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El rítmico balanceo del camello se detuvo en seco. Vera sintió un tirón en las riendas y el animal emitió un gruñido profundo antes de hincar las rodillas en la tierra, obligándola a aferrarse al fuste de la montura para no caer hacia adelante.
A menos de cincuenta metros, la salida de Argel estaba custodiada por una hilera de bayonetas que centelleaban bajo el sol. Un destacamento de la Oficina Árabe, reforzado por gendarmes coloniales, había convertido la Puerta de Bab Azoun en un embudo humano.
Vera bajó la mirada de inmediato, ocultando sus ojos tras la estrecha rendija del cheche .
A través de las pestañas, observó cómo Yusuf, el líder de la caravana descendía de su montura con calma; se ajustó los pliegues de su túnica y avanzó hacia el oficial francés que presidía el control, un hombre de bigote afilado que golpeaba rítmicamente su bota con una fusta de cuero.
—No levantes la cabeza —susurró una voz a su lado. Era uno de los hombres de Yusuf, que pasaba junto a ella fingiendo ajustar la carga de un animal—. Para ellos, eres solo parte del equipaje. Si te conviertes en una persona, estás perdida.
El corazón le golpeaba el pecho con fuerza. ¿Sabían ya lo del agente ruso? ¿Habían vinculado al «escribiente Malik» con la pelea en la Casbah? ¿O era, como decía Lalla, simplemente el hambre de control de una administración que necesitaba contar cada grano de arena que salía hacia el sur?
Varios metros por delante, vio cómo los soldados obligaban a un grupo de comerciantes locales a abrir sus sacos de grano, hundiendo las bayonetas en la tela para comprobar que no ocultaban armas.
El sonido del metal rasgando fardos sonaba en los oídos de Vera como una advertencia.
Si decidían registrar los cofres que transportaba Yusuf, si encontraban los manuscritos…
o peor, si la obligaban a ella a retirarse el velo para identificarla, el viaje terminaría antes de haber empezado.
Yusuf ya estaba frente al oficial. El tuareg permanecía erguido, con la dignidad de quien se sabe dueño de un territorio que los franceses solo pretendían gobernar sobre el papel.
El oficial francés, visiblemente irritado por el calor y el polvo, empezó a hojear unos documentos mientras su mirada recorría, una a una, las figuras envueltas en azul que formaban la caravana.
El oficial se detuvo a escasos metros del camello de Vera.
Ella mantuvo la vista fija en las orejas del animal, percibiendo el olor a cuero viejo y sudor de la bestia, mientras las botas del francés crujían sobre la tierra reseca.
El oficial no la miraba a ella; su atención estaba puesta en los pesados fardos de lana que flanqueaban la montura.
—Otra vez hacia el sur, ¿eh, Yusuf? —dijo el oficial sin apartar la vista de la carga. Su tono no era de sospecha, sino de un tedio familiar—. Parece que el desierto nunca tiene suficiente sal.
—La arena siempre tiene sed, teniente.
El oficial soltó un bufido y, con un gesto rápido, hundió su fusta entre los pliegues de uno de los sacos de lana que colgaban del camello de Vera.
Ella sintió la vibración del golpe a través del cuerpo del animal.
Si la fusta bajaba unos centímetros más, golpearía la madera de uno de los cofres ocultos.
Vera cerró los ojos tras el velo, esperando el sonido seco del impacto.
En su mente, ya se veía arrastrada fuera de la montura, con el disfraz por los suelos y los manuscritos esparcidos por la arena.
—Lana de baja calidad —sentenció el teniente, retirando la fusta con una mueca de desdén—. Apenas sirve para mantas de cuartel.
—Es lo que el mercado demanda este año —replicó Yusuf con indiferencia, extendiendo un documento que el oficial apenas se molestó en mirar.
El francés le devolvió el papel.
—Pasad. ¡Abrid paso!
Los soldados se apartaron y el muro de acero que bloqueaba el horizonte se disolvió.
Yusuf dio una orden breve y el camello de Vera se incorporó con un movimiento brusco.
