Prólogo #2
El veneno regresó a mi memoria como una lengua amarga. El frasco. El baño. El vestido negro. El labial rojo. Leo entrando demasiado tarde. Su perdón. Su voz. Su amor inútil alcanzándome cuando yo ya me estaba yendo.
Por un segundo, el infierno se borró.
Vi a Leo.
Vi sus ojos.
Vi su boca diciéndome que siempre me iba a perdonar.
Y esa memoria dolió.
Dolió más que la roca caliente.
Más que la ceniza.
Más que la muerte.
David lo notó.
Claro que lo notó.
—Todavía piensas en él —dijo.
Levanté la mirada con brusquedad.
—No.
La mentira salió rápida.
Demasiado rápida.
David sonrió con paciencia.
—Sigues mintiendo igual de hermoso.
Apreté los labios.
—No hables de Leo.
—Leo Navarro —dijo él, saboreando el nombre como si lo hubiera tenido guardado entre los dientes—. El hombre bueno. El profesor. El que te amó incluso cuando ya no quedaba nada en ti que supiera recibir amor sin convertirlo en herramienta.
Di un paso hacia él.
—Te dije que no hables de él.
El fuego alrededor subió apenas.
No sé si fue por David.
O por mí.
Él miró las llamas y luego volvió a mí.
—Interesante.
—¿Qué?
—Todavía puede dolerte.
No supe qué contestar.
El calor me rodeaba, pero por dentro algo se había enfriado.
Mala.
Sí.
Yo era mala.
Lo había dicho antes de verlo. Antes de entender quién me esperaba. Antes de saber que el infierno tenía la cara de un hombre al que yo creí haber usado. Pero incluso siendo mala, incluso allí, incluso muerta, el nombre de Leo seguía encontrando una parte de mí que no se dejaba quemar del todo.
Y eso me dio rabia.
Porque una mujer como yo podía soportar condena.
Podía soportar deseo.
Podía soportar castigo.
Pero no quería seguir cargando una grieta con nombre de hombre bueno.
David levantó una mano y me tocó la barbilla con dos dedos.
Su piel no quemaba.
Eso fue lo peor.
Era tibia.
Humana.
Falsa.
—No te preocupes, pequeña —murmuró—. Aquí aprenderás qué partes de ti todavía sirven... y cuáles hay que terminar de matar.
Le sostuve la mirada.
—¿Y tú vas a enseñarme?
Su sonrisa volvió.
Más oscura.
Más antigua.
—Yo voy a levantarte.
El infierno pareció escuchar esa frase.
Las sombras se inclinaron a lo lejos.
La lava iluminó las grietas bajo mis pies.
Y por primera vez desde que abrí los ojos, sentí que el calor no solo me rodeaba.
Me estaba entrando.
Como si algo debajo de mi piel respondiera a ese lugar.
Como si el infierno no me hubiera recibido para castigarme.
Sino para reconocerme.
David bajó la mano de mi rostro.
—Bienvenida de regreso, Jade Sorel.
Yo respiré hondo.
El aire ya no quemó.
Eso fue lo primero que noté.
El fuego seguía allí. La lava seguía abriéndose entre las grietas de la roca negra.
La ceniza seguía cayendo sobre mis hombros como una nieve sucia.
Los gritos seguían subiendo desde algún lugar profundo, interminable, hambriento.
Pero el calor ya no me mordía. Ya no me raspaba la garganta.
Ya no me hacía toser. Entró en mí como si me reconociera.
Como si el infierno hubiera dejado de castigarme y empezara, poco a poco, a aceptarme.
Miré mis manos otra vez.
La piel seguía pálida bajo la ceniza. Las uñas oscuras brillaban con esa belleza extraña que no parecía humana. Sentí algo moverse debajo de mi piel, lento y caliente, no como dolor, sino como una fuerza despertando después de haber dormido demasiado tiempo.
—¿Qué me está pasando? —pregunté.
David me observó con una calma casi orgullosa.
—Estás dejando de ser lo que fuiste.
