2 #7
El galeón, en cuya proa pudieron distinguir al poco el desafiante nombre, Vendaval, continuaba su rápido avance, abriéndose poco a poco hacia estribor como si buscara alejarse lo más posible del Jacaré, pero en el momento en que se encontraba a poco menos de una milla de distancia,
el capitán Jack refunfuñó, sorbiéndose sonoramente los mocos:
–¡O comienza a virar justo ahora, o con ese velamen no podrá llevar a cabo la maniobra sin pasar de largo!
Era un magnífico marino, no cabía duda.
El mejor en su oficio, y del que todos a bordo tendrían siempre mucho que aprender, puesto que apenas había concluido la frase, la proa del Vendaval giró lentamente a babor.
El escocés lanzó de inmediato un sonoro rugido:
–¡Arriba todo el trapo, caña a estribor, balsas al agua!
Tres minutos más tarde el Jacaré le ofrecía ya únicamente la popa al Vendaval y pareció dar un salto para lanzarse hacia adelante cortando el agua como el más afilado de los cuchillos de Miguel Heredia,
mientras ocho fardos de paja marcaban su estela ardiendo sobre el agua y elevando al cielo densas columnas de un humo negro y apestoso.
Los cañones del galeón dispararon sólo en una ocasión, sin el menor peligro para la integridad del jabeque que se perdía de vista en la distancia mientras sus tripulantes se divertían dedicando al enemigo expresivos cortes de manga con los que mostraban a las claras el ínfimo respeto que producía
su evidente potencial de fuego, ya que ellos disponían del navío más veloz del Caribe.
Al caer la tarde no se distinguía rastro alguno del buque agresor, y fue ése el momento que el capitán eligió para hacer repicar la campana hasta que la totalidad de la tripulación se agolpó al pie del alcázar de popa.
–¡Ahora nos toca a nosotros! –dijo.
–¿Vamos a atacar? –inquirieron al unísono varias voces que no conseguían ocultar un tono de auténtico entusiasmo.
–¡Naturalmente! –replicó el escocés al tiempo que se volvía hacia Lucas Castaño–. ¡Bandera negra! –pidió.
Un rumor de aprobación recorrió la cubierta, y a los pocos instantes la mayoría de los hombres sonrió al advertir que la enorme enseña de la calavera y el caimán ascendía flameando hasta lo más alto del bauprés.
–Todos los cañones a la banda de babor –señaló a continuación el calvorota mientras volvía a sorberse los mocos con absoluta tranquilidad–.
Lo hemos ensayado cien veces, pero debéis tener muy en cuenta que no tendremos ocasión de largarles más que una sola andanada.
¡O le acertamos de lleno, o tendremos que volver a correr como conejos!
–¿Velas negras? –quiso saber de inmediato el jefe de los gavieros.
–Más tarde... –respondió su capitán–. Ahora lo que importa es correr, y con éstas marchamos mejor.
Cuatro horas después trinquetes y mesana fueron cambiados sobre la marcha por lonas embreadas, sin que por ello el Jacaré disminuyera en exceso su andadura,
avanzando en paralelo al rumbo original del Vendaval con la evidente intención de sobrepasarlo aprovechando la mayor velocidad de una embarcación concebida desde la quilla a la cofa para correr.
Bajo la protección de las tinieblas que habían acabado por apoderarse del mar de las Antillas, con el casco pintado de azul y ni la mínima luz a bordo, el Jacaré era una mancha en la densidad de esas tinieblas,
hasta el punto de que ni el más avizor de los serviolas podría haber advertido su presencia a menos de doscientos metros de distancia.
Al mismo tiempo, la práctica totalidad de la batería de estribor giró sobre sí misma para que la cureña de cada uno de sus cañones fuera elevada poco más de un metro sobre cubierta de forma que pudieran disparar por encima de la borda de babor,
justo entre los espacios que dejaban libre las jarcias y los palos.
De ese modo se conseguía duplicar la potencia de fuego de una banda, aun a costa de dejar la opuesta desguarnecida.
Pero es que el veterano capitán Jack sabía lo que hacía.
Pasada la media noche calculó que ya debían de haberle ganado suficiente espacio al galeón, por lo que ordenó virar casi en ángulo recto con vistas a cortarle el paso y aguardar su llegada.
Sobre las tres de la madrugada observó el cielo, pareció olfatear el aire y al poco pidió que se aflojaran escotas, permitiendo que el navío comenzara a perder velocidad hasta casi inmovilizarse.
Por último hizo arriar el resto del velamen blanco dejando sólo el embreado, con el que bastaba para maniobrar sin dificultad el dócil jabeque.
Quedaron en silencio y al acecho, como correspondía a una nave depredadora siempre dispuesta a caer sobre su víctima cuando más desprevenida se encontrara.
«Como caimán en boca de caño.»
Con los ojos muy abiertos y el oído atento al menor rumor que no fuera el mar o el viento, hasta el minúsculo cocinero filipino y su granujiento «marmitón» permanecían a la espera,
confiando en que su experimentado capitán hubiese sabido calcular con exactitud el rumbo que habría de seguir el insensato galeón que había tenido la estúpida ocurrencia de enfrentarse en mar abierto al mítico Jacaré.
Sebastián Heredia advirtió sorprendido que muy pocos de sus compañeros parecían nerviosos, sino que, por el contrario, les veía más bien alegres y confiados, como si el hecho de estar a punto de presentar batalla a un «buque-trampa» que les superaba claramente en capacidad artillera,
no constituyese más que una simple anécdota que un día tendrían ocasión de contar a sus nietos.
La negra noche en que sólo una minúscula luna con forma de recorte de uña parecía querer hacerle competencia a las estrellas, tampoco tenía la virtud de acobardarles, y pese a que las órdenes estrictas eran guardar silencio,
de tanto en tanto algún que otro tripulante susurraba una frase chistosa y hubo incluso quien se permitió el lujo de roncar sonoramente.
Por fin, un insistente rumor se extendió por cubierta.