Capítulo 04
Pietro Collalto
Voy directamente con dos soldados más y Nathan al espacio VIP de la discoteca.
—Felipe me está esperando en el despacho. Voy a avisarle de que hablaréis el lunes antes de la reunión con la brasileña —me informa Nathan.
—Vale, voy a beber y a observar cómo van las cosas aquí.
Cojo un whisky en el bar mientras mis ojos recorren el local, encontrando de inmediato a un demonio bailando.
La rubia del vestido rojo atrapa mi atención como si tuviera un magnetismo que me arrastrara hacia ella. No consigo dejar de mirarla.
Su cuerpo se mueve al ritmo de la música como si no hubiera nada más a su alrededor.
No consigo contenerme, necesito tenerla en mis brazos. Y eso hago.
¿Es totalmente imprudente? Sin duda, pero solo necesito llegar al hotel y enterrarme en ella hasta que se olvide de cualquier otro hombre que la haya poseído.
Nunca me he alegrado tanto de que la discoteca esté dentro del complejo del hotel, solo al otro lado de la calle. Estoy actuando como un adolescente que no puede ver un coño sin querer meterse dentro.
Salimos rápidamente de la discoteca y, cuando le informé de que estaba en el hotel de enfrente, noté cómo sus ojos se calmaban.
Caminamos hasta el ascensor con la respiración algo agitada por los besos que intercambiamos por el camino.
Miro de reojo sus labios, enrojecidos por el roce, y lo único que quiero es seguir besándola.
—Creo que debo de estar completamente loca por irme con alguien de quien ni siquiera sé el nombre. Podrías ser simplemente un asesino —suelta mientras subimos hacia la suite de la azotea.
No se equivoca. De hecho, va a acabar en la habitación de un mafioso asesino. No contengo la sonrisa depredadora al imaginar qué ocurriría si supiera quién soy.
—Si el problema es no saber el nombre, Pietro a tu disposición —le susurro al oído, y veo cómo se le eriza la piel. Siento el olor a cereza que emana de ella y no me contengo; le doy un mordisco en el cuello.
—Menos mal —dice entre un gemido—. Yo soy Helena. Cielos, Pietro, así no conseguiremos salir del ascensor.
Mi nombre en sus labios hace que la polla me palpite de deseo.
Su frase termina en el momento exacto en que la puerta del ascensor se abre.
La levanto en brazos y vuelvo a consumir sus labios mientras mis manos sujetan su culo firme.
La salida del ascensor da directamente a la suite, y no quiero hacer nada más que destrozar a Helena.
La siento sobre la mesa mientras bajo besos y mordiscos por su piel clara, que se enrojece al instante.
Intento bajarle el vestido, pero la prenda no cede. Ella lleva la mano al cierre, y parece que cuanto más prisa tienes, peor salen las cosas.
—Mierda, se ha enganchado. —Helena intenta tirar del cierre, que no se mueve.
—Yo te ayudo —digo, y simplemente rasgo la prenda sin ninguna piedad, haciendo que la tela caiga de su pecho y se acumule sobre la mesa, cubriéndole solo las bragas.
—Joder —suelta, asustada—. No hacía falta hacer eso.
—Te compro un armario entero —digo, observando a mi objeto de deseo en el momento en que pone los ojos en blanco por mí.
Tengo una visión perfecta de sus pechos. Son medianos y no me contengo; chupo con ganas el derecho mientras mis dedos juegan con el izquierdo, pellizcando el pezón rosado.
Ella arquea la espalda, gimiendo. Le sujeto el muslo con firmeza, capaz de sentir el calor que emana de ella.
—Helena, nada me preparó para encontrarte hoy. La perfección te define —susurro contra su pecho en el mismo momento en que mis dedos encuentran sus bragas.
—Ah... gracias...
Suelta gemidos bajos entre las palabras. Mi dedo invade sus bragas empapadas y encuentra su clítoris. Hago movimientos circulares mientras ella gime y mueve la cadera hacia mí.
Subo la boca hasta su cuello. Huele a cereza y perdición.
Dejo un mordisco en su cuello antes de hablar de nuevo. Retiro mi dedo de ella, que me mira sin entender.
—Quiero probarte, y aquí hay demasiada tela.
