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Una hora más tarde señaló que debería regresar antes de que su madre comenzara a hacer engorrosas preguntas, y poco después fue Sebastián el que se despidió de su padre para emprender sin prisas el regreso a la ciudad.
Mientras desandaba el polvoriento camino que recorriera con tan distinto ánimo la tarde anterior, no podía dejar de sentirse exultante de felicidad por el brusco cambio que había dado su vida en tan corto tiempo,
ya que en el momento de encaminarse al caserón le angustiaba el temor de enfrentarse a su madre, pero más aún le angustiaba el hecho de que no tenía la más remota idea de la clase de persona en que se habría convertido aquella niña que viera por última vez en el momento de trepar dificultosamente a
una carroza.
Los años de separación, el lujo y las influencias extrañas podrían haber hecho de Celeste una muchacha altiva que nada quisiera saber ya de un miserable padre medio loco y un hermano con la cabeza puesta a precio, pero he aquí que por alguna inexplicable razón continuaba siendo la chiquilla tierna,
alocada y pegajosa que le seguía igual que una sombra a todas partes, como si el tiempo hubiera pasado sobre ella sin dejar huella.
Su alegre, espontánea y en cierto modo disparatada forma de ser parecía haber obrado de igual modo un sorprendente milagro sobre su padre, puesto que habría podido creerse que el simple hecho de recuperarla compensaba al infeliz Miguel Heredia por los incontables padecimientos sufridos, ahuyentando,
como un benéfico viento del norte, los negros fantasmas que habían estado a punto de conducirle al mundo de la oscuridad y la locura.
Reflexionando sobre ello, Sebastián recordó de improviso la vieja canción que solían cantar los «juaneteros» cuando se encaramaban a lo más alto de las jarcias,
y que hablaba del día en que los hombres perdidos en el mar regresarían a puerto para descubrir que nada había cambiado durante sus años de ausencia.
Se le antojó que quien había compuesto aquella triste balada debía de tener algo de adivino, ya que en cierto modo predijo el hecho de que dos hombres perdidos en el tempestuoso océano de los recuerdos hubieran retornado de improviso a un seguro puerto en el que las pasadas amarguras se convertían
como por arte de magia en dulce realidad.
Probablemente debido a ello, cuando poco después pasó por delante de la puerta de una diminuta ermita que se alzaba a la entrada de la ciudad, el joven capitán Jacaré Jack experimentó por primera vez en su vida la imperiosa necesidad de dar gracias a Dios por algo,
y sin detenerse a meditarlo penetró en la recoleta y silenciosa capilla.
Lo primero que le llamó la atención al tomar asiento en un rústico banco fue un enorme y apolillado cuadro de la Virgen con el Niño en brazos que le recordó de inmediato a su madre cuando amamantaba a Celeste,
y su inquietante presencia le obligó a preguntarse cómo era posible que un ser al que siempre había considerado etéreo y angelical pudiera haber acabado por convertirse en alguien capaz de pervertir a su propia hija con tal de seguir levantándose al mediodía y tener ocho criados.
Durante la hora larga que permaneció sentado en el duro banco de una minúscula ermita de las afueras de La Asunción, el margariteño consiguió ahondar más en sí mismo y sus más íntimos sentimientos que casi durante el resto de su vida,
debido sin duda al hecho de que era tan profunda la alegría que experimentaba por haber reencontrado a su hermana, que no se sentía capaz de odiar ni siquiera a su madre.
Por último miró fijamente el cuadro de la Virgen para murmurar como si en verdad fuera la representación de Emiliana Matamoros y pudiera escucharle:
–Sal de mi mente. Sal de mi mente y que no vuelva a recordarte ni para bien ni para mal.
No quiero tener que pensar en la madre que amé, la abominable mujer que aborrecí o la despreciable vieja en que vas a convertirte.
–Observó el cuadro con expresión casi desafiante–.
No quiero saber que vagabundeas por los puertos tratando de malvender los restos de tu belleza recordando que tuviste un marido y dos hijos que te adoraban.
Por favor –repitió–. Sal de una vez por todas de mi mente.
–¿Puedo ayudarte en algo, hijo?
Alzó el rostro hacia el escuálido anciano que había aparecido detrás de él como surgido de la nada y negó con un gesto.
–No, gracias, padre –replicó–. Sólo estaba rezando un poco.
–¿Un poco? –repitió el recién llegado con aire divertido–.
Hace rato que te vi entrar y no es normal que un muchacho de tu edad pase tanto tiempo en la casa del Señor.
–Se inclinó a olfatearle las ropas como si se tratara de un perro perdiguero, y casi al instante añadió–: Ahora lo entiendo: eres marino y no tienes demasiadas oportunidades de visitar una iglesia, ¿no es cierto?
–¿Cómo puede saber que soy marino?
–Porque hueles a brea. En mi juventud fui capellán de la armada, y en aquel tiempo era capaz de adivinar por el olor qué trabajo desarrollaba cada cual dentro del barco. Aparte de a brea, los gavieros huelen a lona, los carpinteros a resina, los cocineros a pescado y los grumetes a sentina.
–¿Y los curas?
