Ponme a prueba
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Prólogo
Kelvin
Mi madre me mira como si me viera por primera vez, y mi padre está enfadado.
Mis padres son muy convencionales; cuidan las apariencias de cara a la galería.
Y les gusta que nada se salga de lo establecido.
Les gusta lo tradicional hasta el extremo y, desde niño, he tenido que vivir una vida guiada por muchas normas.
Ir a la universidad fue una liberación para mí y, tal vez por eso, por sentirme libre por primera vez, entendí quién era. Y lo que me gusta.
—¿Cómo has dicho? —pregunta mi madre casi sin voz.
—Que os quería informar, antes de que os enteréis por otra persona, de que me gustan los hombres.
—Eres hombre, Kelvin, eso no funciona así —añade mi padre—. Tu deber para con esta familia es casarte y tener hijos. Es lo que te hemos inculcado desde pequeño.—No es algo que se inculque…
—Pues guárdatelo para ti. —Mi madre se pone a limpiar—. Nadie tiene por qué saberlo. Busca una mujer buena y haz en privado lo que quieras.
—No quiero esconderme como si hiciera algo malo.
—Yo no tengo nada más que decir. Si sigues por ese camino, prefiero un hijo muerto. —Mi padre se marcha tras esa amarga sentencia y mi madre se pone a limpiar como si no hubiera un mañana, como si así de golpe todo estuviera solucionado y su único hijo no fuera gay.
Salgo de mi casa. Estoy en el último año de carrera y he venido en mi coche para contarles a mis padres cómo me siento; tal vez, para buscar su apoyo. Sabiendo que nunca me lo han dado. Para ellos solo soy ese hijo perfecto que mostrar a sus amigos. Nunca me han permitido una sola tara.
Si alguien sabe que soy gay, me dará la espalda. Lo sospechaba, pero no por eso duele menos.
Al fin y al cabo, son mis padres.
—¿Cómo ha ido?
Mi mejor amigo, Reid, está apoyado en el coche.
Por él, sé que me gustan los hombres. O que me gusta él más que nada.
Nos hicimos amigos en el primer año de carrera.
En una fiesta. Nos encontramos en la barra y nos pusimos a comentar cada chorrada de lo que veíamos a nuestro alrededor.
En ese instante supe que había encontrado un amigo para siempre.
Volvimos a quedar. Me contó que jugaba en el equipo de hockey y, joder, era muy bueno.
Lo fui a ver a los partidos. Salimos juntos de fiesta.
Y, como siempre, me liaba con unas y con otras, pero, al acabar, me sentía mal, como si me faltara algo que no conseguía llenar.
Supe qué era cuando Reid empezó a salir con la que ahora es su novia.
El dolor en mi pecho se hizo enorme. Verlo con ella me mataba.
Y empecé a darme cuenta de que nunca lo había mirado solo con ojos de amigo.
Para mí, él lo era todo. No le dije lo que sentía, pero sí que me gustaban los chicos.
Me abrazó con fuerza y me dijo que siempre estaría de mi parte.
Por eso, me ha acompañado a hablar con mis padres. Sabe lo difíciles que son.
—No se lo han tomado bien.
—Lo esperaba. ¿Nos hinchamos a hamburguesas con helado?
—Por supuesto.
Comemos juntos y bromeamos. Contamos cosas de la universidad y, como siempre, Reid me saca una sonrisa.
Intento no mirarlo con ojos de enamorado.
Odio este miedo a delatarme. Decir lo que siento y perderlo.
Lo peor es que ese miedo me aleja de él y, cuanto más cerca está de su novia, más lejos estoy de mi mejor amigo.
Lo peor es verlo casarse al acabar la universidad, porque le han hecho una buena oferta en la NHL, en el equipo de hockey de Chicago, y Alicia quiere que estén casados.
Me quedo en la boda todo el tiempo que puedo.
Llega un momento en que verlos tan felices y casados me mata de tal forma que voy hasta mi amigo para decirle adiós.
—Nos vemos pronto, ¿vale? —me dice, pero los dos sabemos que, sin la universidad y a tantos kilómetros de distancia, será casi imposible.
—Vale —respondo con un nudo en la garganta.
Empiezo a irme y siento que alguien me abraza por detrás. Lo siento. Porque es él. Este hombre del que no debería estar enamorado porque solo puedo llamarlo amigo.
—No vas a librarte de mí.
—Eso espero.
Tras despedirnos, sé que o pongo distancia o no voy a ser capaz de seguir hacia delante.
Lo mejor, me hacen una oferta como modelo en Boston.
Acepto, claro. Lo peor, que nadie puede saber que soy gay hasta que mi carrera despunte.
«Han pasado muchos años y aún no es el momento», dice mi agente Larry.
Y si creía que esto era lo peor, un mensaje de Reid, al que no veo en persona desde hace seis años, me desarma del todo:
Reid: ¡Me han fichado para los Boston Bruins! Nos vemos pronto. Ya no te vas a librar de mí. Estoy deseando verte. Tengo muchas ganas de vivir cerca de ti de nuevo.
En este momento solo puedo pensar que el destino me odia mucho, porque, aunque lo he intentado, a mis veintiocho años sigo un poco enamorado de mi mejor amigo.