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Llegaba el enemigo.
–¡Cazar mesana y trinquetes! ¡Timón dos puntos a estribor!
Sin más trapo al viento que las pesadas velas embreadas, el Jacaré comenzó, no obstante, a ganar velocidad iniciando su singladura en dirección a las blancas velas que apenas se distinguían sobre la imprecisa línea del horizonte, por lo que cada hombre ocupó su puesto de combate,
y de la bodega se subieron dos docenas de linternas cubiertas con espesas capuchas para que no dejaran entrever la más leve claridad.
–¡Mechas cortas! –había sido la expresa orden del capitán Jack, lo que alertó a los gavieros de que, en cuanto se diese la voz de fuego, el airoso navío se estremecería hasta la cofa,
por lo que tendrían que aferrarse desesperadamente a las drizas si no querían correr el riesgo de precipitarse al vacío.
El Vendaval progresaba altivo y silencioso, ajeno a cualquier clase de peligro. El jabeque iba a su encuentro buscando sobrepasarlo por sotavento.
Fue cuestión de minutos.
Apenas un cuarto de milla los separaba, y si en ese momento el galeón hubiera variado su rumbo un solo punto a babor habría resultado muy difícil evitar una violenta colisión en la que la frágil nave pirata habría resultado, evidentemente, la más perjudicada.
Pero nadie a bordo del buque enemigo tuvo oportunidad de vislumbrar siquiera el peligro que se le venía encima.
Y es que no se trataba de un barco.
Se trataba de una sombra más entre las sombras.
Corrió la voz de aflojar escotas, con lo que el jabeque disminuyó poco a poco su andadura al tiempo que su cubierta recuperaba la horizontalidad, y fue ése el momento en que Lucas Castaño depositó en la mano de Sebastián un pedazo de estopa al tiempo que musitaba:
–Tápate los oídos.
El muchacho obedeció con rapidez, puesto que la proa del galeón comenzaba a colocarse ya a su altura, y al cabo de pocos instantes el vozarrón del capitán Jack resonó como un trueno:
–¡¡Fuego!!
Se alzaron las capuchas de las linternas, se prendieron las mechas, y a medida que iban cruzando frente a la banda de babor del Vendaval, los cañones fueron dejando escapar su mortífera carga uno tras otro consiguiendo que hasta su última cuaderna y su última tabla se estremecieran.
El acre humo impidió por unos instantes la visión de la nave enemiga, pero al recuperarse pudieron comprobar, a la luz de los incendios que se habían iniciado a bordo, que el pesado galeón iba quedando a sus espaldas mientras su palo de mesana caía al mar con estrépito.
–¡Cazar escotas, arriba todo el trapo y caña a babor!
El Jacaré se alejó a toda prisa del campo de batalla, pero su alborozada tripulación comenzó de inmediato a lanzar alaridos de júbilo al advertir cómo las llamas prendían en el amplio velamen del Vendaval,
que había detenido de inmediato su marcha para mantenerse al pairo mientras su desconcertada dotación corría de un lado a otro intentando reparar desperfectos y sofocar incendios.
–Si en diez minutos no estalla la santabárbara, son nuestros –puntualizó Lucas Castaño.
Comenzaron a girar en amplios círculos manteniéndose siempre a un par de millas de distancia a la espera de que en cualquier momento su presa volara por los aires, pero por la cuenta que le traía el enemigo se dio buena maña a la hora de lanzar chorros de agua sobre el fuego,
de tal forma que media hora más tarde las tinieblas se adueñaron nuevamente del mar de los caribes.
–¿Qué hacemos ahora? –quiso saber Sebastián.
–Esperar.
Faltaba ya muy poco para el amanecer, por lo que el muchacho se encaminó al sollado en que su padre había permanecido la mayor parte de la noche tan ajeno a la contienda que se libraba sobre su cabeza como parecía estarlo de todo cuanto ocurría en el mundo.
–Hemos ganado –fue lo primero que dijo Sebastián.
–Alguien habrá perdido –replicó lacónicamente su padre.
–Ellos nos atacaron.
–Nosotros somos los piratas.
–¿Y si nos hubieran hundido?
–Lo sentiría por ti.
Resultaba evidente que para Miguel Heredia Ximénez hundirse con el Jacaré no habría significado más que el final de todos sus padecimientos, ya que en verdad le tenía sin cuidado ganar o perder una batalla que sabía de antemano que no le serviría para recuperar a su familia.
Sebastián permaneció en silencio a su lado hasta que su padre recostó de nuevo la cabeza en la almohada, cerró los ojos y comenzó a respirar acompasadamente, momento en que regresó a cubierta para descubrir que una levísima claridad comenzaba a anunciarse por la amura de babor.
El alba dejó al descubierto un mar grisáceo y tranquilo, un cielo encapotado que dejaba escurrir una suave llovizna y, allá a lo lejos, el triste espectáculo de un sucio e inerme galeón que flotaba como un corcho ahumado, incapaz de maniobrar por mucho que lo intentara.
Sus mástiles aparecían achicharrados y ni una sola botavara se mantenía en su lugar, mientras que de lo que en un tiempo fueron airosas velas no quedaban más que sucios girones chorreantes.
El Jacaré giró una vez más como ave de rapiña dispuesta a caer sobre una presa moribunda, y al poco el capitán Jack ordenó lanzar un cañonazo de aviso.
