Pietro Collalto: Embarazada del Mafioso que me Engañó Capítulo 03
6%

Capítulo 03

Helena Moraes

Una de las pocas cosas que me gusta hacer fuera de mi casa es muay thai; es mi momento sagrado. Sentada en el tatami del gimnasio, respiro despacio para recuperar el aliento mientras Vinicius, mi entrenador, me mira riéndose.

—Vale, ¿qué te hace tanta gracia? —pregunto, intentando entender qué está viendo tan divertido.

—Tú ahí, roja como un pimiento, recuperando el aliento después de entrenar de cojones. Has llegado hoy con una mirada asesina, Helena, y ahora pareces estar en el séptimo cielo.

La verdad es que me he despertado cabreada porque Henrique llegó ayer saltando encima de mí después de que Taína lo llamara para avisarle de que podía ir con sus amigos a la discoteca y de que yo también iría.

Yo estoy bien en mi rutina, ¿por qué cambiar?

¿Por qué no pueden aceptar que no quiero dejar entrar a nadie más en mi vida?

—Joder, Vini, ¿tenías que recordármelo? La endorfina estaba aquí haciendo su papel hasta que has decidido estropearlo. Por eso has venido riéndote, ¿no? Eres un maldito hijo de puta.

Él saca la lengua, parece un adolescente y no alguien mayor que yo.

Me levanto, pero durante un momento las piernas me flaquean un poco.

—Te avisé de que hoy estabas apretando demasiado, pateando como si estuvieras enfadada con el mundo. Luego no te quejes del dolor. —Se encoge de hombros.

—Sabes que lo último que hago en la vida es quejarme de dolor. —Mi resistencia a él es mucho mayor de lo que me gustaría—. Solo necesitaba esto hoy.

—Sé que sí. A veces me gustaría entender por qué. —Me mira como si buscara una verdad oculta.

Lo que él no sabe es que esa verdad no va a aparecer.

Vinicius es un buen entrenador. Llevamos años entrenando, me ha visto en algunos momentos de vulnerabilidad; sin embargo, yo no dejaba traslucir nada. Son pocas las personas que conocen mi vida. No tengo ningún interés en traer a nadie para encariñarme.

Me recompongo, sin darle ninguna respuesta.

—Gracias por atenderme más temprano hoy. Con el cumpleaños de Henrique voy a quedarme sin tiempo —agradezco, caminando hacia los vestuarios.

Vinicius asiente, quedándose en el lugar donde probablemente dará otra clase.

En casa preparé un desayuno especial para mi hermano. Cada año de vida suyo lo considero una conquista. Saber que he conseguido criarlo sigue siendo mi mayor victoria. Espero que, esté donde esté mi madre, se sienta orgullosa de eso.

En cuanto termino de poner la mesa con todas las cosas ricas que le gustan a Henrique, él aparece, como si lo guiara el olor.

Voy a su encuentro, lo abrazo y le deseo feliz cumpleaños.

Desayunamos conversando sobre cosas sencillas del día a día, hasta que él por fin saca el tema.

—Estás huyendo descaradamente del asunto. ¿No te da vergüenza esa cara que tienes? —me acusa con una sonrisa fingida.

—Eh, mira cómo me hablas. No porque hayas cumplido dieciocho años puedes creer que me hablas como te dé la gana. —Me levanto de la mesa y voy hacia el salón, claramente huyendo del asunto.

Henrique siempre me ha respetado como a una madre y no como a una simple hermana mayor, aunque siempre se empeña en fastidiarme como un hermano pequeño.

—Mírame —llama mi atención, sentándose a mi lado en el sofá—. Te anulaste desde que eras solo una niña para cuidar de mí. Diste tu vida y tus mejores años trabajando y luchando por mí.

—Y no me arrepiento de eso ni por un minuto. Tú eres lo más preciado que tengo en la vida —interrumpo su discurso.

—¿Puedo terminar? —Asiento—. ¡Genial! Estoy agradecido por todo, Lena, pero necesitas vivir tu vida. ¡No puedes dejar que el pasado te atrape para siempre! Eres jodidamente increíble, mereces ser feliz. Conocer gente nueva.

Lo miro durante unos segundos, pensando en sus palabras.

¿De verdad es tan difícil que la gente entienda que no estoy triste? No porque no tenga una relación o no quiera conocer a nadie significa que sea infeliz. Soy feliz viviendo a mi manera.

—Soy feliz —refuerzo, y no puedo contener poner los ojos en blanco—. Mira, solo por esta vez voy a hacer lo que estáis insistiendo, ¿vale?

Me siento derrotada; sin embargo, no me va a costar tanto hacer esto.

