Piratas (Piratas 1) 7 #2
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Los briosos caballos negros de don Hernando Pedrárias Gotarredona no tenían por costumbre abandonar las proximidades de la capital a no ser que se tratara de una misión muy concreta, y la mayor parte de las veces dicha misión no era otra que apretar aún más el férreo dogal de los abusivos impuestos.

Para los lugareños, verlos aparecer era como ver llegar a las hienas atraídas por el hedor de la carroña, y más de uno habría dado años de vida por el simple placer de pegarles un tiro a las pobres bestias aun cuando tuvieran la certeza de que no eran culpables de cuanto estaba sucediendo.

A primera hora de la tarde esos mismos caballos, ya sudorosos, cruzaron con paso cansino Santa Ana para continuar hacia Aricagua, puesto que la dorada carroza del delegado de la Casa de Contratación de Sevilla constituía el mejor salvoconducto para quien deseara desplazarse por la isla de Margarita

sin el menor tropiezo, y fue en ese momento cuando Celeste Heredia recorrió con la vista la lujosa tapicería para musitar en voz muy baja:

–Me encantaría prenderle fuego.

Su hermano la observó sin aparente sorpresa, y se limitó a responder con naturalidad:

–Espera a que lleguemos a Manzanillo.

–¿Me das permiso para hacerlo?

–¡Naturalmente!

La muchacha no volvió a pronunciar palabra durante el resto del trayecto, cerrando los ojos, no para intentar descansar del ajetreado viaje, sino para regodearse de antemano en el hondo placer que iba a experimentar al ver arder hasta convertirse en cenizas el aborrecido carruaje.

Y es que, si para el resto de los habitantes de la isla aquella carroza constituía el símbolo de la tiranía, para Celeste Heredia constituía, además, el símbolo de la perversión.

Había sido allí, entre sus estrechas paredes tapizadas de un rojo violento, donde comenzó a advertir –cuando todavía ni siquiera se consideraba aún una mujer– las furtivas miradas del fogoso amante de su madre, y había sido allí, lejos de la vista de ésta,

donde don Hernando Pedrárias decidiera iniciar su largo y retorcido acoso sexual.

Por alguna extraña razón que Celeste jamás lograría desentrañar, la sofocante intimidad del interior del vehículo y su continuo traqueteo parecían tener la virtud de excitar de un modo muy especial al delegado de la Casa de Contratación,

quien de un modo casi imperceptible fue pasando de las miradas insinuantes a los mal disimulados escarceos, para evolucionar por último hacia un execrable juego erótico en el que podría asegurarse que su principal interés no se centraba en el lógico anhelo de poseer físicamente a la muchacha,

sino más bien en el morboso placer de confundirla.

De hecho, don Hernando Pedrárias Gotarredona tenía plena conciencia de que por muy alto que fuera su rango, la Santa Inquisición, que siempre había sido el único estamento oficial al que en verdad temía,

no dudaría a la hora de juzgarle con extrema severidad si se le ocurría la nefasta idea de abusar de una menor que los tribunales habían confiado a su tutela,

por lo que había optado por elegir el tortuoso camino de intentar excitarla hasta el punto de que el día en que la considerase ya plenamente madura cayera en sus brazos con la misma facilidad con que había caído su madre.

–¿Qué piensas cuando la oyes gritar en mitad de la noche? –le había preguntado sin venir a cuento un tórrido mediodía en que viajaban juntos a Porlamar–. ¿No sientes curiosidad?

–A medianoche duermo –había sido la seca respuesta de la imperturbable chicuela.

–¡No! –había replicado don Hernando con tono burlón–. Yo sé que no duermes. Yo sé que estás con el oído atento, e imagino que cuando la oyes comienzas a acariciarte allí donde más placer te produce. –La miró directamente a los ojos al inquirir bajando mucho la voz–: ¿Te gusta acariciarte?

No obtuvo más que una silenciosa mirada de desprecio que le obligó a reír forzadamente.

–¡Oh, vamos! –exclamó–. ¡No te hagas la inocente! Yo sé que a tu edad las chicas se divierten solas, y me parece lógico, pero te garantizo que resulta mucho mejor si alguien te mira.

Celeste continuó sin pronunciar palabra, y ello contribuyó a incitar a su tutor a continuar por el mismo camino, puesto que tras una breve pausa en que fingió estar observando algo que llamaba su atención al otro lado de la ventanilla, añadió:

–No deberías avergonzarte, porque de ese modo el día en que sea un hombre el que te acaricie estarás preparada para disfrutar mucho más. –Dirigió una significativa mirada a su entrepierna–. ¿Por qué no me enseñas cómo lo haces? –susurró–. ¡Vamos, recógete la falda!

–Eres un puerco –se limitó a replicar Celeste.

Don Hernando Pedrárias se inclinó apenas para abofetearla sin intención de hacerle daño.

–¡Pero bueno! –exclamó fingiéndose ofendido–. ¿Qué forma de hablar es ésa cuando lo único que estoy intentando es ser comprensivo? No voy a tocarte. Sólo quiero que actúes como lo harías si estuvieras sola.

