CAPÍTULO 11 Creep
En la buhardilla de Prosperidad, el refugio cálido que habían construido con tanta paciencia comenzó a agrietarse bajo el peso de una crisis subterránea, silenciosa pero devastadora.
La acumulación de cansancio, el miedo al estancamiento profesional y las dudas no resueltas sobre el futuro laboral de ambos terminaron por detonar la tormenta más fuerte de toda su historia.
Si los meses anteriores habían encontrado acomodo en la melancolía o la pasión, noviembre sonaba de manera desgarradora a los primeros acordes de guitarra limpia y al posterior estallido distorsionado de "Creep" de Radiohead.
La vulnerabilidad descarnada, la sensación de no estar a la altura, de sentirse imperfecto, desubicado y con el alma al desnudo que transmite la voz de Thom Yorke encajaba con una precisión brutal en el clima emocional de la pareja.
When you were here before, couldn't look you in the eye...
, resonaba en la cabeza de ambos como un eco amargo mientras cruzaban la habitación sin mirarse a los ojos, sintiendo que la distancia entre sus cuerpos era de miles de kilómetros a pesar de estar a medio metro.
El detonante no fue un evento espectacular, sino la suma de varias frustraciones acumuladas durante semanas.
La consultora informática donde trabajaba David entró en una fase de reestructuración interna ante la pérdida de un cliente clave.
La amenaza de despidos masivos flotaba en el ambiente de las oficinas del Paseo de la Castellana, exigiendo a los empleados una presencia casi tiránica.
David pasó de trabajar diez horas a vivir literalmente pegado al portátil, respondiendo correos a las dos de la madrugada y sumiéndose en un estado de alerta y ansiedad constante que le agrió el carácter.
Por su parte, el intento de Sandra de redefinir su papel en la librería de saldo chocó frontalmente contra la realidad económica.
El dueño del local, ahogado por las deudas, decidió traspasar la tienda a una cadena de papelerías de bajo coste.
A mediados de noviembre, Sandra recibió la noticia de que su contrato verbal y en negro terminaría el uno de diciembre, dejándola en la calle, sin finiquito, sin desempleo y con la sensación aplastante de haber tirado un año entero de su vida.
El golpe fue demoledor para su autoestima. El pánico a depender económicamente de sus padres o de David, sumado a la frustración de ver que sus proyectos artísticos no se traducían en un sustento real, la encerró en un silencio defensivo y amargo.
El conflicto estalló el segundo viernes de noviembre, durante una noche helada en la que el viento hacía vibrar los listones de madera de la buhardilla.
David había llegado a las diez de la noche tras catorce horas de tensión en la oficina, con la cabeza a punto de estallar y un cansancio acumulado que le volvía irascible.
Sandra lo esperaba sentada en el suelo, con las manos frías y las cartas del propietario de la librería sobre la mesa.
—Me quedo en el paro el día uno —soltó Sandra sin preliminares, con una voz plana desprovista de emoción.
David dejó caer la mochila en el suelo, se pasó la mano por la cara con cansancio y dejó escapar un largo suspiro que sonó excesivamente pesado en la estancia.
—Lo siento, Sandra... de verdad. Es una putada —dijo él dirigiéndose directamente a la cocina para servirse un vaso de agua—. Aunque bueno, tampoco es que esa librería fuera el trabajo de tu vida. Al menos ahora tendrás tiempo para buscar algo más serio de lo tuyo o preparar unas oposiciones.
Aquellas palabras, pronunciadas sin mala intención pero filtradas por el propio agotamiento de David, cayeron como ácido sobre las heridas de Sandra.
—¿"Algo más serio"? —repitió ella levantándose de golpe del suelo, con los ojos brillándole de rabia y humillación—.
¿Te parece que lo que he hecho durante este año no ha sido serio?
Claro, como tú cobras un sueldo de consultor y vives en el mundo del software real, lo mío solo era un entretenimiento de niña chica jugando a las librerías.
David se giró bruscamente en el pasillo con la mandíbula apretada, agotado de tener que medir cada palabra.