Tragué saliva. Esta vez sí pude.
—Estoy muerta.
—Sí.
Lo dijo sin lástima.
—Pero la muerte, pequeña, no siempre es el final. A veces solo es la puerta más honesta.
El fuego subió detrás de él, iluminándole el rostro. Por un instante volví a ver algo debajo de su piel humana. La sombra antigua. Los cuernos escondidos. La criatura que había caminado hacia mí con pezuñas sobre la ceniza antes de ponerse otra vez la forma perfecta de David Madero.
—Yo te elegí —dijo—. Y lo que elijo no se pudre bajo tierra.
Sentí una punzada fría en el pecho.
—¿Elegirme para qué?
David dio un paso hacia mí.
—Para trabajar para mí.
La frase cayó entre nosotros sin gritos, sin trueno, sin espectáculo. Y por eso mismo sonó peor. Más real. Más inevitable.
—¿Trabajar para ti? —repetí.
—En el mundo de los vivos.
El mundo de los vivos.
La expresión me atravesó de una forma absurda, cruel. Pensé en calles, ventanas, ascensores, perfumes caros, camas tibias, labios rojos, ropa negra, luces de ciudad. Pensé en Leo. En su voz. En su perdón. En sus manos sosteniéndome cuando ya era tarde.
David me miró como si hubiera leído cada imagen dentro de mí.
—Te voy a devolver arriba —dijo—. Pero no como eras.
—¿Entonces como qué?
Su sonrisa apareció despacio.
—Inmortal.
No respondí.
La palabra era demasiado grande para entrar de golpe en mi cabeza.
Inmortal. Una palabra que no pertenecía a mujeres como yo, mujeres que habían nacido con hambre, con vergüenza, con madres cansadas, con padres ausentes y con una vida empujándolas siempre hacia abajo.
Inmortal sonaba a dioses. A maldiciones.
A cosas antiguas que no pedían permiso para existir.
—No vas a envejecer como ellos —continuó David—. No vas a romperte como ellos. No vas a depender del tiempo de la misma manera. Pero nada de eso será gratis.
Claro que no.
Nada lo era.
Ni la belleza.
Ni el lujo.
Ni la salida.
Ni siquiera la muerte.
—¿Y qué voy a ser? —pregunté.
David se acercó un poco más.
—Un Súcubo.
La palabra me rozó la memoria antes de que yo pudiera entenderla del todo.
Súcubo.
La había escuchado de niña, en la voz de mi madre, una noche en que el viento golpeaba las ventanas y la luz se había ido en todo el barrio.
Elena me había contado historias antiguas para que no tuviera miedo de la oscuridad, aunque algunas de esas historias daban más miedo que la oscuridad misma.
Me habló de mujeres hermosas que no eran mujeres del todo.
Espíritus con rostro de deseo. Demonios femeninos que visitaban a los hombres en sueños, que se sentaban sobre sus pechos mientras dormían, que les susurraban al oído, que les robaban el aliento, la voluntad, la fuerza.
Decía que los Súcubos no necesitaban garras para destruir.
Les bastaba una boca bonita. Una mirada.
Un cuerpo que pareciera promesa. Un beso capaz de dejar vacío a un hombre que creyó estar siendo amado.
Yo era niña cuando escuché eso.
Me asusté.
Después crecí.
Y, sin darme cuenta, pasé media vida aprendiendo a hacer casi lo mismo sin alas, sin cuernos y sin infierno.
—Los Súcubos seducen —dijo David, como si completara la historia que mi madre había empezado años atrás—.
Hacen que los hombres deseen. Que confíen.
Que se rindan. Se alimentan de lo que ellos entregan creyendo que es amor.
Deseo, energía, voluntad, alma... cada hombre da un nombre distinto a lo que pierde.
Me quedé inmóvil.
El fuego ya no me quemaba, pero algo en sus palabras sí.
—¿Quieres convertirme en eso?
David ladeó apenas la cabeza.
—No, Jade. Tú ya eras eso en una versión pequeña. Yo solo voy a darte la forma completa.