Por toda respuesta la descarada mocosa ensayó una sonrisa burlona al tiempo que se inclinaba para dejar escapar un sonoro pedo.

–Eso es lo que hago cuando estoy sola –dijo.

–¡Estúpida descarada! –replicó el otro, furibundo–.

Si no fuera por mí hace años que mendigarías por las calles, y probablemente a estas alturas te estarías vendiendo como todas las de tu ralea.

Te he proporcionado un palacio, vestidos, criados e incluso un tutor que te ha enseñado cuanto sabes, y es así como me pagas.

–Mi madre ya ha pagado por mí –fue la seca respuesta.

–Pues lo que ahora paga no vale gran cosa –le hizo notar su interlocutor–. De modo que empieza a pensar en cambiar de actitud o en cambiar de vida, porque hace tiempo que me cansé de alimentar parásitos. –Señaló con un leve gesto el exterior–. Y te garantizo que la vida ahí fuera no resulta fácil.

A raíz de aquella desagradable escena la presión de don Hernando se fue acentuando hasta alcanzar cotas tan denigrantes que Celeste se vio en la necesidad de evitar subir con él a la carroza aunque sólo fuera para recorrer el corto trecho que les separaba del cercano convento de los franciscanos,

en La Asunción.

En la casa, tal vez a causa de la presencia de Emiliana, o tal vez por miedo a los comentarios de unos criados que parecían estar espiando cada una de sus palabras y gestos, don Hernando Pedrárias evitaba excederse en su acoso,

pero la muchacha abrigaba el firme convencimiento de que sería su propia madre la que le facilitaría el camino.

Por fin, una noche en que las cosas no parecían haber ido nada bien en el dormitorio principal, ya que todo cuanto había intentado por excitar al hombre por el que había abandonado a su marido resultó inútil,

Emiliana Matamoros acudió a despertar a su hija para plantearle a las claras lo que constituía un secreto a voces en el enorme caserón e incluso en la isla.

–Esto se acaba, hija –masculló con tono de franca desolación–.

O te las ingenias para que Hernando se case contigo, o nos intercambiamos los dormitorios, porque de lo contrario nos veo en la calle.

–Se contempló en el enorme espejo de la cómoda; se veía gorda, sudorosa, despeinada y con el espeso maquillaje corrido, y agitó la cabeza como admitiendo su inevitable derrota–.

¡Ya estoy demasiado vieja para seguir luchando!

–dijo roncamente–. Te toca tomar el relevo.

–Yo no escogí esta vida –fue la serena respuesta de Celeste–. Y te consta que habría preferido continuar en Juan Griego.

–¡No sabes lo que dices! –le reconvino su madre con manifiesta acritud–.

Y si lo dices es porque no tuviste tiempo de comprobar lo que significa la miseria.

Me pasaba el día fregando o abriendo ostras hasta que se me ulceraban las manos, apestaba a pescado, no disponía ni de un simple vestido para cambiarme, y me veía obligada a lavarlo por las noches para ponérmelo limpio por la mañana. Y a menudo ni siquiera estaba seco.

–No creo que eso pueda ser mucho peor que soportar las babas de un cerdo –argumentó su hija sin perder la calma–. Te trata como a una basura, buena sólo para la cama, y por lo visto ya ni siquiera eres buena para eso.

–Antes lo era –puntualizó con manifiesta resignación su madre–. Hubo un tiempo en que Hernando me adoraba…

–¡Sí! Recuerdo cómo te besaba los pechos y se reía a carcajadas cuando te metía la mano bajo la falda aunque hubiera gente delante. –Se encogió de hombros–. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

–Los hombres son así.

–Papá nunca fue así.

–¿Y tú cómo lo sabes? –fingió enfurecerse la desgreñada gorda–.

Tal vez no lo era en aquel tiempo, pero habría acabado siéndolo.

–Se inclinó sobre su hija para mascullar casi con rabia–: Aprovecha que eres joven y no cometas el error que cometí yo al casarme con un muerto de hambre.

Si eres lista conseguirás lo que quieras.

¡Yo sé lo que hay que hacer para tener contento a Hernando!

–Está muy claro –replicó la muchacha con manifiesta ironía–. Sabes lo que hay que hacer, pero tienes que suplicarme que me acueste con él para que no nos eche. –Agitó la cabeza con gesto de pesar–. ¿Y qué ocurrirá cuando también se canse de mí? ¿Crees que para entonces se habrá vuelto más compasivo?

–No nos echará si te quedas preñada –sentenció Emiliana, segura de sí–. Me equivoqué al no darle un hijo, pero empieza a envejecer y sabe que necesita descendencia si no quiere que cuanto ha conseguido se pierda.

–¡Escucha! –replicó la espabilada chicuela con una seriedad impropia de sus años–. Antes de tener un hijo con el amante de mi madre, me meto de pupila en un prostíbulo de Porlamar. Allí lo peor que me puede pasar es que me quede preñada de un marino o un soldado, pero nunca de semejante canalla.

Pese a la contundencia de la respuesta, Celeste Heredia supo siempre que aquella noche no había dejado zanjada la espinosa cuestión, puesto que ni su madre ni don Hernando Pedrárias parecían dispuestos a darse por satisfechos con semejante decisión.