—Está bien. Como es mi cumpleaños, quiero pedirte una cosa.

¡No para!

—Puedes decirlo. Lo que pueda hacer, sabes que lo haré.

—Quiero que hoy olvides quién eres, todas tus cosas organizadas, todas esas reglas que tienes en la cabeza. —Me toca la frente—. En la discoteca vas a ser una mujer soltera, disfrutando de la vida, sin pensar en ninguna consecuencia. ¿Trato hecho?

Joder, ¿tan encerrada estoy en mi mundo? ¿Para que todos ellos crean que necesito salir y divertirme?

—Vale, lo haré —acepto a regañadientes.

—¡Eres la mejor madre hermana del mundo! Gracias por hacerme quien soy hoy. Sin ti no lo habría conseguido. Estoy muy orgulloso de ti. ¡Te quiero muchísimo!

Henrique me abraza con fuerza, con esos brazos enormes suyos. Y yo no consigo contener una lágrima. Normalmente no lloro, pero saber que todo mi esfuerzo por criarlo de la mejor manera ha dado y sigue dando resultados todos los días me deja realizada.

Mi hermano se está convirtiendo en un hombre tan bueno, justo como siempre deseé que fuera. Aunque sé que jamás sería igual que nuestro padre. Nuestro parecido físico nunca me deja olvidar mi pasado.

Los dos somos rubios, con los ojos entre verdes y miel, una mezcla única que hace que cualquiera que nos mire sepa inmediatamente que somos hermanos. Y aunque yo ya me considero alta, con mi metro setenta, Henrique mide uno noventa y siete, y casi me hace desaparecer en su abrazo.

—¡Vale, ya basta! ¡Ya basta! Yo también te quiero, ahora deja de achucharme —digo en tono de broma, aunque él sabe que el contacto físico y yo no somos mejores amigos.

Me suelta y pasamos el resto del día disfrutando de forma tranquila.

Termino de maquillarme justo cuando suena el timbre, indicando que Taína ha llegado. Me sorprende que haya venido antes de la hora acordada.

Abro la puerta para ella y su marido.

—He venido antes para ayudarte a arreglarte —dice con una sonrisa de quien va a hacer alguna trastada.

—No necesito eso.

—Sí que lo necesitas, vamos. —Deja a su marido con mi hermano en el salón y subimos al dormitorio.

Le enseño la ropa que había separado, y su cara de disgusto es instantánea.

—Sabía que ibas a querer ponerte algo para cubrir ese monumento de piernas que tienes.

—Los vestidos que tengo no pegan con discotecas —respondo, haciendo una mueca.

Mi armario se define por ropa de trabajo, eventos sociales a los que a veces me veo obligada a asistir y entrenamiento.

—Lo sé, por eso he traído algo para ti. —Saca de la bolsa un vestido rojo diminuto. Yo solo abro mucho los ojos porque sé que no va a caberme.

Después de mucho insistir, me hace probarme el vestido.

—Vamos. Mira lo maravillosa que estás. Las mujeres se matan en el gimnasio para tener unas piernas como las tuyas; obviamente, no voy a dejar que las escondas. Y mira ese culo, Dios mío, Helena, deberían prohibirte esconderte en casa.

Yo no veía nada absurdo en mis piernas, pero como desde niña siempre practiqué deportes, era de esperar que mi cuerpo estuviera mínimamente definido.

Además, mi madre siempre tuvo las piernas gruesas; esa es una herencia suya.

Y mi culo también, siempre fue grande, y por la práctica de deporte, obviamente está definido.

—¿No está un poco corto? —Lo analizo en el espejo, viendo que me llega hasta la mitad de los muslos.

—No, es que tienes un culo enorme y por eso sube el largo. Está excelente. Comparada con algunas personas de allí, seguro que seguirás yendo muy vestida.

Respiro hondo y recuerdo la promesa que le hice a Henrique.

Vale, nada de pensar en las cosas que normalmente pensaría. Voy a hacerlo todo diferente.

Llegamos a Il Lussuria. Yo ya conocía el ambiente, porque cuando empezamos a hacer el trabajo con Felipe vine hasta aquí, pero de día, cuando no había ningún evento. Verla de noche, en pleno funcionamiento, es completamente diferente.

Felipe nos espera en la puerta con una sonrisa que le ocupa todo el rostro.

Es un hombre muy guapo, seguro que arrastra multitudes allá por donde pasa.

Debe de medir un metro noventa, porque veo que es casi de la misma altura que Henrique.

El pelo castaño claro bien recortado y los ojos azules sin duda completan muy bien el paquete.

Subimos a una zona VIP en el segundo piso. Felipe nos deja a nuestras anchas y dice que necesita resolver un problema, que después se reunirá con nosotros.

