4 #2
–¿Y quién me enseña?
–Eso no lo enseñan ni en Salamanca, hijo. ¡Ni en Salamanca!
Al amanecer, el escocés llamó a Sebastián a su recámara.
–¿Qué has decidido? –quiso saber.
–Me quedo con el barco.
–¿Y la bandera?
–También.
–En ese caso, quédate de igual modo con mi nombre. Me harás un favor y te lo harás a ti mismo.
–¿Por qué? –se sorprendió el margariteño.
–Porque si el capitán Jacaré Jack continúa asaltando barcos en el Caribe, a nadie se le ocurrirá relacionarlo con un rico indiano que regresa a Aberdeen.
Y si un mal día te echan el guante, a nadie se le pasará por la cabeza la idea de que semejante «mocoso» barbilampiño pueda ser el mismo Jacaré Jack que lleva más de veinte años surcando los mares.
–¡Muy astuto!
–Este barco navega mejor con viento de través.
–¿Qué quiere decir con eso?
–Que la fuerza del viento empopado ayuda a todos por igual, pero la astucia de saber aprovechar cualquier viento sólo ayuda a los listos. –Le guiñó un ojo–. ¿Dónde tienes las perlas?
–En la isla.
–Pasaremos a recogerlas y me desembarcarás en Inglaterra. A partir de ese momento, el barco es tuyo.
–¿En Inglaterra? –preguntó escandalizado Sebastián–. ¡Pero eso está…!
–Al sur de Escocia –le interrumpió el capitán Jack con humor–. Nada es perfecto. Ni siquiera mi patria… –Tendió la mano, que Sebastián estrechó con fuerza, y concluyó–: Esto es un trato, pero de momento será mejor mantenerlo en secreto. A algunos no vas a gustarle.
–¿Como a quién?
–Eso es algo que tendrás que averiguar por ti mismo, y lo que importa es que no lo averigües demasiado tarde… –Jacaré Jack hizo un leve ademán de despedida–. Y ahora pídele a Lucas que ponga rumbo a la isla y déjame descansar. Tal vez al saber que pronto estaré en casa concilie el sueño.
–¿Aún tiene casa en Aberdeen?
El escocés negó con tristeza.
–Crecí en las calles y a los doce años me embarqué, pero cualquier casa que me compre allí será mi casa, aunque había una, en cuyo portal solía refugiarme por las noches, con la que siempre soñé. –Sonrió con amargura–. Para eso quiero tus perlas.
De regreso a cubierta Sebastián buscó a Lucas Castaño para transmitirle la orden del escocés, y el panameño se limitó a torcer apenas los labios en lo que pretendía ser una sonrisa burlona.
–¿Vamos a buscar tus perlas?
–Es posible.
–Eso quiere decir que pronto tendremos nuevo capitán.
El aludido se encogió de hombros de un modo casi imperceptible.
–Es posible –admitió de nuevo.
–¡Feliz singladura, muchacho! –fue la sincera respuesta del segundo de a bordo mientras le golpeaba con afecto la espalda–. Y toda la suerte del mundo. Vas a necesitarla…
Como si con ello diera por zanjado un tema trascendental en la vida del barco, alzó el rostro para gritarle al timonel de guardia.
–¡Eh, tú, moro de los cojones! ¡Vira al noroeste! –Se volvió luego a dos hombres que jugaban a las cartas en un rincón de la cubierta para ordenar ásperamente–: Y vosotros, ¡atentos a la maniobra!
–¿A qué viene ahora ese cambio de rumbo? –quiso saber uno de ellos, levantándose de mala gana en mitad de la partida.
–A que donde manda capitán no manda hijo de puta… ¿Más preguntas?
No hubo más preguntas, puesto que al fin y al cabo poco importaba qué rumbo siguieran siempre que el mar estuviera en calma, los vientos fueran propicios y no se avistara vela alguna en el horizonte.
La mayor parte de los barcos partían de algún puerto y se dirigían a alguna parte, con lo que la vida de cuantos iban a bordo se regía por unas reglas marcadas por la necesidad de alcanzar pronto o tarde dicho destino, pero el escurridizo Jacaré se limitaba a vagar de un lado a otro,
listo a caer sobre una desprevenida víctima o a emprender rápida huida si el enemigo resultaba excesivamente poderoso, y eso hacía que el simple hecho de navegar constituyera una monótona forma de vida de la que no cabía esperar grandes sorpresas.
Atrapar una presa solía ser cuestión de horas, pero aguardar a que hiciese su aparición podía demorarse semanas e incluso meses, y ésa era la principal razón por la que los tripulantes del Jacaré se habían hecho a la idea de que la estilizada nave era su hogar, y la paciencia su aliada.
Comían, dormían, baldeaban cubiertas, charlaban o jugaban a las cartas conscientes de que en su duro oficio de piratas eran más los tiempos de rutina que los de acción y a tal punto llegaba su abandono que con harta frecuencia aquella desharrapada tripulación más parecía una simple panda de
vagabundos que una auténtica cuadrilla de facinerosos capaz de mandar al fondo del mar a toda una escuadra.
Sebastián Heredia comenzó a analizarlos uno por uno tratando de hacerse una idea de a cuántos se vería obligado a desembarcar antes de que a cualquiera de ellos se le pasara por la mente la apetitosa idea de hundirle un cuchillo en la espalda para hacerse con el mando,
y le dolió llegar al convencimiento de que si pretendía dormir tranquilo no le quedaría más remedio que prescindir de casi la mitad de sus hombres.
