Pietro Collalto: Embarazada del Mafioso que me Engañó Capítulo 44
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Capítulo 44

Pietro Collalto

Dos malditos días sin conseguir dormir, ni hacer absolutamente nada que no sea querer matar a quien hizo que Helena descubriera lo de la mafia antes de que yo pudiera contárselo. Ahora está encerrada en la puta habitación y solo sé que está bien porque su hermano entra y sale de allí con comida.

Estoy frente a la puerta, y joder, ya no soporto seguir esperando sabiendo que está sola ahí dentro.

Le di un poco de espacio, como me pidió, para que pensara en todo. Sé cómo funciona su cabeza, pero ya no puedo quedarme aquí solo mirando cómo ocurre todo.

Abro la puerta y levanta los ojos del ordenador hacia mí.

Incluso en la cama, está trabajando. Ni siquiera se ha tomado la molestia de quitarse el camisón.

Veo las ojeras profundas bajo esos ojos tan hermosos. Y eso me rompe un poco más.

No voy a dejar que vuelva a romperse.

Camino con pasos decididos hasta acercarme a ella.

—¿Qué haces aquí? —pregunta con la voz firme.

—He venido a ver cómo estás.

—Ya lo has visto. Estoy viva, puedes dejarme en paz ahora —responde desviando la mirada de nuevo hacia el ordenador.

—No voy a dejarte en paz. Te dije que no iba a dejarte salir de mi vida, no estaba bromeando.

—Estoy esperando a nuestra hija, creo que ni aunque quisiera conseguiría irme. —Esas palabras me traen una sensación distinta. Saber que no quiere que salga de su vida me da esperanzas de que me perdone pronto.

—Amore mio, perdóname por no habértelo dicho antes. Pero no podría haber hecho nada diferente, naciste para ser mía.

No me responde. Alguien llama a la puerta y ella manda entrar antes de que yo diga cualquier cosa. Nathan entra.

Mira a Helena y enseguida desvía la mirada.

Muy inteligente, ya que ella está en camisón y, aunque no sea uno de los transparentes, muestra muy bien su cuerpo.

—¿Qué quieres aquí?

—He venido a hablar con Helena.

Antes de que lo mande irse, ella se mete.

—Puedes hablar, Nathan.

Resoplo, porque no me dijo que ella quería hablar con él.

—He conseguido la autorización del vuelo que pediste. El avión sale mañana temprano.

Qué cojones, ¿cómo que ha conseguido un vuelo para mi mujer sin hablar conmigo?

—¿Vuelo adónde? ¿Y por qué no estoy enterado? —pregunto mirando a Nathan, mi voz fría, y él entiende bien que no debería dejarme a oscuras.

—Voy a Brasil. He adelantado mi viaje, ya que no nos fuimos de luna de miel. Y tú no estás enterado porque no tiene una puta mierda que ver con mi vida.

Ah, pero no tiene ni idea de lo que es estar casada con un mafioso.

—Sueña con eso. Tú solo sales de aquí sola por encima de mi cadáver. Vamos juntos y no hay discusión.

—Haz lo que quieras. Solo no me des la lata. Ahora puedes dejarme, que voy a cambiarme, necesito entrenar un poco antes de que decida romperte a ti. —Cierra el portátil y sale de la cama. Yo solo miro a Nathan, que entiende el mensaje y sale rápidamente de la habitación.

—No deberías provocarme, Helena.

—No lo estoy haciendo, solo sal de la habitación y déjame en paz —dice con desdén.

—No voy a irme a ningún sitio.

Me mira por encima del hombro. Respira hondo y simplemente se quita el camisón, quedándose en bragas.

Esta mujer quiere matarme. Seguro que es eso.

Veo su culito redondo vuelto hacia mí. Mientras se recoge el pelo en un moño, mete los dedos a cada lado y se baja las bragas, dejando el pedazo de tela en el suelo mientras camina hacia el baño.

Esa diabla rubia quiere acabar conmigo.

¡Maldita!

