Capítulo 50
Pietro Collalto
Todo ocurre demasiado rápido delante de mis ojos.
En un segundo Helena recibe un disparo, y al siguiente mis sobrinos están tendidos en el suelo, muertos. El mundo a mi alrededor se convierte en un borrón de desesperación, gritos y sangre, pero todo lo que veo es a Tizziano desplomándose, el pecho manchado de rojo.
—Tizziano, no hagas esto, hermano, per favore —digo sosteniendo su cuerpo.
Giulia está gritando aterrada, con un dolor tan profundo que perfora mis oídos como una navaja.
—Amore mio, no me hagas esto, no puedo vivir sin ti —llora copiosamente, sollozando sin control, con las manos temblándole al tocar el rostro de su marido.
Los ojos de Tizziano están pesados, la consciencia parece abandonarlo a cada segundo. La sangre le escurre por las comisuras de la boca, y su respiración sale fallida, ahogada. Aun así, fuerza las palabras.
—Amore della mia vita, ti amo così tanto, perdonami[29]...
—¡Joder, que alguien coja la ambulancia! —grito, pero mi voz parece distante, amortiguada por el terror del momento.
Giulia se aferra al cuerpo de Tizziano, como si pudiera sujetarlo a la vida con su propia fuerza.
—Amore mio, me has salvado, ¿por qué has hecho eso? ¡No puedo vivir sin ti y sin los niños! ¡Llévame contigo, por favor! ¿Cómo voy a soportarlo? ¡Mi corazón va a morir contigo! —Su desesperación es asfixiante, sus sollozos irregulares hacen que todo su cuerpo tiemble.
Tizziano cierra los ojos durante un instante, después hace un esfuerzo visible para abrirlos y mirar a Giulia.
—Yo no... conseguiría ya... vivir sin ti. Tienes que... ser fuerte por Alessia.
—Hermano, no, no puedes morir así. —Siento como si hubiera recibido un puñetazo en el pecho y respirar se volviera difícil. Mi mano sujeta la suya con fuerza, como si pudiera impedir que se marchara.
Tizziano vuelve la atención hacia mí, apretándome la mano. Habla bajo, casi sin fuerzas.
—Cuida de ella por mí... y mata a quien les hizo esto a mis hijos. —Mira dentro de mis ojos dándome una orden.
Su última orden...
—No voy a descansar hasta matarlos uno por uno.
Una lágrima se desliza por su rostro cuando el apretón en mi mano finalmente se afloja y su cabeza cae hacia un lado.
¡NO!
El vacío que me engulle es frío y absoluto. El hombre que siempre estuvo a mi lado, incluso con todas nuestras peleas, nuestros enfrentamientos, él era la fuerza de nuestra familia, simplemente... se ha ido.
—NO... NO... NO PUEDE SER. ¡DESPIERTA, DESPIERTA! —Giulia grita a pleno pulmón, golpeando a Tizziano. Su grito me arranca del entumecimiento.
Golpea a Tizziano como si pudiera traerlo de vuelta. Su rostro está empapado de lágrimas, y sus sollozos se van convirtiendo en gritos de puro dolor.
Coloco el cuerpo de él en el suelo y le sujeto los hombros, intentando contenerla, pero se debate contra mí.
—Pietro, suéltame, ¡él no puede morir! ¿Por qué? ¿Por qué Dios ha permitido esto? —grita mientras golpea mi pecho, pero no siento nada. Ningún dolor físico puede superar este.
Nathan aparece a mi lado y abre mucho los ojos ante la escena de destrucción frente a nosotros.
—Han pinchado los cuatro neumáticos de la ambulancia. Vamos a meterlos en los coches y llevarlos al hospital, ya vienen otras ambulancias hacia aquí.
Mis puños se cierran, y la promesa que le hice a Tizziano arde dentro de mí como fuego.
—Están todos muertos, Nathan. Y voy a matar uno por uno a quienes le hicieron esto a mi familia.
Giulia pierde las fuerzas contra mis brazos después de oír mis palabras y se desmaya. La sostengo antes de que caiga y la coloco en brazos de Nathan.
—Joder, vamos al coche, necesito llevarla a ella y a Helena al hospital.
Nathan corre para meter a Giulia en el coche, y yo me giro hacia mi mujer, que está estática, mirando fijamente los cuerpos sin vida de mis sobrinos mientras sostiene a Alessia.
—¡Helena! —Avanzo hasta ella y me detengo cuando veo la ropa de Alessia.
Sangre.
Mi corazón se detiene. La desesperación me engulle entero.
—Helena, ¿está herida? —Mi voz sale sofocada, la adrenalina y el miedo cegándome. No puedo perderla también.
