Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Epílogo
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Epílogo

Seis meses después.

Las pupilas de Pontia están tan dilatadas que sus ojos parecen dos pozos oscuros y profundos.

La piel la tiene perlada de sudor y jadea como si estuviera corriendo una maratón.

Aún no se acostumbra del todo a la imagen que está viendo porque Lily Porter en su oficina trabajando, cenando en algún lugar o dando un simple paseo, sigue siendo la mujer tensa que la chica Taylor conoció cuando vino a Nueva York, pero tenerla a cuatro patas sobre la cama, con una mordaza en la boca, los brazos estirados hacia adelante y las muñecas unidas por un par de esposas, es una visión que la vuelve completamente loca.

En estos meses en los que su relación ha avanzado con relativa calma, han descubierto mucho de ambas.

Pontia es algo desordenada y perezosa, todo lo contrario a Lily, pero han sabido encontrar un equilibrio que ha resultado cómodo para las dos.

Sin embargo, la mayor sorpresa ha sido sin duda en el sexo.

Aquella noche en Ithaca cuando visitaron la primera vez a Rachel, Pontia se dio cuenta de que a su novia le excitó mucho que la privaran del oxígeno durante unos segundos, así que empezó a incorporar pequeños juegos de ese estilo: un azote suave, taparle los ojos, atarle las manos…

El resultado fue que la agente inmobiliaria temblaba de anticipación, se mojaba más y se corría con tal fuerza que hasta generaba envidia.

Ahora que han probado —muchas, muchas, muchas— posiciones y juguetes, han encontrado sus favoritos.

—Te ves increíble —susurra Pontia mientras pasa la lengua suavemente por su aro apretado, y la respuesta de Lily es un gemido desgarrado.

—Por favor. —Lo pide sin tartamudear porque en el sexo, la mujer ya no siente vergüenza.

—Te noto desesperada —juguetea Pontia, y vuelve a darle un lametón.

La agente separa más las piernas regalándole una imagen más que erótica a su novia.

Pontia estira el brazo y coge de la cama un falo de tamaño mediano y un bote de lubricante. El líquido empapa más a Lily y de inmediato siente la presión del juguete en su culo.

—Si te molesta me lo… —Pontia se detiene porque Lily ha tirado de las caderas hacia atrás buscando la penetración inmediata, así que obedece y empieza a meterlo despacio.

El gemido hace que a la chica Taylor se le ponga la piel de gallina y el cosquilleo en su vientre se intensifique.

—Más —balbucea Lily, y Pontia usa su mano libre para invadir su abertura con dos dedos.

Es una de las formas en que la agente disfruta más, al parecer sentirse llena por ambos sitios es lo que la mantiene saciada y tranquila durante días, porque ahora que ha descubierto lo que es follar, no piensa dejar de practicarlo jamás.

Una hora después ambas mujeres están agotadas sobre el colchón, aún desnudas mientras se besan con calma. Es otra de las cosas que para Lily representa algo imprescindible, esos cuidados tras una buena sesión de sexo la hacen sentir más unida a su novia y, sobre todo, muy querida.

—¿Estás bien? —pregunta la agente mientras le acaricia la cara a Pontia.

La terapeuta ni siquiera abre los ojos cuando mueve la cabeza asintiendo.

¿Bien? Se siente increíble. Lily, esa mujer que todo lo apunta en su libreta, no solo es una auténtica reina en su profesión, sino que ha anotado cada movimiento que ha hecho sobre el cuerpo de Pontia y que a su novia le ha fascinado.

Ha hecho largas investigaciones en internet, ha tenido tres llamadas con Rosa Pérez en las que la mujer le ha dado varias explicaciones que Lily le ha pedido sobre las artes amatorias lésbicas.

El resultado ha sido espectacular, cada cosa que hace está tan medida y bien hecha, que Pontia apenas aguanta los toques de la agente porque el orgasmo la suele golpear muy rápido, sin nombrar los movimientos de caderas a ritmo perfecto que hace cuando usa el arnés.

—¿Lo tienes todo preparado? —pregunta Pontia unos minutos después, cuando recupera el habla.

—Sí, Grace llegará por la mañana antes de que nos marchemos al aeropuerto. —Lily se incorpora y busca sus gafas para ponérselas—. ¿Tú has hablado con Rachel?

—Nos recogerá Ashley esta vez. —Pontia lo dice mientras le acaricia el muslo a su chica.

Se ha vuelto casi una costumbre que cada mes vuelen durante un fin de semana a Ithaca.

A pesar de que a Lily le siguen espantando los bichos, ahora viaja totalmente preparada por lo que se gastó unos buenos cientos de dólares en una tienda especializada en equipación de montaña.

Va protegida con pantalones especiales, botas de caña media, chaqueta gruesa y un gorro.

Se rocía entera de un repelente potente y sale con Pontia por los senderos al amanecer.

