Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2) Prólogo
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Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2)

Por Qué Se Levanta: Algunas mujeres no se quedan enterradas (Jade 2)

Por René Pérez

© inepub.com

Prólogo

No sé cuánto tiempo pasó. Abrí los ojos y lo primero fue el calor.

No era fiebre. Era azufre, hierro quemado y carne vieja.

—¿Por qué hace tanto calor aquí? —murmuré.

Mi voz salió seca, rota, casi desconocida. No sonó como una pregunta, sino como el último reflejo de una mujer que todavía no entendía que ya no estaba en el mundo donde las preguntas servían para algo.

Intenté moverme.

La roca debajo de mí quemaba.

No era una superficie muerta. Parecía respirar.

Tenía grietas negras abiertas como heridas antiguas, y entre ellas corrían venas de lava que iluminaban el suelo desde adentro con un rojo lento, espeso, casi vivo.

El aire me raspó la garganta. Cada vez que intentaba llenarme los pulmones, algo caliente entraba conmigo: ceniza, metal ardido, carne vieja, sufrimiento acumulado durante siglos.

No había hospital.

No había cama.

No había Leo.

No estaban sus manos temblando sobre mi cara, ni su voz quebrada diciéndome que siempre iba a perdonarme, que yo no tenía que hacerme eso, que todavía me amaba desde aquellos días viejos del autobús escolar.

Eso ya había quedado atrás.

O abajo.

O arriba.

No lo sabía.

Lo único que sabía era que había fuego. Roca negra. Lava. Gritos. Sombras retorcidas a lo lejos, moviéndose entre columnas de humo como cuerpos que habían olvidado cómo caminar derechos.

Entonces entendí.

Buena había sido la última palabra inútil.

Yo siempre lo supe.

No fui buena.

Fui mala.

La palabra no me partió. No me hizo llorar. No me obligó a pedir perdón. Solo cayó dentro de mí con una tranquilidad espantosa, como si hubiera encontrado por fin el sitio donde siempre había pertenecido.

Mala.

Los gritos bajaron.

No se apagaron. El infierno no se calla. Solo aparta su ruido cuando algo más importante pasa cerca.

Escuché pasos sobre la ceniza.

Lentos.

Pesados.

Seguros.

No eran pasos humanos.

Primero vi pezuñas.

Negras, grandes, hundiéndose apenas en el polvo caliente.

Cada pisada dejaba una marca encendida sobre la roca, como si el suelo sangrara debajo de él.

La figura era alta. Demasiado alta. Una sombra con cuerpo, con cuernos insinuados entre el humo, con una presencia tan vieja que me dio la sensación de que el fuego no la rodeaba: la obedecía.

Mi cuerpo quiso retroceder.

No pude.

O no quise.

Hay algo humillante en mostrar miedo delante de aquello que viene a reclamarte, y yo, incluso muerta, seguía odiando las humillaciones.

La criatura avanzó un paso más.

Luego otro.

Y entonces ocurrió.

Las pezuñas se deshicieron en humo oscuro, como si una piel invisible se desprendiera de él.

El tamaño imposible de aquella sombra empezó a recogerse, a comprimirse, a vestirse de una forma que mi memoria sí podía soportar.

Donde antes había una bestia antigua, aparecieron zapatos negros, lujosos, perfectos.

Cuero brillante. Elegante. Caro. Zapatos de un hombre que nunca necesitó correr porque el mundo siempre terminaba llegando hasta donde él estaba.

Después vi un pantalón de lino claro.

Impecable.

Sin ceniza.

Sin mancha.

Como si el infierno mismo no se atreviera a ensuciarlo.

La voz llegó suave.

Familiar.

Terrible.

—Jade... pequeña.

El aire se me cerró en la garganta.

No.

No podía ser.

Levanté la mirada despacio. El calor me mordía la cara.

La ceniza se me pegaba a la piel húmeda.

Sentía el cuerpo pesado, enfermo de muerte, todavía recordando el veneno, todavía recordando el final.

Primero vi la línea de su mandíbula. Luego la boca.

Después la camisa clara, abierta con esa calma obscena de los hombres que no entran a ningún lugar: lo poseen desde antes de llegar.

Y entonces lo reconocí.

No como se reconoce a alguien que una recuerda con nostalgia.

Sino como se reconoce una condena.

Abrí la boca.

Me costó hablar.

Y apenas pude decir:

—Tú. David.

La sonrisa apareció despacio.

Pequeña.

Controlada.

Sin ternura.

David Madero me miró desde arriba con la misma elegancia cruel que había tenido en vida, solo que ahora no había penthouse, ni copa de vino, ni cama enorme, ni traje costoso suficiente para disfrazar lo que realmente era.

Allí, entre lava y gritos, su belleza no parecía humana.

Parecía una máscara pulida durante siglos.

—Sí —dijo—. Yo.

Su voz me atravesó con una memoria sucia. Su mano en mi cintura. Su boca sobre mi cuello. Su forma de decir eres mía como si no fuera una fantasía de hombre poderoso, sino una cláusula escrita antes de que yo naciera.

Tragué saliva.

No había saliva.

Solo fuego.

—¿Qué eres? —pregunté.

David bajó un poco la mirada hacia mí, casi decepcionado por la pequeñez de mi pregunta.

—Qué forma tan pobre de empezar, Jade.

El modo en que dijo mi nombre hizo que el infierno pareciera más frío por un segundo.

—Acabas de despertar en el lugar correcto y todavía preguntas como si estuvieras en el penthouse donde creías negociar conmigo.