La levanto de la mesa y el vestido, o lo que queda de él, cae como un montón a sus pies, dándome la visión de su cuerpo sexy, cubierto solo por unas bragas rojas diminutas. Helena es una diosa, y yo no podría estar más jodido.
—Creo que estoy en desventaja aquí —mira su propio cuerpo y luego me mira a mí, que sigo vestido.
Sonrío ante la mirada de lujuria con la que me observa al notar el contorno de mi polla en el pantalón.
Me quito la ropa rápidamente, quedándome solo con el bóxer blanco, la cojo en brazos otra vez y la llevo al dormitorio.
La necesito en mi cama, donde tengo espacio para apreciar cada pedazo de ella.
—¿Adónde vamos? —susurra en mi oído, mordiéndome el cuello.
—Te quiero en mi cama, donde tengo espacio para explorar cada parte de ti sin ninguna restricción.
La coloco sobre las sábanas y, acto seguido, le arranco lo único que me separaba de ver su cuerpo por completo.
Ella suelta un gritito de sorpresa, poniéndose ligeramente roja.
Me detengo entre sus piernas, que ella abre instintivamente, dándome una hermosa visión de su coño, brillante por la excitación.
Su olor me está volviendo completamente loco.
Le beso los muslos, inspirando su aroma femenino, y, sin poder contenerme, atrapo su coño con la boca, chupando cada pedazo de ella, haciéndola gemir, trayendo su cadera hacia mí.
Su mano me sujeta el pelo, como si yo fuera a escapar, y todo lo que quiero es seguir probando su sabor.
Follo su coño con mi lengua mientras ella dice cosas incoherentes y gime pidiendo más.
Mi polla palpita, pareciendo a punto de explotar dentro del calzoncillo.
Meto dos dedos en ella, sintiendo cómo su cuerpo tiembla, indicando que su orgasmo está cerca.
Helena se restriega aún más contra mi rostro. Aumento las embestidas contra su coño, alternando entre chupar y dar leves mordiscos en su clítoris, sintiendo cómo su coño aplasta mis dedos.
—Ah... Pietro... Cielos, no voy a soportarlo.
Ah, mia deliziosa[3], esto es solo el principio.
Su cuerpo se deshace debajo del mío en hermosos espasmos a medida que se corre en mi boca. Sustituyo mis dedos por mi lengua, succionando cada gota de su placer, y no pienso en nada más delicioso que alimentarme de su sabor.
Me levanto y me quedo a su lado, mirando la lujuria desbordar de sus ojos, y llevo mis dedos a su boca. Ella los lame despacio, sintiendo su propio sabor, al mismo tiempo que recupera la respiración, haciéndome ansiar sentir su boca en mi polla.
—Mia bella[4], no sabes lo que has despertado en mí... —le sujeto la barbilla antes de tomar sus labios en un beso urgente.
Helena clava las uñas en mi espalda, gime en mi boca, deseando más. Separo nuestras bocas, veo sus labios rojos y no lo soporto: los muerdo.
—Pietro... por favor...
—¿Qué quieres, mia bella? —le echo el pelo hacia atrás para tener acceso a su cuello, inspirando su olor único—. Dime, Helena, ¿qué quieres que haga contigo ahora?
La miro a los ojos y, por un momento, vacila, pero quiero oír las palabras saliendo de su boca.
—Fóllame, no aguanto más —suplica, intentando cerrar las piernas, pero se lo impido.
—Lo que quieras, mi Cerecita.
Me coloco sobre ella y, aunque es alta, yo soy mucho más grande. Mi cuerpo cubre el suyo por completo y veo un leve desespero cruzar sus ojos. No entiendo de inmediato qué puede ser, pero prefiero no confrontarlo; solo le pregunto si quiere en otra postura.
La descarada pide a cuatro patas y, cuando me levanto para quitarme el bóxer, sus ojos se abren de par en par.
—No hay posibilidad de que hagamos eso —habla tan rápido que necesito esforzarme para entender su portugués.
—¿Qué? —pregunto mientras me masturbo, mirándola aún a esos ojos desorbitados.
—Pietro, eso de ahí —señala mi polla— jamás va a caber en mí. Estás completamente loco si crees que voy a dejarte entrar aquí. Esa mierda no es una polla, es un árbol.