Parpadea y por fin sale de su entumecimiento, mirando a la niña, buscando una herida. El alivio me alcanza como un puñetazo cuando percibo que está bien.
Pero entonces mis ojos encuentran los de Helena. Su mirada se pierde durante un segundo, y sigo el rastro de sangre que baja por su brazo, extendiéndose por su vestido.
—Joder, la sangre es tuya.
Toco su cuerpo, buscando la herida. Está sangrando más de lo que debería. Mucho más. La desesperación me toma de nuevo.
—Vamos, tenemos que llegar rápido al hospital.
No puedo perderte.
¡Jamás!
—¿Y Vittoria? —pregunta todavía perdida, cuando la meto en el coche.
—Está con tu hermano en la habitación segura. Se quedarán allí hasta que sea seguro salir. —En cuanto empezó toda esta confusión, le pedí a Henrique que cuidara de mi hija, porque estaba dentro de casa con ella.
Asiente, sin soltar a Alessia ni por un segundo. Le abrocho el cinturón y hablo con Nathan antes de entrar en el coche.
—Avisa a mi padre, a Lorenzo y a Renzo para que vengan aquí. Y no dejes que muevan el cuerpo de mi hermano si no tienes la certeza de que confías en quien lo haga.
Conduzco hasta el hospital a tanta velocidad que casi podría matarnos.
Salgo del coche y ya nos esperan en la puerta.
Saco a Helena del coche y la coloco en la silla de ruedas. Ayudo a sacar a Giulia y a ponerla en la camilla.
—Helena, dame a Alessia —pide la doctora que la ayudó en el parto. Pero no suelta a nuestra sobrina.
Me agacho frente a la silla y hablo con ella.
—Amore mio, mírame —pido, haciendo que me mire—. Necesitas cuidados ahora, dame a Alessia, va a estar bien.
Finalmente me la entrega y me preocupa la cantidad de sangre que está perdiendo.
—Doctora, salve a mi mujer.
—Haremos todo lo posible, señor Collalto.
Otra enfermera me pide ver a Alessia, y se la entrego yendo con ella a la sala donde empieza el examen.
No puedo perder a ninguna más de ellas hoy.
Cierro la mano en un puño, conteniendo el grito que está atrapado en mi garganta.
Se arrepentirán de haberse metido con mi familia.
Poco más de veinte minutos después, mi madre y mi hermana llegan al hospital.
—Hijo mío, ¿qué ha pasado? —apenas consigue hablar en medio de su llanto compulsivo.
—Necesito que te quedes aquí con Alessia. Voy a ver cómo están Helena y Giulia.
Me abraza y siento una punzada.
—Pietro, ¿estás herido? —Su voz se desespera—. Tienen que ver qué es.
La separo de mi cuerpo antes de que empiece a montar un escándalo aquí, hasta que aparezca un médico para verme.
—En cuanto tenga noticias de mi mujer, veré qué es —aviso, yendo hacia la puerta.
—No puedo perderte a ti también. ¿Me estás entendiendo? —Se sorbe la nariz, y siento su dolor.
—No va a pasar, mamma, voy a seguir vivo el tiempo suficiente para matar a cada uno de ellos.
Salgo de la sala y voy en busca de información.
—¿Cómo está Helena? —Detengo a uno de los médicos.
—Todavía está en cirugía.
—¿Cómo que todavía? Si ni siquiera me han dicho que necesitaba cirugía. —Agarro al médico por el cuello de la bata.
—Disculpe, con tantos heridos llegando, no lo comunicamos.
Ha perdido mucha sangre, tuvimos que hacerle una transfusión y la bala estaba alojada en su hombro, por suerte en un lugar de fácil acceso, lo que no debería derivar en ningún problema —explica con los ojos abiertos de par en par. Lo suelto y enseguida da un paso atrás.
Me paso la mano por el pelo, respirando hondo, buscando la paciencia que no tengo.
—Quiero noticias de ella cada quince minutos o entraré personalmente ahí, ¿entendido?
—Sí, señor —responde tartamudeando—. Usted también necesita ver esa herida. —Señala mi camisa rasgada.
—La veré. ¿Y mi cuñada? —pregunto siguiéndolo hasta una sala de exploración.
—Tuvimos que sedarla porque estaba muy alterada. Tiene heridas en la cabeza y en la pierna. Tendremos que esperar a que despierte para saber cómo reaccionará.
Asiento, un poco más tranquilo, pero sé que cuando despierte será muy difícil que soporte el dolor.
Mira mis heridas, da los puntos necesarios donde recibí disparos de refilón y me da el alta.
Nathan llega al hospital con cuatro soldados en los que tenemos confianza.