Casi al instante ondeó una enorme bandera blanca.
El Jacaré botó la mayor de sus chalupas, en la que Lucas Castaño y ocho hombres fuertemente armados se aproximaron al Vendaval.
Les permitieron subir a bordo sin oponer resistencia, y hasta que el panameño no hizo señas de que se había descargado hasta el último cañón no se inició la maniobra de arbolearse al enemigo.
Lo primero que sorprendió a Sebastián al poner al fin el pie sobre la destrozada cubierta, fue descubrir que media docena de atemorizadas mujeres y un grupo de niños les observaban desde el castillete de popa.
–¡Dios santo! –exclamó–. Han presentado batalla con mujeres y niños a bordo. ¡No es posible!
Idéntico desconcierto pareció apoderarse del resto de la tripulación del Jacaré, que no supo cómo reaccionar hasta que el escocés se decidió a inquirir con tono airado:
–¿Quién es el capitán?
Tres hombres señalaron hacia uno de los cadáveres que se alineaban bajo el castillete de proa.
–El más alto.
Lucas Castaño se aproximó, observó detenidamente al difunto, le hizo girar hasta que quedó mirando al cielo con los ojos muy abiertos, y al cabo de unos instantes se los cerró con sorprendente calma para agitar una y otra vez la cabeza y acabar por erguirse comentando con manifiesta socarronería:
–¡Extraño cadáver, vive Dios! Ha muerto con el pecho destrozado por la metralla, pero milagrosamente su preciosa casaca no ha sufrido el menor rasguño... –observó severamente a los presentes para insistir ahora con tono amenazador–: ¿Quién es el capitán?
Un hombretón desaliñado que vestía una sucia camiseta a rayas y se cubría el ojo izquierdo con un negro parche, se destacó de inmediato dando un paso adelante.
–Yo soy... Capitán Rui Santos Pastrana, marqués de Antigua, al servicio de su Graciosa Majestad.
–Su Majestad no me hace ni pajolera gracia –replicó con manifiesta acritud el escocés–.
Y mucha menos gracia me hace que alguien me ataque sin haber izado previamente bandera de combate...
–Se aproximó a su interlocutor y alzó el parche que le cubría el ojo, como para cerciorarse de que efectivamente era tuerto–.
¿Conoces el castigo que imponen las leyes del mar a quien actúa con semejante doblez y villanía?
–No existen leyes cuando se trata de combatir a quienes por propia voluntad se han puesto fuera de la ley –replicó el español con evidente desprecio–. Mis órdenes son hundir todo barco pirata o corsario que encuentre en mi camino.
–Pues mal camino llevas, majadero –le hizo notar el otro–.
Y si el simple hecho de ser un sucio ladino que oculta sus verdaderas intenciones no bastara para colgarte de una verga, tu insensatez a la hora de poner en peligro la vida de criaturas inocentes, lo amerita...
–El escocés hizo un leve gesto con la cabeza a tres de sus hombres–. ¡Ahorcadlo! –masculló.
–¡No...! –Una de las mujeres que asistían lloriqueantes a la escena se precipitó por la escalerilla para correr hasta arrojarse a los pies del capitán Jack, al tiempo que aullaba, fuera de sí–: ¡No por Dios, señor, no lo matéis! –Se volvió y señaló el grupo de niños–. ¿Qué será de mis hijos?
–¿Sus hijos? –repitió el aludido en el colmo de la estupefacción–. ¿Pretendéis hacerme creer, señora, que este cretino se ha atrevido a lanzarse sobre una nave pirata llevando a bordo a su mujer y sus hijos?
–Así es, señor. Esos dos más pequeños son nuestros hijos... ¡Por favor!
Todos se volvieron hacia dos chiquillos que apenas levantarían un metro del suelo y que observaban la escena con empañados ojos dilatados por el espanto.
Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián Heredia abrigó el convencimiento de que el flemático capitán Jack se encontraba en verdad desconcertado.
El escocés dudó por un instante, pero al fin se aproximó a los chicuelos, se acuclilló ante el más pequeño y le observó con expresión adusta.
–¿Realmente es tu padre? –inquirió con voz ronca.
El niño asintió.
–¿Y cómo se llama?
–Papá.
El calvorota tardó en reaccionar; continuó inclinado y por fin lanzó un profundo resoplido.
–¡Buen nombre, vive Dios! El mejor que existe.
–Tomó al mocoso por la barbilla y, obligándole a alzar el rostro, añadió–: ¿Sabes una cosa, enano?
Si hubieses respondido que se llamaba Rui Santos Pastrana, marqués de Antigua, dentro de cinco minutos serías huérfano.
Pero «papá» es un nombre demasiado bonito para que quien lo luce cuelgue de una verga...
–Se irguió pesadamente, observó uno por uno a todos los presentes y por último se volvió a Lucas Castaño–.
Córtale la mano derecha para que jamás vuelvan a encomendarle el mando de un barco.
Luego cada uno de los hombres de a bordo recibirá veinte latigazos.
Con las mujeres podéis hacer lo que queráis, sin maltratarlas, y trasladad al Jacaré todo lo que tenga algún valor, porque en cuanto comience a oscurecer nos vamos.
–¡Que nadie toque a la niña!