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—¿Estás despierta?

Su voz la saca bruscamente del duermevela. El corazón se le acelera al instante. Mira alrededor de la habitación, y de su garganta escapa un graznido. Hace un momento estaba soñando. Soñando que todo esto no estaba pasando de verdad. Que estaba en casa. A salvo.

—Bien —dice él—. Ya estás despierta.

Está de pie junto a la puerta, que ella no ha oído abrirse. No hay forma de abrirla desde dentro. Ya lo ha intentado. La ha pateado, la ha arañado, se ha apoyado en el picaporte, incluso ha roto la silla contra ella. Nada ha conseguido moverla ni un milímetro.

No hay ventanas en la habitación, ninguna otra salida. Hay una rejilla en el suelo, en la esquina. Donde está la ducha. Pero la placa metálica está firmemente fijada, y apenas mide como un pomelo, así que aunque lograra soltarla, no podría salir por ahí.

Hay otra rejilla en el techo. Esta es de plástico y bastante más grande.

Del tamaño de una pizza. Probablemente podría pasar por ahí.

El problema es que él lo previó y reforzó la rejilla con listones de madera cruzados, atornillados directamente al techo con tornillos grandes.

Parece algo rudimentario, pero bastante eficaz.

Como algo que haría un niño. Su captor claramente no es carpintero ni ningún tipo de artesano.

Lo que es, es un psicópata.

Imponente en el umbral, mide casi dos metros diez.

Las zapatillas tienen suelas gruesas y solo aumentan su altura.

También lo hace la grotesca peluca que lleva.

Es evidente que no pretende parecer real, con esos rizos azul neón.

Unas grandes gafas de esquí ocultan la mayor parte de su cara; el cristal espejado no refleja nada salvo su propia imagen aterrada cuando él se acerca.

La parte inferior del rostro la tiene cubierta con una mascarilla quirúrgica.

Va vestido con una especie de mono de plástico sobre su ropa normal. Es azul claro, medio transparente, y parece un impermeable barato… excepto que Freja lo reconoce de cuando le extirparon las amígdalas. Es una bata quirúrgica.

Cómo ha conseguido todo ese material médico, no tiene ni idea. No puede ser un médico titulado, y esto no es un hospital de verdad… al menos ya no.

Freja estaba en el maletero del coche cuando la trajo aquí, así que no puede saberlo con certeza. Pero está bastante segura de dónde se encuentra. En las afueras del sur de la ciudad. En el antiguo hospital infantil.

A veces, cuando está muy quieta y el viento sopla en la dirección adecuada, puede oír el leve rumor del tráfico de la autopista. El hospital está un poco apartado de la autopista. Lo sabe porque ha pasado muchas veces por allí con su madre o con Asker.

Al incorporarse sobre el colchón, oye de inmediato el tirón del cable contra la tubería y siente cómo se tensa alrededor de su tobillo.

La colocó allí no solo porque es el único lugar de la habitación donde puede sujetarla a algo, sino probablemente también para que tenga acceso al agua en todo momento. Él se ausenta durante horas.

Freja sabe exactamente cuánto tiempo lleva allí.

Da gracias por llevar su reloj. Sin él, no tendría forma de saber la hora.

Incluso con él, no ha sido fácil. Las drogas que le ha dado la han dejado tan adormecida que ha estado entrando y saliendo del sueño continuamente.

Así que, en teoría, podría haber perdido un día entero sin darse cuenta.

Pero está bastante segura de que no ha pasado.

Ha estado luchando por mantenerse despierta, alerta.

Necesita estar preparada si —o cuando— se presente su oportunidad.

Hasta ahora, él ha sido muy cuidadoso. Solo la libera de debajo del fregadero cuando necesita…

Freja no puede soportar pensarlo.

Mira su mano. Donde antes estaba su dedo anular ahora solo hay un espacio vacío cubierto con una masa de gasas y cinta. Empieza a llorar. El dolor en la mano regresa poco a poco mientras termina de despertarse.

—Duele —gimotea—. Mi mano…

—No te preocupes por eso —dice él con brusquedad, hablando con esa voz forzada y ronca, demasiado grave para ser natural. Evidentemente no quiere que Freja reconozca su voz real, igual que no quiere que vea el color de sus ojos, su pelo, su cara ni nada que pueda identificarlo.

—Por favor, no —se oye decir Freja cuando él deja la maleta sobre la mesa—. No más, por favor…

Él le lanza una mirada de reojo, esos ridículos rizos balanceándose en la oscuridad. Cómo puede ver a través de esas gafas, no tiene ni idea. No responde. Simplemente se lleva una mano a la frente. Un clic, y una luz cegadora le da de lleno en la cara.

—Oh, no —balbucea—. No, no…

Pero sabe lo que significa.

Otra operación. Otra amputación.

Empieza a hiperventilar. Los sonidos de él sacando el instrumental, preparando la intervención, son demasiado intensos en la habitación silenciosa. Oye el tintineo metálico del bisturí al golpear la mesa, el chirrido gomoso de los guantes al ponérselos, y el crujido del papel marrón.

