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Pero me consta que a lo que no me dan derecho esas perlas es a que me aceptéis como capitán.
–Hizo una breve pausa sin dejar por ello de mirarles con fijeza, para continuar con sorprendente calma–: Para mandar se necesitan muchas cosas –añadió–.
Conocimientos, inteligencia, autoridad y, sobre todo, un par de huevos para enfrentarse a quien imagine que reúne más méritos para ocupar la camareta de popa…
–Se interrumpió de nuevo, como si estuviera plenamente convencido de que cada vez que lo hacía conseguía fijar mejor la atención de sus interlocutores, y tras cerciorarse de que era así, golpeó repetidas veces la barandilla con el dedo al puntualizar–:
Si alguno de vosotros opina que tiene más derecho que yo a mandar el Jacaré, debe decirlo ahora para que podamos discutirlo, puesto que aún seguimos siendo iguales.
–Utilizó el mismo dedo para apuntarles uno por uno–.
Pero si nadie da un paso adelante, consideraré que me aceptáis, y a partir de ese instante no habrá igualdad que valga, y al que se desmande lo ahorco… ¿Ha quedado claro?
Fue Lucas Castaño el que acudió astutamente en su ayuda al replicar con tranquilidad:
–¡Perfectamente claro!
El margariteño le dirigió una sonrisa de agradecimiento para insistir con idéntico tono:
–¿Hay en ese caso alguien a quien le apetezca dar ese paso?
Los hombres se miraron confiando en que fuera otro el que lo hiciera, y cuando resultó evidente que ninguno de ellos se decidía, todas las miradas se clavaron en Zafiro Burman, como si consideraran que debía seguir manteniendo la iniciativa.
Sin embargo, y tras observarse largo rato las negras uñas de los pies, que parecían empeñadas en excavar en la arena, el primer timonel concluyó por encogerse de hombros fingiendo una indiferencia que estaba muy lejos de sentir.
–¡El tiempo dirá…! –exclamó al fin.
–¡No, Zafiro, no! –le atajó secamente el muchacho–.
El tiempo no tiene nada que decir. Debes ser tú quien lo diga.
–Se inclinó hacia adelante, como si de ese modo le pudiese observar con mayor nitidez–.
¡Y debe ser ahora! –concretó con un tono de voz que sonaba a amenaza–. ¿Me aceptas o no como capitán?
El otro pareció necesitar unos instantes para tomar una decisión, pero al fin concluyó por asentir con un desganado ademán de la cabeza.
–De acuerdo –masculló–. Te acepto.
–¿Estás seguro?
–Seguro.
–¿Completamente seguro?
El tono era casi una provocación a la negativa, como si quien hablaba tuviese un especial interés en dar a su contrincante una última oportunidad de retractarse, pero el aludido optó por dar media vuelta y alejarse hacia los árboles al tiempo que replicaba con voz ronca:
–¡Completamente!
Sebastián permitió que se marchara sin dedicarle siquiera una mirada, y volviéndose al resto de la concurrencia, cambió el tono por otro mucho más amigable al comentar:
–A partir de este momento paso a ser el capitán Jacaré Jack, y su bandera pasa a ser mi bandera del mismo modo que su barco pasa a ser mi barco. Nada cambiará a bordo, ni nada en la forma de trabajar. Y ahora, procurad divertiros. Mañana embarcamos.
Pero a la mañana siguiente se encontró con una amarga sorpresa.
Su padre había desaparecido, y sobre su jergón sólo aparecía una breve nota mal escrita, que rezaba: «Ya no me necesitas. Vuelvo a casa.»
A Sebastián se le antojó que se trataba de un mensaje muy propio de su padre: escueto y carente de sentido, puesto que durante aquellos años había sido él quien necesitara de los cuidados de su hijo, sin tener en cuenta, además, que tampoco tenía casa alguna a la que regresar.
Corrió al embarcadero, donde no le sorprendió descubrir que una de las falúas había desaparecido, y aunque su primera intención fue levar anclas y partir tras su padre rumbo al sur, pronto cayó en la cuenta de que en realidad el barco no le pertenecería hasta que hubiera cumplido un último trámite,
que no era otro que dejar sano y salvo al escocés en las costas de la lejanísima Inglaterra.
Esa misma tarde abandonaron la isla para poner rumbo al nordeste, en la que sería la singladura más triste en la vida del margariteño, puesto que aunque trataba de consolarse con la idea de que no se encontraba en disposición de hacer otra cosa,
se sentía en cierto modo culpable al comprender que estaba permitiendo que un hombre enfermo y acabado se encaminase hacia su lógica e inevitable destrucción.
¿Qué podía hacer un pobre anciano prematuro cuando pusiera el pie en Margarita, si es que conseguía alcanzar sus costas en tan frágil embarcación?
Y ¿cómo reaccionaría al constatar que en la casa a la que creía regresar ya no había nada de cuanto había dejado años atrás?
El doloroso pasado que tantas veces había luchado por olvidar acudía ahora a la mente de Sebastián, obligándole a preguntarse una vez más qué habría sucedido a lo largo de todos aquellos años con su madre y su hermana.
¿Seguirían en la isla?