La rabia me subió a la garganta.
—Yo no era un monstruo.
Él sonrió.
—No. Eras peor para algunos. Eras humana.
Quise odiarlo.
De verdad quise.
Pero el problema con David siempre fue ese: sabía decir las cosas más crueles con la precisión exacta para que sonaran demasiado cerca de la verdad.
—Vas a volver al mundo de los vivos —continuó—.
Vas a caminar entre ellos. Vas a entrar en sus casas, en sus sueños, en sus camas, en sus recuerdos.
Vas a hacer que te miren y crean que todavía tienen elección.
Vas a tomar de ellos lo que yo te pida. Y cada alma que caiga por ti bajará un poco más hacia mí.
Miré el fuego.
Las sombras.
La roca negra.
Luego lo miré a él.
—¿Y si no quiero?
David soltó una risa suave.
No fue burla.
Fue paciencia.
Una paciencia antigua, terrible, de alguien que había visto demasiadas criaturas creer que todavía podían escoger.
—Pequeña, tú bebiste el veneno. Tú abriste la puerta. Yo solo estaba del otro lado.
El recuerdo del frasco me atravesó otra vez. El baño. El vestido negro. El labial rojo. El apartamento destruido. Mi mano temblando. Mi garganta ardiendo. Leo encontrándome demasiado tarde.
Leo.
Su nombre me dolió antes de que pudiera detenerlo.
—Voy a verlo —dije.
David dejó de sonreír.
Fue un cambio pequeño, pero el infierno pareció sentirlo. El fuego bajó apenas. Las sombras se quedaron quietas.
—No.
La palabra fue simple.
Definitiva.
Sentí que algo dentro de mí se tensaba.
—¿Qué dijiste?
—No volverás a él.
Di un paso hacia David.
—Tú no decides eso.
—Sí —dijo—. Lo decido.
El suelo vibró bajo mis pies, pero esta vez no retrocedí.
—Me vas a mandar al mundo de los vivos, ¿no? Entonces puedo buscarlo.
David me miró con una ternura falsa, casi elegante.
—Podrás estar cerca.
Eso fue peor.
—¿Qué significa eso?
—Significa que podrás verlo.
Sentí una esperanza breve, estúpida, levantarse dentro de mí.
David la mató enseguida.
—Pero él no podrá verte.
Me quedé helada.
—No.
—No podrá escucharte.
—David...
—No podrá sentir tu mano sobre su piel.
Negué con la cabeza.
—No.
—No podrá mirarte a los ojos. No podrá responder cuando pronuncies su nombre. No podrá saber que estás frente a él aunque estés tan cerca que puedas contarle las lágrimas.
La rabia me quemó más que el fuego.
—¡No!
Mi voz rebotó contra la roca negra.
Por primera vez, algunas sombras se movieron a lo lejos, como si mi dolor les hubiera parecido alimento.
David siguió tranquilo.
—Leo Navarro pertenece a lo que dejaste atrás.
—Yo no lo dejé atrás.
La frase salió antes de que pudiera vestirla de orgullo.
David me observó en silencio.
Y en ese silencio entendí que había dicho demasiado.
Leo seguía siendo mi grieta.
Incluso muerta.
Incluso mala.
Incluso aquí.
—Qué curioso —murmuró David—. El hombre bueno todavía te duele.
Apreté los puños.
Las uñas oscuras se clavaron en mis palmas, pero no sangré.
—Cállate.
—No podrá verte —repitió—. Ni escucharte. Ni tocarte. Ni sentirte.
Hizo una pausa.
Sus ojos se afilaron.
—Pero podrá olerte.
Me quedé mirándolo.
—¿Qué?
—Tu olor —dijo—. Eso sí cruzará.
El fuego se movió detrás de él como si la idea lo complaciera.
—No siempre. No completo. No de una manera que pueda entender al principio. Pero habrá momentos en que algo de ti llegará hasta él. Tu perfume. Tu presencia. Esa huella que dejabas en las habitaciones cuando aún estabas viva.