Cojo una bebida en el bar que hay exclusivamente para atender el reservado, camino hasta la media pared de cristal que nos separa del resto de la discoteca. Empiezo a observar los detalles del ambiente, que está lleno de cuerpos moviéndose al ritmo de la música.

El techo es alto, lo que da una sensación de amplitud.

Más arriba, observo las lámparas de araña de cristal que cuelgan como joyas centelleantes, reflejando las luces de colores que laten al ritmo de la música, dándome ganas de bailar.

Las paredes están revestidas de materiales lujosos, en tonos profundos de negro y burdeos.

Los laterales están rodeados por lounges exclusivos con sofás de cuero blanco y mesas bajas delante, donde hay algunos cubos con bebidas. En el lateral derecho, un gran bar, con dos bartenders haciendo acrobacias con sus cocteleras, llama mi atención.

A diferencia de la zona donde estoy, los sofás son de cuero negro, aportando una atmósfera más pesada.

Observo a Henrique bailando con sus amigos mientras yo estoy —después de mucha insistencia— bailando con Taína. Respiro hondo, olvidando mis miedos por hoy, dejándome ser solo una persona normal de veinticuatro años.

Mientras mi cuerpo se mueve al ritmo de la música, siento que la espalda me arde como si alguien me estuviera observando.

Giro el cuerpo sin dejar de bailar y, para mi sorpresa, me topo con un par de ojos que me enfrentan. Normalmente no soy de mirar fijamente a la gente, pero algo extraño me ata a él, llevándome a no conseguir apartar la mirada.

El desconocido tiene un aura imponente, como si oprimiera todo el lugar y llevara la atención únicamente hacia él. Lo veo venir en mi dirección y es como si no hubiera nada más a mi alrededor.

—Creo que has encontrado compañía para esta noche. Aprovecha, libérate y diviértete. Cualquier cosa, solo tienes que gritarme —dice Taína, y se aparta de mí en el momento en que el hombre llega.

Él abre una sonrisa tan descarada que siento que todo el cuerpo se me eriza.

No dice una palabra, solo me observa, y de cerca puedo ver su rostro bien esculpido. Necesito mirar un poco hacia arriba para poder mirarlo a los ojos, lo que indica que debe de rondar los dos metros.

No consigo distinguir el color de sus ojos debido a las luces de la discoteca, pero me miran como si quisieran consumirme, como si vieran hasta el fondo de mi alma. Eso me provoca un escalofrío por la espalda.

Me toca la cintura y siento el calor de sus palmas como si me quemaran. Cuando se inclina y me susurra al oído, parece que voy a derretirme con su timbre ronco y su aliento cálido golpeándome la piel.

—¿Estás sola? —la pregunta sale simple, y por el acento percibo que no es brasileño.

—Bueno, si la pregunta es si estoy sola sin novio, la respuesta es sí. Ahora, si estoy sola sin compañía, entonces la respuesta es no.

Me mira con una leve diversión en los ojos. Y yo me doy cuenta de que no necesitaba explicarme tanto. Joder, ¿cuándo voy a entender que las cosas no necesitan describirse tanto?

El guaperas todavía mantiene las manos en mi cintura y, por muy loco que pueda parecer, no siento ganas de repelerlo. Mi cabeza intenta decirme que esto es una locura, al mismo tiempo que también dice que prometí que esta noche no pensaría en nada más.

¿Sabes qué? ¡A la mierda!

Si he decidido que haría una locura, al menos voy a entregarme a ella de verdad.

Beso al hombre, que inmediatamente me corresponde, llevando una mano a mi pelo para sujetarlo con firmeza, en la misma proporción en que su otra mano aprieta mi cintura.

Su lengua pide paso entre mis labios, haciéndome sentir el sabor del whisky que probablemente estaba bebiendo.

El beso empieza lento y va aumentando a medida que la música suena, pareciendo marcar el ritmo de nuestra danza silenciosa, o casi, ya que involuntariamente acabo gimiendo conforme siento esa mano grande apretarme como si quisiera fundirse conmigo.

Cuando el aire empieza a faltar, el ritmo del beso va cesando hasta que él termina mordiéndome el labio inferior y los dos buscamos aire.

Abro los ojos despacio, y nada me prepara para el deseo que veo en las dos órbitas que me examinan.

—¿Vienes conmigo? Te quiero ahora, y no va a ser algo rápido —decreta en un tono de mando.

Siento el escalofrío recorrerme la piel.

No tengo ningún miedo de que me haga algo malo. No sé por qué, pero me transmite una confianza que no suelo sentir con nadie.

Por un momento me pregunto si estoy tan loca como para acostarme con un desconocido.