—¡No he dicho eso, Sandra! ¡No me pongas palabras en la boca que no he dicho!
—alzó la voz por primera vez en meses—. Llevo catorce horas aguantando gritos de mi jefe, con el pánico de que me echen a mí también a la calle la semana que viene, y llego a casa esperando un poco de tranquilidad y me recibes a la defensiva. ¡Estoy exhausto!
—¡Y yo estoy aterrorizada! —estalló Sandra con las lágrimas saliéndosele por fin de los ojos—. ¡Estoy aterrorizada porque siento que mi vida es un fracaso absoluto! ¡Porque veo cómo tú avanzas, aunque sea a palos, y yo me quedo atrás, como una carga, como un estorbo que no aporta nada a esta casa!
—¡Nadie te ha dicho que seas una carga! ¡Te lo inventas tú sola por tus propias inseguridades!
—¡Me siento un bicho raro a tu lado, David!
—gritó ella con la voz quebrada por el dolor, citando sin saberlo la esencia misma de "Creep"—.
Me siento ridícula dibujando en un cuaderno mientras tú pagas las facturas.
Siento que no encajo en tu vida, que no soy lo que necesitas y que esto se está sosteniendo por pura pena.
Las palabras quedaron flotando en el aire de la buhardilla, densas, tóxicas, doliendo más que cualquier golpe físico.
David la miró en silencio, helado por la magnitud del reproche.
Quiso acercarse, pero Sandra dio un paso atrás, se puso la chaqueta con manos temblorosas, cogió el bolso y salió de la buhardilla dando un portazo que retumbó en todo el edificio.
Sandra caminó sin rumbo fijo bajo la lluvia helada de noviembre durante más de dos horas. Recorrió las calles desiertas de Prosperidad, bajó hasta la calle Alcalá y terminó sentada en el banco de madera de una plaza a oscuras, calada hasta los huesos y temblando de frío y dolor.
Se sentía exactamente como la canción de Radiohead: un ser desubicado, una impostora en el mundo adulto, alguien incapaz de sostener una relación o un proyecto de vida con dignidad.
I'm a creep, I'm a weirdo... What the hell am I doing here?
I don't belong here... Se repetía la letra en un bucle obsesivo.
La idea de romper con David, de dejar la buhardilla y volver derrotada a la casa de sus padres en la sierra se presentó como la única salida lógica a su sensación de inutilidad.
A tres kilómetros de allí, en la buhardilla a oscuras, David estaba sentado en el borde de la cama con la cabeza entre las manos.
No había encendido las luces. El silencio del piso era aterrador.
Ver a Sandra marcharse así, ver el dolor y la desesperación en sus ojos, le había despojado de todo el orgullo y del cansancio del trabajo.
Se dio cuenta de lo ciego que había estado durante las últimas semanas, de cómo su propia ansiedad por la consultora le había impedido ver la espiral de pánico y soledad en la que Sandra se estaba hundiendo.
No podía perderla. Sin Sandra, la consultora, el sueldo, la buhardilla y la ciudad entera carecían de cualquier sentido.
A la una de la madrugada, Sandra escuchó pasos apresurados sobre las hojas secas de la plaza. Levantó la vista y vio a David corriendo hacia ella bajo la lluvia, sin paraguas, con una chaqueta fina puesta del revés y la cara desencajada por el pavor de no encontrarla.
Al verla tiritando en el banco, David se frenó en seco a dos metros de ella. Su respiración salía en densas vaharadas de humo blanco por la boca. Estaba empapado, con los rizos pegados a la frente y los ojos rojos de haber estado llorando.
—Por favor... no me pidas que me vaya —dijo él con la voz completamente rota, dando un paso tembloroso hacia el banco.
Sandra no respondió, manteniéndose encogida sobre sí misma, con la barbilla pegada al pecho.
David se dejó caer de rodillas sobre la tierra mojada frente a ella, sin importarle el barro ni el agua que le empapaba los pantalones. Le cogió las dos manos heladas entre las suyas, intentando transmitirle su propio calor.
