Pisando fuerte Capítulo 1
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Pisando fuerte

Pisando fuerte

Por Carlota Manzano

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Capítulo 1

Liv

Frené y agarré el vaso que Elsa deslizó hacia mí, por la barra.

Me lo llevé a los labios y le di un buen trago a la bebida que habíamos elegido para esta noche: burbon.

Solo, directo de la botella. Eso era lo que contenía el vaso ancho de cristal, el que pasábamos a la siguiente después de beber.

Estábamos sentadas en taburetes, apoyadas en la barra y compartiendo.

—Así. ¡Muy bien! —dijo Julia, riendo, al verme beber.

Elsa silbó y sonrió.

Empujé el vaso hacia Julia, la que hizo exactamente lo mismo. Era la tercera ronda, llevábamos en el bar más de una hora.

Ninguna de las tres teníamos ganas de movernos para ir a una mesa, al menos hasta este momento no nos lo habíamos planteado. Nuestro día había sido para olvidar y eso era lo que pretendíamos, lo que buscábamos.

Eran las once de la noche del viernes. Habíamos cenado las tres en el piso de Julia y al terminar salimos para acabar en el bar.

—Preciosas, este bar se reserva el derecho de negaros otras rondas. Así que saboread la que tenéis.

—Estás de broma. —Lo señaló Elsa.

Gael, nuestro amigo, camarero y todo un poco en este bar que trabajaba, porque no había cosa que no hiciera, ni se inmutó por la reacción de Elsa. Lo único que nos hizo saber que la había escuchado fue la ligera y sutil curva de sus labios.

Terminó de secar una copa, la dejó en su sitio, soltó el trapo en la barra y apoyó las manos en esta, hacia los lados de su cuerpo.

—Aquí mando yo y no voy a echarme para atrás. Tampoco vais a convencerme, así que ni lo intentéis.

Lo último lo dijo mirando a Julia, la que ya le hacía un puchero para que cediera.

Gael soltó una carcajada y después negó. Julia bufó porque le salió mal la jugada.

—¿Quieres que bebamos en otro sitio? —le pregunté a Gael, con diversión—. Aquí al menos nos tienes controladas, como nos hagas irnos, a ver dónde y cómo terminamos.

Le hice un guiño.

—¡Esa es buena! —alzó la voz Elsa.

Ella se giró hacia mí con las manos en alto y las chocamos, riendo. Julia intentó unirse, pero se resbaló a mi espalda. Poco le faltó para que se fuera al suelo, subida a los altísimos tacones que le dio por ponerse para salir.

Julia era muy diferente a Elsa y a mí, en muchos aspectos.

Éramos la noche y el día. El blanco y el negro.

La luz y la oscuridad. El fuego y el agua.

El frío y el calor. La luna y el sol. Ya os podéis hacer una muy buena idea, pero, independientemente de lo distintas que éramos, nos entendíamos de maravilla y encajábamos como las piezas de un puzle que están destinadas.

Julia destacaba siempre por ir como si desfilara en una pasarela de alta costura, sin importar la hora del día que fuera ni el lugar donde se encontrara. Tendríais que ver sus pijamas, yo bien podría utilizarlos para salir a la calle. Eran una pasada.

Para esta salida Julia se había puesto un vestido rosa que parecía de princesa, pero no era largo hasta el suelo, terminaba a la mitad de los muslos.

De cintura para arriba se le pegaba al cuerpo, resaltando todas sus curvas, y la parte baja era una falda corta globo.

Los zapatos de tacón eran del mismo color, a conjunto.

A primera vista ella se llevaba todas las miradas, ya que llamaba mucho la atención.

Y no lo hacía para provocar ni para buscar nada, simplemente era así.

Julia disfrutaba y era feliz yendo a la moda, a la última y mimándose.

Lo hacía por ella, no por los demás, y era algo estupendo, por lo que Elsa y yo la aplaudíamos.

En cambio, Elsa y yo, en pocas ocasiones nos desviábamos de la línea de ropa cómoda e informal que nos gustaba vestir. Eso fuera del trabajo porque dentro ya era otro tema. Hablo de Elsa, ya que a veces se veía obligada a vestir de manera más formal y elegante.

Las reuniones eran un fastidio, estaba totalmente de acuerdo con ella. Yo no tenía ese problema, no variaba nunca mi manera de vestir, a no ser que tuviera que asistir a una boda o a algún evento.

Esta noche íbamos las dos con pantalones vaqueros y camisetas básicas. La de Elsa era en color amarillo pastel y con el cuello redondo, la mía era blanca con el cuello en pico.

En los pies mi amiga llevaba unas zapatillas casuales de piel, yo mis botas militares por me cubrían la parte baja del pantalón. Las llevaba atadas solo hasta la mitad, la parte alta estaba suelta y la solapa caía, dándole el efecto que me gustaba.

—¿De verdad creéis que vais a salir de aquí sin mí? —nos preguntó Gael.

Habló para las tres, pero solo me miró a mí. Se inclinó apoyando los brazos en la barra, al otro lado, y acercó la parte alta de su cuerpo al mío.

