CAPÍTULO 12 Heroes
Diciembre vistió a Madrid de un brillo distinto, nostálgico y casi festivo.
Las luces amarillas y blancas volvieron a colgar en hileras infinitas a lo largo de la calle Fuencarral, reflejándose en las baldosas húmedas por la escarcha matutina.
El aire olía a castañas asadas en los carritos de esquina, a churros recién fritos en las chocolaterías del centro y a ese frío seco y limpio de finales de año que te obliga a encoger los hombros y meter las manos en los bolsillos del abrigo.
Pero a diferencia de la Nochevieja anterior —aquella en la que Sandra y David eran dos absolutos desconocidos huyendo de la multitud y buscando refugio en un pasillo a oscuras—, este mes trajo consigo una calma serena, un poso de certidumbre madura y la profunda necesidad de hacer balance.
Habían recorrido trescientos sesenta y cinco días completos.
Un año entero grabado a fuego en el corazón de la gran ciudad, acompasado por doce canciones que habían servido de brújula a través del hielo de febrero, el refugio de mayo, las carreteras soleadas de junio, la tensión eléctrica de julio, los festivales de agosto, la prueba de fuego de septiembre, el recogimiento de octubre y el dolor sanador de noviembre.
Y para la última noche del año, el cierre épico y definitivo no podía sonar a otra cosa que al himno atemporal, grandioso y victorioso por excelencia: "Heroes" de David Bowie.
La guitarra rasgada de Robert Fripp, la pulsación constante del bajo y la voz catedralicia de Bowie proclamando que cualquiera puede ser héroe, aunque solo sea por un solo día, se convirtió en el eco triunfal que envolvía cada uno de sus pasos hacia el final del calendario.
El mes no comenzó con regalos ni soluciones mágicas, sino con la dignidad de quien sabe reconstruirse tras la tormenta.
El uno de diciembre, tal y como estaba previsto, la librería de saldo cerró definitivamente sus puertas.
Sandra pasó su última jornada empaquetando los pocos volúmenes que quedaban en las estanterías de madera.
Sin embargo, esta vez no hubo lágrimas ni sensación de derrota.
Mientras bajaba la persiana metálica por última vez con un golpe seco, David la esperaba en la acera con un ramo de tulipanes amarillos y dos billetes de tren para pasar un fin de semana tranquilo en Toledo antes del atracón navideño.
Además, el trabajo silencioso que David había dedicado a la plataforma digital para ilustradores dio sus primeros frutos reales.
Tres pequeñas galerías independientes de Malasaña y un estudio de diseño de Lavapiés se interesaron por los bocetos de Sandra que figuraban en la web.
Para mediados de mes, Sandra había cerrado sus primeros dos encargos remunerados como ilustradora editorial para un libro de relatos juveniles.
No era un sueldo multimillonario, pero era la prueba tangible de que su talento era real, de que su camino profesional comenzaba a abrirse paso por mérito propio y de que el esfuerzo compartido no había sido en vano.
Por su parte, David logró salir indemne de la reestructuración de la consultora.
La firmeza con la que aprendió a poner límites a sus horarios tras la crisis de noviembre no solo no perjudicó su posición, sino que fue respetada por sus superiores.
Seguía siendo un trabajo exigente y por momentos gris, pero ya no era un monstruo que amenazara con devorar su vida personal ni su capacidad de amar.
El treinta y uno de diciembre amaneció en Madrid con un cielo despejado de un azul cristalino e impecable. El frío era seco y punzante, pero el sol brillaba con una fuerza renovada que hacía centellear los cristales de los edificios históricos.
A diferencia del año anterior, Sandra y David declinaron rotundamente todas las invitaciones a fiestas multitudinarias en locales abarrotados de Malasaña o pisos de estudiantes en Moncloa.
No necesitaban la euforia forzada de la multitud ni el ruido estridente de los cotillones de plástico.
Habían decidido celebrar el fin de año en su propio terreno, allí donde habían aprendido a ser un equipo indestructible: en la buhardilla de Prosperidad.
Pasaron toda la tarde preparando el escenario con una parsimonia casi ritual.
Limpiaron la buhardilla a fondo, encendieron la estufa de cuarzo que teñía el techo de un resplandor anaranjado y colocaron en el centro del salón una mesa baja cubierta con un mantel blanco de lino que Sandra había traído de la casa de sus padres.
Compraron uvas frescas en el mercado de la zona, una botella de champán francés que les había costado un ojo de la cara pero que decidieron permitirse como medalla de victoria, y prepararon una cena lenta a cuatro manos que llenó el espacio con olor a romero, mantequilla y vino reducido.
A las diez de la noche, vestidos elegantes pero cómodos —Sandra con un vestido de terciopelo verde botella y David con su camisa blanca preferida—, se sentaron a cenar juntos frente al gran ventanal abierto levemente hacia la noche madrileña.
Desde su altura, la ciudad se extendía como una alfombra gigantesca de neones, farolas y luces festivas parpadeando en la distancia. De fondo, a través del altavoz que tan fielmente los había acompañado durante doce meses, la música comenzó a llenar la estancia.
La introducción inconfundible de "Heroes" comenzó a sonar, con ese sintetizador flotante y la guitarra épica que parece emerger desde el fondo del horizonte.
I, I wish you could swim...
Like the dolphins, like dolphins can swim...
David sirvió el champán en dos copas de cristal alto y miró a Sandra al otro lado de la mesa. La luz de las velas se reflejaba en sus ojos negros, resaltando las pecas doradas de su nariz y la sonrisa tranquila y profunda que se dibujaba en sus labios.