—Siento mucho lo que he dicho... siento haber sido un insensible de mierda, Sandra —susurró él con una sinceridad aplastante y humilde que le salía del pecho—.
Tienes toda la razón: he estado tan obsesionado con mi propio pánico a perder el trabajo que te he dejado sola cuando más me necesitabas. He sido un egoísta.
Sandra levantó la mirada despacio, encontrándose con los ojos de David, cargados de una vulnerabilidad tan pura que le encogió el corazón.
—No eres un bicho raro, Sandra. No eres un fracaso ni eres una carga para nadie —continuó él, apretándole las manos con firmeza—.
Eres la persona más talentosa, más valiente y más increíble que he conocido en mi vida.
Si la librería se cierra, que se joda la librería.
Buscaremos otra cosa, inventaremos lo que haga falta, pero lo haremos juntos.
Tu arte vale mil veces más que todo el código que yo vaya a escribir en mi vida.
—Tengo miedo, David... tengo muchísimo miedo de no ser suficiente —admitió ella con un hilo de voz, dejando que las lágrimas se mezclaran con las gotas de lluvia que le resbalaban por la cara.
—Tú eres mi única certeza en este mundo de mierda —respondió David, incorporándose un poco para abrazarla por la cintura y esconder la cara en su cuello húmedo—.
Yo tampoco me siento suficiente la mitad de los días.
Siento que soy un fraude en la empresa y que no sé cómo hacerte feliz.
Pero si nos caemos, nos caemos los dos juntos.
No me pidas que vuelva a esa casa si tú no estás en ella.
El abrazo que se dieron en aquel banco de parque bajo la lluvia helada de noviembre no tuvo nada de idílico ni de romántico en el sentido clásico.
Fue un abrazo desesperado, torpe, salvaje y profundamente humano: la reconstrucción dolorosa pero real de dos personas imperfectas que decidían pegar los pedazos de su historia en lugar de tirarlos a la basura.
Regresaron a la buhardilla caminando pegados el uno al otro, compartiendo la misma chaqueta sobre los hombros para resguardarse del viento.
Se metieron en la ducha con el agua saliendo ardiendo, dejando que el vapor llenara el cuarto de baño y que el calor les devolviera la vida a los miembros tiritantes.
Se lavaron el barro, la rabia y las palabras amargas con una ternura infinita, sin necesidad de dar más explicaciones.
Más tarde, tumbados en la cama bajo tres capas de mantas pesadas, con el olor a té de manzanilla flotando en la habitación y la estufa de cuarzo proyectando un resplandor anaranjado y cálido en el techo, se buscaron en la penumbra.
El amor esa noche no tuvo la ligereza del verano ni la calma de octubre; tuvo la intensidad descarnada y curativa del reencuentro tras la tormenta.
Se amaron con una lentitud sanadora, reconociéndose en las cicatrices del otro, despojándose de las corazas y las expectativas sociales para entregarse a la certeza desnuda de su afecto.
En el altavoz del salón, la voz de Thom Yorke entonaba los versos finales de "Creep", pero esta vez las notas distorsionadas de la guitarra ya no sonaban a condena, sino a un exorcismo superado.
Whatever makes you happy... Whatever you want... You're so fuckin' special... I wish I was special...
Sandra apoyó la cara en el pecho de David, escuchando su respiración limpia y acompasada.
La librería cerraría sus puertas en dos semanas y la consultora seguiría siendo un entorno hostil, pero allí, en la penumbra de la buhardilla, abrazados bajo las mantas mientras el frío de noviembre golpeaba inútilmente contra los cristales, sabían que habían superado la prueba más difícil de todas.
Habían tocado el fondo de sus miedos más oscuros y habían decidido volver a elegirse.
Diciembre aguardaba a la vuelta de la esquina con el cierre del año y la promesa de un nuevo comienzo, pero ellos ya no le temían al invierno: tenían la trinchera perfecta para resistir cualquier tormenta.