Escena Extra
Helena Collalto
Noche de Navidad– Nueva York
La chimenea crepita despacio, derramando un brillo dorado por el salón de nuestra casa.
Los niños ya duermen en la habitación. Exhaustos. Nosotros también, de cierta forma, porque para aguantar su ritmo corriendo con los primos, jugando, montando un caos delicioso, solo con un buen vino y un momento de silencio con mi marido.
Pietro está sentado en la alfombra, las largas piernas estiradas, la camisa de vestir abierta en el pecho.
El calor del fuego contornea sus músculos, pero es la mirada, esa que siempre me observa como si pudiera ver mi alma.
.. incluso después de años juntos, sigue mirándome y entendiéndome como nadie jamás consiguió hacerlo.
A mi lado hay una caja rectangular envuelta en un discreto papel color vino. A diferencia de los regalos que los niños abrieron antes, este llegó a mis manos solo cuando nos quedamos a solas.
—Ábrelo, amore —su voz es baja, ronca, con una ligera expectativa.
—Pietro, creí que ya me habías dado mi regalo... —Me había entregado un precioso collar con una piedra rosa, que mandó hacer exclusivamente en LeBlanc.
Me pone una cara desdeñosa.
—Ah, aquel fue el que todos pueden ver. Este es algo diferente.
Mi pecho se calienta de ansiedad.
Abro la caja despacio, sintiendo que las manos me tiemblan levemente. Dentro veo primero un álbum: tapa marrón, costura artesanal, detalles en dorado. Coloco la punta de los dedos sobre los detalles, admirando el cuidado.
—¿Has hecho esto? —pregunto, sorprendida.
—Yo no. —Sonríe de lado—. Los niños lo hicieron. Yo solo… organicé. No sería capaz de darte nada que no fuera perfecto.
“Organizó” significa que Pietro probablemente lo planeó durante meses, escogió con ellos cada foto, corrigió la posición, se metió con cualquier página torcida y amenazó con empezar de nuevo.
Eso… eso es amor, cuando se trata de él. Sabe lo organizada que soy, y siempre que va a hacerme alguna sorpresa se empeña en que nada salga mal.
Abro el álbum. Fotos nuestras a lo largo de los años:
Yo sosteniendo a Vittoria minutos después de nacer;
Pietro con Giovanni sobre los hombros, haciéndolo reír hasta perder el aire;
Nosotros dos en el bautizo de Vincenzo, una época en la que vivir en paz era casi imposible.
Siento que me arde la garganta. Mirar nuestros recuerdos montados con tanto cariño y llenos de mensajes de los niños escritos en cada página me deja emotiva.
—Pietro… esto es…
—No ha terminado. —Señala el fondo de la caja—. Falta lo principal.
Lo “principal”. Mi corazón se acelera pensando en qué puede ser todavía mejor que eso.
Una llave reposa allí, sujeta a un cordón de cuero. Antigua. Bellamente trabajada. Y un sobre.
Abro la carta con cuidado. Reconozco su caligrafía firme, esa que siempre me hace pensar cuántos contratos y cuántas muertes firmó con las mismas manos que ahora escriben para mí. Trayendo esos dos lados únicos de mi marido.
"Construí esto para ti, amore mio.
Un lugar que es solo tuyo.
Un lugar donde ningún pasado te alcanza.
Donde eres solo Helena, la mujer que amo,
no la superviviente."
Cuando termino de leer, estoy conteniendo las lágrimas.
—¿Qué es esta llave? —pregunto con la voz débil.
Pietro se levanta despacio, viniendo hasta mí. Se arrodilla, coge la llave, sostiene mi mano.
—Es nuestra casa nueva en Italia. Una casa solo nuestra, tal como tú siempre la describiste sin darte cuenta.
Con ventanales enormes, jardín, silencio…
y una vista que parece salida de tus sueños.
—Besa mis dedos—. Quiero que tengas un lugar donde puedas respirar sin miedo, aunque sepa que es muy difícil.
Donde nuestros hijos tengan recuerdos sin sangre.
El pecho se me encoge de una forma que duele.
Prestó atención a todas las veces que comentaba sobre mi infancia, sobre cómo siempre quise una casa tranquila, ya que con mi progenitor nunca conseguí eso.