Ha descubierto que le trae mucha paz y, según ha leído, ese tipo de actividades son muy importantes para preservar la unión de la pareja, y ella quiere seguir muy unida a Pontia.

También ha llegado a sus vidas Grace Turner, una estudiante de medicina veterinaria que se saca un dinero al mes paseando perros y cuidando cualquier tipo de animal, sobre todo esos que tienen condiciones especiales como Kitty.

Para sorpresa de su dueña, el felino adora a su cuidadora, así que Lily está más tranquila, incluso cuando quiere dormir en casa de su novia la chica se queda con la gata.

Ganan las dos, Grace está sola en un piso limpio alejada del ruidoso y descuidado que comparte con varios compañeros de la carrera, y la agente puede hacer planes sin tener que preocuparse por su mascota, como esa misma mañana, que está en la cama de Pontia.

—Tengo que irme a la visita de los Miller. —Lily se pone de pie, se inclina para besar los labios de Pontia y se gira para ir al baño—. ¿A qué hora tienes la sesión?

Pontia revisa la hora y suspira al darse cuenta de que aún puede estar una hora sin moverse.

—A las nueve y media. —Se estira como una gata y la espalda le cruje.

Ha habilitado su nueva oficina y ha aceptado algunas pacientes de forma presencial.

Ya tenía a tres allí en la ciudad que cuando se enteraron de que abría una consulta, decidieron seguir la terapia allí.

A Pontia le gusta, y aunque la mayoría de sus sesiones siguen siendo online por su propia comodidad, estar cara a cara con la gente de vez en cuando le sienta bien.

—No te has decidido aún por el regalo —le recuerda Lily cuando sale de la ducha y empieza a vestirse.

El mero recuerdo de que ni siquiera han elegido qué comprar la pone tan nerviosa que tiene que abrir y cerrar varias veces la puerta del armario.

—Cariño, Jodie está de dos meses todavía —le dice una vez más—. Eso significa que, al menos, le quedan seis meses para que nazca el bebé.

—Es un regalo importante. —Frunce el ceño Lily, que quiere que la compra para el bebé de su mejor amiga Katherine Taylor sea perfecta—. Parker ya está trabajando en los muebles y ese será el regalo de la pareja.

Pontia pone los ojos en blanco sin poder contenerse. Le ha explicado a Lily al menos tres veces que Parker necesita tiempo para trabajar la madera porque hacer la cuna, las mesillas, un armario y la cajonera lleva meses de preparación.

—La semana que viene iremos de compras —promete la rubia, porque hay cosas que no piensa debatir con su novia y esta es una de ellas.

Lily sonríe complacida y a Pontia se le ilumina la mirada.

Supo desde el principio que entablar una relación con la agente iba a ser bastante diferente a lo que había vivido hasta ahora, pero nunca imaginó que fuera tan sencillo y satisfactorio.

Para algunas cosas han tenido que ir con más calma, como visitar lugares demasiado concurridos o ruidosos, probar ciertas cosas nuevas o incorporar una rutina diferente, pero para cada una de ellas, Lily se ha preparado una vez ha visto el panorama.

Ahora sale con tapones para los oídos por si llega a necesitarlos, cuando hay demasiada gente camina detrás de Pontia cogiendo su mano y ya no se siente alterada cuando la terapeuta decide probar un tipo de comida que ella jamás hubiera intentado en la vida.

Lily Porter ha resultado ser una mujer increíble que Pontia está segura que, de alguna manera, estaba destinada a conocer.

—Nos vemos mañana. —La despide la chica Taylor y le da un beso en los labios cuando está lista para marcharse.

—Te quiero —contesta Lily, que se lo repite cada día desde el momento en que se lo dijo por primera vez. Cuando experimentó un deseo diferente que le brotaba del pecho se sintió angustiada, así que llamó a Rosa y esta le confirmó que estaba enamorada.

—Yo también a ti, cariño.

Lily abandona la casa en la que pasa un par de días a la semana y el sol de la mañana le calienta la cara.

Siente el corazón acelerado y no puede evitar que sus labios se estiren.

¿Quién iba a decirle a la Lily de diez años a la que las niñas malvadas señalaban y llamaban rara, que a sus cuarenta iba a descubrir lo que era el amor?

Lo mejor es que lo ha descubierto al lado de una mujer cariñosa, cercana y que la entiende, porque Lily Porter jamás ha sido tonta, siempre ha sabido que sus manías, inexperiencia y forma de pensar no eran las habituales.

Había perdido la esperanza de saber lo que era tener una relación hasta que llegó esa chica nueva que ella no reconocía ni entendía porque era una Taylor que ella no tenía controlada cuando pensaba que las conocía a todas, y vaya que fue una gran sorpresa.

Se sube al coche y suspira mientras desea que todas las Lily Porter del mundo tengan la misma suerte que ella.