Me faltó aire.
No porque el infierno me lo quitara.
Sino porque David acababa de entregarme una crueldad más refinada que cualquier castigo.
Leo podría olerme.
Podría sentir que algo de mí estaba cerca sin verme.
Podría recordar.
Podría sufrir.
Podría volverse loco buscando una presencia que sus ojos no iban a encontrar.
—Eres un maldito —susurré.
David sonrió apenas.
—Soy muchas cosas.
Me acerqué a él con toda la rabia que me quedaba.
—¿Eso también es parte del castigo?
—No —dijo—. Eso es parte del vínculo.
La palabra me dejó quieta.
—¿Vínculo?
—El amor verdadero deja residuos difíciles de borrar.
No sé por qué, de todas las cosas que había dicho, esa fue la que más me dolió.
Amor verdadero.
En boca de David sonó como una blasfemia.
En mi pecho sonó como Leo.
Por un segundo, volví a verlo arrodillado junto a mí, desesperado, perdonándome mientras yo me moría. Volví a escuchar su voz rompiéndose. Volví a sentir esa ternura inútil que llegó tarde, pero llegó limpia.
Y odié que todavía pudiera dolerme.
Odié que el infierno no hubiera quemado eso primero.
David se inclinó hacia mí.
—Esa será tu primera lección, Jade.
—¿Cuál?
—Que algunas almas se pueden tomar con deseo.
Sus ojos bajaron apenas hasta mi boca y luego volvieron a los míos.
—Pero las que se entregaron con amor verdadero son mucho más difíciles de arrancar.
Tragué saliva.
—¿Quieres el alma de Leo?
David no respondió enseguida.
Y ese silencio fue una respuesta peor.
El fuego iluminó su rostro de un lado. Por un instante vi la criatura otra vez, esperando debajo de la belleza humana. Vi las pezuñas que ya no estaban. Los cuernos que se escondían. El rey antiguo disfrazado de hombre impecable.
—Me encantaría —dijo al fin.
La forma en que lo dijo me heló por dentro.
No sonó como deseo común. Sonó como hambre antigua. Como si el alma de Leo fuera una pieza rara, demasiado limpia, demasiado brillante, demasiado distinta a todas las otras que caían allí abajo manchadas por deseo, culpa o ambición.
—Un alma como la suya no aparece todos los días —continuó David—. Limpia. Firme. Dolorosamente pura.
Apreté la mandíbula.
—Entonces déjalo en paz.
David sonrió apenas.
—No puedo tomar lo que no se entrega, pequeña. Y la pureza de Leo lo vuelve... difícil. Casi imposible.
Casi.
Esa palabra se me clavó.
—¿Casi?
Él se acercó un poco más, con la calma terrible de quien no necesita prometer una amenaza para que una la entienda.
—Quiero que aprendas a no querer lo que ya no te pertenece —dijo al fin.
Sentí algo romperse dentro de mí.
No como cuando morí.
No como cuando bebí el veneno.
Fue más pequeño.
Más profundo.
Leo no podría verme.
No podría oírme.
No podría tocarme.
Pero podría olerme.
Y esa mínima posibilidad, esa migaja cruel, esa puerta cerrada con una rendija de perfume, fue suficiente para que una parte de mí quisiera volver al mundo de los vivos aunque fuera solo para pararme frente a él y comprobar si todavía recordaba mi nombre con el cuerpo.
Mala.
La palabra volvió.
Ya no como condena.
Como destino.
David levantó una mano y el fuego alrededor de nosotros se inclinó.
—Bienvenida de regreso, Jade Sorel.
El calor entró en mí.
No quemó.
Me llenó.
La lava bajo mis pies brilló con más fuerza. La ceniza dejó de parecer suciedad y empezó a sentirse como piel nueva. Las sombras bajaron la cabeza. Y yo, temblando de rabia, de miedo, de hambre y de algo peor que esperanza, entendí por fin lo que la muerte había hecho conmigo.
No me había terminado.
Solo me había quitado la última excusa.