¿Por qué elegir? Capítulo Catorce
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Capítulo Catorce

LUCA

Callie está más callada de lo normal. No con ese silencio cortante y mordaz que usa como armadura cuando alguien va demasiado lejos, sino con algo más suave. Distraída. Se mueve por las instalaciones como si tuviera el cuerpo aquí y la mente en un lugar completamente distinto.

Conozco esa mirada. Es la que te queda después de tocar el fuego, cuando la mano ya no te arde pero la piel aún recuerda el calor.

Algo pasó en ese viaje. Además de nuestro beso, quiero decir.

Jax está más pagado de sí mismo de lo normal, lo cual debería ser médicamente imposible. Theo está callado pero atento, más de lo habitual.

¿Y Callie?

Callie no me mira.

Lo cual es ridículo, porque me dije que esto era bueno.

Necesario. Me dije que mantener la distancia era la jugada inteligente.

Si quiere enredarse con Jax y atraer a Theo hacia esa fuerza de gravedad que la acompaña, sea lo que sea, bien.

Que lo haga. Tengo un equipo que dirigir, un hombro al que todavía le gusta recordarme que no soy indestructible y toda una vida de razones para no acercarme a una mujer que ya tiene demasiado poder sobre mi concentración.

Puedo mantener la distancia. He hecho cosas más difíciles.

Entonces entro en la sala de tratamiento y la veo arrodillada junto a la camilla, vendándole el tobillo a Blaine Montgomery mientras él se inclina un poco más de la cuenta e invade su espacio.

Algo se me tensa en el pecho.

Blaine es un buen extremo cuando tiene la boca cerrada. Por desgracia, eso ocurre pocas veces.

—¿Sabes, Monroe? —dice, mirándola desde arriba con una sonrisa arrogante—. Puedes manejarme con toda la brusquedad que quieras. Me gusta una mujer que sabe tomar el control.

Callie ni se inmuta. Mantiene las manos firmes, el vendaje apretado y preciso. —Y a mí me gusta un hombre que sabe interpretar la situación. Supongo que los dos estamos decepcionados.

Las risas recorren la sala de tratamiento. Algunos desvían la mirada, sonriendo contra sus botellas de agua. La sonrisa de Blaine vacila, herido su orgullo, pero Callie sigue trabajando.

Blaine se acerca más mientras ella termina de asegurar el vendaje, bajando la voz lo justo para helarme la sangre. —Esa boca tuya... —Le roza la muñeca con los dedos.

Basta.

Me acerco unos pasos, agarro a Blaine por la parte delantera de la camiseta de entrenamiento y lo arrastro hacia atrás. Su hombro golpea la pared con fuerza suficiente para hacer vibrar los ganchos que tiene al lado.

Los jugadores se quedan inmóviles. Alguien murmura mi nombre.

Blaine abre los ojos de par en par. —¿Qué demonios, hombre?

—No es un juguete —gruño—. Deja quietas las manos y cierra la boca. Concéntrate en el juego.

Me empuja el pecho, con la cara roja de ira y vergüenza. —¿Qué te pasa, hombre?

—Lo que me pasa —digo, acercándome de nuevo— es que ella está haciendo su trabajo y tú la tratas como si estuviera aquí para entretenerte.

—Luca. Basta. —La voz de Callie se impone a todo.

Está de pie junto a la camilla, con los brazos cruzados, la mandíbula tensa y los ojos tan furiosos que casi echan chispas.

—Todos fuera —dice.

Nadie protesta. Los jugadores se dispersan deprisa, de pronto fascinados por los rollos de cinta, las botellas de agua y, literalmente, cualquier otro sitio. Blaine murmura algo al pasar junto a mí, pero no vuelve a mirar a Callie.

Lo más inteligente que ha hecho en toda la mañana.

Espera a que la puerta se cierre con un clic y luego se vuelve hacia mí como una tormenta comprimida en una mujer que apenas supera los cinco pies y siete pulgadas.

—¿Qué demonios ha sido eso?

—Te estaba faltando al respeto.

—Lo tenía bajo control.

—No se limitó a coquetear, como otros —continúo, con las aletas de la nariz dilatadas—. Te tocó.

—No necesitaba que montaras una escena, Luca. —Su voz está controlada, lo que de algún modo lo empeora—. Necesitaba que me dejaras manejarlo. Como una profesional. Como una colega.

—¿Entonces tenía que quedarme ahí parado y dejar que te acosara? —El pulso me retumba, la rabia sigue ardiéndome en las manos—. Solo te estaba defendiendo.

—No —replica con brusquedad—. No me estabas defendiendo. —Su pecho se eleva con una inspiración profunda mientras me mira de frente—. Estabas reclamándome como tuya.

Eso me golpea como una carga en el pecho.

Me quedo mirándola. No hay nada que decir ante eso.

Da un paso hacia mí. —Quieres que mantenga la profesionalidad. Quieres que mantenga la distancia. Me miras como si fuera un problema que intentas resolver ignorándolo. Pero en cuanto alguien más se acerca demasiado, pierdes el control. —Baja la voz—. Entonces, ¿en qué quedamos, Luca?

Aprieto la mandíbula. —He reaccionado de forma exagerada.

—No. —Sacude la cabeza—. Has reaccionado exactamente como alguien que cree tener derecho a algo.

—No creo que me pertenezcas.

Alza la barbilla, con los ojos afilados como el cristal. —Entonces deja de mirarme como si fuera tuya cuando has dejado muy claro que no lo soy.

Las palabras golpean con fuerza.

Quiero discutir. Quiero decirle que esto no es así. Que la estaba protegiendo. Que Blaine se merecía algo peor que un empujón contra la pared y el ego herido.

Pero la verdad está ahí mismo, entre los dos, fea e innegable.

He reaccionado porque quiero a esta mujer solo para mí.

Su expresión cambia por un instante, la ira se resquebraja y deja ver algo más cansado, más herido.

Entonces se vuelve, toma la carpeta con pinza de la encimera y se va.