A la vista ya del seguro refugio de las Granadinas, se lo comentó al capitán, quien se limitó a hacer un significativo gesto con ambas manos, con el que pretendía demostrar su indiferencia.
–Desde el momento mismo en que el barco sea tuyo podrás hacer lo que te venga en gana –dijo–.
Pero ten presente una cosa: si te libras de algunos, los demás comprenderán que lo has hecho por miedo, y en ese caso nunca podrás esperar de ellos más que traición.
–Le propinó una afectuosa palmada en la mano, como a un hijo al que estuviera dándole sus últimos consejos, para continuar con idéntico tono–: Para ser capitán de un barco como éste hay que poner los cojones sobre la mesa desde el primer día,
y si no crees estar en condiciones de hacerlo lo mejor es que renuncies mientras aún estás a tiempo.
–¿Y qué hago cuando alguien se me rebele?
–Colgarlo del palo mayor. Está ahí para eso. Lo de sostener las velas es secundario.
Era aquélla una extraña forma de ver la vida, pero a Sebastián Heredia no le quedó más remedio que aceptar que, en efecto, era la única forma de encarar los problemas cuando se pretendía mandar sobre medio centenar de perros de mar de colmillo retorcido.
Si daba por sentado que su oficio no era otro que apoderarse por la fuerza de la propiedad ajena, debía aceptar que cualquier otro intentase despojarle de la suya, y la única razón que le asistiría en ese caso sería, de igual modo, la de la fuerza.
Al elegir el difícil camino de convertirse en cabecilla de piratas, su única posibilidad de éxito se centraba en la necesidad de que llegaran a considerarle el mejor de todos ellos, y gracias a tan sencilla reflexión,
cuando al amanecer del día siguiente lanzaron las anclas frente a la agreste isla de Mayero, había tomado ya una actitud ante la vida que habría de acompañarle por el resto de sus días: hiciera lo que hiciera, lo haría a conciencia, aunque no le gustase.
Recogió sus perlas de los seguros escondites en que las había ocultado, y las contempló por última vez sin el menor pesar ante la idea de desprenderse de ellas.
Eran muy hermosas, desde luego, pero estaba acostumbrado a admirarlas desde que tenía uso de razón, y le constaba que, por muy grandes que fuesen y mucho que el hombre las valorase, no eran más que redondos pedazos de nácar que proliferaban por millares en los bajíos que circundaban Margarita.
Nada que pudiera compararse con un barco de cuarenta metros de eslora y más de treinta cañones.
Esa misma tarde, el capitán Jacaré Jack ordenó a sus hombres que tomaran asiento en la amplia explanada que se abría entre el mar y su cabaña, y apoyándose pesadamente en la baranda del porche los fue observando uno por uno con detenimiento, para concluir por señalar:
–Durante años os he mandado lo mejor que he sabido, y admito que me habéis obedecido lo mejor que habéis podido.
–Lanzó un corto eructo–. Han sido buenos años que nos han proporcionado grandes beneficios, pero para mí han terminado sin que hayan sido los cañones enemigos los que me han echado a pique.
–Sonrió con una cierta amargura–. Más bien diría que es la carcoma la que me está agujereando el casco bajo la línea de flotación.
Se escuchó un murmullo, los hombres se observaron desconcertados o tal vez temerosos ante la posibilidad de perder sus «puestos de trabajo», pero el escocés alzó los brazos pidiendo calma, para añadir guiñando un ojo con cierta picardía:
–¡Tranquilos! Es cierto que me voy, pero también es cierto que ya tenéis otro capitán. –Hizo un leve gesto hacia Sebastián Heredia, que había permanecido a la expectativa, para puntualizar–. ¡Éste es!
Ahora sí que el desconcierto dio paso al asombro e incluso a la incredulidad, y tras incontenibles cuchicheos y alguna que otra exclamación de abierta hostilidad, el primer timonel, Zafiro Burman, avanzó unos pasos para encararse directamente al que había sido hasta ese momento su jefe indiscutible.
–¿Él…? ¿Y por qué él?
–Porque es el único que puede pagarme el barco. –Le observó de hito en hito–. ¿Acaso puedes tú?
–¡No! –admitió el otro llevándose la mano al enorme zafiro que le colgaba de una cadena al cuello–. ¡Sabes que no! Pero no es más que un mocoso…
–Bueno… –admitió el escocés como si la cosa no fuera en absoluto con él–. Supongo que eso es algo que está por ver. Lo cierto es que tiene perlas y tú no tienes más que ladillas. –Hizo un significativo ademán para que Sebastián subiera al porche–. ¡Es tu turno! –dijo–. Mi misión ha concluido.
El aludido obedeció y se acomodó a su lado para observar con el mismo detenimiento que el capitán Jack había empleado a unos hombres que no parecían demasiado felices ante la alternativa que se les ofrecía.
Por último dirigió una larga mirada a su padre, que estaba sentado a la sombra de un árbol, aparentemente ajeno a todo, y tras carraspear un par de veces, señaló:
–Cierto es que tengo perlas, y ello me permite comprar un barco que ninguno de los que ahora estáis aquí puede comprar.
–Abrió los brazos como si se tratara de algo inevitable–.