Pisa la Raya (DC Jake Tanner 1) Capítulo 44
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Capítulo 44

Era el turno de Danny para subir al autobús y, al poner un pie en el vehículo, sintió como si todas las miradas se centraran en él.

De repente le hizo ser muy consciente de su entorno, como si todos los que estaban dentro del autobús fueran policías de paisano y todos estuvieran deseando arrestarlo.

Danny descartó la idea y se unió a sus hermanos en los asientos de la parte trasera, el lugar reservado para los chicos guay.

Mientras recorría el pasillo, su bolsa chocó contra los laterales de las sillas y los hombros de otros pasajeros.

El pánico se apoderó de él cuando el tintineo de los diamantes y otras joyas dentro de la bolsa hizo que algunas cabezas se giraran en su dirección.

Pero entonces recordó que nadie sabía quiénes eran, nadie conocía sus rostros, nadie los había visto antes.

Danny se apresuró hacia el asiento y se sentó junto a Luke, con Michael al otro lado del pasillo.

En cuanto el autobús arrancó, los hombros de Danny se relajaron.

Se sabía el horario del autobús de memoria; como parte de sus preparativos, había comprobado el tiempo de duración del trayecto: noventa minutos.

Lo que les dejaba con apenas media hora para recoger sus cosas y subir al barco antes de que zarpara.

El margen era muy estrecho, pero todo se había calculado hasta el último momento. No podían permitirse más errores.

Mientras Danny permanecía sentado mirando con nostalgia la barra de metal amarillo frente a él, sus pensamientos se centraron en Candice y en cómo cada parte de su ser agradecía que ella no estuviera allí.

Por lo que a él respectaba, podría estar a varios miles de kilómetros de distancia y no perdería el sueño por ello.

O, mejor aún, podría estar bajo tierra... donde merecía estar.

En el primer cuarto de hora del viaje, la mayoría de los pasajeros a bordo bajaron antes de salir de Portsmouth, y a medida que se incorporaban a los carriles más anchos que salían de la ciudad, mientras el conductor empezaba a dar gas, Danny se sintió más a gusto.

Pasaban desapercibidos, solo eran un grupo de chavales haciendo un viaje en autobús.

Nada digno de ver o a lo que prestar atención.

Excepto que algo le preocupaba.

Luke.

La atención de su hermano estaba centrada en la ventana y lo había estado desde que salieron. Tenía el rostro ceniciento y pensativo.

Danny le dio un codazo con seriedad.

—¿Estás bien? —susurró.

Manteniendo la vista fija en la ventana, Luke respondió:

—Estoy preocupado por ella. —Su voz era tan baja que resultaba casi inaudible.

—Te he dicho que estará bien. Con suerte, tío, probablemente nos estará esperando para cuando lleguemos, ¿no?

Luke no dijo nada y Danny aprovechó el momento para observar a su hermano y maravillarse de lo mucho que había crecido: física, mental y emocionalmente.

De lo mucho que se había convertido en un adulto en cuestión de pocos años.

Y de lo mucho que le quería. El hombre que tenía al lado se había convertido, en los últimos meses, exactamente en eso.

En un hombre. Había madurado y empezaba a mostrar cierta independencia, algo que nunca había podido hacer cuando Freddy los controlaba.

Hubo momentos en los que Danny no creía que Luke pudiera valerse por sí mismo, pero le había demostrado que se equivocaba.

—Lo has hecho bien hoy, Luke —dijo Danny—. Papá habría estado orgulloso.

—¿Papá? —dijo Luke, con voz agitada—. ¿A qué te refieres con «papá»? Papá no habría estado orgulloso ni aunque supiera en qué andamos metidos.

—¿De qué hablas? Siempre que volvía del servicio, siempre te ponía a ti primero. —Danny mantuvo la voz baja, por si otros pasajeros los oían y decidían escuchar con atención—. ¿Qué más te ha estado contando Candice sobre él?

Luke tragó saliva antes de responder.

—Me dijo que nunca estaba allí. Que se fue a Afganistán para estar con una mujer árabe.

Danny soltó una carcajada de incredulidad. Era ridículo hasta dónde era capaz de llegar Candice para engañar a Luke y ganárselo. —Me estás vacilando, ¿verdad? Tiene que ser una broma. ¿Cómo puedes venirme con que Michael y yo te hemos mentido toda tu vida?

—No estoy...

—Eso es exactamente lo que estás diciendo.

Te estás creyendo a la mujer que dice ser tu madre, la mujer a la que has visto menos veces que dedos tienes en una mano.

Te conoce desde hace dos segundos; claro que te va a contar las historias que quieres oír.

Y tú te las has tragado, ¿a que sí? —Danny se giró hacia Michael, que estaba enfrente—. ¿Estás oyendo esto?

—¿El qué?

Danny bufó.

—Este idiota se cree las cosas que esa mujer le ha estado contando sobre nuestro padre. Escucha sus historias antes que las nuestras. Ella no tiene ni idea de lo que dice. Si él estuviera aquí para defenderse, él...

—Pero no está aquí, ¿verdad? ¿Tú sabes dónde está? Porque yo no —espetó Luke—. No ha estado ahí en toda mi vida.

—Aun así, es mucho más hombre de lo que ella pretende que sea.

A su alrededor, las cabezas empezaron a girarse en su dirección; él era consciente de que estaban alzando la voz, pero ahora se daba cuenta de que también estaban levantando sospechas.

Luke metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y extrajo una foto pequeña. En ella aparecía una imagen muy pixelada de un hombre de pelo oscuro con una barba espesa y greñuda. Sus ojos eran tan oscuros como su pelo, cavernosos, infinitos.

Danny apenas reconoció al hombre de la foto.

—¿Qué es esto? —Danny le arrebató la foto a Luke y la inspeccionó—. Este no es él.

