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Le aguardaba en la biblioteca, y en el momento en que iba a estrecharle la mano desistió al advertir la adusta expresión del bigotudo militar.
–Te agradezco que hayas venido –dijo–. Necesito tu ayuda.
–Si he de ser sincero –fue la franca respuesta–, he dudado mucho a la hora de venir, pero Mariana me ha convencido de que es mejor que aclaremos la situación cuanto antes.
No somos de los que hacemos leña del árbol caído, pero quiero que comprendas que nuestra relación no puede seguir siendo lo que era.
El ex delegado de la Casa hizo un leve gesto de asentimiento al tiempo que le invitaba a acomodarse en la butaca en que solía hacerlo, y tras servir dos grandes copas de ron, le ofreció una mientras señalaba:
–Lo comprendo. Son muy graves las acusaciones que pesan sobre mí, y no es cuestión de intentar rebatirlas.
Lo único que puedo decirte es que su excelencia me ha ofrecido la oportunidad de rehabilitarme, y estoy dispuesto a conseguirlo aunque me vaya en ello la vida.
–Le miró a los ojos–. ¿Qué sabes del capitán Jacaré Jack?
–Lo que todo el mundo –fue la desganada respuesta–. Que es un escocés gordinflón y borrachín en apariencia inofensivo, aunque por lo que dicen se transforma en un tipo muy duro si llega el caso. También aseguran que suele respetar las leyes de la piratería.
–Leyes de la piratería –se escandalizó su interlocutor a punto de perder la calma–. Pero ¿qué tonterías son ésas? ¿Cómo puede nadie imaginar que esos canallas tengan alguna clase de leyes?
–Pues las tienen –puntualizó don Arcadio Arismendi con un cierto tono quisquilloso–. Del mismo modo que las tenemos nosotros con respecto al honor, la moral, o el tráfico de esclavos. Lo que ocurre, al igual que entre nosotros, es que unos las respetan y otros no.
–¡Bien! –admitió don Hernando Pedrárias esforzándose por mantener una calma que le constaba que debía mantener a toda costa–.
¡Olvídalo! Lo que deseo saber es por qué extraña razón un viejo pirata decide cambiar de improviso sus hábitos, asaltando los barcos que vienen de España, pero cuando captura un barco cargado de esclavos, los suelta.
–Tal vez esté en contra de la esclavitud.
–¿Un pirata escocés? ¡Oh, vamos, no me hagas reír! Ingleses, holandeses y escoceses inventaron el tráfico de esclavos y jamás dejarían escapar un botín semejante.
–Pues resulta evidente que éste lo dejó escapar –fue la casi burlona respuesta.
El dueño de la casa paseó de un lado a otro de la estancia como si el continuo movimiento pudiera solucionar sus problemas, y por fin, sin volverse siquiera hacia el militar, añadió con el mismo tono de impaciencia:
–¡Sí! Es evidente… Pero ¿por qué? Si supiese la razón por la que un pirata deja de comportarse como un pirata, tal vez conseguiría atraparle.
–No creo que pueda ayudarte en eso –le hizo notar el otro apurando su copa como si con ello quisiera indicar que tenía prisa por marcharse–.
Jamás he tenido trato con piratas… –Le apuntó con el dedo–.
Aunque tal vez haya alguien que sí pueda ayudarte; lleva muchos años en la isla y se ha enfrentado a ellos en más de una ocasión. Me refiero al capitán Mendaña.
–¿El comandante del fortín de La Galera? –Ante el mudo gesto de asentimiento, don Hernando Pedrárias negó con un gesto–. Me odia.
–¡Carajo, Hernando…! –rió el otro–. ¡No seas tan modesto!
Sabes bien que la mayoría de la gente de la isla te odia.
Mendaña no tiene por qué ser la excepción.
–Cambió el tono, que se hizo ahora más severo como si esa severidad fuera más bien destinada a sí mismo–.
Aunque a diferencia de otros que hicimos dejadez de funciones por pura comodidad, es un buen militar que aborrece a los piratas. Tal vez te ayude.
–¿Tú crees?
–¿Qué pierdes con probarlo? ¡Ya lo has perdido todo!
–Sí, es cierto –admitió su interlocutor dejándose caer en un sillón, como si de pronto su exceso de energía le hubiera agotado–. Lo he perdido todo menos la ira que me corroe las entrañas. Voy a fletar un barco –añadió–. ¡El mejor que exista! Y atraparé a ese malnacido.