Escucho la ducha encenderse y, como un verdadero masoquista, camino hasta el baño y la veo duchándose. Cada pedazo de su cuerpo perfecto, la barriga que ya tiene una forma más redondeada, mostrando que nuestra niñita crece cada día más.

Helena termina y se seca mirándome a los ojos, sin desviarlos ni un segundo.

Cuando acaba, pasa desnuda junto a mí. Me apresuro tras ella. Y no me contengo de aprisionar su cuerpo contra la puerta. Le sujeto el cuello sin aplicar presión suficiente para hacerle daño.

—Te da placer provocarme así, ¿verdad?

—Tal vez sí. No sabes la mierda que hiciste al esconderme todo esto. Me metiste en un mundo sin preguntarme si yo quería eso. Ahora aguanta las consecuencias. Te avisé de que no era fácil lidiar conmigo. —¿Por qué tuve que enamorarme de la más difícil?

Me aparta la mano del cuello y sale vistiéndose.

Voy detrás de ella, acomodándome la puta erección enorme que se ha formado.

—¿Vas a salir así? —se gira y señala el volumen que estoy ostentando.

—No tengo ningún problema con que sepan lo que mi mujer hace conmigo.

Niega con la cabeza y sale suspirando.

—Sabes que no puedes entrenar fuerte en muay thai, ¿verdad?

—Sí, hablé con mis médicos sobre ejercicio, ¿ya lo has olvidado?

No, pero en cuanto la veo coger los guantes sé que necesita desahogarse, y no suele hacerlo de forma contenida.

A lo largo de este último mes solo estaba haciendo ejercicios normales, sin luchar. Así que me preocupo al instante.

—No, entonces voy a entrenar contigo.

Levanta una ceja.

—¿Puedo usar tu cara como saco de boxeo?

—Depende. Si haces eso y después todos nuestros problemas quedan en el pasado, entonces sí, puedes.

Me hace un corte de mangas antes de meter la mano en el guante y va hacia el saco de boxeo, descargando golpes en él.

Con lo enfadada que está, si mi cara estuviera ahí, seguro que me rompería todo el rostro.

No aparto los ojos de ella ni un minuto.

Ni siquiera cuando Nathan entra y se detiene a mi lado.

—¿Por qué no me avisaste de que va a Brasil mañana? Sabes que no voy a dejarla ir sola.

—Porque ya lo sabía. Iba a avisarte de que había adelantado para esta semana todo lo que necesitas resolver en Brasil, y así podrías ir con ella.

—Ya no sé por qué me sorprendo contigo.

—¿Cómo está lidiando con saber que está casada con un mafioso?

—Quitando la parte en la que me echó de la habitación y me pidió tiempo para procesarlo todo, hasta bastante bien.

Y considerando que le gustaría hacer con mi cara lo que está haciendo con el saco de boxeo, todo bien.

Creí que tendría que encerrarla en una habitación hasta que lo entendiera. Pero es más fuerte de lo que imaginé.

—Creo que si hicieras eso con ella, te mataría. Ahora, en mi opinión, no ha huido ni ha colapsado del todo porque te ama, y ese amor está por encima de lo que haces en el mundo. El problema fue que se sintió engañada.

Sé que lo que Nathan ha dicho es verdad. Helena está impactada con la revelación sobre la mafia, pero en el fondo el problema fue que no se lo conté antes.

Sin embargo, dejé que el miedo a perderla hablara más alto cuando fui postergando contarle la verdad.

—Voy a hacer todo lo posible para recuperar su confianza. ¿Ya has descubierto quién se lo contó?

—No, nadie habló con ella directamente. Voy a pasarte la grabación para que la veas.

Asiento. Sé que pudo haber sido cualquiera, porque la mayoría de las personas que estaban en la boda son de la mafia.

—¿Cómo está el viejo allí?

Nathan me mira con interrogación, pero enseguida entiende de quién estoy hablando.

—Recibiendo unos golpes todos los días.

—Perfecto. Quiero aprovechar para verlo personalmente.

—Lo organizaré.

Observo que Helena ha disminuido drásticamente el ritmo, así que me acerco.

—¿Te sientes bien? —pregunto, haciendo que se asuste.