Enciende dos de los focos, revelando la mesa de acero en el centro de la habitación.

La última vez, después de cortarle el dedo, lo vio a través de una neblina de dolor, miedo y anestesia, enjuagando meticulosamente el miembro amputado y envolviéndolo en el papel.

Parecía casi un regalo. Como si estuviera jugando a algún juego enfermizo de amigo invisible con alguien. Hizo lo mismo con el mechón de pelo que le cortó del flequillo.

Si todo esto no es más que un juego para él, entonces probablemente seguirá cortándole partes hasta que… hasta que…

A Freja se le cierra la garganta. Siente que va a vomitar y a asfixiarse al mismo tiempo.

No, no va a matarme. Si quisiera matarme, ¿para qué ocultarse así?

Reza para que esto no continúe. Para que en algún momento la libere. Para que todas las precauciones que toma para ocultar su identidad sean porque planea que Freja sobreviva a esto.

Pero hay otras razones.

Quizá simplemente no quiere mostrar su rostro. Quizá le excita mantenerse en secreto. Quizá es esquizofrénico y este es su alter ego… fingiendo ser un médico loco.

Sean cuales sean sus motivos, Freja no puede confiar en que la deje ir. Y tampoco puede esperar a la policía. A estas alturas, deben saber que ha desaparecido, pero ¿y si no la encuentran a tiempo?

«Piensa», se dice. «Tienes que actuar. Tiene que haber algo que puedas hacer…»

Mira hacia abajo. No hay nada a su alcance, salvo el colchón, algunos envoltorios arrugados de hamburguesa y latas vacías de la comida que él le ha traído.

Y la horquilla.

La utilizó para intentar forzar el cable en el punto donde está sujeto al fregadero. Pero la horquilla no soportó la presión y se rompió enseguida.

Guardó ambas mitades. Una de ellas es bastante puntiaguda. Casi como una aguja.

La coge con dedos temblorosos y la aprieta en la palma.

«Haz lo que hiciste la primera vez».

«Pero ¿para qué? No funcionó».

«Puede que aún no lo hayan visto».

«O puede que no haya funcionado».

«¡Hazlo igualmente!»

Levanta la vista hacia el hombre.

—¿Por qué haces esto?

Se lo ha preguntado cien veces ya. Nunca responde. No espera que lo haga ahora. Solo necesita ganar tiempo.

—¿Qué te he hecho?

—Nada —gruñe él, dejando la maleta en el suelo—. Ahora deja de hablar.

—¿Vas… vas a cortarme otro dedo?

Duda. Está abriendo algo que parece un estuche antiguo. Solo que no hay lápices dentro, sino jeringuillas y pequeños frascos de cristal.

No dice nada, pero ella ya conoce la respuesta cuando saca una jeringuilla y la llena con un líquido transparente.

—¿Cuál? —pregunta ella, alzando la voz quebrada—. Al menos puedes decirme eso.

Él golpea la jeringuilla con la uña del índice, casi como un médico experimentado… o un drogadicto.

—El meñique —murmura.

Freja obliga a su respiración a calmarse y baja la mirada hacia sus dedos.

Apenas puede verlos en la oscuridad. Tendrá que guiarse más por el tacto.

Acercando la mano temblorosa a pocos centímetros de sus ojos, se estremece por el dolor de la herida.

Luego empieza a tallar, con todo el cuidado y la precisión que puede.

No tiene forma de saber si funciona. No siente nada… su mano sigue demasiado entumecida.

Entonces se le acaba el tiempo.

Él se acerca con la jeringuilla, la luz de la lámpara en su frente está cegándola.

Freja empieza a gritar y a forcejear. Intenta arañarlo, intenta morderlo, intenta arrancarle las gafas.

—¡Para! —grita él—. ¿No quieres anestesia? ¿Quieres que duela?

Freja no quiere. Pero no puede evitarlo. Su cuerpo ha tomado el control. Sus instintos de supervivencia luchan por ella con todo lo que tienen.

Pero él es demasiado fuerte. Apenas le lleva unos segundos sujetarla y reducirla.

Apoya una rodilla en el centro de su espalda, ejerciendo tanta presión sobre su caja torácica que apenas puede respirar.

Con la mano libre, le inmoviliza la muñeca de la mano herida.

Luego, un pequeño pinchazo en la palma, seguido de una presión sorda en el interior.

Oye la jeringuilla golpear contra el suelo cuando la lanza a un lado. Hurga un momento, luego se inclina más, acercándose a ella; el peso de su cuerpo la aplasta, y entonces le susurra con voz ronca al oído:

—Ahora, quieta…

Siente otro pinchazo en el muslo. Más presión. Y luego termina.

Él retira su peso, y Freja jadea, llenando los pulmones. Se da la vuelta y se agarra la mano herida.

Él se pone en pie y da dos pasos atrás, justo fuera de su alcance. Pero no se aparta. Lo sabe porque el foco sigue apuntándole.

Lo mira entrecerrando los ojos, jadeando.