—Sí que lo es. Mamá me la dio. Fue la última foto que tuvo de él.

—Este tío es un moñas. Mírale con ese pendiente.

Este no es él. El nuestro era un héroe. Un puto héroe.

—Danny cerró el puño, arrugó la foto en su mano y la dejó caer.

Luego sacó su cartera del bolsillo. Pero al sacarla, la cuarta llave cayó y aterrizó en el suelo junto a sus pies.

En ese momento, el autobús pareció quedarse en silencio, y el sonido inconfundible de una llave de metal rebotando en el suelo los dejó sordos.

Danny estiró el brazo, pero Luke se le adelantó.

—¿Qué es...? —comenzó Luke mientras inspeccionaba la llave—. No...

—Luke...

—¡No!

—Luke, escucha...

—¡No! —Luke sacudió la cabeza con violencia y su voz se volvió profunda, casi demoníaca—. ¡No! ¡No! ¡No!

Luke empujó a Danny en el pecho. La fuerza repentina y bruta le dejó sin aliento.

—¡No! —gritó Luke.

Para entonces, otros en el autobús se habían dado la vuelta y los miraban furiosos a ambos.

—¿Qué pasa? —preguntó Michael, inclinándose a través del pasillo.

—Nada —dijo Danny. Intentó aplacar a Luke rodeando su cuerpo con un brazo y ocultando la llave con la otra mano, pero ambos esfuerzos fueron inútiles. Luke no tenía intención de calmarse, no después de lo que acababa de comprender.

—Luke —dijo Michael—, ¡Luke, escúchame! Cállate y escucha. —Michael lo agarró por la muñeca y, casi al instante, el hermano menor se quedó helado—. Estás montando un espectáculo, y más vale que pares ahora mismo. ¿Qué te pasa?

Luke se zafó tanto de Danny como de Michael y blandió la llave en el aire. La luz del sol del exterior del autobús se reflejaba en la superficie de la llave.

Antes de que Danny pudiera decir nada, Michael habló primero.

—¿Es eso lo que creo que es?

—Sí —dijo Luke, asintiendo—. Este cabrón nos ha traicionado. Ha traicionado a Candice. La ha dejado allí para que muera.

—Madre mía —dijo Michael—. Nos dijiste que la habías dejado en el aeródromo...

Danny le arrebató la llave a Luke y la cerró en su puño.

—Chicos...

—Nos mentiste. Dijiste que se iba a reunir con nosotros en el puerto, pero sabías perfectamente que eso nunca iba a pasar, ¿verdad? —dijo Michael.

—Escuchad...

—No. Escucha tú —dijo Luke, plantando el dedo frente a la cara de Danny. Siseaba al hablar—. ¿Sabes lo que has hecho? Has matado a tu propia madre.

—Ella ya estaba muerta para mí —respondió Danny, guardándose la llave en los vaqueros.

—Pero no para mí . Y no para Micky. Íbamos a empezar nuestras vidas juntos de nuevo, compensar todo el tiempo que habíamos perdido, y tú nos lo has quitado. Eres un cabrón egoísta. —Los ojos de Luke se volvieron negros de odio.

—¿Sobre qué más has mentido? ¿Qué más no nos estás contando, Dan? —dijo Michael, bajando la voz hasta convertirla en un susurro.

—Nada...

—¡Mentira! —soltó Luke—. Eres un puto mentiroso y siempre lo has sido.

En cuanto Luke terminó, el autobús frenó bruscamente y se inclinó hacia la parte delantera izquierda. Los tres hermanos se detuvieron y miraron hacia delante. No había nadie de pie en la parte delantera del vehículo esperando para bajar. Tampoco había nadie esperando para subir.

—¡Fuera! ¡Todos vosotros, fuera! —gritó el conductor del autobús desde su puesto. Los miraba por el espejo retrovisor y señaló las puertas mientras se abrían con un siseo inquietante.

Nadie dijo nada. Danny sintió que todas las miradas se clavaban en él.

—¡He dicho que bajéis! —ladró el conductor.

—No pasa nada. De verdad. No haremos nada. Ya hemos parado.

—Este autobús no se mueve de aquí hasta que al menos uno de vosotros se baje. De lo contrario, llamo a la policía.

Tanto Michael como Luke le miraron con rabia. Él conocía sus intenciones, pero no iba a admitir la derrota tan fácilmente. Tenía cientos de miles de libras en joyas en su bolsa que quería sacar del país, y más esperándole en el puerto. No había forma de que fuera a perder esa oportunidad.

Cuando Danny abrió la boca para replicar, Michael cargó con su parte del botín desde el asiento de al lado y se levantó. Salió al pasillo y se detuvo junto a la rodilla de Danny.

—Vamos, Luke. Vámonos de aquí —dijo Michael.

—No. Quedaos aquí, nosotros...

Luke saltó del asiento y se abalanzó contra las piernas de Danny, intentando pasar por el lado.

—No —dijo Danny—. No voy a dejar que te vayas. Luke, tienes que quedarte aquí.

Luke finalmente pasó a trompicones y se puso al lado de Michael.

—No, Danny, no tengo por qué. No tengo que hacer nada de lo que me digas. Ya no tengo por qué escucharte más. Estoy harto de ti. Ojalá no fueras mi hermano.

—¿Qué vais a hacer ahora, eh? ¡No podéis hacer nada! No podéis ir a ninguna parte. Yo soy el que tiene los billetes.

—Mientras estemos sin ti, estaremos bien sin importar dónde estemos. Siento que hayamos llegado a esto, Dan —dijo Michael.

Sin decir nada más, Michael y Luke se dieron la vuelta y bajaron del autobús a grandes zancadas, manteniéndose de espaldas a él mientras el conductor arrancaba.