El rítmico balanceo regresó. Había cruzado.
Argel ya no era su hogar, ni su refugio, ni su celda.
Ahora, solo era un recuerdo de piedra blanca hundiéndose en el Mediterráneo.
Mientras dejaba atrás la costa, Vera recordó las historias que su padre contaba al regresar de sus expediciones.
Para él, Argelia era el lugar donde «el sol quemaba las mentiras de Europa», un espacio de libertad que no entendía de apellidos.
Le había enseñado árabe precisamente para este momento: para que las dunas no fueran un muro de silencio, sino un libro abierto que ella pudiera descifrar por sí misma.
Al sentir el primer golpe de calor seco en el rostro, comprendió que su viaje no era solo una huida; era la oportunidad de vivir, por fin, la libertad que él le había hecho sentir en San Petersburgo cada vez que volvía a casa impregnado de arena.
Los días se sucedieron entre arena, viento y silencio.
La travesía hacia el sur obligó a Vera a centrarse únicamente en sobrevivir.
Aprendió a comer sentada en el suelo, alimentándose de dátiles y pan de cebada cocido bajo las cenizas.
Sus manos se llenaron de grietas por el roce de las cuerdas, su piel se oscureció y sus ojos se acostumbraron al resplandor de las dunas.
Dormía envuelta en el haik, pegada al camello para protegerse del frío nocturno.
En esas horas, el recuerdo de Jean-Luc y lo ocurrido en la Casbah perdieron nitidez, convirtiéndose en un peso sordo pero manejable.
Vera ya no era la mujer que huyó de Argel; se había vuelto una presencia silenciosa y resistente.
Al atardecer del vigésimo segundo día, el paisaje cambió. La caravana alcanzó una meseta desde la que se divisaba Ghardaïa, una ciudad de terracota construida en círculos sobre una colina. Era el centro del M'Zab, un lugar que funcionaba al margen de la administración del norte.
—Hemos llegado —dijo Yusuf—. Pero ten cuidado. Ghardaïa es una comunidad cerrada. Aquí, el silencio es la norma.
Cerca de la puerta de madera, un hombre aguardaba.
—¿Quién es? —preguntó Vera.
Yusuf no respondió de inmediato. Espoleó a su camello para iniciar el descenso antes de decir:
—Alguien que entiende que el desierto es el mejor lugar para desaparecer.
Vera comprendió que su seguridad no se debía a su disfraz, sino a los contactos de Lalla Zohra.
La caravana se detuvo frente a la puerta de la ciudad.
El hombre dio un paso al frente; vestía una túnica blanca y un bonete mozabita que le daba un aire severo.
Sus manos no tenían callos por las armas, sino la postura de quien ha pasado años escribiendo.
Suleimán la recibió en un francés pausado.
—Lalla Zohra me pidió que te diera alojamiento —explicó el hombre—.
Una de sus palomas llegó al M’Za dándome instrucciones precisas sobre tu llegada.
Ella me advirtió que una mente como la tuya se marchitaría en la ociosidad.
En esta ciudad custodiamos manuscritos que el mundo ha olvidado, y necesitamos a alguien que sepa trabajar con ellos.
Al bajar del camello, Vera sintió la dureza del suelo bajo sus pies. Yusuf comenzó a guiar a los animales hacia el interior; su trabajo había terminado.
—¿Qué es este lugar? —preguntó ella.
—Es el M’Zab —respondió Suleimán—. Para los extranjeros, una ciudad de adobe. Para nosotros, un refugio de conocimiento. Aquí dejarás de esconderte para empezar a trabajar. Ven, el sol se pone y es mejor entrar.
Vera echó una última mirada hacia el sur antes de cruzar el umbral.
El desierto la había mantenido a salvo, pero Suleimán le ofrecía una tarea concreta.
La puerta se cerró tras ellos. En la penumbra, Vera se descubrió el rostro por primera vez en semanas y respiró el aire de la ciudad.
La guerra por el control de la realidad continuaba en el norte, pero allí, en el corazón del valle, una nueva página estaba a punto de ser escrita.