—Por favor… por favor, no hagas esto.

Una pausa. No cree que vaya a responder. Pero lo hace.

—Tengo que hacerlo —dice con brusquedad.

Intenta sonar duro, pero Freja lo percibe otra vez. Esa ligera vacilación. Ese pequeño rastro de duda. Lo ha notado en él más de una vez.

—Pero no quieres —solloza. Las drogas ya empiezan a hacer efecto. Su mano se queda completamente insensible y su cabeza empieza a dar vueltas—. Sé que no quieres. Y puedes parar. No he… no he visto nada… solo déjame ir…

Esta vez no responde, pero ella puede oír su respiración dentro de la mascarilla.

La mente de Freja empieza a nublarse. Hay alivio y miedo a la vez. Por un lado, sabe lo que ocurrirá en cuanto pierda el conocimiento. Por otro, el dolor y el terror desaparecerán.

De pronto vuelve a estar en el coche con mamá. Fuera es de noche. Están entrando en la zona de acceso del puerto. Hay coches en fila delante, esperando a que llegue el ferry.

—¿Qué haces? —pregunta su madre cuando Freja se desabrocha el cinturón.

—Me bajo, ¿qué parece?

—Venga, hace un frío que pela. Y el ferry ni siquiera ha llegado.

—Line y Rikke me están esperando, mamá. Line me acaba de escribir, están al principio de la cola.

Su madre suspira.

—¿Así que no puedes pasar diez minutos en el coche con tu madre? ¿Hemos llegado a esto?

Freja suelta un largo quejido.

—De verdad, no necesito esto ahora, mamá.

—¿No necesitas qué?

—Que te pongas así.

—Lo siento, solo pensaba que podríamos despedirnos como es debido. Te vas todo el fin de semana, al fin y al cabo.

—¿Sabes qué? Empiezas a recordarme a papá.

Su madre se gira completamente en su asiento para mirarla.

—¿Ah, sí? ¿En qué sentido?

—Da igual —dice Freja, abriendo la puerta.

—¡No, por favor! —insiste su madre, agarrándole el brazo—.

Dímelo, ¿en qué me parezco a tu padre? ¿Eh?

Porque, que yo sepa, yo te doy un techo, comida todos los días, y aguanto todas tus tonterías de adolescente, cosa que él no hace.

Así que si tienes que descargar ese carácter con alguien, quizá deberías hacerlo con—

—¡Uf! —exclama Freja, soltándose— Estoy harta de esto.

Su madre la mira, desconcertada.

—¿Harta de qué?

—¡De que me estés dando la chapa todo el rato! De que me digas lo desagradecida que soy, lo malhumorada que soy. ¡Lo siento, no puedo evitarlo! Soy una niñata. Una niñata malcriada. Ya está. ¿Es eso lo que quieres oír?

Hay un largo momento de respiración pesada entre las dos.

—¿Qué he hecho mal? —pregunta su madre, ahora con voz baja—. ¿Por qué me guardas rencor?

—No te guardo rencor, mamá —dice Freja, obligándose a no volver a gritar—. Deja de hacer que todo gire en torno a ti.

—No lo hago, solo—

El móvil de Freja empieza a sonar.

—Mira, de verdad tengo que irme. Es Line. Ya… ya hablaremos cuando vuelva, ¿vale?

—Vale, supongo.

—Adiós, mamá.

Y se baja del coche. Contesta la llamada, y Line le pregunta qué pasa, por qué tarda tanto, y Freja le dice que ya va.

Luego cuelga y mira hacia atrás, viendo a su madre dar la vuelta con el coche.

Freja duda un momento. ¿Ha sido demasiado dura?

Puede. Pero se está ahogando, y necesita alejarse un poco.

Aun así, levanta la mano para despedirse, aunque su madre probablemente no la vea.

Luego el coche desaparece, y Freja sigue caminando hacia el inicio de la fila.

Una puerta de coche se abre más adelante, y Freja acelera el paso, sonriendo al pensar en ver a sus amigas.

Pero al llegar a la puerta, ve a otra persona al volante. Un hombre. Con mascarilla quirúrgica, gafas de esquí y una ridícula peluca azul.

—Oh —dice Freja—. Perdón, pensaba que—

Entonces el hombre se inclina hacia fuera y le agarra la muñeca. Ocurre tan rápido que ni siquiera le da tiempo a gritar. Un instante después, está dentro del coche, forcejeando, siente un pinchazo en la nalga, más lucha, y luego solo hay oscuridad.

Mientras Freja vuelve a deslizarse en la oscuridad, lo último que siente es a alguien manipulándole el tobillo. Luego la levantan, flota en el aire y la colocan sobre una superficie dura y fría. Una luz intensa le golpea los ojos, y trata de girar la cabeza.

Entonces ve su mano vendada. Su meñique, encogido. Bajo la luz intensa, puede ver la uña. Y las letras que ha grabado en ella.

«Espero que lo vean», es su último pensamiento. «Quienquiera que reciba mi dedo… espero que vea el mensaje».

Y entonces, desaparece.