Siempre me divierten las reacciones que tienen las mujeres al enfrentarse a mi polla.
Vuelvo junto a ella, llevo los dedos a su clítoris y gime instintivamente. Meto tres dedos en ella, que entran con facilidad.
—¿Ves esto? Estás tan mojada y tan lista para mí que estoy seguro de que vas a conseguir tragarme entero en este coño tan jodidamente caliente, joder, mia bella... —no consigo terminar de hablar porque la maldita empieza a apretar mis dedos con ese coñito caliente.
Saco mis dedos de ella y la coloco a cuatro patas, como me ha pedido.
Mis ojos van instintivamente al encuentro de su espalda marcada por diversas cicatrices, que me intrigan, haciéndome pensar en cómo las adquirió.
—Pietro... —gime mi nombre como la puta gata mimosa que es, haciendo que vuelva mi atención a su placer.
—Voy a tener cuidado contigo, mia bella.
Me pongo el preservativo y empiezo a entrar en ella despacio, aunque mi voluntad sea simplemente hundirme de una vez hasta el fondo.
Me torturo viendo a la perfección la imagen de mi polla siendo engullida por su coño apretado, estrangulándome pedazo a pedazo.
—Pietro, por favor...
—¿Qué pasa, mia deliziosa? ¿Quieres que pare? —Por un momento me detengo, pensando que puedo estar haciéndole daño.
—No, por favor, no pares. Quiero más, lo quiero todo... —su voz sale baja y ronca, deseosa.
Sigo entrando en ella, ahora más rápido, viéndola jadear, hasta estar completamente dentro.
—¿No eras tú la que decía que no cabría? —empiezo a moverme despacio, torturándonos a los dos—. Este coño fue hecho para aguantarme, Helena. Es exactamente de mi tamaño.
—Cielos, sí, me siento llena. Es asfixiante, pero quiero más, Pietro. Fóllame con ganas...
No espero a que termine de hablar y agarro su pelo rubio con una mano, arqueándole la espalda, mientras la otra sujeta su cintura, y embisto con fuerza.
—Dio[5], mi zorra, voy a darte todo lo que quieras...
Creamos un ritmo intenso. Helena viene a mi encuentro con la misma desesperación que yo siento por no salir de ella. Sentir su interior caliente envolviéndome es como estar en el cielo, aun sabiendo que esto es lo más cerca que puedo estar del paraíso, puesto que allí jamás será mi lugar.
—Pietro, joder... joder...
Sé que está llegando a otro orgasmo cuando siento cómo su coño mastica mi polla.
Le doy palmadas sonoras en el culo, viendo cómo el rojo se forma al instante sobre su piel clara.
—Córrete en mi polla, mia bella —ordeno, aumentando todavía más mis embestidas.
Siento el sudor brotar en mi piel. La habitación huele a sexo y cereza. No sé cómo, pero me estoy volviendo completamente adicto a ese aroma.
Helena grita mi nombre, deshaciéndose en mi polla. Le sujeto la cintura con firmeza, continuando un vaivén fuerte dentro de ella, al mismo tiempo que su cuerpo reverbera en espasmos que no dejan de molerme dentro, teniendo un orgasmo prolongado que me lleva a la completa locura.
Rujo como un animal cuando ya no contengo más el placer y dejo que me golpee de lleno como una avalancha.
Lleno el condón, pero lo que quería era correrme dentro de ella y ver mi semen escurriéndole por las piernas.
El pensamiento me asusta, porque jamás he pensado en follar sin condón, y lo único que me viene a la cabeza es lo delicioso que sería sentir su calor directo en mi piel.
Salgo de ella, recuperando el aliento.
Helena cae sobre la cama, intentando calmar la respiración.
—¿Cansada, mia bella? —pregunto, atrayéndola contra mi pecho.
—Recuperando el aliento.
—Qué bien, porque apenas estamos empezando.
La sonrisa descarada en su rostro muestra que quiere más tanto como yo.
No sé qué me hace, pero no consigo apartar mi boca de la rubia, deseando solo que esta noche se prolongue. Porque sé que una noche con ella no va a ser suficiente.