—Un euro por tus pensamientos —dijo David, alzando levemente su copa.
Sandra sonrió, apoyando los codos sobre la mesa y mirándole con una fijeza que le encogió el corazón de pura felicidad.
—Estaba pensando en el año pasado por estas fechas —confesó ella en voz baja, con un tono suave y nostálgico—. Estaba en aquella fiesta horrible en la calle San Bernardo, muerta de frío, sintiéndome completamente fuera de lugar y deseando que dieran las doce para irme a mi casa a llorar en la cama.
—Y terminaste metida en un pasillo a oscuras con un tipo raro que te ofreció una cerveza caliente y te habló de un café en Fuencarral —completó David con una sonrisa pícara.
—Y fue el mejor apagón de toda mi vida —admitió Sandra, inclinándose sobre la mesa para cogerle la mano por encima del mantel—.
Si me hubieran dicho esa noche todo lo que nos iba a pasar este año...
el frío de febrero, las mañanas de mayo en esta cama, la playa en junio, las discusiones de julio, el festival de agosto, las lágrimas de noviembre... te juro que no me lo habría creído.
David apretó sus dedos con una firmeza llena de devoción.
—Hemos sobrevivido a todo, Sandra —dijo él, mirándola directamente a los ojos con una gravedad serena—.
A los trabajos de mierda, a los alquileres imposibles, a nuestras propias inseguridades y a la distancia.
No hemos necesitado que el mundo fuera fácil para ser felices; hemos hecho que el mundo tuviera sentido porque nos teníamos el uno al otro.
Though nothing, nothing will keep us together...
We can beat them, for ever and ever...
Oh, we can be heroes, just for one day...
La voz de David Bowie alcanzaba su cima dramática y luminosa, retumbando en las paredes de la buhardilla mientras las primeras campanadas del reloj de la Puerta del Sol comenzaban a sonar a lo lejos, emitidas por la televisión del piso de abajo y acompañadas por el estallido lejano de los primeros fuegos artificiales sobre el cielo de Madrid.
Sandra y David no esperaron a contar las doce uvas. Se levantaron al mismo tiempo de sus sillas, rodeando la mesa, y se fundieron en un abrazo largo, profundo y victorioso en mitad del salón.
El beso con el que recibieron el nuevo año no tuvo la torpeza ni el miedo del primer beso de abril en las Comendadoras, ni la desesperación bajo la lluvia de noviembre.
Fue un beso lleno de certezas, un beso que sellaba un pacto silencioso e indestructible.
Un beso que sabía a champán, a historia superada y a un futuro que ya no daba miedo, sino que se abría ante ellos como un libro en blanco esperando ser escrito.
—Feliz año nuevo, mi héroe —susurró Sandra contra sus labios, rodeándole el cuello con los brazos mientras las luces de los fuegos artificiales teñían las paredes de la buhardilla de tonos rojos, verdes y dorados.
—Feliz año nuevo, Sandra —respondió David, levantándola un palmo del suelo y haciéndola girar en mitad de la habitación mientras reían juntos como dos niños.
Salieron al pequeño balcón de la buhardilla con las copas en la mano para ver estallar los fuegos sobre los tejados de Prosperidad.
El aire de la medianoche era helado, pero sus cuerpos pegados desprendían un calor reconfortante.
Abajo, en las calles, se oían los gritos festivos de los vecinos, los cláxones de los coches celebrando la entrada del año y el murmullo alegre de una ciudad que volvía a empezar de cero.
Sandra sacó de su abrigo su cuaderno de bocetos y se lo enseñó a David.
En la última página, dibujada esa misma tarde con trazos precisos y delicados, figuraba la lista completa de las doce canciones que habían marcado el ritmo de su año, formando un círculo perfecto alrededor del dibujo de sus dos siluetas abrazadas bajo el tragaluz de la buhardilla:
New Year's Day – U2 (Enero)
Do I Wanna Know? – Arctic Monkeys (Febrero)
Last Nite – The Strokes (Marzo)
Friday I'm in Love – The Cure (Abril)
Sparks – Coldplay (Mayo)
San Francisco – The Mowgli's (Junio)
Mr. Brightside – The Killers (Julio)
Riptide – Vance Joy (Agosto)
The Suburbs – Arcade Fire (Septiembre)
Losing My Religion – R.E.M. (Octubre)
Creep – Radiohead (Noviembre)
Heroes – David Bowie (Diciembre)
David contempló la página con los ojos brillantes de emoción.
—Es la mejor lista de reproducción que se ha escrito nunca —murmuró él, pasándole la mano por la espalda.
—No es solo una lista de reproducción, David —sonrió ella, cerrando el cuaderno y apoyando la cabeza en su hombro mientras contemplaban las luces de la capital—. Es el mapa de cómo nos salvamos la vida el uno al otro.
We can be heroes, just for one day...
We can be us, just for one day...
Los últimos acordes de la canción de Bowie se disolvieron suavemente en la noche madrileña, dejando paso al murmullo alegre de la ciudad que celebraba el año nuevo.
El calendario marcaba el inicio de una nueva etapa, con nuevos retos, incertidumbres y proyectos por descubrir.
Pero allí arriba, suspendidos sobre los tejados de Madrid, abrazados bajo el cielo estrellado de enero que volvía a empezar, Sandra y David sabían que la prueba definitiva había sido superada.
Tenían la música, tenían la ciudad y, por encima de todas las cosas, se tenían el uno al otro para convertir cualquier día gris en un acto de heroísmo cotidiano.
Su historia no terminaba esa noche; simplemente acababa de empezar el siguiente movimiento de su canción.