él había llorado por una mujer que yo misma había matado.

Por ratos, el olor llegaba a él.

Lo veía.

Sus ojos cambiaban.

Su respiración se detenía un segundo.

La esperanza volvía como una aguja y luego se iba dejando sangre.

—Jade —decía a veces.

Yo respondía siempre.

Siempre.

—Aquí.

—Jade.

—Aquí.

—Jade...

—Aquí, Leo. Aquí, mi amor.

Mi amor.