Sonreí de medio lado y le lancé un beso, provocando que riera.

—No nos retes —le advirtió cantarina Julia.

—Preciosa, tú eres la menos indicada para hablar. No llegarías muy lejos con tus zapatos —la picó Gael.

—Uyyy… —Julia miró hacia sus pies, sorprendida por el comentario—. No te metas con unas de mis joyas más bonitas y preciadas, ¿eh? —lo amenazó, señalándolo con un dedo.

—Qué poca memoria tienes —le dijo Elsa a Gael, riendo.

—¿De qué tengo que acordarme? —le preguntó él.

Por su expresión sabía que desde el principio estaba haciéndose el despistado. Apreté los labios, conteniéndome para no reír.

—¿Ya no te acuerdas de la salida de hace mes y medio, más o menos, en la que terminamos todos corriendo por las calles?

—Sí. ¿Y? —continuó disimulando Gael.

—¿Quién nos sacó la delantera? —le preguntó Elsa.

Todos soltamos una carcajada, incluida Julia, al traer a la memoria ese momento.

Aquella noche Julia corrió como si le fuera la vida, como si la esperaran en una meta imaginaria un montón de bolsos, zapatos y ropa de los diseñadores más codiciados para ir a la última.

Y corrió subida a unos de sus zapatos de tacón. No eran tan altos como los de esta noche, porque los que llevaba puestos eran una locura, pero aquella vez bien podían ser tacones de unos ocho centímetros. Y finos.

—Tienes que revelarnos el secreto —le dije a Julia, con humor.

—Con vosotras tengo la guerra perdida de antemano —se quejó.

Bufó de manera exagerada.

—Os he visto en muy pocas ocasiones con zapatos con un poco de tacón, y veros siempre me hace llorar —suspiró.

—Ya será para menos —le dijo Gael, riendo.

—Ya nos gustaría —habló Elsa, señalándonos a ella y a mí.

—Tú no estabas en la boda de Carmen y Miguel —le recordé, riendo.

—Joder. Me lo perdí. —Negó con la cabeza Gael.

—Anda, ponnos otra copa —le pedí—. Que estamos portándonos bien, es una para las tres.

—No.

Su respuesta fue tajante.

—Te la estás ganando esta noche —le advertí riendo.

—Lo que tú digas, preciosa, pero se acabó el serviros esta noche.

Se incorporó, separándose de la barra.

—A partir de ahora yo también quiero que me sirvan.

Me hizo un guiño.

Solté una carcajada y me impulsé sobre la barra. Pasé el cuerpo por encima y le di un beso sonoro en la mejilla.

—¡Ya has terminado el turno! —exclamó Julia.

—Tanto rollo para unirte a nosotras ya —sonrió de medio lado Elsa.

Era lo que estábamos esperando y el motivo por el que siempre comenzábamos la noche en el bar que trabajaba los fines de semana Gael. Sus horarios eran de tres de la tarde a once de la noche, viernes y sábados.

Al venir aquí antes le hacíamos compañía a nuestro amigo, durante todos los ratos que podía estar con nosotras. Cuando terminaba su turno pasaba de trabajador a cliente.

Había noches que nos íbamos después de tomarnos unas copas juntos, para continuar divirtiéndonos en otro sitio, pero muchas otras noches las alargábamos aquí y después nos íbamos a casa.

El bar en cuestión se llamaba Paradise . Era muy conocido y siempre estaba lleno, de día y de noche. Aquí sentaba igual de bien desayunar (ponían unos bocadillos y unas tostadas que eran una locura), tomar unas tapas o comer platos más elaborados, como disfrutar de la noche con unas copas.

Siempre había muy buen ambiente y el local no podía encontrarse en mejor ubicación. Se dividía en dos terrazas, una exterior que ocupaba una parte de la zona peatonal de una plaza, y otra que ocupaba un patio interior abierto, decorado con lucecitas. Aparte del interior del local.

En cualquier zona que eligieras a esta hora de la noche las mesas estaban decoradas con velas, para dar intimidad y calidez. La música acompañaba con un volumen lo suficientemente alto para escucharla, pero no para que molestara.

Jana apareció por detrás de Gael y le sonreímos.

—Sal ya de mi barra —le pidió a él.

Jana le dio en el trasero con el trapo que llevaba en la mano y Gael la miró por encima del hombro, con una sonrisa pícara.

—Jefa, que voy a pensar que quieres algo de mí fuera del trabajo —le dijo.

—Piensa lo que quieras —rio ella—. Pasadlo genial, chicos.

Nos miró a los cuatro.

—Si quieres unirte un rato antes de que nos vayamos, ya sabes —le propuse.

—Gracias, cariño, pero soy una esclava de mi negocio —habló dramatizando, exagerando su interpretación.

Gael soltó una carcajada y ella lo miró entrecerrando los ojos.

—Cállate. Ni una palabra —le advirtió, pero no pudo estar más tiempo seria.

Rio con Gael.

Nos caía genial Jana, a mí me encantaba.