Piel de arena 26
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Su despacho se encontraba en el ala este del edificio del Almirantazgo.

Desde aquella altura, el general disfrutaba de una posición privilegiada sobre el centro neurálgico del poder ruso.

Volkov estaba de pie junto al ventanal, observando cómo la nieve sepultaba las estatuas; aquellas figuras de ninfas y héroes clásicos que custodiaban la gloria naval del Imperio.

El suicidio del conde Korlov había sido un contratiempo que dinamitaba su estrategia y convertía meses de maniobras en ceniza.

Con la muerte del tutor, el pacto se había quebrado y el patrimonio de los Korlov quedaba fuera de su alcance, atrapado en el laberinto legal del Consejo de Tutela.

Ya no habría boda, ni herencia, ni la influencia que ese capital iba a comprarle.

La derrota era total y su orgullo, forjado en el rigor militar, no podía soportar que una mujer hubiera sido el origen de su ruina.

Por eso, su orden de eliminar a Vera Korlov respondía a una necesidad visceral de borrar el último rastro de una estirpe que se había atrevido a sobrevivir a su voluntad.

Quería que el desierto devorara su existencia para que nadie pudiera recordar que el gran general Volkov había sido burlado por una fugitiva.

—Un brindis por los muertos —susurró para sí mismo, alzando una copa de cristal tallado con un coñac que quemaba la garganta.

No sentía remordimientos. Para Volkov, las personas eran piezas en un tablero de ajedrez de marfil. El padre de Vera había sido un obstáculo; el conde, una herramienta útil pero gastada; y Vera, un trofeo que se había vuelto demasiado rebelde.

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. Un joven oficial entró con paso vacilante, sosteniendo una bandeja de plata con un sobre azul de la red de telégrafos imperial.

—Telegrama de Argel, mi general. Cifrado urgente.

Volkov arrebató el sobre sin mediar palabra. Sus dedos, gruesos y acostumbrados al mando, rasgaron el papel con una ansiedad que ya no podía disimular. Sus ojos recorrieron las líneas de código hasta que el mensaje cobró sentido en su mente.

«AGENTE IVANOV MUERTO A MANOS DE VERA KORLOV. OBJETIVO HUIDO. IMPOSIBLE SEGUIMIENTO»

Volkov sintió que la sangre se le agolpaba en las sienes, un latido sordo que amenazaba con reventarle los tímpanos.

Ivanov era uno de sus hombres más letales, un veterano de las sombras entrenado en los destacamentos de montaña.

¿Muerto? ¿A manos de una muchacha que apenas sabía sostener un abanico de seda?

El mensaje no solo informaba de un fracaso; informaba de una humillación que no podía permitirse.

Vera Korlov no solo estaba viva, sino que se había convertido en un animal herido capaz de hundir el acero en la garganta de sus perseguidores.

—Maldita sea tu estirpe, Nikolái... —rugió Volkov, estrellando la copa de coñac contra la chimenea. El cristal estalló en mil pedazos—. Ni muerto dejas de estorbarme. ¿Cómo es posible que esa niña...?

Su grito fue contestado por un estruendo mucho más potente.

Al final del pasillo, el sonido de botas pesadas marchando sobre el mármol rompió la etiqueta del edificio oficial.

Las puertas dobles de su despacho se abrieron, empujadas con la autoridad brutal de la ley.

Un destacamento de la Gendarmería Imperial, encabezado por un inspector de la Tercera Sección, entró en la estancia.

No venían a informar; venían a ejecutar.

—General Volkov —dijo el inspector, cuya voz cortaba el aire como una hoja de afeitar—. Queda usted bajo arresto por orden directa de la Prefectura de Policía y bajo supervisión del Zar.

Volkov se irguió, recuperando su máscara de mando por puro instinto. El desprecio desbordaba su mirada.

—¿Se ha vuelto loco, inspector? Soy un general del Imperio, condecorado por su valor en el Cáucaso. Salga de mi despacho antes de que lo envíe a vigilar los campos de hielo de Siberia.

El inspector no retrocedió. De hecho, avanzó hasta quedar a pocos centímetros del escritorio. En su mano derecha sostenía un pliego de papel amarillento, manchado con el cerco de una copa de vodka y una salpicadura de sangre seca que ya se había vuelto marrón.

—Esta es la declaración manuscrita de su amigo y cómplice, el difunto conde Korlov. Fue hallada en su escritorio antes de que el cuerpo fuera retirado del palacio. Al parecer, el conde no quería irse al infierno solo.

El inspector desplegó el papel y comenzó a leer con una frialdad que heló la sangre de Volkov.

—«Yo, el conde Korlov, confieso el asesinato de mi hermano Nikolái, ejecutado bajo el amparo y la logística del general Volkov.

Por orden de ambos, dos hombres del regimiento irrumpieron en la biblioteca.

Redujeron a Nikolái y le colocaron la soga, mientras el general supervisaba personalmente la puesta en escena para simular el suicidio.

El general Volkov no solo fue testigo, sino el arquitecto del silencio que siguió a la muerte».

Volkov sintió una punzada en el pecho y temblor en las piernas.

El conde, en su última hora de embriaguez, asco y desesperación, lo había traicionado de la forma más definitiva.

Aquel borracho arruinado, destruido moralmente por la culpa y el alcohol, se había asegurado de que el general pagara también por su crimen.

—Es la palabra de un demente que no podía sostener su propia vida —escupió Volkov, aunque su voz ya no tenía la misma fuerza—. No tiene valor legal contra un héroe de guerra.

—La declaración ha sido cotejada con el testimonio de un antiguo cochero del palacio que presenció la entrada de aquellos hombres esa noche —respondió el inspector—.

Y hemos encontrado los pagos realizados desde su cuenta personal a los hombres citados en la carta.

Entregue su sable, general. Su carrera política ha terminado.

Su vida, me temo, se decidirá en un tribunal militar.

Dos guardias se acercaron y le retiraron el sable con un tirón seco que desequilibró a Volkov.

El general miró el telegrama de Argel que aún yacía sobre su escritorio, aquel mensaje que decía que Vera se había escapado de nuevo.

Por un instante, la imagen de la muchacha se mezcló con la visión de su padre colgado por el cuello en la biblioteca.

Mientras lo escoltaban hacia la salida, Volkov pasó frente a un gran espejo dorado. Ya no vio al futuro hombre fuerte de Rusia, sino a un criminal cuyo poder se desvanecía como el humo.

En la lejanía, las campanas de la Catedral de San Isaac doblaron; un sonido lúgubre que parecía marcar el entierro de una era.

El nombre de los Korlov ya no estaba manchado por el suicidio o la deuda; ahora, la verdad brillaba tan cruda como la nieve.

Vera estaba libre, fuera de su alcance, y él, el hombre que creía poseer el destino de todos descendía los escalones hacia la oscuridad de una celda, sabiendo que la «frágil» Vera era la única que realmente había sobrevivido al invierno.