–Si son malos, a vino. Si son buenos, a pan. –El arrugado vejete sonrió de oreja a oreja–. ¡Echo de menos aquellos tiempos! –exclamó–. Aquí la mayoría de la gente apesta a estiércol. –Le observó con renovada atención–. ¿Te apetecería confesarte? –preguntó–. A menudo aclara las ideas.
–Se lo agradezco, padre –fue la sincera respuesta–. Pero creo que hoy es el día en que más claras tengo las ideas, y probablemente lo único que conseguiría sería oscurecer las suyas.
El anciano hizo un amplio gesto indicando los toscos muros que le rodeaban.
–¿Te ha ayudado todo esto? –quiso saber.
–Mucho –admitió el margariteño.
–¡Pues bendito sea Dios! –exclamó el otro visiblemente desconcertado–.
Que el Señor me perdone, pero debo ser muy mal cura, puesto que mi espíritu tanto más se eleva cuanto mayor es la iglesia en que se encuentra.
En la catedral de Burgos se me iba el alma al campanario, pero en un lugar como éste se me suele quedar a ras de tierra.
El desconcertado capitán Jacaré Jack le observó de arriba abajo con renovada atención y notable incredulidad.
–¿De verdad es usted cura? –preguntó por fin.
–Si también tú lo dudas, ya somos dos –fue la divertida respuesta, aunque de inmediato el buen hombre cambió de tono para añadir–: ¡Sí, hijo, sí!
Desde que recuerdo soy cura, y no me arrepiento de serlo.
Lo que ocurre es que al olerte he sentido nostalgia.
Cuando se ha cantado misa sobre la cubierta de un galeón de noventa cañones, incluso la catedral de Burgos te parece ridícula.
Con la primera claridad del día, la carroza de su excelencia don Hernando Pedrárias, abandonó el silencioso caserón, franqueó la gran puerta del alto muro de piedra y se encaminó hacia la adormilada ciudad de La Asunción,
pero antes incluso de haber dejado atrás el espeso bosque para alcanzar los espacios abiertos del fértil valle, tres hombres armados surgieron de improviso de entre los arbustos encañonando con sus pesados pistolones al viejo cochero, que a punto estuvo de caer del pescante y romperse la crisma.
Le obligaron a despojarse de su vistoso uniforme para atarle a un árbol de modo que tardase al menos varias horas en liberarse, y en el momento de reemprender el camino Celeste se aproximó a él para besarle con sincero afecto en la mejilla.
–Lo siento, Gervasio –señaló–. Pero es lo mejor para todos. –Con un cómico gesto le introdujo bajo los largos y mugrientos calzoncillos rojos una bolsita de monedas y añadió–: Por las molestias.
–¿Está segura de lo que hace, señorita? –inquirió el anciano con evidente pesar–. Don Hernando la perseguirá hasta el fin del mundo.
–¡El mundo es muy grande! –replicó ella acariciándole cariñosamente el cabello–. ¡Muy grande! No se preocupe. Ahora tengo quien me proteja.
Le colocaron una mordaza, y al poco reemprendieron la marcha con Justo Figueroa en el pescante vestido con el uniforme del cochero y Sebastián y Miguel Heredia sentados frente a la sonriente muchacha, que parecía tan excitada y feliz como una adolescente en el día de su presentación en sociedad.
Al poco, de debajo de su asiento extrajo un pesado arcón que abrió ceremoniosamente para mostrar que se encontraba casi rebosante de hermosas perlas de infinitas tonalidades.
–¡Lo mejor del año! –exclamó al tiempo que tomaba entre los dedos un gigantesco ejemplar casi negro en forma de pera–. ¡Mirad esto! –añadió–. Hasta una reina daría un dedo por ella.
–¡Quédatela! –le invitó de inmediato su hermano–.
Y cuélgatela del cuello para que te recuerde el día en que te colocaste fuera de la ley.
–Hizo un gesto hacia el bosque que acababan de dejar atrás–.
Ese tal Gervasio tiene razón –añadió con un tono que demostraba lo profundo de su preocupación–.
La Casa no aceptará que le robemos impunemente.
–Tú llevas años haciéndolo –le hizo notar ella con un simpático mohín al tiempo que se introducía la negra perla en el escote–. ¡Me la quedo!
–¿Y qué pueden hacer? –intervino Miguel Heredia con un tono que evidenciaba su escepticismo–. Cuando se enteren ya estaremos muy lejos.
–Nunca se sabe –fue la en cierto modo enigmática respuesta de su hija–. Ten por seguro que con Hernando nunca se sabe qué puede ocurrir. No le temo, pero conviene estar alerta.
Al llegar a las primeras casas de la ciudad, justo en el cruce en que se alzaba la diminuta ermita, la carroza se desvió hacia el camino que conducía a Santa Ana, y poco después, ya en pleno valle,
los labriegos comenzaron a lanzar piedras a su paso al tiempo que les insultaban a voz en cuello para emprender la huida de inmediato.
Y es que el recargado carruaje con pretenciosos escudos en las puertas y gruesas cortinas de brocado en las ventanas, constituía para la inmensa mayoría de los margariteños la más pura representación de la tiranía, y les constaba, por dolorosa experiencia,
que verla alejarse más allá de los límites de La Asunción nunca presagiaba nada bueno.