Capítulo 48
Pietro Collalto
Después de la fiesta, por fin pude matar la nostalgia de Helena, pero ahora he tenido que salir con Tizziano, al fin y al cabo mis deberes con la mafia están por encima de cualquier cosa.
Llegamos al galpón donde Nathan ha traído a Genaro, nuestro contable.
El hijo de puta está atado a una silla, con la cara destrozada, y cuando me ve riendo en su dirección, su rostro no es nada más que sorpresa.
—Alguien ha tenido una buena noche. Mira, Genaro, tal vez sea tu día de suerte.
Respira de forma desacompasada en cuanto escucha las palabras de Nathan.
—Donato, ¿le has sacado algo? —pregunto.
—Sí, señor. Ha dado el nombre de dos soldados más de vuestra familia que estaban involucrados en el esquema. Y también nos ha contado que los albaneses le pagaron para hacer esos agujeros en los negocios de la mafia.
No desconfiaba de ese idiota en vano. Lo miro, intentando imaginar si nos creen idiotas.
—Genaro, ¿de verdad pensaste que podrías vivir después de traicionarme? —mi voz sale baja, en un tono calmado y sin emoción.
—No, pero si no hubieras puesto a esa entrometida a encargarse de los negocios, nunca lo habrías sabido. Estaba todo muy bien hecho. Si hubiera seguido solo un año más, tus negocios habrían sucumbido y vosotros ni siquiera sabríais qué había pasado.
Lo miro a la cara y suelto una carcajada.
—¿De verdad crees, de verdad, que tenías alguna posibilidad? Ya sabía que estabas haciendo algo mal. Poner a Helena ahí solo fue acelerar el proceso, porque necesitaba saber la mierda exacta que estabas haciendo.
—¿Cómo... cómo?
Tizziano se acerca más y levanta el rostro ensangrentado de Genaro.
—¿Crees que aquí ocurre cualquier cosa sin que lo sepamos? Podíamos no saber cómo lo estabas haciendo. Pero Pietro y yo siempre supimos que estabas planeando algo. Te dimos cuerda solo para ver hasta dónde eras capaz de llegar. Y llegaste lejos involucrándote con la mafia albanesa.
Me paso la mano por el pelo, respirando hondo porque no tengo ganas de lidiar con traidores, pero hablo:
—El problema de esos canallas es creer que pueden engañar al capo di tutti i capi.
—Tizziano, frío y calculador, siempre desenmascara las traiciones.
Cuando alguien osa desafiarnos, actuamos con precisión para identificar al verdadero autor y sus intereses.
Al fin y al cabo, siempre demostramos que estamos incontestablemente al mando.
—Vosotros también caeréis.
—Sí, llevo más de diez años oyendo eso. —Mi hermano le da un puñetazo en la cara a Genaro, que hace que su mandíbula cruja—.
Creéis que atacarme, intentar robarme o traicionarme hará que la mafia sea más débil, pero si un Collalto cae, otros dos se alzan.
Jamás conseguiréis acabar con nuestra familia.
Tiene odio en la voz. Cansancio por todo lo que ya ha pasado. Tener siempre a alguien queriendo acabar con su vida y su familia es demasiado desgastante.
Tizziano saca el arma de la funda y la amartilla, apartándose de Genaro.
—No, por favor, no.
Abro una sonrisa fría, llamando la atención del montón de mierda frente a Tizziano.
—¿Ahora suplicas por tu vida? Hace dos segundos, ¿no estabas maldiciendo a mi familia?
—Estaba equivocado, perdóname —se desespera.
Tizziano apunta el arma en su dirección.
—Nathan, quiero que mates a toda su familia. —Sus ojos se abren de par en par, intenta soltarse, en vano, de la silla—. Va a morir sabiendo que causó la muerte de todos los que ama.
—¡No!
Los ojos del hombre doblan su tamaño cuando Tizziano acierta precisamente en medio de su frente.
—Ya estaban presos, seguiremos las órdenes.
Él asiente a Nathan y se gira hacia mí, guardando el arma.
—Vamos, Giulia no volvió muy bien de la fiesta ayer. Imagino que en pocos días nacerá Alessia.
—Claro, no quiero dejar a mi esposa sola, justo ahora que por fin me ha perdonado.
Tizziano abre una de sus pocas sonrisas.
—Por fin lo has conseguido. Te dije que esconderle las cosas no iba a salir bien.
—Voy a escucharte más. Al fin y al cabo, llevas muchos años casado, alguna cosa útil tendrás que enseñarle a tu hermano —bromeo.
—Solo tienes que reconocer que ella siempre tiene razón y no tendrás mayores problemas.
Eso es clásico, papá siempre dice lo mismo, y no puedo discrepar de mi hermano.
—Lo peor es que es difícil que no tenga razón, es inteligente de cojones.
—Eso no se puede discutir. Helena no necesitó más de un mes para descubrir lo que estaba ocurriendo con detalles. Aprovecha sus habilidades y vamos a fondo con todo esto. Cuando ataquemos de una vez a la mafia albanesa, no quedará nada de ellos.
Abro una sonrisa orgullosa por mi mujer.
—Estoy seguro de que va a ser una pieza fundamental para la famiglia. En poco tiempo acabaremos con este dolor de cabeza de los albaneses.
—Sí, hermano, al final elegiste bien a tu mujer.
Jamás lo dudé.
Helena es y siempre será mi mejor elección.
Observo, por la luz débil que entra por las ventanas, a mi mujer durmiendo tranquilamente.
Después de pasar básicamente una noche insomne porque Vittoria se negó a quedarse quieta en su barriga.
