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El poder era la dulce amante con que había dormido durante años, y aquella noche, recorriendo a solas el polvoriento sendero que conducía a Juan Griego, don Hernando Pedrárias llegó a la dolorosa conclusión de que ya jamás volvería a compartir su lecho.
Amanecía cuando distinguió en la distancia los negros muros del fortín, y los primeros rayos de sol se elevaban sobre el extremo norte del cabo Negro cuando se enfrentó al fin al capitán Sancho Mendaña, que estaba concluyendo de desayunar sentado en una enorme terraza frente al mar.
–Vengo de parte del coronel Arismendi –comenzó don Hernando aun a sabiendas de que no se estaba ajustando en absoluto a la verdad–. Me ha asegurado que tal vez podríais proporcionarme la información que necesito.
–¿Sobre?
–El capitán Jacaré Jack.
–¿Y qué imagina el coronel que puedo saber yo sobre el capitán Jacaré Jack? –fue la desabrida respuesta que obligó a su interlocutor a pensar de inmediato que, efectivamente, debía de saber bastante–. No es más que un pirata.
–El coronel le considera una autoridad en lo que se refiere a piratas. Dicen que se ha enfrentado a muchos.
–Participé en un intento de asalto a la isla de la Tortuga, hice huir a cañonazos a Mombars el Exterminador, y en cierta ocasión tomé parte en una redada durante la que ahorcamos a dieciocho filibusteros, pero no creo que todo ello me dé derecho a considerarme una «autoridad» en la materia.
–El flemático capitán Sancho Mendaña encendió parsimoniosamente su cachimba para añadir con forzada naturalidad–: Cualquier militar que lleve los años de servicio que llevo yo por estas tierras habrá pasado por idénticas experiencias.
–¡Aun así! –exclamó don Hernando Pedrárias–. He sabido que el Jacaré ha fondeado en la bahía en diversas ocasiones.
–Siempre lejos del alcance de mis cañones –puntualizó su huésped con tono quisquilloso–.
Hace años que vengo suplicando que me cambien estos viejos armatostes y me proporcionen algo con que cargarlos, pero jamás me han hecho caso.
¡Sí! –admitió–. Es cierto que el Jacaré se ha paseado de punta a punta de la bahía consciente de que no podría abordarlo con cuatro lanchas de pescadores y media docena de reclutas de reemplazo.
–Observó con el rabillo del ojo a su interlocutor como si estuviera reflexionando sobre si valía o no la pena gastar saliva con él, y por último añadió–: Todos los piratas y corsarios ingleses, franceses, holandeses, portugueses y hasta chinos, si es que existen corsarios en China,
tienen muy claro que nos pueden saquear, violar y asesinar impunemente, porque la Casa prefiere fletar un barco cargado de barriles de aceite que cambiar por perlas, que un barco cargado de barriles de pólvora con la que impedir que nos roben esas perlas…
–Hizo un significativo gesto hacia el vetusto cañón que asomaba su negra boca casi justo sobre su cabeza–.
¿Sabe cuántas veces podrían dispararlo en caso de ataque?
¡Una! ¡Sólo una! Y ni siquiera alcanzaría a aquella lancha amarilla.
–Nunca se me habría ocurrido imaginar que la situación fuera tan crítica –admitió con absoluta honradez su interlocutor.
–¡Pues no será porque no le he enviado más de una docena de informes en todos estos años!
–fue la casi iracunda respuesta–. Se supone que somos el mayor imperio jamás conocido gobernado por un todopoderoso soberano en cuyos reinos nunca se pone el sol, pero lo cierto es que siglo y medio después de haber conquistado ese imperio estamos permitiendo que nos lo arranquen a bocados.
Aquí, en el mismísimo Caribe, hemos perdido ya Jamaica, Barbados, Guadalupe, Aruba, Martinica y Curaçao.
¿Cuánto más tenemos que perder para que la Casa decida enviarnos armas con que defendernos?
Si unieran sus fuerzas, los piratas que se encuentran fondeados en estos momentos en Port-Royal se apoderarían de Margarita en menos de veinticuatro horas.
–¡Bromea…!
–¿Que bromeo…? –se escandalizó el militar–.
Ahora mismo se deben encontrar allí los barcos de Laurent de Graaf, Michel el Vasco y probablemente Moses van Kljin.
Entre los tres reúnen más de mil hombres bien armados y más de doscientos cañones.
¿Cuántos imagina que podríamos oponerles?
–Le observó con expresión burlona–. ¿No lo sabe?
Yo se lo diré: en la isla hay exactamente veintidós cañones y unos ochenta mosquetes, y la mitad de ellos representan más peligro para quien dispara que para quien se supone que debe recibir el impacto.
–¡Entiendo! ¿Estará Jacaré Jack en Port-Royal?
–Eso es lo único que le importa, ¿verdad? Jacaré Jack. –El capitán Mendaña negó, convencido–. Lo dudo. Raramente aparece por allí, ni tampoco se sabe que suela visitar la Tortuga. Debe de tener su propio fondeadero en las islas Vírgenes o quizá en el Jardín de la Reina, al sur de Cuba.
–¿Quién puede saberlo?
–Nadie que yo conozca.
–He ofrecido una generosa recompensa a quien me proporcione algún tipo de información sobre ese barco. ¿Cree que dará resultado?
–¡Desde luego…! –replicó el capitán con manifiesta ironía–. Aparecerán docenas de supuestos delatores que le marearán llevándole de aquí para allá como a un pelele. Pero le aseguro que al final lo único que habrá conseguido es gastar tiempo y dinero.
