¿Por qué elegir? Capítulo Uno
3%
¿Por qué elegir?

¿Por qué elegir?

Por Kate J. Blake

© inepub.com

Capítulo Uno

CALLIE

El olor a antiséptico y testosterona me golpea en cuanto entro en el centro de entrenamiento de los Bay City Blizzard.

Es de esos olores que dicen: Bienvenida al vestuario, cariño. Buena suerte conservando la dignidad intacta.

Me acomodo la correa del bolso de cuero e intento que mis tacones no resuenen con demasiada seguridad sobre las baldosas. He aprendido que la seguridad en una misma resulta sospechosa cuando eres mujer y trabajas en el deporte. Esperan humildad o invisibilidad. A ser posible, ambas. Aplomo, nunca.

Y mucho menos después de lo que me pasó.

La persona de recepción apenas levanta la vista cuando paso. A mi credencial todavía no le ha dado tiempo a calentarse en la impresora y ya me están haciendo el vacío.

Perfecto.

Así que nada ha cambiado.

Las puertas de cristal que dan al pasillo principal se abren con un suave siseo y dejan a la vista paredes de líneas elegantes, pantallas planas que repiten las mejores jugadas y un grupo de jugadores de aspecto juvenil con chaquetas deportivas de los Bay City Blizzard que intercambian bromas y se lanzan rodillos de espuma por una sala de recuperación demasiado impecable para la cantidad de músculo que contiene.

Entonces me invade.

Déjà vu.

No de esos simpáticos en los que crees que ya has pedido este latte antes. De esos en los que tu cuerpo recuerda una sala antes de que el cerebro logre hacerlo entrar en razón.

Hace dos años estaba al otro lado de una sala de rehabilitación idéntica a esta, con otro polo, trabajando para otro equipo. Peor combinación de colores. Mejor reputación.

Por entonces, el escándalo aún no me había marcado.

La foto llegó a los tabloides como un disco a la cara.

Yo, borrosa al fondo de un pasillo de hotel, besando a un jugador casado. La insinuación estaba lo bastante clara como para que internet se pasara semanas dándole vueltas: éramos algo más que colegas.

Qué más daba que estuviera llorando. Llorando de verdad, porque su mujer acababa de pedir el divorcio, y luego él intentó besarme por vete a saber qué motivo, y esos dos segundos bastaron para arruinarme la vida.

¿Terapeuta o tentadora? Así es el escándalo que sacude la liga

En menos de setenta y dos horas, me habían «relevado de mis funciones» para «preservar la integridad de la organización».

Una frasecita pulcra. Muy corporativa. Muy limpia.

La verdad, casi resulta impresionante la cantidad de cuchillos que lograron esconder en ella.

Y así llegamos al día de hoy.

Nueva ciudad. Nuevo equipo. Misma liga.

Y exactamente cero margen de error.

Llego a la oficina del gerente general justo cuando se abre la puerta. Sale un hombre alto, de casi sesenta años, vestido como si se dispusiera a despedir a alguien y luego salir a navegar en yate.

—Monroe —dice con un seco movimiento de cabeza—. Entre.

Ni Callie. Ni bienvenida. Ni nos alegra que esté aquí.

Solo Monroe.

Bien. Nos saltamos la parte decorativa de la reunión.

Me señala la silla que hay frente a su escritorio y me siento, cruzando las piernas de una manera que espero transmita seguridad profesional y no estoy haciendo un esfuerzo enorme por no vomitar en su lujosa oficina.

Cierra la puerta tras él, rodea el escritorio y se sienta.

—Hablemos sin rodeos —dice antes de que termine de acomodarme—. Conozco su reputación.

Ahí está. La palabra cae entre los dos como un pez muerto.

Pasa un instante.

—También conozco la verdad —añade, casi como si acabara de ocurrírsele—. Pero a la liga no le importa. A los medios no les importa. Y a los patrocinadores, desde luego, tampoco. Basta con que le sonría a un jugador de la manera equivocada para que los dos salgamos en los titulares.

Le sostengo la mirada. —Entendido.

—Un solo paso en falso —dice— y está fuera.

Encantador.

Le dedico mi mejor sonrisa de he ido a terapia y ya no me intimido.

—He venido a trabajar —digo—. A coquetear, no.

—Bien. —Se recuesta en la silla—. Empezará con Jax. Distensión en la ingle. Evita al personal de fisioterapia como si fuera contagioso.

