5. BEBIDAS #2
Saqué deprisa mi documento de identidad para demostrarle mi edad al portero de la entrada. Ni siquiera lo miró y nos dejó pasar directamente. ¡Qué irresponsable! Podría haber sido una estudiante de instituto. O estar fingiendo mi identidad.
Pero antes de que pudiera darle una lección al portero sobre el protocolo adecuado, Stephanie me condujo dentro.
Casi me derribaron el sonido, las luces intermitentes y el penetrante hedor a licor y tabaco.
Un ensordecedor pum-pum de música electrónica palpitaba al compás de las luces estroboscópicas y los destellos.
La mitad de la sala fumaba, mientras todo el mundo bebía cantidades copiosas de alcohol.
Había charcos de cerveza derramada en el suelo y mis zapatos se pegaban al pavimento.
Una limpiadora agotada intentaba, en vano, barrer los cristales rotos, solo para verse empujada de un lado a otro por bailarines semiconscientes.
Intenté dar media vuelta, pero sentí una mano apretando la mía. Stephanie me dedicó una sonrisa tranquilizadora.
Respiré hondo, pese a lo asqueroso que olía todo, y entré en la pesadilla. Si podía soportar la planta de trauma, ¡podía soportar aquel infierno en la Tierra!
—¡Vamos a por unas copas! —gritó Kabo por encima de la estruendosa cacofonía.
Stephanie me llevó del brazo para seguir a nuestras compañeras purificadoras. Aunque no había en ellas ni el menor rastro de pertenecer a algo que se pareciera a Heiligslicht.
Un joven y una joven atendían una barra larga, sacando frenéticamente botellas de licor de las neveras o sirviendo chupitos en vasos diminutos.
Sarah y Kabo pidieron chupitos, mientras Stephanie pedía una sidra. El hombre me miró inquisitivo. Levanté las manos para rechazarla, cuando Stephanie pidió otra sidra para mí.
—¡Invito yo! Y será divertido. Te lo prometo.
No discutí. Quizá fuera mejor no estar en plena posesión de mis facultades en aquel momento.
—Eh, guapa —gritó una voz masculina por encima de la música. Si es que se podía llamar así.
Ignoré la voz, suponiendo que no era para mí. Sentí que alguien me daba un toque en el hombro.
Me giré y vi a un hombre unos años mayor que yo, con el pelo oscuro cortado muy corto, una camisa rosa salmón demasiado ajustada y unas gafas de sol colgando del cuello de pico. Olí alcohol en su aliento.
—¿Puedo invitarte a una copa?
Negué con la cabeza. Se acercó más, arrinconándome contra la barra.
—No seas así. Solo es una copa. ¿Cómo te llamas? ¿Son amigas tuyas?
—Es muda —dijo Sarah—. Y estamos con ella, pero no... ya sabes, con ella.
Kabo se inclinó hacia mi oído y susurró.
—¡No nos fastidies esto, Giles! Sé que a Steph no le importan los chicos, pero a nosotras sí. ¿Y sabes cuántos sanadores son chicos?
Como dos. No era una profesión dominada por hombres. La chispa de purificación requería cierta tranquilidad y calma que la testosterona no permitía.
—No es muda —añadió Stephanie—. Simplemente tiene criterio.
—¡Uuuh! ¡Zasca! —se burló un amigo del de la camisa ajustada, dándole una palmada en la espalda—. Soy Tyler. ¿Cómo os llamáis?
Tyler era casi una copia al carbón de su amigo, pero yo no estaba prestando mucha atención.
—Espera, ¿sois de esa cosa de High lag seat? —preguntó antes de que ninguna pudiera responder.
Asentí, casi automáticamente.
Tyler y su amigo torcieron el gesto. —Entonces, ¿sois como monjas o algo así?
—¡No somos monjas! —intervino Kabo, casi desesperada. Se acercó a Tyler, mucho más de lo que jamás deberías acercarte a un desconocido. ¡Piensa en los gérmenes!
La mueca de Tyler se convirtió en una sonrisa evaluadora.
—¿Y tú? —me preguntó el de la camisa ajustada—. ¿Te apetece salir de fiesta?
Aparté la mirada, sin saber qué decir.
El de la camisa ajustada chasqueó la lengua, irritado.
—Estirada de mierda.
Oí una bofetada seca cuando Stephanie le cruzó la cara al de la camisa ajustada, antes de cogerle las gafas de sol y lanzarlas al tumulto de bailarines.
El de la camisa ajustada se agarró la cara, atónito, y luego enrojeció de rabia. Stephanie le señaló con un dedo.
—¿Quieres ver lo que puede hacer una monja , eh? Haré que desees estar sangrando de verdad.
Realmente podía hacerlo. Y la fuerza de su mirada, sin la ayuda de su magia de ilusiones, hizo que el de la camisa ajustada se encogiera.
—Dejemos de perder el tiempo, tío —siseó Tyler, y se alejó. Sarah y Kabo dirigieron una mirada fulminante a Stephanie y luego siguieron a Tyler y al de la camisa ajustada.
Stephanie las vio marcharse, con las manos en las caderas, antes de exhalar con rotundidad. Como un toro al final de una pelea.
—Invita la casa —dijo la camarera, colocando dos chupitos de licor transparente sobre la barra. Le guiñó un ojo a Stephanie.
Stephanie le devolvió el guiño y cogió el chupito y su sidra. Yo recogí el otro.
Seguí a Stephanie más allá de los bailarines que se agitaban, donde alcancé a ver a Kabo y Sarah consolando al de la camisa ajustada, ahora sin gafas de sol.