—Pietro…
Levanta mi barbilla con el dedo, firme y delicado al mismo tiempo.
—Sé que el mundo nunca va a ser seguro para nosotros —confiesa—. Pero te juro, Helena… que pasaré el resto de mi vida intentando darte todos los pedazos de paz que pueda proporcionarte.
El aire desaparece de mis pulmones. Porque mi marido es perfecto. Siempre intenta darme un pedacito de paz, una pequeña ilusión de tranquilidad, aunque a veces dure pocas horas.
Siempre me da mucho más allá de la fuerza y la violencia que muestra al mundo... yo veo la vulnerabilidad, la entrega... Y eso es mucho más que cualquier promesa que haya recibido.
Acerco mi rostro al suyo, hasta que mi frente toca la suya.
—Tú eres mi hogar, Pietro… —susurro—. La casa es solo un extra.
—Tú eres todo mi mundo, amore mio.
Su boca encuentra la mía, es cálida, posesiva y urgente.
Las fotos alrededor, la llave, la chimenea, todo se desenfoca mientras me tumba sobre la alfombra y su cuerpo cubre el mío.
—Buon Natale, amore mio[31] —murmura contra mi cuello.
—Feliz Navidad, mi amor.
Y allí, bajo la luz del fuego, con el hombre que transformó mi caos en vida, me doy cuenta de que algunos regalos no vienen en cajas.
Vienen en forma de un hombre testarudo, peligroso…
…y completamente mío.
Pietro Collalto
El rostro de Helena se sonroja con el mismo tono rojo de su vestido: una perfecta mamá Noel, que voy a asegurarme de tener durante toda la noche.
—Amore mio, ¿sabes que la mejor parte de la Navidad empieza ahora? —susurro contra su cuello.
—¿Por qué? —pregunta con una sonrisa seductora, de esas de quien está lista para hacer alguna travesura.
—Porque voy a desenvolver mi regalo y a disfrutarlo toda la noche. Mejor, toda la vida. Eres lo mejor que tengo, mia bella.
Mi mano busca el cierre de su vestido, y lo bajo lentamente, viendo cómo la piel de Helena se eriza con cada toque mío.
Y nada me prepara para ver a mi mujer con un conjunto rojo que deja poco a la imaginación.
—Ahora que lo has desenvuelto —la descarada sonríe—. ¿Te ha gustado el contenido?
—Dio mio, sabes que eres la mujer más perfecta, y mía, toda mía.
Mi boca vuelve a la suya, en un deseo avasallador.
Helena es la única mujer capaz de hacer que mi autocontrol implosione con un suspiro.
La chimenea proyecta sombras por su cuerpo mientras la acerco más, mis piernas encajando las suyas entre las mías. El aroma a cereza, la forma en que me mira… Dio, esa mirada de complicidad siempre me acierta en el pecho como un golpe certero.
—Guarda come mi guardi[32]… —murmuro contra su boca, rozando mis labios con los suyos, solo para oírla contener la respiración—. Solo yo te veo así. Solo yo tengo esto.
—Siempre, mi amor —devuelve con una voz baja y llena de deseo.
Mia bella desliza las manos por mi nuca, tirándome del pelo de esa forma que sabe que me saca del eje.
Mis manos pasan por sus curvas, apretando cada una de ellas, manteniéndolas en mi memoria.
Bajo besos por su cuello hasta llegar a su pecho por encima del sujetador transparente. El pezón hinchado me llama y no resisto morderlo.
El gemido bajo que escapa de ella me desarma y me enciende.
—Pietro… —susurra mi mujer, y eso basta. Siempre basta.
Paso la mano por su cintura, llegando a su muslo y a su sexo, que ya está empapado. Mi dedo invade sus bragas, rodeando su clítoris y haciendo que busque más contacto. Y yo se lo entrego... Doy todo lo que mia bella donna pide.
Froto su montoncito de placer al mismo tiempo que invado su coño apretado —sí, incluso después de años siendo mía, sigue siendo una tentación para mí—, haciéndola soltar gemidos. Dejando claro que allí, en ese instante, nada en el mundo existe más allá de ella y de mí.
—No imaginas cuánto ansiaba tener este momento solo nuestro… Incluso después de todos estos años contigo, Cerecita, siempre ansío más —digo, con la voz ronca, cargada de deseo y de algo más profundo—. Mi mujer. Mi caos. Mi paz.