Helena solo consiguió dormir de madrugada, así que no oso moverme para no despertarla. En el último mes trabajó mucho para dejarlo todo en orden para el nacimiento de nuestra niña. Y estamos esperando que ocurra en cualquier momento.
Cada día es una mezcla de sentimientos, solo espero que su nacimiento sea más tranquilo que el de Alessia.
Giulia sufrió y casi perdimos a las dos debido a una complicación en el parto que no entendí muy bien.
Vi a mi hermano casi poner el hospital patas arriba.
Nunca lo había visto perder completamente el control.
Imagino que si fuera yo en su lugar no actuaría de forma diferente. No puedo negar que me rompió verlo llorando en la capilla del hospital, pidiéndole a Dio que se lo llevara a él, pero que no le quitara la vida a Giulia, porque ella era su vida.
Sin duda, mi cuñada es el corazón que mi hermano nunca tuvo.
—¿Vas a quedarte mirándome todo el día?
Mi Cerecita susurra con voz de sueño.
—Si pudiera, seguro que lo haría. Te garantizo que no hay una visión más bonita.
—Muy gracioso. ¿Puedes ayudarme a levantarme? Me siento un poco mareada.
Toda la tranquilidad es sustituida por la tensión al saber que se encuentra mal.
—¿Qué tienes?
—No sé, unas pocas contracciones, no sé explicarlo. Solo quiero levantarme y lavarme la cara.
Salgo de la cama y la sostengo. La llevo hasta el baño, percibo que hace ligeras muecas, así que no me aparto de ella mientras se ducha. Se seca y viene en mi dirección.
—Amore mio, ¿qué está pasando? —mis palabras apenas terminan y ella mira al suelo, y veo que se forma un charco.
—Se me ha roto la bolsa. Eso es lo que ha pasado.
—Dio mio, ¡Helena! ¿Qué tengo que hacer? —Voy hasta ella y la cojo en brazos.
—Pietro, no hace falta, soy capaz de caminar.
—No voy a arriesgarme a que os pase nada.
—Amore, que Giulia tuviera una complicación no quiere decir que yo también vaya a tenerla. —Sabe exactamente cuál es mi miedo—. Ahora recuerda lo que acordamos, ya está todo listo, solo necesitamos avisar a la doctora, coger la bolsa y después salimos cuando me vista. No puedo salir desnuda.
Me mira esperando que la ponga en el suelo. Lo hago, pero mi corazón late tan fuerte contra mi pecho que apenas consigo pensar bien.
—Salir desnuda no es una opción. —Cruzo los brazos delante del pecho intentando calmarme y no demostrarle a Helena que me muero de miedo de que ocurra algo.
Pone los ojos en blanco mientras se viste con un vestido y me entrega las bolsas de maternidad que ya estaban preparadas.
Nos detenemos delante del coche y me aprieta la mano con tanta fuerza y hace una mueca de dolor que me asusta.
—¿Amore? Respira, como enseñó la médica, ¿recuerdas?
—Es fácil hablar porque no eres tú quien está sintiendo las contracciones. Puta que pariu de dor do caralho[27]. —Dice la última parte toda en portugués.
Insultar en portugués tiene una entonación mucho mejor, consigo sentir toda su rabia.
Vamos al hospital. De camino, aviso a su hermano y a nuestra familia.
La médica ya nos esperaba y, después del ingreso, esperamos horas hasta que Helena tuviera dilatación suficiente, sea lo que sea que eso significara.
Mi aflicción ahora es enorme. Helena está visiblemente sufriendo de dolor.
Estoy sentado con ella entre mis piernas. Mientras la doctora le ordena que haga fuerza.
—Vamos, Helena, en la próxima vas a empujar con todas tus fuerzas.
—No aguanto más —habla llorando en medio del dolor.
—Tú puedes, amore mio, eres fuerte, nuestra Vittoria está casi aquí.
Y una vez más lo intenta, y entonces escuchamos el llanto.
—Lo has conseguido, Helena. Enhorabuena, papás. Señor Collalto, ¿quiere cortar el cordón?
Helena asiente positivamente para mí.
Salgo de detrás de ella, con la enfermera ayudándola a apoyarse en la cama, y hago los procedimientos, viendo a mi niñita ser envuelta y entregada en los brazos de mi mujer. En este momento veo la importancia de mi vida entera resumida en dos mujeres.
—Amore mio, nuestra Vittoria es tan preciosa como tú.
Sus cabellos rubios son tan claros que desaparecen en la cabeza, mira a su madre y percibo los ojos claros. Es igual a mia bella.
Helena llora mientras sostiene a nuestra hija en brazos.
No me contengo y la amparo entre mis brazos con cuidado de no hacerles daño.
—Pietro, es tan perfecta, Dios mío —su voz está embargada.
—Sí, amore mio. Es nuestra perfección. Os amo.
—Yo también te amo.
La enfermera avisa de que necesita hacer los procedimientos de rutina a las dos, y Helena me pidió que la acompañara sin quitarle los ojos de encima ni un minuto. Como si alguien estuviera lo bastante loco para hacerle daño a mi hija.
Y quién diría que un maldito mafioso, que es un asesino cruel, quedaría tan rendido por un pedacito de persona tan pequeño.
Solo de pensar que puede hacerse daño ya tengo ganas de acabar con el mundo.
La enfermera vuelve con ella, ya limpia, a mis brazos.
Y apenas tengo habilidad para sujetarla, de tan pequeñita que es.
—Mia principessa, prometo que jamás voy a dejar que nada malo te pase, aunque para eso tenga que dar mi vida.
Me mira con sus pequeños ojos verdes. Y sé que la definición de amor son, sin duda, las dos mujeres de mi vida.