Stephanie nos condujo hasta un reservado alejado de la pista de baile. Una pared nos protegía de los altavoces, así que podía oírme pensar un poco mejor. ¡Lo agradecí!
Nos sentamos una frente a la otra en silencio. No había nadie más cerca. Sostuve mi botella de sidra con ambas manos, mirando con incertidumbre el líquido dorado. No era capaz de ocultar mi vergüenza y mi timidez, pese a que ahora Stephanie era la única que estaba conmigo.
—Siento haber arruinado tu noche —dije por fin.
—¿Tú? —exclamó Stephanie, genuinamente sorprendida—. Me alegro de que hayas salido del recinto. Es la primera vez que sales conmigo. ¿Sabes? No, Cins. No has hecho nada malo. No debería haber traído a esas aspirantes a chicas malas. ¡Grietas! ¿Cómo demonios llegaron a ser purificadoras?
—Sus padres son consejeros —dije.
—¿No me jodas? —exclamó Stephanie—. No lo sabía.
—Creía que eras la reina de los cotilleos. —No pude evitar sonreír.
Stephanie se encogió de hombros. —Soy la reina de los cotilleos. No los difundo. Ni me los sé. ¿Sabes lo difícil que es recordar dónde he dejado todas mis ilusiones? Dependo de ti para estar al tanto de lo que pasa en el planeta Heiligslicht.
Dio un trago a la sidra y su alegre sonrisa regresó.
—Vosotras, las calladas, siempre sois las que tenéis el oído pegado al suelo. ¿Cómo te enteraste de que sus padres son consejeros?
—Las vi a las dos discutir con sus padres y con la supervisora fuera de Trauma. Intentaban que las eximieran de su turno.
Stephanie jadeó. —¡Qué escándalo!
Nos reímos como si aún estuviéramos en la Academia. Por fin, tras mirar mi sidra durante una eternidad, bebí un poco.
No sabía demasiado mal. Básicamente, zumo de manzana con mucha graduación.
Stephanie asintió satisfecha antes de dar otro trago a su sidra. Su sonrisa desapareció cuando su expresión se volvió seria.
—¿Cómo estás? —preguntó.
Me encogí de hombros. —Como siempre.
—Nos conocemos desde hace más de diez años, señorita Giles. Y las dos estuvimos en ese quirófano. Estoy estudiando Psicología, así que al menos concédeme el beneficio de un poco de sinceridad.
Stephanie me dirigió su mirada patentada antes de que yo suspirara.
—No es el primer paciente que pierdo, lo sabes. Es solo que... nunca se hace más fácil.
Stephanie asintió. Conocía esa sensación demasiado bien.
Volví a suspirar. —A veces siento que no estoy marcando ninguna diferencia, ¿sabes? Como si estuviera achicando agua de un barco que se hunde en vez de tapar el agujero.
—Aunque tapes el agujero, aún tienes que achicar el agua.
—Lo sé, lo sé. Pero... ¿y si quisiera ser una de las personas que arreglan el barco?
—Entonces tendrías que hacerte carpintera.
—Eso es lo que quiero, en realidad.
Stephanie me miró con extrañeza. —¿Quieres hacerte carpintera?
—¡No! No carpintera. Quiero unirme a los purificadores de combate. A los exorcistas y cazadores.
Percibí de inmediato la ansiedad de Stephanie. Antes de que pudiera protestar, levanté una mano para detenerla.
—Herschel ya me dijo que es mala idea. Que ya ayudo a la gente siendo sanadora.
—¡Y lo haces!
—Lo sé... —mi voz se apagó—. Pero a veces desearía poder hacer otra cosa. Algo que pareciera menos... inútil.
Stephanie no respondió. Se limitó a fruncir el ceño en silencio antes de golpear uno de los vasos de chupito frente a mí.
—¡Bebe! —dijo.
—¡Puaj, no! Ni siquiera sé qué es.
—¡Es vodka! Lo usas para limpiar tu habitación todo el tiempo. Hará maravillas por tu estómago. Imagínate todos esos gérmenes asquerosos nadando ahí dentro. ¡Puaj! Podrías acabar con sus vidas ahora mismo con esto. ¡Un germicida en toda regla!
Alcé una ceja. —No vas a dejar que no me lo beba, ¿verdad?
Stephanie sonrió con maldad. —¡Nop!
No pude evitar compartir su entusiasmo y cogí el vasito.
—¡A la de tres! —dijo Stephanie.
Stephanie contó hacia atrás y después anunció:
—¡ Prost !
Bebimos, y casi tuve arcadas cuando el líquido ardiente me bajó por la garganta.
Tosí al dejar el vasito. Stephanie se limitó a sonreír. ¡Malvada!
—¿Ves? No ha sido tan malo...
La interrumpió el sonido de gente gritando, seguido por el estruendo de ladrillos y cristales. Y luego, un rugido atronador.
Stephanie y yo intercambiamos una breve mirada antes de saltar del reservado y correr hacia el origen del alboroto.
En la entrada del club había una especie de criatura similar a un gorila cubierta de un apelmazado pelaje blanco. Pero, en lugar de cualquier rostro simiesco reconocible, tenía seis ojillos y una boca circular cubierta de dientes afilados como cuchillas.
La gente gritaba y corría, precipitándose hacia la salida de incendios o buscando un lugar donde esconderse.
La bestia lanzó un rugido ensordecedor antes de golpear a un hombre y lanzarlo al otro extremo de la sala. Chocó contra la pared cerca de Stephanie y de mí.