Me sostiene el rostro con las dos manos, como si quisiera anclar algo en mí.
—Yo también, Pietro. Eres mi puerto. Mi todo.
Nuestras bocas se encuentran en un beso sensual, devorador. Siento todo su sabor y, Dio mio, es único.
Bajo mordiscos por su cuello, lento, deliberado, sintiendo su cuerpo arquearse bajo el mío. Sus uñas arañan mis hombros, pidiéndome más sin necesidad de decir una sola palabra.
La intensidad crece entre nosotros, caliente y urgente, pero aun así envuelta en esa familiaridad que solo construimos sobreviviendo juntos al infierno.
La forma en que me toca… la forma en que tira de mí…
Helena nunca necesitó pedirme nada.
Su cuerpo habla una lengua que solo yo entiendo.
Siento su cuerpo temblar, mostrando que está a punto de correrse, así que aumento mis acometidas y ella gime en mi oído, haciendo que la polla me duela contra los calzoncillos.
—Córrete para mí, Cerecita —ordeno contra su oído.
Y se derrama de una vez, su coño caliente apretando mis dedos y ella gimiendo mi nombre.
Me quito rápidamente la ropa.
—Pietro, te necesito —murmura bajito y temblando.
—Siempre estaré aquí para ti, amore mio.
Me encajo de nuevo entre sus piernas, solo aparto sus malditas bragas rojas y arremeto dentro de ella de una sola vez, haciendo que su cuerpo se arquee con la invasión.
Y, per Dio, qué coño caliente.
—Si pudiera, nunca saldría de aquí, de este coño caliente apretándome así. Es el mejor regalo de Navidad que podría querer.
Me muevo con ella, por ella, como si estuviéramos sincronizados desde siempre. Como si mi vida entera me hubiera preparado para vivir siempre este momento.
Embisto con fuerza contra Helena, dándole todo lo que necesita.
Haciendo que nuestros cuerpos se fundan de una forma solo nuestra. El sudor resbala por nuestras pieles, mezclándose con el olor a cereza y sexo, inundando el salón con el aroma embriagador.
—Pietro, Dios mío, no voy a aguantar mucho más.
Cambio nuestras posiciones, dejando a Helena a cuatro patas sobre la alfombra, con el culo levantado en mi dirección.
Agarro su pelo rubio al mismo tiempo que le doy palmadas en el culo, que inmediatamente se pone rojo, haciendo juego con las bragas. Mejor, con el tanga rojo que lleva en el culo.
Le sujeto la cintura, entrando y saliendo de forma ruda de mi Cerecita, haciendo que gima más alto.
—Si gritas, vas a despertar a los niños —me burlo, pero sé que no oirían lo que estamos haciendo.
—Joder, Pietro —gime más bajo, en una súplica y una queja.
Siento cómo sus paredes me ordeñan, apretándome la polla, haciendo que casi me vuelva loco.
—Córrete conmigo, mia deliziosa...
Eso es todo el detonante que necesita. Su cuerpo convulsiona y tengo que sujetarla con firmeza para que no caiga, mientras me derramo en su interior, corriéndome de cojones, marcando a mi mujer como un maldito hombre de las cavernas.
Salgo de ella, viendo mi semen escurrir entre sus piernas, apoyo su cuerpo, levantándola y sentándola en mi regazo, y la sonrisa que Helena me da me rompe.
—Ti amo, amore mio —susurro, besándole el pelo.
—Te amo, mi amor.
Ella es el centro de todo mi mundo.
Y siempre lo será.
Cuando finalmente la atraigo contra mí, respirando contra su piel, percibo que mi corazón late demasiado rápido, como si fuera a explotar. Esa es siempre la sensación que Helena provoca en mí.
Poco a poco intentamos calmar nuestras respiraciones.
Helena pasa los dedos por mi barba, sonriendo jadeante.
—Buon Natale, mio amore…
Sonrío bajo, apoyando mi frente en la suya.
—No. Buon Natale es tenerte así —digo, besando su boca despacio, como si el mundo pudiera acabar allí mismo y a mí no me importara—. Tu sei il mio destino[33].
Y, per Dio, lo es y siempre lo será.