—¿Jax es...?

—Jamie Jackson. Nuestro portero y nuestro duende del caos particular. —Suspira como si ese hombre le hubiera quitado personalmente años de vida—. Si consigue que llegue puntual al calentamiento y se tome en serio la rehabilitación, quizá salve usted sola esta franquicia.

Asiento, pero por dentro el corazón me golpea las costillas como si buscara una salida.

No por Jax. He trabajado con gente peor que los porteros engreídos.

Probablemente.

Sino porque, al levantarme y volverme para salir de su oficina, tengo la clara sensación de que el universo ha elegido el día de hoy para afilar sus cuchillos.

La primera persona que veo al salir de nuevo al pasillo es él.

Jamie «Jax» Jackson.

La sonrisa favorita del hockey. Una mandíbula tan afilada que podría cortar una barra de proteínas. Unos ojos tan azules que merecen su propia alerta meteorológica.

Lleva gafas de sol dentro del edificio, porque claro que sí.

—Vaya —dice, levantándoselas lo justo para mirarme de arriba abajo—. ¿Tú eres la nueva doctora?

—Terapeuta deportiva —lo corrijo automáticamente—. No soy doctora. A menos que estés sangrando, en cuyo caso está claro que yo no soy tu problema.

Su sonrisa se ensancha. —Demonios. Eres aún más sexy en persona. Sin ánimo de ofender.

—Pues ofende, y mucho.

—Tienes razón. —Inclina la cabeza y me estudia con un poco más de interés del debido—. Espera.

Me preparo para lo que viene.

La expresión de su cara revela que me ha reconocido. —Tú eres esa Callie Monroe.

Y ahí está.

Me fuerzo a sonreír. —Vaya. Cinco segundos enteros. Más de lo que esperaba.

Suelta una risita. —Qué va, te reconocí enseguida. Solo que no quería ser grosero.

—Ah, gracias a Dios. Un caballero.

Se apoya en la pared, con los brazos cruzados sobre el pecho ancho. —¿Y qué se siente al ser la mujer de la medicina deportiva más buscada en Google?

—No sabría decirte. No me busco en Google.

—Qué lástima —dice, bajando la voz—. Hay algún fanfiction de lo más salvaje.

Parpadeo. —¿Perdona?

Su sonrisa se vuelve maliciosa. —Bienvenida a Bay City, señorita Monroe.

Antes de que pueda decidir si reírme, darle una bofetada o cometer el catastrófico error de mirar Reddit, alguien me roza al pasar con fuerza suficiente para hacerme perder un poco el equilibrio.

Una pared de músculo con camiseta de compresión negra avanza por el pasillo con una bolsa de hockey colgada de un hombro como si no pesara nada.

—¡Petrenko! —llama Jax—. Saluda a la nueva terapeuta.

El hombre no se detiene. Ni siquiera mira atrás.

—Si dura una semana, me lo pensaré. —Su respuesta llega por encima del hombro, fría y cortante.

Me vuelvo, atónita. Solo alcanzo a ver la curva de su espalda, la línea dura de sus hombros y esa energía inconfundible de un hombre que ya ha decidido que yo no tengo nada que hacer aquí.

Jax deja escapar un silbido bajo. —No te lo tomes como algo personal. Luca odia a todo el mundo. Es algo así como su marca personal.

—Perdona —digo despacio—. ¿Acaba de tratarme con esa frialdad un hombre que ni siquiera me conoce?

—Sí. Ese es nuestro capitán.

—Perfecto.

—Es ucraniano, lo que significa eslavo, lo que significa aterradoramente disciplinado y alérgico a las conversaciones triviales. Imagínate una congelación emocional, pero con unos pómulos estupendos.

Exhalo y me presiono la sien con dos dedos.

Primer día y ya me han amenazado, han coqueteado conmigo, me han reconocido en público y me ha arrollado un glaciar eslavo con complejo de superioridad.

Un comienzo excelente.

Pero no he venido a hacer amigos. Ni enemigos. Ni lo que sea que Luca Petrenko vaya camino de ser.

He venido a reconstruir.

Enderezo los hombros, camino hacia la sala de rehabilitación y repito en silencio el mantra al que me aferro desde el día en que mi vida se vino abajo.

No estás aquí para hacer amigos.

La puerta de la sala de rehabilitación se abre.

Luca Petrenko está dentro.

Maldita sea.