Epílogo
Daniela
Mi situación laboral durante este tiempo ha sido una auténtica locura. A veces echo la vista atrás y aún recuerdo a esa yo perdida —que ahora me parece tan lejana— que no sabía qué iba a ser de su vida, que se sentía una fracasada en el sentido más estricto de la palabra.
Tras terminar de rodar la adaptación del libro Bajo el cielo de River Town , decidimos mudarnos de manera definitiva a Los Ángeles.
Tuvimos que llegar a un acuerdo. Enzo no estaba por la labor de volver a vivir en el caos del centro de una gran ciudad, así que buscamos una casa en el barrio residencial de Brentwood que cumpliera con nuestras expectativas.
No fue fácil encontrarla, pero sí lo fue tomar la decisión, porque en cuanto vimos la discreta fachada en tonos grises, simplemente supimos que era esa.
Cambiar de aires nos vino bien, sobre todo a Enzo. Después del estreno del documental, y pese a que casi todas las críticas eran buenas, alguna no lo fue tanto, y tras unos meses de idas y venidas entre ciudades, marcharnos le dio un respiro, algo nuevo en lo que poner el foco.
Aquí ha empezado a entrenar a unos chavales de una asociación que intenta mantenerlos alejados de las calles, y están como locos con que su entrenador sea la antigua gran estrella de la NFL Enzo Silva. Creo que, para él, está siendo una forma de reconciliarse con su historia deportiva.
Marty tiene un jardincito por el que salir a pasear de vez en cuando y disfrutar de su buena vida de gato.
Mi padre y Valentina, o Tini, como la llama él, nos han visitado de vez en cuando, juntos y por separado. Van a su ritmo, y yo soy feliz siempre y cuando ellos lo sean.
Mateo y Oliver están organizando su boda.
Viajaron hasta Los Ángeles por sorpresa para darnos la noticia.
Ver para creer, la verdad. Mi amigo me pidió que fuera su dama de honor, y yo le dije que sí entre lágrimas.
No podemos vernos tanto como nos gustaría, pero, para sorpresa de nadie, hablamos prácticamente a diario.
En ningún universo podríamos vivir sin contarnos nuestras mierdas.
Dylan sigue viajando por el mundo, las cosas le van bien, o eso nos dice.
Su canal de YouTube se ha hecho bastante popular, y ahora es una especie de gurú de viajes.
Mientras él sea feliz, nosotros también.
Aunque, siendo egoísta, tengo ganas de que vuelva, y creo que mi novio también.
Pero eso será cuando él se sienta preparado para hacerlo.
Y entonces lo estaremos esperando con los brazos abiertos.
Las historias no siempre tienen un final feliz, o final siquiera.
En ocasiones el destino nos presenta otro mapa opuesto a lo que pensábamos.
Todo puede cambiar en un instante, las decisiones que tomamos son el ancla que determinará las consecuencias.
Lo que para algunos es un ejemplo de debilidad para otros es la forma de renacer cuando no encuentran la salida.
Con focos todo se ilumina, todo parece irradiar una luz casi mágica, pero es cuando estos se apagan que empieza el verdadero camino en el que tú mismo tienes que guiarte en la oscuridad. Y cuando consigues llegar al final del metraje es cuando te das cuenta de lo que de verdad vale la pena.
Tengo en mis manos la instantánea que nos hicimos con el Golden Gate de fondo el día que decidimos mudarnos de manera definitiva a Los Ángeles y mi mente empieza a divagar.
Empecé esta historia arrepentida de haber aceptado un trabajo que terminaría poniéndome contra las cuerdas, pero el tiempo se ha encargado de enseñarme que, si tuviera un condensador de fluzo y un DeLorean para viajar al pasado, repetiría todo cuanto he hecho para que mi futuro fuera este.
—Daniela. —La voz de Enzo me pone en alerta, salgo al jardín en su busca.
—¿Qué pasa?
—Es Dylan, va a volver.
Sonrío incrédula ante la noticia.
Pero, al mirar por mí misma el teléfono de Enzo, entiendo que hay historias que, aunque se toman un descanso sin avisar, cuando menos te lo esperas regresan para que las retomes justo donde las dejaste. Como si la distancia hubiese sido una pausa necesaria para poder seguir grabando.