–El mejor barco que existe es el Jacaré –le recordó el coronel Arismendi–. Intentar darle caza con un pesado buque de línea, por muy armado que esté, será como intentar atrapar a un delfín por la cola.
–Encontraré la forma.
El militar se puso pesadamente en pie para encaminarse hacia la puerta, como si diera por concluida no sólo aquella charla, sino también aquella incómoda relación.
–Espero que lo consigas, y me gustaría desearte suerte, pero te garantizo que en este caso particular aún no tengo muy claro si estoy de parte de un digno pirata escocés, o de un indigno caballero español. ¡Buenas noches!
En cualquier otra circunstancia, don Hernando Pedrárias Gotarredona jamás habría aceptado semejante trato, apresurándose a retar a duelo a quien tan abiertamente le ofendía,
pero pareció comprender que no era momento de enfrentarse con las armas en la mano a quien tenía fama de ser un magnífico espadachín y un certero tirador, por lo que optó por tragarse la bilis que le había ascendido a la garganta,
consciente de que aquélla era la actitud que debía esperar de la mayoría de la gente de allí en adelante.
Cuando poco más tarde tuvo la absoluta certeza de que el coronel Arcadio Arismendi había abandonado definitivamente la casa, se sirvió una nueva y generosa ración de ron,
la apuró casi de un trago e hizo sonar varias veces una campanilla hasta que uno de los criados hizo su aparición en el umbral de la puerta.
–¿Qué ocurre con don Samuel? –quiso saber–. ¿Por qué no ha venido?
–Su esposa asegura que está en Porlamar, señor –replicó el pobre hombre como si temiera que no iban a creerle–. No volverá hasta pasado mañana.
Su amo no pudo contener un leve gesto de impaciencia, hizo intención de replicar algo molesto, pero al fin pareció cambiar de opinión para limitarse a ordenar con voz pausada:
–Ensilla mi caballo. Me voy a Juan Griego.
–¿A estas horas, señor? –preguntó el sirviente alarmado–. Pronto anochecerá.
–Hay luna llena y conozco el camino. Viajaré más fresco.
Fue un viaje fresco, sin lugar a dudas, y en cierto modo mucho más agradable que bajo el ardiente sol margariteño, pero mientras avanzaba casi al paso de su cabalgadura por el ancho sendero que descendía hacia la costa de poniente,
don Hernando Pedrárias no podía por menos que experimentar un extraño vacío en la boca del estómago al comparar aquel viaje casi furtivo con el que hiciera años atrás, apoltronado en su carroza y rodeado por una docena de hombres que velaban a todas horas por su seguridad.
Ni la ruina económica, ni la traición de Celeste, ni la posibilidad de pasar el resto de su vida encerrado en una fortaleza de la húmeda y caliente Cumaná, pesaban tanto en el ánimo del ex delegado de la Casa de Contratación de Sevilla como el hecho de haber perdido todo su poder,
y abrigar la certeza de que ya sólo un par de viejos sirvientes cumplían sus órdenes y no contaba con una guardia personal dispuesta a dar su vida por defenderle, le producía una profunda amargura difícilmente explicable.
Hijo de un respetado fiscal togado de la Casa de Contratación de Sevilla, y nieto de uno de sus más «eficientes» auditores generales, don Hernando Pedrárias había crecido en el absoluto convencimiento de que los miembros de su estirpe estaban llamados a regir los destinos del Nuevo Mundo,
y al igual que los personajes de sangre real, a nadie se le pasaría por la cabeza la peregrina idea de poner en entredicho su autoridad.
Había asistido durante años a la escuela de funcionarios de la Casa, junto a otros muchos hijos y nietos de altos cargos, y durante todo ese tiempo ni tutores ni alumnos habían cuestionado ni una sola vez el hecho de que ellos, y nadie más que ellos,
sabían qué necesitaban las lejanas tierras que se alzaban allende los mares, y qué era lo que más convenía a sus habitantes.
Los curas entendían de religión, los cortesanos de política y los militares de batallas, pero los funcionarios de la Casa eran los que tenían en sus manos la economía del país, y eso quería decir que de una forma u otra, curas, políticos o militares acababan dependiendo de ellos.
Y ahora, un fantoche como el coronel Arismendi, que durante años le había adulado y había medrado a su costa, se permitía el lujo de ofenderle, consciente de que ya no estaba en condiciones de «mover los hilos» que harían que de inmediato le destinaran al más pútrido destacamento de tierra adentro.
¡El poder!