—No. Obvio que no me siento bien. Tengo ganas de partirte la cara. —Sus palabras salen jadeantes, su pecho levantándose de forma acompasada.

—Estoy hablando de si te sientes bien físicamente. Tienes que cuidarte, estar así no os va a hacer bien ni a ti ni a nuestra hija.

—Tendrías que haber pensado en eso antes. Voy a volver a casa, tengo que preparar mis cosas para el viaje de mañana.

Sale dejándome solo mirando.

Le doy un puñetazo al puto saco de arena.

¡Joder!

Helena Collalto

Llegamos a Brasil, y mi cabeza dice que debería huir, mientras mi corazón dice que no hay otro lugar donde quiera estar que no sea en los brazos de Pietro.

Sabía que no debería haberme enamorado.

Pasada la rabia inicial que sentí, solo consigo pensar que, joder, si me lo hubiera contado, tal vez no me habría parecido tan malo.

Porque no soy idiota, siempre supe que había algo más detrás de quien es Pietro. Simplemente no profundicé porque el miedo siempre habló más alto.

—Helena —Pietro me saca de mis pensamientos—. ¿Ya tienes organizados los horarios de lo que pretendes hacer aquí?

—Sí, los tengo.

—Por lo que Nathan me ha dicho, volvemos en tres días. ¿Es tiempo suficiente para resolverlo todo y volver?

Lo es. Solo necesito firmar algunos documentos de la venta de las acciones y hacer algunas reuniones aquí. Pero voy a aprovechar cada minuto para asustarlo.

—¿Quién ha dicho que voy a volver? —abro mi sonrisa más cínica para él.

—¿Quieres que me quede contigo atada a mí veinticuatro horas al día de verdad?

Me entran ganas de reírme de su cara de desesperación.

—No, no quiero. Si tienes una pizca de respeto por mí, dame espacio. No pretendo... —No completo la frase a propósito, para dejarlo bien preocupado, cruzando los brazos frente al pecho.

Si Pietro piensa que va a ser fácil tenerme otra vez, está muy equivocado.

Henrique solo observa todo sin abrir la boca.

Mi hermano decía que sospechaba algunas cosas, pero que no sabía exactamente qué pensar.

Tenía miedo por mi seguridad, así que no me dejó venir sola, aunque sabía que Pietro no dejaría que me pasara nada.

Me encuentro con Taína y resolvemos todo lo de la empresa que estaba pendiente.

Al final del día, me estaba sintiendo mal.

—Te dije que no deberías haber comido aquella coxinha de procedencia dudosa —me regaña Taína.

—Tenía antojo. ¿Tienes idea de cuánto salivé en cuanto la vi?

—Tía, tengo dos hijos, ¿no? Sé exactamente cómo es. Pero tampoco has comido bien y hemos trabajado mucho hoy. Tienes que ir a descansar. Mañana firmamos los papeles temprano y estarás finalmente libre.

—Sí, tienes razón. Estoy muerta de cansancio.

—Entonces vámonos.

Estoy de acuerdo con ella, cojo las cosas y, al salir, noto cómo el tiempo está completamente gris, tronando. ¿Cómo no me he dado cuenta de que ha cambiado tanto mientras trabajábamos?

Siento que un escalofrío me toma.

Me despido de Taína y entro en el coche. El guardia me mira esperando que le diga adónde ir. En ese mismo instante empieza a llover.

—Vamos al hotel. Lo más rápido que pueda.

Aunque ya me sienta menos preocupada con el tiempo lluvioso, ir en coche bajo la lluvia es algo que estoy superando poco a poco y, sobre todo, con Pietro a mi lado.

—Sí, señora.

Acelera, pero conforme la lluvia arrecia, menos me gusta estar ahí.

Dentro del coche es como si la escena se repitiera.

Cada faro en dirección a nuestro coche, mi respiración falla, y sé que es una crisis de pánico que quiere formarse.

Sin conseguir hacer nada, siento que mi respiración disminuye a cada instante, como si el aire fuera a faltarme en cualquier momento.

Pienso en mi hija, así que me concentro en mi respiración, intento calmarme sola.