—Hemos tenido algunas bajas hoy, así que ya estoy pidiendo refuerzos de Italia y de algunos territorios de tus primos. Tu padre está ocupándose del velatorio de tu hermano.
—Quiero la cabeza de quien hizo esto. Y no voy a descansar hasta matarlos uno por uno —mi voz sale fría y con todo el dolor y la furia que estoy sintiendo.
—Vamos a acabar con todos ellos.
Nathan tenía tanta sangre en los ojos como yo.
Se arrepentirán del momento en que eligieron atacar a mi familia.
No quería alejarme del lado de Helena, pero mis obligaciones con la mafia no se detenían, así que mandé que me encontraran en el hospital. Cerramos un ala entera del hospital, dejando entrar solo a algunas personas autorizadas.
—Pietro, sabes que con la muerte de tu hermano te conviertes en el nuevo capo di tutti i capi, ¿verdad? —Papá está con el semblante abatido, parece haber envejecido una década en apenas unas horas.
Observo a mi padre, mirándome con una mirada inquisitiva.
No, no hay nada claro, no he pensado en esa mierda.
—No me había acordado de eso, tenemos a... —Mis palabras mueren al pensar en mis sobrinos.
¡Todos muertos también!
Toda la línea de sucesión de Tizziano fue quebrada. Siguiendo directamente hacia mí.
—No hay nadie más, Pietro, ahora tú eres el sucesor. Voy a acabar con esos malditos con mis propias manos, ¡han matado a mi primogénito y a mis nietos! Han invadido nuestra casa. No vamos a dejar esto barato, lo entiendes, ¿verdad? —su voz tiene una furia cortante.
Hacía mucho tiempo que no veía a mi padre con tanto desespero y rabia.
—Ya me estoy encargando de todo. Solo necesitaré reorganizar algunos cargos.
Papá está rojo, su respiración pesada.
—Nuestros enemigos creerán que estamos débiles e intentarán ir contra nosotros. Así que vamos a calcular todos los pasos de aquí en adelante. Dejaremos que crean que pueden con nosotros. —Papá siempre fue estratega, todo lo que sé lo aprendí durante años a su lado.
—Fortaleceré nuestras alianzas. Y aquellos que osen atacar morirán.
—Pietro, sé que no te crié para ser el jefe, pero no tengo dudas sobre tu capacidad.
No respondo, porque sé que, independientemente de cualquier cosa, no tengo elección.
Mi vida, como siempre, poniéndose patas arriba.
Lorenzo y Renzo llegan al hospital.
Y mis primos tienen la misma sed de venganza que yo.
—Vamos a ayudarte con la venganza, se arrepentirán de haberse metido con la famiglia. —Lorenzo aprieta mi hombro y tiene la misma mirada asesina que mi padre y Renzo.
Siempre supe que podía contar con mi familia, y ahora será el momento en que todos los que conspiraron contra nosotros caerán.
Nathan entra en la sala y me hace una señal, y ya sé que ha hablado con Theo.
Le pedí que cobrara el favor que me debía.
Sin duda ahora cobraría los favores que hice a lo largo de los años.
Quiero la vida entera de algunas personas monitorizada. Desde monitorizar todo el día hasta las cámaras de seguridad de las calles, sus pasos, todo.
Sabía que él y Karen tenían sistemas ilícitos que hacían eso.
Renzo cruza los brazos y me mira con determinación.
—¿Ya tienes algún plan en mente para descubrir quién hizo esto?
—En realidad, tengo la certeza sobre dos personas, pero sé que esto es mucho más grande. Querían derribar a Tizziano y a nuestra familia.
Consiguieron matar a mi hermano, pero no dejaré que acaben con mi familia. No tienen ni idea de lo que han despertado en mí.
El deseo crudo de acabar con todos.
—¿Y a qué estás esperando para matar a quienes ya sabes?
—Paciencia, Renzo. No voy solo a matarlos, voy a torturarlos, a hacer que sufran.
Lorenzo abre una sonrisa sádica al oír mis palabras.
—Puedes contar conmigo, mantendré Washington tranquila para ti.
—Probablemente cuando termine no quedará nada tranquilo. Estate preparado para el caos.
Mi primo cruza los brazos y me mira, asintiendo con la cabeza.
—Ese es tu mejor lado.
A Lorenzo le gusta ver el caos.
—Tenemos que prepararnos bien para cuando todo se derrumbe. Sé que no va a ser bonito, pero por cómo estás hablando, será peor de lo que pensé.
Camino hasta Renzo y aprieto su hombro.
—Puedes estar tranquilo. Lo máximo que va a pasar es que empecemos todo de nuevo.
Sus ojos se abren de par en par.
Salgo de la sala en la que estábamos y voy hasta la habitación para ver a Helena, que en este momento es mi prioridad.