Lo más probable era que continuaran viviendo en el palacio del delegado de la aborrecida Casa de Contratación, que tiempo atrás había puesto un alto precio a las cabezas de cuantos tripulaban el osado navío que tan a menudo les despojaba de sus valiosas mercancías,
y aunque le estremecía pensar en lo que pudiera ocurrir el día en que su padre se enfrentara al hombre que le había arrebatado tan cruelmente a su familia, aún más le estremecía pensar en lo que podría ocurrir cuando se enfrentara a su madre.
Sebastián nunca había conseguido dilucidar quién había sido el auténtico culpable de cuanto había ocurrido; si el hombre que se había valido de su dinero y su poder para seducir a la mujer de otro, o la mujer que se había dejado seducir por ese poder y ese dinero, arrastrando con ella, además,
a una inocente criatura que ni siquiera tenía edad para decidir por sí misma su destino.
Evocaba una y otra vez la imagen de su padre afilando obsesivamente cuchillos, espadas y machetes, y no podía olvidar cómo miraba fijamente el vacío, por lo que le atemorizaba imaginar lo que sucedería cuando aquel ser atormentado se enfrentara a quienes habían destrozado de forma tan cruel e
ignominiosa su pacífica existencia.
El Jacaré era el barco más rápido que surcaba en aquellos momentos los mares, pero aun así el muchacho tenía la extraña sensación de que apenas se movía,
y acostumbrado como estaba a un Caribe en el que pronto o tarde se divisaba una costa lejana o aves marinas que anunciaban la proximidad de tierra firme, la inmensidad de aquel océano oscuro y muerto, de altas olas y vientos rugientes, le encogía el alma, no por miedo al mar,
sino porque le obligaba a imaginar que no sería capaz de encontrar el camino de regreso y se vería obligado a quedarse para siempre en una Europa de la que no había oído contar más que miserias.
El hambre y las injusticias habían impelido a sus abuelos a buscar en el Nuevo Mundo las oportunidades que el viejo no les daría jamás, y desde que tenía uso de razón el margariteño se había hecho a la idea de que en la orilla opuesta del océano se abrían unas tierras áridas pobladas de astutos
pícaros cuya única obsesión era medrar a costa del esfuerzo ajeno.
Por qué deseaba tanto el capitán Jacaré Jack regresar a un país inmisericorde del que había tenido que escapar siendo niño para no morir de hambre, era algo que Sebastián jamás entendería, pero tampoco experimentó la menor curiosidad por averiguar la razón,
y cuando al fin una brumosa mañana el vigía anunció que las costas de Inglaterra se encontraban a la vista, ni siquiera se le pasó por la mente avanzar unas cuantas millas con el fin de echarles un vistazo.
–¡Abajo el trapo y mantenerse al pairo! –ordenó ásperamente–. Esta noche desembarcaremos al capitán.
Almorzó a solas con él en la camareta de popa, y resultó evidente que el escocés mantenía una difícil lucha interior entre el lógico deseo de regresar a su Aberdeen natal como hombre rico que no tendría que volver a preocuparse por el futuro,
y la honda tristeza que le producía abandonar un barco y una forma de vida que le habían hecho feliz durante años.
–Lo peor de este cambio –dijo– se basa en la evidencia de que por mucho dinero que tenga, nunca podré sentirme tan libre como cuando era un simple pirata. Sé que acabaré volviéndome esclavo de ese dinero, mientras que antaño podía permitirme el lujo de arrojarlo por la borda.
–Pero vivirá sin el continuo temor a que una escuadra enemiga aparezca en el horizonte.
–Cuando lleves mucho tiempo navegando en el Jacaré –fue la calmosa respuesta– te encantará ver aparecer una escuadra enemiga en el horizonte.
–Sonrió apenas, como si estuviera sonriendo a sus más íntimos recuerdos–.
Sentirás miedo, pero te invadirá una indescriptible sensación de placer al comprender que puedes burlar su cerco esquivando sus cañones, porque este jodido jabeque es como la avispa que pica mil veces a un estúpido mulo que sólo sabe dar ciegas coces.
–Se echó hacia atrás en su asiento y su expresión mostraba la magnitud de su orgullo al añadir–: Una vez hundí tres galeones frente a San Juan sin que ni siquiera me rasgaran las velas.
El muchacho asintió apenas, y dijo:
–Lucas Castaño me lo ha contado.
–Se comportó como un valiente, y ese día se ganó que le nombrara mi segundo. –Le golpeó con afecto la mano–. ¡Confía en él! –le aconsejó–. Es el único hombre a bordo del que siempre estarás seguro.
–Lo sé.
–En ese caso ya tienes más de lo que yo tenía cuando icé por primera vez mi bandera.
Por aquel entonces aún no podía confiar en nadie.
Y hablando de banderas –añadió indicando con un leve ademán de la cabeza la enseña que aparecía cuidadosamente doblada sobre una ancha cómoda de caoba–. ¡Ahí la tienes! ¡Cuídala!
–Lo haré. Ahora es la mía.
–En ese caso, nunca dejes que ondee junto a la de un corsario –musitó el escocés casi mordiendo las palabras–.
Presumen de patriotismo, pero en realidad no son más que sucios asesinos que disfrutan más viendo incendiarse un barco y ahogarse a sus ocupantes que robándolo, y todo el que actúa así es que está loco.