Miré detrás de él.

El fuego se abrió entre columnas de roca. Las sombras se arrastraban a lo lejos, dobladas por un dolor que no terminaba nunca. Pero ninguna se acercaba. Ninguna cruzaba el espacio que David ocupaba. Ninguna gritaba demasiado cerca de él.

Porque David no estaba en el infierno.

El infierno estaba alrededor de David.

Como si respirara por su voluntad.

Como si le perteneciera.

Volví a mirarlo, y por primera vez entendí que el hombre que yo había conocido no había sido una mentira. Había sido una versión pequeña. Una forma cómoda. Un traje. Una actuación perfecta puesta sobre algo demasiado antiguo para entrar completo en una oficina, en una cena o en una cama.

—No eras humano —murmuré.

Él inclinó la cabeza apenas.

—Fui humano contigo cuando quise serlo.

Esa respuesta me hizo sentir más desnuda que la ceniza sobre mi piel.

Me incorporé como pude. Apoyé una mano en la roca y el ardor me subió por el brazo, pero no grité. Me negué a darle eso. Me puse de rodillas primero. Luego de pie. Temblando. Sucia. Con el cuerpo todavía débil y la boca llena del sabor metálico de la muerte.

David no me ofreció la mano.

Por supuesto que no.

Los hombres como él nunca ayudan sin recordarte que pudieron dejarte en el suelo.

Cuando por fin logré sostenerme, él me observó completa. No como Leo me miraba. No como Rafael me deseaba. Ni siquiera como David me había mirado en vida, con esa mezcla de hambre, poder y posesión.

Ahora me miraba como se mira una obra recién sacada del fuego.

—Mírate —murmuró.

Bajé la vista.

Y entonces vi mis manos.

Seguían siendo mías, pero algo en ellas había cambiado.

La piel parecía más pálida bajo la ceniza, más limpia de una manera inquietante, como si el fuego hubiera quemado lo débil y dejado solo lo útil.

Mis uñas estaban oscuras, perfectas, con un brillo extraño.

Mis dedos temblaban, sí, pero no parecían frágiles.

Parecían hechos para tocar y dejar marca.

El miedo me recorrió despacio.

No por él.

Por mí.

—¿Qué me hiciste? —pregunté.

David sonrió apenas.

—Nada que tú no hubieras empezado antes.

Lo miré con rabia, o con algo que quiso parecerse a la rabia para no admitir que también había curiosidad debajo.

—No juegues conmigo.

Él soltó una risa baja.

—Pero si eso fue lo que más te gustó de mí.

Sentí que algo viejo me ardía en el pecho.

—Pero tú hasta familia tienes —le dije, con la voz todavía seca, todavía quebrada, pero más firme—. Y todo ese suspenso de que no querías que tu esposa se enterara de nuestras aventuras... Todo ese cuidado. Toda esa discreción. Todo ese teatro.

David no apartó los ojos de mí.

Yo di un paso sobre la ceniza, aunque el suelo me quemara.

—Creo que lo que pasó entre nosotros le queda pequeño a lo que estoy viendo ahora.

Él sonrió más.

No mucho.

Lo suficiente para que el infierno pareciera sonreír con él.

—Ay, mi pequeña... —dijo, y esa palabra volvió a sonar como una caricia puesta encima de una cadena—. Es que me gusta mucho jugar a que soy un simple mortal. Un simple humano. Esa simpleza me fascina.

Lo dijo con una naturalidad tan cruel que casi me dio risa.

Casi.

—¿Simple? —pregunté—. ¿Eso era simple para ti?

—Una esposa. Una familia. Un apellido respetable. Empresas. Propiedades. Reuniones. Cenas. Culpa. Secretos. Deseo escondido detrás de puertas caras.

Dio un paso hacia mí.

—Sí, Jade. Simple.

El fuego iluminó un lado de su rostro y, por un instante, vi otra vez la criatura debajo. No completa. Solo un destello. Algo oscuro detrás de sus ojos. Algo con cuernos, con hambre, con paciencia. Algo que llevaba demasiado tiempo usando rostros humanos como quien cambia de camisa.

—Los humanos se toman demasiado en serio sus pequeñas mentiras —continuó—. Creen que una aventura puede destruir una vida. Que un secreto puede condenarlos. Que una cama ajena es el borde del abismo.

Se inclinó un poco hacia mí.

—No tienen idea de lo que es un abismo.

El suelo tembló apenas bajo nuestros pies.

A lo lejos, un grito se partió en dos.

Yo no retrocedí.

No porque no tuviera miedo.

Porque una parte de mí, una parte que odié reconocer, estaba escuchándolo con demasiada atención.

Mala.

La palabra volvió a mi cabeza.

Pero esta vez no sonó como acusación.

Sonó como una puerta abriéndose.

David me observó como si también la hubiera oído.

—Ahí está —susurró.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—La parte de ti que dejó de fingir sorpresa.

Mi respiración se cortó un segundo.

Él se acercó más.

—Tú no estás horrorizada, Jade. No de verdad. Estás herida porque no lo supiste antes. Estás ofendida porque creíste que eras tú quien usaba el juego. Estás molesta porque durante un tiempo pensaste que me estabas midiendo, cuando yo ya había visto el tamaño exacto de tu hambre desde el principio.

Quise responder.

No pude.

Porque había demasiada verdad en aquello.

Y la verdad, incluso en el infierno, seguía siendo una cosa desagradable cuando no era una la que la manejaba.

—Yo te elegí antes de que te mataras —dijo David.