Piel de arena 10
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En San Petersburgo, en el despacho del conde Korlov, el fuego de la chimenea crepitaba con furia, pero no lograba calentar el ambiente.

El aire olía a tabaco de pipa caro, a cera de vela y a la humillación agria del alcohol.

Había pasado un mes desde la huida de Vera, y el despacho se había convertido en el mausoleo de un hombre que se sabía acabado.

El conde Korlov permanecía junto a la ventana, apoyando la frente contra el cristal frío para aliviar el latido sordo de sus sienes.

La soberbia que solía vestir como una armadura se había desmoronado.

En su mano derecha, una copa de cristal llena de un vodka transparente que ya no contaba por vasos, sino por botellas.

Tras él, el general Andreas Volkov permanecía sentado frente al escritorio, impecable, observando con desprecio la espalda encorvada de su anfitrión.

—Argelia —dijo Volkov sin levantar la vista del informe—. Mis hombres en Marsella hicieron hablar a una mujer. Una tal Solange. Su sobrina cruzó el Mediterráneo hace unas semanas.

El conde se dio la vuelta con un movimiento torpe y brusco. El vodka salpicó la alfombra persa y sus dedos, manchados de tabaco, apretaron el cristal con fuerza. Sus ojos, enrojecidos y vidriosos, buscaron los del general.

—¡África! —exclamó con una risa nerviosa que terminó en un ataque de tos—.

¡Es una locura! ¿Me oye? ¡Una locura! Una mujer sola.

.. en esas tierras de salvajes... No sobrevivirá una semana más.

Esa estúpida niña... ¡hip!... no sabe lo que ha hecho.

¡Ha tirado su vida por la borda por un capricho de su sangre maldita!

Se tambaleó hacia el aparador y, con mano errática, volvió a llenar la copa, golpeando el cuello de la botella contra el borde del cristal. El tintineo metálico delató su falta de control.

Volkov levantó los ojos e hizo que el conde se callara de inmediato con una sola mirada de acero.

—Deje de llamarla niña, Korlov. Y deje de beber antes de que se le caiga la lengua —la voz de Volkov cortó el aire como un sable—.

Su sobrina no se ha escapado; ha desertado.

Lo que me molesta no es su ausencia, sino su audacia.

Las mujeres son como los caballos de raza: pueden ser temperamentales, pero al final todas aceptan el bocado si se sabe apretar la brida.

Sin embargo, ella ha preferido saltar al abismo antes que ser domada.

—Es una Korlov —masculló el tío, dando un trago largo que le hizo arrugar el rostro mientras intentaba recuperar una dignidad que ya no tenía—. Debería haber agradecido... ¡agradecido!... que un hombre como usted estuviera dispuesto a limpiar las manchas de su linaje.

Se hundió en su sillón, dejando que el vodka nublara el miedo que sentía hacia el general.

—Las manchas no se limpian, conde. Se ocultan o se extirpan —Volkov se puso en pie y caminó hacia la chimenea—.

¿Sabe qué es lo que más me inquieta? Ese rastro de pelo que dejó en el suelo la noche que huyó.

No fue un acto de desesperación. Fue una amputación.

Se deshizo de su feminidad como quien se quita un uniforme que le estorba para luchar.

Es una traidora al igual que su padre. Exactamente igual.

El conde soltó una carcajada amarga, casi histérica, y señaló con su copa un retrato en la sombra.

—Ese es el maldito problema. Mi hermano siempre fue una enfermedad para esta familia.

Nikolái... —balbuceó, y el nombre de su hermano pareció quemarle la boca—.

Siempre fue un traidor a su clase. Creía que sus excavaciones y sus libros de filosofía valían más que la lealtad al Zar.

Y Vera... ella es su fantasma. Ese desprecio por las leyes que nos mantienen en pie. .. ¡Maldito sea Nikolái!

El conde intentó ponerse en pie para servirse de nuevo, pero sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en la mesa, derribando un tintero. La tinta negra comenzó a extenderse sobre unos documentos, como una mancha de aceite.

—Recuerde nuestro acuerdo, general —dijo el conde con la voz quebrada, el aliento pesado por el alcohol—.

Vera es una mujer y, como tal, solo es la depositaria de un apellido.

La ley es clara... ¡Maldita sea la ley! Mientras no haya un marido, yo soy el administrador, pero esos burócratas del Consejo de Tutela me observan como buitres.

No puedo liquidar sus tierras... no puedo pagar mis.

.. mis compromisos sin una firma matrimonial.

Se acercó a Volkov, invadiendo su espacio personal con la desesperación de un náufrago.

—Necesito que ella firme, general. Necesito que sea su mujer para que esa fortuna sea, por fin, dinero real. Sin ella en el altar, el dinero de los Korlov es papel muerto y yo... yo soy un hombre muerto. Mis acreedores no aceptan "proyectos" matrimoniales. Quieren oro.

El general lo apartó con un gesto seco de disgusto, como si apartara a un perro sarnoso. Se acercó al conde con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa está acorralada en un rincón de su propia embriaguez.

—Usted habla de deudas, Korlov. Yo hablo de orden —la voz de Volkov bajó a un susurro peligroso—.

Usted vendió a su sobrina para salvar su pellejo en las mesas de juego del Club Inglés.

No pretenda ahora envolver esa transacción en seda.

Para el Estado, Vera es una propiedad; para usted, fue una moneda; para mí, es una posición que no pienso perder.

El conde se desplomó de nuevo en su sillón, sintiendo que el cuero lo tragaba mientras el vodka le hacía dar vueltas a la habitación.

—Nikolái la malcrió —masculló entre dientes—. Una mujer con ideas es como un niño jugando con dinamita. Tarde o temprano, vuela el edificio. Debería haber aceptado su propósito... asegurar el apellido bajo una mano firme.

—Y, sin embargo, se rapó la cabeza y le ha dejado a usted bebiendo veneno en la oscuridad.

El general se puso su gorra de plato, ajustándola con una precisión que contrastaba cruelmente con el desorden del conde.

—El contrato se cumplirá. Usted pagará sus deudas con la dote de ella. Vera ha intentado ser el rayo, pero olvidó que los rayos siempre terminan tocando tierra.

—¿Y si se resiste? —preguntó el conde con un hilo de voz, mientras sus párpados pesaban—. En Argelia la gente desaparece... el desierto es muy grande.

—No se resistirá —dijo Volkov, caminando hacia la puerta—.

La traeremos de vuelta, aunque sea encadenada al vestido de novia.

Además, conde, hay algo que parece olvidar.

A Nikolái no le sirvió de nada su inteligencia para evitar que su propia biblioteca se convirtiera en su patíbulo.

Su sobrina aprenderá que hay nudos que nadie puede desatar. Ni siquiera ella.

Volkov salió del despacho sin esperar respuesta. El conde se quedó solo, con la copa vacía y el fuego muriendo en la chimenea, escuchando el eco de las botas del general como si fueran martillazos clavando su propio ataúd.