–¿Qué me aconseja, entonces?
–Que se ahorre problemas y se largue a cualquier lugar del mundo en que nadie le conozca.
–Eso no puedo hacerlo.
–¿Por qué?
–Me acusarían de traición.
El capitán Mendaña le observó con gesto de perplejidad y por fin replicó con intención:
–Por lo que tengo oído, don Hernando, en estos momentos se le acusa de negrero, depravado, desleal, inepto, prevaricador y hasta puede que ladrón.
¿Qué importancia tiene un adjetivo más o menos, si le va en ello la vida?
–Se puso en pie para dar un corto paseo por la amplia terraza y tomar luego asiento en el repecho del grueso muro–.
¿Sabe una cosa? –añadió por último–. Yo amaba a Emiliana Matamoros.
Para mí era como una diosa a la que tuve siempre en un pedestal sin que jamás se me cruzara por la mente un solo pensamiento innoble.
Pero un día apareció el delegado de la Casa de Contratación de Sevilla en su enorme carroza dorada y la corrompió destruyendo el único sentimiento puro y limpio que tuve nunca.
–Le miró a los ojos con expresión desafiante–.
¿Cómo puede venir a suplicarme que le ayude?
Ni yo ni nadie en esta isla, y quiero suponer que a todo lo ancho y largo del mundo, moverá nunca un dedo a favor suyo, y eso es algo que debe aprender a asimilar lo más pronto posible si pretende seguir viviendo.
Concluido el reparto de las perlas, y navegando en un mar tranquilo, bajo un sol de justicia y sin apenas un soplo de viento en las velas, Lucas Castaño acudió a tomar asiento junto a su capitán, que se acomodaba en el viejo sillón del escocés a la sombra del alcázar,
y tras permanecer unos minutos en silencio, observando los peces voladores surgir ante la proa para planear sobre la plateada superficie del agua e ir a hundirse casi sin levantar espuma, señaló pesaroso:
–Los hombres están inquietos.
Su joven capitán le observó desconcertado.
–¿Y eso? El reparto ha sido justo… ¿O no?
–Sí, desde luego –admitió el panameño–. Justo pero insuficiente.
Poco más de dos mil perlas, aunque sean magníficas, no constituyen un botín que justifique pasarse meses en alta mar expuestos a que en cualquier momento nos atrapen y ahorquen.
Éste es un oficio duro y peligroso, cuya única compensación se centra en la aventura y un buen botín.
–Chasqueó la lengua con gesto de fastidio–.
Y hace años que no disfrutan ni de lo uno ni de lo otro.
–¿Qué quieren?
–Dejar de asaltar barcos cargados de picos y palas, y abordar uno que lleve las bodegas repletas de oro aunque al hacerlo se jueguen la vida. –Se encogió de hombros con gesto de impotencia al añadir–: En una palabra: comportarse como auténticos piratas.
–Entiendo… –admitió el margariteño–. ¿Y tú qué opinas?
–Yo opino que si no aprovechamos el tiempo nos haremos viejos y acabaremos mendigando en cualquier sucio puerto… –Hizo un leve gesto hacia la camareta de popa en la que se encontraba en esos momentos Celeste–. Y llevar una mujer a bordo no contribuye a mejorar las cosas; trae mala suerte.
–Se trata de mi hermana.
–Todos lo saben, pero todos saben también que se trata de una muchacha muy atractiva, y la mayoría de ellos lleva seis meses sin oler un higo. ¡Deberías reflexionar sobre eso!
–Ya lo hago. Y no encuentro una solución que me convenza. ¿Qué puedo hacer con ella?
–Cualquier cosa menos permitir que continúe a bordo de un barco pirata… ¡No es serio!
–No se me ocurre dónde podría desembarcarla, porque el refugio de las Granadinas no se me antoja apropiado para ella. No hay más que putas.
–El mundo es muy grande.
–No lo bastante para la Casa de Contratación. Su brazo llega a todas partes.
–A Jamaica, no. Nadie relacionado con la Casa se atrevería a poner un pie en Jamaica, puesto que le quemarían en la plaza pública al día siguiente.
Tu hermana estaría segura allí y, de paso, podríamos ponernos en contacto con otros barcos para intentar alguna operación conjunta.
Dentro de tres meses la Flota partirá de Cartagena de Indias rumbo a Cuba, y de allí continuará hacia las Azores y Sevilla. Sería el momento de caer sobre ella.
–¿En colaboración con los corsarios? –preguntó asombrado el joven capitán Jacaré Jack–. ¡Odio las masacres!
–¡Escucha…! –replicó su segundo esforzándose por mostrarse paciente–.
Lo que importa en este tipo de acciones es tener muy presente cuál es el barco que realmente interesa, aprovechar el fragor de la batalla, apartarlo del resto y abordarlo con rapidez.
Para ello, lo mejor es enviar espías a los puertos de salida a fin de saber exactamente qué barco lleva oro, y cuál no.
Con frecuencia, los más aparatosos suelen ser los menos interesantes.
–¿Lo has hecho antes?
–Con frecuencia –admitió su interlocutor–. El viejo se daba mucha maña para llevarse limpiamente un cordero mientras los lobos y los perros se destrozaban a cañonazos. –Le guiñó un ojo–. Luego llegaste tú y decidió cambiar los corderos por los burros de carga.
–¿Y eso te molesta?