Mi móvil empieza a sonar, pero no consigo contestar.

Veo que el conductor contesta, y cuando me mira, abre los ojos de par en par.

No escucho lo que dice. Solo pido que pare el coche.

No me obedece de inmediato, aún hablando por teléfono.

—Para el puto coche ahora —digo más áspera. Siento que me duele la garganta.

Por fin me obedece, en cuanto las puertas se desbloquean, salgo de lo que parecía una prisión. Me concentro en mi respiración, el agua de la lluvia cayendo con fuerza sobre mí.

Me detengo en el arcén y solo dejo que la lluvia se lleve el miedo que siento. Necesito liberarme de esto, por mí, por mi hija.

Mi respiración todavía sale con dificultad.

Intento concentrarme en respirar mientras la lluvia fría baña mi cuerpo, pero parece tan difícil, es como si olvidara cómo se respira.

Hasta que unos brazos me envuelven, y entonces una voz susurra en mi oído:

—Amore mio, por favor, respira. Estoy aquí, nada malo va a pasarte. Te prometo que voy a protegerte.

—Ya ha pasado. Escucha mi voz. Estoy aquí contigo. Respira, acuérdate de respirar —continúa Pietro.

Poco a poco, el calor de su cuerpo y las palabras susurradas van calmándome más y ayudándome en el proceso que empecé, de una manera que no consigo creer.

Voy volviendo a la realidad cuando escucho un trueno lo bastante fuerte como para asustarme.

—¿Cómo has llegado tan rápido? —pregunto sin soltar su cuerpo.

—Acababa de llegar al hotel. En cuanto empezó a llover, sabía que no estarías bien, así que fui tras de ti.

Observo al hombre frente a mí. Él estaba acompañando mi evolución con la lluvia y, como Aline me había dicho en una de las sesiones, tener a Pietro a mi lado sería importante para superar este miedo. Realmente lo reconozco.

—Vamos a volver, tienes que secarte. No puedes ponerte enferma.

Asiento y lo sigo. Su presencia hace que sea más fácil entrar en el coche.

—Cierra los ojos y concéntrate solo en mí. —Hago lo que me ordena—. Piensa en las cosas buenas que ya hemos hecho. Piensa en nuestra hija. Concéntrate en cuánto te amo, amore mio.

Va susurrando frases que me calman, y apenas noto que llegamos al hotel.

Subimos a nuestra habitación. Reservó la suite presidencial y, aunque estamos compartiéndola, cada uno está durmiendo en uno de los dormitorios que tiene.

Siento todo mi cuerpo temblar cuando salimos del ascensor. Viene conmigo y abre la puerta de mi habitación.

—¿Puedes quedarte conmigo? —trago saliva. Sintiendo miedo de tener otra crisis de pánico en cualquier momento.

—¿Has considerado que te dejaría sola en este estado? Per Dio, mia stella. Vamos, necesitas una ducha caliente.

Me lleva hasta el baño y, sin apartar en ningún momento los ojos de los míos, me quita la ropa mojada y entra conmigo en la ducha.

El agua caliente me calma, haciéndome relajar.

Salgo y me visto, yendo enseguida a mi cama.

Miro en mi móvil si Henrique viene, pero me ha mandado un mensaje diciendo que se ha quedado atrapado en casa de un amigo por la lluvia.

Como sé que está preocupado, le digo que estoy bien y que Pietro está conmigo.

—Tu hermano se ha quedado atrapado por la lluvia, no va a conseguir venir. —Lo miro, preguntándome cómo lo sabe—. Tiene dos soldados con él, ese es el lado malo de la mafia. Vosotros jamás saldréis solos.

—Casi se me había olvidado.

Un trueno suena fuera y me llevo un susto.

Pietro camina hasta mi cama y se sienta, tirando de mí hacia su regazo.

—Descansa. No voy a dejarte sola aquí, estando asustada de esta forma.

No discuto con él. Pensando en mi hija y en qué sentimientos estoy transmitiendo a mi bebé, prefiero calmarme y dejar que Pietro se quede.

Ahora no es el momento de ser terca.